26 febrero 1969
El cardenal arzobispo de Madrid, Casimiro Morcillo González, asume la presidencia de la Conferencia Episcopal.
Hechos
- El 26 de febrero de 1969 la Conferencia Episcopal Española, el organismo que coordina a los obispos de España, elige a D. Casimiro Morcillo González.
Lecturas
El 26 de febrero de 1969 la Conferencia Episcopal Española, el organismo que coordina a los obispos de España, elige a D. Casimiro Morcillo González, cardenal arzobispo de Madrid, nuevo presidente de la Conferencia Episcopal Española en sustitución de D. Fernando Quiroga, que ocupaba el cargo desde la constitución del organismo.
D. Casimiro Morcillo presidirá la Conferencia Episcopal hasta su fallecimiento en mayo de 1971.
El Análisis
En febrero de 1969, el cardenal Casimiro Morcillo, arzobispo de Madrid, asumió la presidencia de la Conferencia Episcopal Española. Figura de gran peso dentro de la jerarquía eclesiástica, Morcillo representaba a esa generación de prelados agradecidos al franquismo por haber preservado a la Iglesia de la persecución durante la Guerra Civil. Pero, al mismo tiempo, entendía que los nuevos tiempos exigían algo más que gratitud al poder político: el Concilio Vaticano II había abierto horizontes de reconciliación y de renovación, y la Iglesia española no podía quedar al margen de ese proceso.
Morcillo se enfrentaba a la compleja tarea de coordinar a un episcopado dividido. Por un lado, voces como la del obispo Vicente Enrique y Tarancón, que empezaban a apostar por una salida de reconciliación nacional y por preparar el terreno para una futura transición política. Por otro, la corriente encabezada por el obispo José Guerra Campos, que defendía una fidelidad inquebrantable al régimen franquista, entendiendo que cuestionarlo era un acto de ingratitud hacia quien había protegido a la Iglesia. Y en medio, un silencio espeso rodeaba la actitud de los prelados vascos frente al nacimiento de la violencia de ETA, un tema sobre el que se evitaba pronunciarse abiertamente.
La presidencia de Morcillo se convirtió, así, en un ejercicio de equilibrio. Su empeño fue mantener un clima de concordia dentro de la Conferencia Episcopal, evitando fracturas internas en un momento en que España se asomaba, aún con timidez, a un horizonte de cambios inevitables. Morcillo sabía que la Iglesia debía acompañar a la sociedad en esa evolución, sin romper los lazos con el régimen pero tampoco sin cerrarse a las nuevas realidades que ya se vislumbraban. Su legado fue, en definitiva, el de un pastor que intentó, con pragmatismo y paciencia, mantener unido a un episcopado que comenzaba a dividirse sobre el papel que la Iglesia debía jugar en el futuro de España.
J. F. Lamata