4 mayo 1994
A través de una Tercera en el periódico ABC
El aristócrata José Luis de Vilallonga anuncia que se da de baja en el PSOE ‘con asco’ tras los casos de corrupción de Roldán y Rubio
Hechos
El 4 de mayo de 1994 José Luis de Vilallonga Cabeza de Vaca anuncia en una Tercera de ABC que se da de baja del PSOE.
Lecturas
El 4 de mayo de 1994 José Luis de Vilallonga Cabeza de Vaca anuncia en un artículo publicado en La Tercera de ABC que se da de baja del PSOE.
El artículo íntegro:
04 Mayo 1994
TRISTEZA Y ASCO
Un par de meses antes de que Felipe González ganara las primeras elecciones le hice una larga entrevista en su modesto apartamento del barrio de la Estrella. En un momento dado me aventuré a decirle: «Estoy convencido de que Don Juan Carlos sueña con el día en que reine con un Gobierno socialista en el poder.» «Entre las personas de derechas inteligentes —me contestó Felipe— se lleva la cuestión aún más lejos. Saben que el Rey y la Monarquía estarán definitivamente consolidados el día en que gobernemos en España con Don Juan Carlos a la cabeza. Ese día se cumplirá el viejo sueño de su padre, el Conde de Barcelona, y se convertirá sin discusión en el Rey de todos los españoles.» Felipe González acentuó su sonrisa y añadió: «En la derecha hay incluso gente más sutil que piensa que esa consolidación será definitiva cuando, después de llegados al Gobierno, los socialistas pierdan las primeras elecciones, poniendo así en marcha una alternancia de poder. Será la prueba de que España ha llegado a ser verdaderamente democrática.»
Esa prueba —fundamental— aún está por llegar y parece que los socialistas hagan gran cosa para convencernos de que España es hoy una verdadera democracia. Cuando el poder se eterniza en manos de unos pocos se convierte sin remedio en abuso de poder. Balzac tenía razón al decir que «todo poder es una conspiración permanente» y, naturalmente, uno cae en la tentación de aceptar que el poder estriba en la posibilidad de abusar de él. Entonces resulta fácil llegar a la crítica conclusión de que un poder del que no se abusara no tiene atractivo alguno.
Monárquico por tradición familiar y por convencimiento propio, siempre fui contrario al régimen del general Franco por ser éste el único obstáculo a esa Monarquía «de todos los españoles» que pretendía encabezar el Conde de Barcelona y también porque un hombre empecinado en sembrar la discordia entre un padre y un hijo no me merecía la menor consideración. Por ésta y otras razones me negué siempre a ser uno de esos monárquicos vergonzantes con un pie en El Pardo y el otro en Estoril. «La gran suerte de esta Monarquía —recuerdo que me dijo Felipe González— es que no haya un partido monárquico para defenderla.»
Fue, pues, la mía, durante los largos años del franquismo, una actitud de dandysmo literario cómodamente ejercido desde mi dorado exilio en París. Volví a España a las pocas semanas de la amnistía general. Los avatares de la UCD, más que preocuparme, me divirtieron. Pero el golpe de Estado del 23-F me heló el corazón. La Monarquía había corrido el riesgo aquella noche de convertirse de nuevo en el monopolio de la derecha, dejando así de ser, automáticamente, la Monarquía de todos los españoles. El Rey lo comprendió mejor que nadie haciendo frente a la conjura que pretendía retrotraernos a nuestro eterno siglo XIX. De haber existido entonces en España una derecha «a la Balladur» habría encontrado en sus filas mi entorno natural, lo que me resultaba imposible en la derecha del señor Fraga, una derecha con resabios de caverna parecida a la que acabó con el reinado de Don Alfonso XIII.
De la mano de mi amigo Alfonso Palomares y con el beneplácito personal de Felipe González, me incorporé al PSOE a las cuarenta y ocho horas del golpe de Estado. ¿Por qué al PSOE? Porque me fascinaban aquellos impresentables muchachos vestidos todavía de pana que, a todas luces, llegarían al poder con un montón de ideas nuevas, mucha audacia, no pocos complejos y unos malos modos que con el tiempo —poco tiempo— se convertirían en una arrogancia insoportable. «Los horteras al poder», ironizó Luis Solana con inusual clarividencia. Y los horteras hicieron grandes y buenas cosas de las que nadie quiere acordarse ahora. Sacaron a España de la caverna y la europeizaron según los sueños de Ortega y Gasset. Al revés de lo que muchos se temían, los socialistas nunca pusieron en duda la legitimidad de la Monarquía. Todo fue, pues, viento en popa y los socialistas ganaron las siguientes elecciones por mayoría absoluta. Y fue entonces cuando las cosas empezaron a torcerse.
