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Era una de las cabezas visibles del Foro de Ermua y muy crítico con la política de Ezker Batua

Asesinado por ETA el comunista José Luis López de Lacalle, periodista en la edición vasca de EL MUNDO por el etarra Guridi Lasa

HECHOS

El 7 de Mayo del 2000 era asesinado a tiros por la espalda en Andoain José Luis López de Lacalle, columnista en el periódico EL MUNDO y miembro del Foro de Ermua.


Hechos: El 7 de Mayo del 2000 era asesinado a tiros por la espalda en Andoain D. José Luis López de Lacalle, columnista en el periódico EL MUNDO. López de Lacalle era un antiguo militante comunista preso en los tiempos del franquismo, perteneciendo tanto al PCE primero como al PTE-UC de D. Santiago Carrillo después. López de Lacalle se situó frente al terrorismo al presidir el Foro de Ermua (en memoria del también asesinado Miguel Ángel Blanco Garrido). Sus últimas editoriales eran siempre contra el terrorismo y el nacionalismo excluyente.

Víctimas Mortales: D. José Luis López de Lacalle

El Asesino: D.  José Ignacio Guridi Lasa “Xabi”  (autor)   condenado a  30 años de prisión por la Audiencia Nacional.

guridi Guridi Lasa

08 Mayo 2000

Disparos contra la memoria antifascista

EL PAÍS (Director: Jesús Ceberio)

José Luis López de Lacalle, asesinado ayer por ETA, no era un periodista, pero lo han matado por escribir en los periódicos; para callarle. Memoria viviente de la resistencia contra la dictadura, cada artículo suyo venía a recordar la mentira, la vileza y la cobardía sobre la que ETA y sus amigos pretenden construir una patria a su medida.Esta última víctima de ETA era conocida sobre todo por su pasado de luchador antifranquista: fue miembro del Partido Comunista de Euskadi en la clandestinidad y fundador de las Comisiones Obreras en Guipúzcoa, lo que le llevó a conocer la cárcel en los años sesenta. Como a otros muchos demócratas, la actividad terrorista de ETA y los abusos cometidos en nombre de la patria vasca le hicieron regresar a la política en los años ochenta: participó en las primeras movilizaciones contra los asesinatos, figuró como independiente en listas electorales, escribió en los periódicos, fue uno de los fundadores del Foro Ermua.

Nadie podrá alegar sorpresa, y menos que nadie los confidentes de ETA, en sentido amplio. Los terroristas raramente amenazan en vano. Antes de acabar con la vida de López de Lacalle habían intentado hacerlo con otros dos periodistas. La verosimilitud de un atentado de ETA contra los que escriben o hablan en contra de la organización terrorista en los medios de comunicación era un dato con el que cuentan quienes señalan. Quede clara constancia de ello. No es que quieran que ETA mate, pero sí que la posibilidad de que lo haga sirva para acallar las voces que les inquietan. Sobre todo, voces como la de José Luis López de Lacalle, de quien nadie podrá decir que fuera un enemigo de Euskadi, de la libertad o de la autonomía.

Resulta sarcástico que los portavoces del brazo político de ETA aleguen que su deseo es que «se respete la palabra y la decisión de Euskal Herria»: su forma de respetar la palabra de los ciudadanos es liquidar a quien diga algo que cuestione lo que ETA ha decidido que deben decir los vascos.

El lehendakari reiteró ayer las palabras que suele decir en ocasiones similares, pero sigue sin entender que la actitud moral ante el terrorismo y la imposición no es algo que dependa de la entonación; que será difícil que EH se tome en serio sus exhortaciones a independizarse de ETA mientras él mismo sea incapaz de tomar distancias respecto a su partido y éste mantenga su apuesta de alianza nacionalista entre demócratas y quienes no lo son. La solidaridad con las víctimas, para ser real, implicaría el enfrentamiento con los verdugos, pero ésa es una frontera que no se traspasa si puede evitarse. Los sarcasmos sobre el Foro Ermua, el siniestro discurso de que ETA debía dejar de matar para no favorecer a Mayor Oreja -lo que equivale a decir que si no lo favoreciera sería legítimo hacerlo-, las apelaciones a la «violencia mediática», reiteradas ayer mismo, forman parte de la atmósfera ideológica que necesita ETA para subsistir. El hecho de que desprecie a los partidos nacionalistas democráticos no significa que no precise de su discurso para legitimarse a sus propios ojos como vanguardia de un vasto frente.

