30 mayo 1971

Tarancón era hasta ese momento el cardinal primado como obispo de Toledo

Muere Casimiro Morcillo y Tarancón le reemplaza como obispo de Madrid y como presidente de la Conferencia Episcopal

Hechos

El último día de mayo falleció el obispo D. Casimiro Morcillo. El obispo D. Enrique y Tarancón le sustituyó como cardenal arzobispo de Madrid y también como presidente de la Conferencia Episcopal.

Lecturas

El 29 de mayo de 1971 fallece D. Casimiro Morcillo González cardenal arzobispo de Madrid-Alcalá, que también ocupaba la presidencia de la Conferencia Episcopal Española desde febrero de 1969.

Ese mismo día El Vaticano designaba al cardenal D. Vicente Enrique y Tarancón nuevo cardenal arzobispo de Madrid y también presidente de la Conferencia Episcopal Española en su lugar de manera interina hasta febrero de 1972 cuando será ratificado en el cargo. Volviendo a ser reelegido como presidente de la Conferencia Episcopal en 1978. Desde ese cargo padecerá el ‘caso Añoveros‘.

Durante su mandato el cardenal arzobispo Tarancón tratará de fomentar un ambiente favorable a una transición democrática y a una reconciliación entre los españoles, lo que causará enfrentamientos con algunos obispos (se hizo célebre su choque con el obispo de Cuenca, Monseñor Guerra Campos) y con la ultraderecha, que lo consideraron un traidor y un desagradecido hacia el franquismo.

Monseñor Tarancón estará al frente de la Conferencia Episcopal hasta 1981, cuando será reemplazado por monseñor Díaz Merchán.

30 Mayo 1971

Don Casimiro

Vicente Enrique y Tarancón

Leer

No resulta fácil hablar serenamente del amigo en el momento de la separación. Y don Casimiro fue para mí ante todo y sobre todo el amigo.

Era una amistad vieja la nuestra. Nació en los años treinta, cuando los dos, llenos de ilusión – éramos muy jóvenes entonces – nos dedicábamos con afán a la promoción de la Acción Católica en aquellos años un poco hoscos para la sociedad española y para la Iglesia.

Se afianzó definitivamente esa amistad en nuestros primeros años de episcopado. Los dos intuíamos el nuevo rumbo que debía imprimirse a la acción de la Iglesia en España cuando el contexto socio-religioso de nuestro pueblo iba cambiando notablemente. Nuestras pastorales de entonces tenían una temática parecida. La orientación que dábamos a nuestra actividad pastoral era idéntica.

No es extraño que el sentimiento de la Iglesia española – y particularmente de la Iglesia diocesana de Madrid – por la pérdida de un obispo como don Casimiro, del que cabía esperar todavía iniciativas y realizaciones muy importantes, adquiera en mí un carácter más personal, más profundo, más entrañable que me impida ofrecer la semblanza que él se merecía.

Una de las cosas que más admiré en don Casimiro, especialmente desde su elevación al episcopado, fue su capacidad de entrega a los demás, que hizo de su vida un servicio ininterrumpido, una verdadera oblación total.

El supo hacer del lema de su escudo la norma de su vida ‘Me gastaré y me desgastaré hasta agotarme’, había escrito en su escudo episcopal, aplicándose la consigna de San Pablo. Y esto fue su vida: un gastarse continuamente para atender a los demás; un olvidarse de sí mismo – de su comodidad, de su conveniencia y hasta de su propia salud – para darse más plenamente.

Aun en los últimos meses, cuando los dolorosos le atenazaban muy fuertemente sabía seguir trabajando con el mismo afán, sin que los otros nos diésemos cuenta de sus sufrimientos.

Y esa entrega total a los hombres se desarrollaba siempre dentro de un cauce limitado por dos fidelidades: la fidelidad insobornable a la Iglesia y la fidelidad apsionada a España.

Don Casimiro no sólo amaba al a Iglesia, sino que sentía toda su responsabilidad de obispo y pastor de ella. Servir a la Iglesia – hacer Iglesia, diría mejor – era su obsesión y como la razón de su vida. Y todas sus decisiones estaban inspiradas en esa voluntad de hacer Iglesia; de desarrollar y perfeccionar continuamente el cuerpo místico de Cristo; el pueblo de Dios que peregrina hacia la Patria.