Recuerdo que durante una de nuestras entrevistas, Felipe González me dijo: «Tú que vives mucho en el extranjero debes de analizar lo que ocurre en España con esa especial claridad que procura la distancia…» Si el presidente del Gobierno me preguntara cómo veo hoy lo que ocurre en España desde un «distanciamiento clarificador», le diría que la imagen de este país está cada día más deteriorada. Y la culpa la tienen esos muchachos que apenas cumplidos los cuarenta años —edad peligrosa si la hay— descubrieron al mismo tiempo tres cosas que, juntas, les resultaron fatales: el poder, el dinero y las mujeres. El poder, sin control alguno. El dinero, a espuertas. Las mujeres, otras, diferentes a las suyas. Al abrirse ante ellos horizontes inesperados, muchos de esos muchachos perdieron la cabeza. Felipe González entró en la era de los bonsais y olvidó el contacto con el mundo real. De innovadores y audaces, los socialistas se abandonaron, apelmazados, a las delicias de Capua. El dinero era fácil, las nuevas mujeres más fáciles aún y el poder llevaba trazas de eternizarse. Unos pocos, presintiendo que un día u otro se podrían perder las elecciones, decidieron arramblar con todo lo que se ponía a tiro. Y empezaron los escándalos, uno tras otro. Juan Guerra, el hermano de su hermano, dio el pistoletazo de salida. Le siguieron, revueltos, Mario Conde, De la Rosa, De la Concha, Sarasqueta, Roldán y una caterva de politicastros de medio pelo. El caso de don Mariano Rubio es vergonzoso; no por lo que haya podido hacer el ex gobernador del Banco de España, sino por el linchamiento al que lo tienen sometido sus otrora protectores y amigos. Muchos creemos que don Mariano se abandona sin protestar demasiado al martirio tras un pacto con sus antiguos valedores. Porque si don Mariano tirara de la manta podría explicarles a sus jueces de dónde salen las ingentes sumas de dinero que algunos de nuestros mandamases han invertido en Venezuela, sabiamente aconsejados por el sinvergüenza de Carlos Andrés Pérez. O sea que, vista desde fuera —o desde dentro, señor presidente—, España se ha convertido en la olla podrida del refrán. Lo cual me ha impelido a romper mi carné del Partido Socialista con el que verdaderamente ya no sabría qué hacer. Una pena y un asco, señor presidente.
José Luis de Vilallonga Cabeza de Vaca
05 Mayo 1994
Jauría
Oigo a una señora que llama a una radio y dice que le bota el aspirador mientras oye algunas tertulias, las pongo, y son las de la vieja guardia; con aportes nuevos, de fugitivos. Un aristócrata monárquico, Villalonga, el del libro con el Rey (distinto en la edición francesa que en la española: sólo un poquito), dice que rompe su carné del partido socialista. Elige para contarlo ABC, como es lógico: el del día siguiente a la portada con un dibujo de guardia civil donde se explicaba que Roldán no es guardia civil, ni militar: así se explica que haya cometido esos delitos. Destilar la idea de que estos cargos no los deben ocupar civiles puede ser tomada por muchos exagerados como una incitación a que los militares no sólo ocupen los cargos militares, sino también los de los civiles. Es una gran humildad concentrar la corrupción en los civiles, porque el propio Luis María Ansón lo es, como su hermano Gil y Gil, con Hermida, recordó los buenos tiempos de Franco, donde estas cosas no pasaban: debía leer a Paul Preston. Tuvo aplausos. (Franco, a él, le metió en la cárcel por delito común).
Yo no elegiría estos días para romper el carné del PSOE; y si tuviera que hacerlo, no lo contaría; y menos en la sede del tercer periódico de Madrid, de donde parte la jauría. Pero siempre creo que la ética o el asco pueden ser hijos de un momento. Yo nunca lo tuve; y voté al partido una vez para que no ganara Fraga, el peor superviviente del régimen antiguo: después vi que no podía ser.
Lo que me da más asco, ahora, es la jauría; los indecentes de siempre y los hereditarios, los que se lucraron, o se amamantaron y fueron al colegio y a la universidad, por el robo más gigantesco de la historia de este país (después de la Reconquista, en la que cuatro se repartieron todo y echaron a sus dueños). No tienen el pudor de dejar que las cosas vayan a su favor: hacen todo lo posible para mostrarse ávidos, aviesos, acuciantes.
(Ya sé que es sólo una parte del espectáculo; ya sé dónde está el mal. Pero lo que menos perdonaré a González es haber gobernado de forma que la jauría, los herederos, los berluscas, los mussolinillos, los herederos, nos gobiernen. Nunca pensó en nosotros: tuvo un pensamiento macro).
Eduardo Haro Tecglen
El Análisis
«¿Ah, pero Vilallonga estaba en el PSOE?», debieron pensar muchos cuando leyeron su Tercera. Ciertamente José Luis de Vilallonga había sido una de las figuras más odiadas por la extrema derecha por haber publicado artículos en Interviú desvelando las vergüenzas que conocía de muchas figuras de ‘clase alta’ y había colaborado con Junta Democrática y Coordinación Democrática a financiar y organizar la oposición al régimen en la última etapa, aunque su afiliación en el PSOE no se confirmó hasta 1981. Se consideraría muy «progre», sin duda, pero de los progres con copa de coñac en la mano y más cómodos en fiestas de salón con buen vino, que en asambleas sindicales.
Nunca pidió cargo alguno al partido, ni trató de ocupar rol alguno en los órganos de gobierno de la formación. En mayo de 1994 Había motivos de sobra para querer abandonar el barco del PSOE y era un golpe para el PSOE cualquier baja anunciada a toda página como la de Vilallonga. Pero, a efectos prácticos, Vilallonga no era un referente socialista para nadie. No se le iba a echar de menos.
J. F. Lamata