ETA ha roto la tregua alegando que los partidos nacionalistas no habían cumplido hasta el final su compromiso por la independencia; pero la represalia que toman por ello consiste en atacar a los no nacionalistas, y más concretamente, a quienes denuncian ese compromiso, como hizo López de Lacalle en su último artículo, publicado la semana pasada en El Mundo. La amenaza de ETA al PNV consiste en advertirle que hará caer sobre ellos la sangre de las víctimas, convirtiéndolos en sus cómplices. Pero los dirigentes nacionalistas no acaban de encontrar el valor suficiente para romper ese lazo siniestro.

Nadie puede ignorar que la temeraria apuesta nacionalista del pacto con ETA, prolongado en el de Lizarra, ha fracasado, y que cuanto antes lo reconozcan menos costosos serán sus efectos para el sistema democrático y para los propios partidos nacionalistas. Pero existe la impresión de que algunos dirigentes están dispuestos a buscar culpables donde sea antes de dar su brazo a torcer. El personaje más trágico de la última obra de Mario Vargas Llosa es un jefe militar implicado en la conjura contra el caudillo dominicano Rafael Leónidas Trujillo, que sabe perfectamente lo que debe hacer en cada momento, pero que, movido por una tendencia irrefrenable hacia el desastre, hace justamente lo contrario, atrayendo la desgracia hacia sí mismo y quienes habían confiado en él. Por cobardía. Sólo por cobardía.

08 Mayo 2000

ETA asesina una parte de todos nosotros

EL MUNDO (Director: Pedro J. Ramírez)

El asesinato de José Luis López de Lacalle no es otro crimen más de ETA. Y no lo decimos ni en menoscabo de la importancia de los anteriores -todas las vidas humanas nos merecen idéntica consideración- ni porque José Luis López de Lacalle fuera nuestro compañero y nuestro amigo. Su asesinato reviste caracteres muy especiales para la sociedad en su conjunto porque también los posee la labor que realizaba, y porque es precisamente contra esa singularidad contra la que apuntaron sus asesinos.

El trabajo periodístico es una pieza esencial del bienestar social y de la calidad de vida democrática. Gracias a él, la ciudadanía puede saber lo que sucede y, en virtud de la pluralidad de puntos de vista y enfoques que es capaz de añadir a la información, proporciona el material necesario para que cada cual pueda fijar libremente su criterio. Al matar a un periodista -en este caso, a un hombre especializado en el análisis sin tapujos de la realidad vasca-, ETA no sólo ha atentado contra una persona, ni sólo contra un medio, ni sólo contra una profesión: ha atentado contra la libertad de información y de expresión del conjunto de la sociedad. Con su desaparición violenta, todo ciudadano se ve privado de una parte de su propio derecho a saber y a expresarse.

ETA ha elegido a José Luis López de Lacalle porque, además, su labor era particularmente certera y eficaz. Certera, debido a que sabía de qué hablaba y ponía valiente y brillantemente los puntos sobre las íes cuando hacía falta. Y extremadamente eficaz, porque lo hacía además con el aval de una trayectoria antifascista que nadie podía discutir y que pagó con larga cárcel en los también difíciles -distintamente difíciles- tiempos del franquismo.

En la medida en que, al atentar contra la vida de López de Lacalle, lo que ETA ha pretendido es limitar la libertad de expresión de todos, acallando a quienes contrarían sus criterios, la respuesta a este crimen ha de ser también colectiva: es toda la sociedad la que debe demostrar su apego a la diversidad, al pluralismo, a la libertad. Y su repulsa a quienes no soportan que alguien les ponga delante un espejo y les obligue a ver sus propias aberraciones.

La responsabilidad del asesinato de José Luis López de Lacalle recae exclusivamente, en el plano criminal, sobre los autores intelectuales y materiales del crimen: sobre quienes decidieron disparar contra él y sobre quienes lo hicieron. A tal respecto, sólo nos queda pedir que las autoridades se muestren lo más diligentes que quepa en la investigación del hecho, en la localización de los culpables y en su entrega a la Justicia, para que ésta haga recaer sobre ellos el castigo que merecen.

Pero, aunque correspondan a muy distinto plano, no podemos ignorar que hay más responsabilidades.

Entre ellas, y en primer lugar, la de la Consejería de Interior del Gobierno vasco y la de los mandos supremos de la Ertzaintza.