Pero don Casimiro amaba también apasionadamente a España. Y quería ser fiel, absolutamente fiel, a su tradición, a su progreso, a su perfeccionamiento material y espiritual. Y como pastor de la Iglesia española quería que la encarnación del cristianismo en nuestro pueblo fuese perfecta.

Y no es fácil, en todos los momentos, compaginar esas dos fidelidades. La tensión en que vive siempre la Iglesia para lograr la síntesis entre su fidelidad al evangelio y su fidelidad al hombre y a la historia del mundo. La tensión en que ha de vivir siempre el cristiano para encarnar su vida espiritual en su personalidad humana, que le crea no pocas dificultades y hasta verdaderas luchas interiores – ‘no siempre hago lo que quiero’ decía de sí mismo San Pablo, reflejando la tensión en que vivía – es la que sí habremos de sufrir no pocas veces para realizar esa síntesis entre el amor a la Iglesia y el amor a la Patria.

Esta es la razón por la que alguna vez podía parecer menos clara l conducta de don Casimiro. Esta es la razón que explica también, en algunas ocasiones posturas un tanto extrañas e ininteligibles de personas de cuya rectitud no se puede dudar. Yo creo que él supo con gran esfuerzo, realizar esa síntesis, aunque algunas veces no lo comprendiéramos. Y con su conducta – que hubiese fallos algunas veces es lógico; todos los tenemos por nuestra propia condición humana – nos da a todos un magnífico ejemplo.

Don Casimiro, terminado el tiempo de su perenigración, ha sido llamado a la Casa del Padre. Yo pido a todos una oración por su alma. Pido también que no olvidemos las lecciones que nos dio con su vida, particularmente la de su entrega plena a los demás, para que, como él, sepamos servir a nuestros hermanos y sepamos servir a la Patria sirviendo fielmente a la Iglesia y a Cristo.

Vicente Enrique y Tarancón

El Análisis

De Morcillo a Tarancón, la Iglesia en el umbral del cambio

JF Lamata

El final de mayo de 1971 marcó un punto de inflexión para la Iglesia española. La muerte del cardenal Casimiro Morcillo, figura de consenso dentro de la jerarquía, abrió paso a un liderazgo nuevo: el cardenal Vicente Enrique y Tarancón, que asumió tanto la archidiócesis de Madrid como la presidencia de la Conferencia Episcopal. Morcillo había representado la continuidad: agradecido al franquismo, pero consciente de la necesidad de diálogo entre obispos de distintas sensibilidades, su misión fue mantener la unidad en un momento de tensiones crecientes. Su talante conciliador permitió que la Iglesia española se mantuviera unida durante los primeros compases del posconcilio.

Pero con Tarancón la Iglesia entró de lleno en la turbulencia política de la España tardofranquista y en la Transición. El nuevo presidente de la Conferencia Episcopal demostró un perfil distinto: pastor abierto al diálogo con todas las fuerzas políticas, supo interpretar que el futuro del país pasaba por la reconciliación y la democratización. Se enfrentó al régimen en episodios como el caso Añoveros —cuando defendió a su compañero obispo vasco frente a las presiones del gobierno franquista— y evitó dar al general Franco el funeral de Estado religioso que se le pedía, delegando la ceremonia en el cardenal Marcelo González, de Toledo. Aquella decisión fue interpretada por los sectores ultras como una traición, y convirtió a Tarancón en blanco de ataques furibundos, resumidos en la tristemente célebre consigna: “¡Tarancón, al paredón!”.

El cardenal, sin embargo, no fue un revolucionario en el plano doctrinal. Sus posiciones sobre el divorcio, el aborto o los anticonceptivos se mantuvieron fieles a la ortodoxia vaticana, lo que le granjeó críticas desde sectores progresistas que lo veían demasiado rígido en lo moral. Pero su compromiso con la apertura democrática, la legalización de partidos políticos y la redacción de una Constitución de consenso lo situaron en un lugar central de la Transición. Tarancón encarnó así una paradoja: para la derecha más inmovilista, fue un traidor al franquismo; para la izquierda más radical, un conservador irreformable. En realidad, fue la figura que ayudó a que la Iglesia española acompañara —sin fracturarse del todo— el tránsito de un régimen autoritario a una democracia.

J. F. Lamata