Que López de Lacalle ocupaba un lugar destacado entre los objetivos de ETA no era un secreto para nadie. Hace escasas semanas, su domicilio -el mismo ante el que fue asesinado ayer- recibió los impactos de varios cócteles molotov lanzados por los eternos incontrolados de la kale borroka. Su nombre y su retrato había aparecido en numerosos carteles y pasquines amenazantes de los alevines del abertzalismo radical. ¿Cómo puede ser que un hombre en su situación no fuera acompañado ni siquiera por un escolta de la Ertzaintza o que en su entorno no hubiera medidas de contravigilancia? López de Lacalle no sólo era un objetivo claro de los terroristas, sino también -y eso es lo preocupante- un objetivo fácil. Carlos Herrera y José María Zuloaga se libraron de los atentados de ETA gracias a que les rodea una cierta infraestructura de protección. López de Lacalle, en Andoain, no tenía nada. Como él mismo planteaba, la ciudadanía tiene derecho a preguntarse para qué paga sus impuestos, si no sirven para respaldar el derecho más elemental de todos.

Es obligado referirse también al papel desdichado que está jugando en todo esto la cúpula del Partido Nacionalista Vasco. No seremos nosotros quienes le atribuyamos complicidad voluntaria alguna en el crimen. Pero el hecho es que sigue coqueteando con quienes ejercen la representación política legal de los asesinos. Continúa en el aire la pregunta que les formuló hace bien poco José María Aznar: ¿qué es lo que necesitan que ocurra para replantear su estrategia política? Resultaba terrible repasar ayer las declaraciones hechas la víspera por Xabier Arzalluz: según él, si el PP no puede «volver a las formas del franquismo, y encarcelar y fusilar» a los nacionalistas vascos es porque «Europa los ha protegido».

El se siente protegido por Europa. A José Luis López de Lacalle no lo ha protegido nadie. Tampoco el Gobierno del PNV.

Con su política, los Arzalluz y compañía están creando espacios de impunidad que permiten desenvolverse a los amigos y a los justificadores de los asesinos. Aquí el único «fusilado» -el último «fusilado»- ha sido nuestro compañero.

08 Mayo 2000

Militante de la libertad, víctima de la barbarie

Germán Yanke

La fotografía, de la que quiero apartar la vista sin conseguirlo, muestra el cuerpo de José Luis López de Lacalle cubierto por una sábana blanca y, en el suelo, el paraguas y una bolsa llena de periódicos. Es fácil imaginarle con el paraguas y los periódicos y, de paso, recordar su sentido del humor, su ironía.

Estábamos juntos, al término de un homenaje en San Sebastián al músico José María Usandizaga, cuando el escultor Jorge de Oteiza, despotricaba contra los que se quejaban de la lluvia: «parece mentira que, siendo vascos, se quejen de la lluvia». A José Luis le hizo gracia la ocurrencia y me la recordaba a menudo. Y los periódicos…: era un lector voraz, siempre atento a los argumentos de los demás, a los que coincidían con sus ideas y a los de quienes discrepaban con él. Para sus críticas políticas no elegía el flanco más débil del adversario, sino el más sugerente. Era así, inteligente y bueno.

Quien quedaba debajo de la sábana blanca había nacido en Tolosa (Guipúzcoa) hace 62 años. Su familia, con pocos recursos económicos, vivía a las afueras de la villa foral y todos tuvieron que trabajar desde muy jóvenes. Pero José Luis mostró siempre un enorme afán de cultura y se reunía frecuentemente con algunos amigos intelectuales, como José León Careche y el músico Javier Bello Portu, en interminables conversaciones literarias o musicales. Ellos le acercaron a Pío Baroja, a Luis Martín Santos y otros escritores vascos, a los que trató cuanto pudo y leyó siempre. No sólo a ellos: sorprendía, en un hombre que trabajaba en la industria y se iba haciendo a sí mismo, que poseyera tan detallado conocimiento de algunas obras de la literatura española que le conmovían: La Regenta, Fortunata y Jacinta, etc.

También fue comprometiéndose poco a poco en la política. Inquieto siempre, preocupado por cuanto ocurría a su alrededor, sentía aversión a cualquier atentado contra las libertades y los derechos individuales, tanto en el ámbito político y social como en la vida empresarial. Se afilió muy jóven al Partido Comunista de la mano de Enrique Múgica a finales de los 50 («Resulta paradójico ahora -solía comentar- pero hay que recordar que la verdadera oposición al franquismo estaba allí») y participó en la fundación de Comisiones Obreras. Aquella «clandestinidad total» de la que hablaba no le impidió ser un militante activo y sin duda serán hoy muchos los que recuerden con que pasión intentaba sumar voluntades a la lucha contra el franquismo. Y como no era tan «total», fue perseguido y encarcelado durante más de cinco años. Contaba su estancia en Carabanchel sin rencor, como una aventura más de la que se sentía orgulloso por lo que la había motivado, pero sin apegarse jamás a una estéril manifestación de victimismo. La cárcel, que compartió entre otros con Marcelino Camacho y Gerardo Iglesias, era fuente de constantes anécdotas y chistes. Porque José Luis gustaba de contar chistes y de rebuscar el lado divertido de todo, seguramente para convertir en amable la vida de quienes le rodeaban.

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Irónico

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Entre quienes tenía más cerca era «Cuscús». El apodo se pierde en los tiempos de la clandestinidad (de cuscusear o curiosear en todos los sitios), pero sirvió siempre para mostrar su afán de saber y de estar enterado, así como su talante divertido e irónico, abierto a conversaciones interminables, amigo de sus amigos, empeñado en sacar todo el jugo de la vida. Las lecturas no impedían el gusto por la buena mesa, aunque no en todos los lugares encontrara su plato preferido, el arroz con almejas, que desgustaba con placer en el Clery donostiarra. Le apasionaban lo que llamaba paseos y eran verdaderas caminatas. El pasado verano hizo el camino de Santiago, y algunos de los que lo comenzaron con él lo dejaron antes de finalizar. Pero no José Luis, que se proponía las metas como obligaciones. Relataba divertido los últimos kilómetros con un anciano que se sorprendía de que los jóvenes se cansaran tan pronto y que le repetía a cada rato: «qué juventud, si hay otra guerra nos va a tocar a nosotros de nuevo».

Lo contaba divertido, quizá, porque a él, tras el franquismo, le había tocado otra batalla, esta vez contra el totalitarismo etarra. José Luis López de Lacalle fue uno de los fundadores de Izquierda Unida en el País Vasco, aunque pronto de desligó de esta coalición, a la que criticó después duramente por su presencia en el Pacto de Estella. Tras dejar Izquierda Unida se acercó a los socialistas vascos, algunos de ellos viejos amigos con los que había coincidido en el PC (como Enrique Múgica) o en negociaciones laborales del sector del metal (en las que José María Benegas representaba a UGT y José Luis a Comisiones). No estuvo afiliado al PSOE pero, como independiente, se presentó con este partido a las elecciones al Senado por Guipúzcoa y suscribió algunos manifiestos en apoyo de algunas candidaturas socialistas como la de Odón Elorza al Ayuntamiento de San Sebastián, del que después se distanció políticamente, y de Nicolás Redondo a lehendakari, con quien hasta ayer mantuvo una sólida amistad. Antes de las elecciones autonómicas vascas de octubre de 1998 se adhirió a la plataforma «Razones» que apoyó las listas socialistas y negoció con el PSOE la presencia en ellas de algunos independientes. También había aceptado, tiempo atrás, ser miembro del Consejo Social de la Universidad del País Vasco. Allí conoció al actual lehendakari, Juan José Ibarretxe, que representaba al PNV. A todo lo que se comprometió se dedicó en cuerpo y alma. Y a todo lo suyo puso siempre un punto de ironía. Hace bien poco me decía: «Yo, que era un pobre chico de Tolosa, he sido miembro del Consejo Social de la Universidad, tengo una hija estudiando en Ginebra y un hijo poeta. Claro que mi mujer es profesora…».

Su mujer, Mari Paz Artolazabal, es una de las fundadoras de la ikastola de Andoain, donde ambos vivían. Pertenece a una antigua familia nacionalista y ha sido, sin duda, el perfecto complemento del adversario intelectual del nacionalismo que era él. Porque lo había experimentado en su propia familia, y porque disfrutaba de que así fuese como un enriquecimiento, sabía distinguir fuera de ella las relaciones entre las personas y las discrepancias políticas. Por conocer y tratar a unos y otros, el portavoz del PNV, Joseba Egibar, aseguró, tras el asesinato de Gregorio Ordoñez, que José Luis López de Lacalle estaba jugando un papel de mediador entre Jaime Mayor Oreja y ETA. Se le implicaba falsamente, quizá para dar una imagen de debilidad en el PP, quizá para colocarle en un papel que no era el suyo: el de intelectual independiente que, simplemente, era amigo de sus amigos (como lo era también del parlamentario nacionalista Joseba Arregi). Hablaba de Aitziber y Alain como un padre encantado de los éxitos de sus hijos, y de Mari Paz con entusiasmo. No estaba inclinado a esconder sus sentimientos, que se notaban en su mirada clara y expresiva.

Todos ellos notaron su preocupación cuando la empresa de la que era gerente, la cooperativa Ugarola, sufrió las dificultades propias de la crisis económica y, en particular, del sector papelero de Tolosa. A su tesón y su capacidad negociadora se debió en buena medida la reconversión de la empresa, dedicada ahora a la fabricación de pequeña maquinaria de construcción. Hizo su trabajo profesional compatible con la actividad política y periodística. Escribió varios años en las páginas de El Diario Vasco de San Sebastián y lo dejó después debido a varias incomprensiones.

Fue entonces cuando se incorporó, primero como articulista esporádico y después como columnista fijo, a EL MUNDO DEL PAIS VASCO. Hace un par de años solicitó su jubilación anticipada para dedicar todo el tiempo a escribir. Siempre polémico, siempre claro, sus columnas eran devoradas cada semana por partidarios y adversarios. José Luis, incorruptible, no soportaba la corrupción. Amante de la libertad, no consentía su vulneración. Pacífico siempre, no aceptaba la violencia. Estudioso de los entresijos del Estado de Derecho, no concedía terreno a los enemigos de la democracia. Ahí quedan sus textos, como el legado de un militante de la libertad y testigo de la barbarie que combatió. Sí, un testigo, no en el sentido de parte de un proceso sino como lo fueron los que, acumulando palabras en la memoria o utilizando un trozo de papel, escribieron en los campos de concentración nazis sobre lo que ocurría a su alrededor.

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Comprometido

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Padeció por ello antes de ser asesinado. Cartas amenazantes, pasquines contra él repartidos en Andoain, pintadas en la fachada de su casa. Hace unos meses, cócteles molotov contra su domicilio. Hablé con José Luis entonces, preocupado por él y su familia. Yo había sido, al fin y al cabo, quien le invitó a escribir en EL MUNDO y le insistió en que lo hiciera más frecuentemente. Pero él, nada inclinado al victimismo, trataba de tranquilizarme agradeciendo tener un espacio desde el que defender la libertad y la democracia. Fue testigo de todo ello, lo diseccionó, lo combatió y ha sido ahora aniquilado por las cobardes balas asesinas de ETA.

Testigo comprometido, sin duda. Tras el asesinato de Miguel Angel Blanco participó en la constitución del Foro de Ermua con otro de sus amigos, Javier Elorrieta, entonces también columnista de EL MUNDO y hoy miembro independiente del Grupo Socialista del Parlamento Vasco. Lo hizo, como él decía, porque el País Vasco necesitaba un movimiento cívico que se opusiera a ETA y cooperara en la instauración de un sistema de libertades. «Nunca he vivido -dijo en una entrevista reciente- en un sistema de libertades plenas. Primero, el franquismo; ahora, el totalitarismo de ETA y la violencia». Pidió al PNV que se alejara del rumbo que había tomado, que dejara el Pacto de Estella y la colaboración con los sicarios de ETA. Y, al ver que no era posible que los más maximalistas dieran ese paso, solicitó a sus lectores y conciudadanos que vencieran al PNV en las urnas.

Otro maximalismo, el del carlismo violento del Cura Santa Cruz, asesinó al liberal Otamendi. Cuando le preguntaron a uno de los seguidores del cura el motivo contestó que «ya le había dicho muchas veces que hablaba demasiado y como no dejaba de hacerlo…». José Luis no dejaba de hacerlo. Si no hay esperanza de que recapaciten quienes le han asesinado, al menos podrían intentarlo, arrepentidos, quienes repetían que hablaba y escribía demasiado.

José Luis López de Lacalle, columnista de EL MUNDO, nació en Tolosa (Guipúzcoa) en 1938 y murió ayer, en Andoain, asesinado por ETA.

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