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Joaquín Almunia mantendrá sus funciones de Secretario General del PSOE mientras que José Borrell tendrá competencias como 'candidato del PSOE a la presidencia del Gobierno'

El Comité Federal logra ‘in extremis’ un pacto de competencias entre José Borrell y Joaquín Almunia para acabar con la guerra interna

HECHOS

El 21.11.1998 el Comité Federal del PSOE se reunió para acordar las competencias del cargo ‘Candidato del PSOE a la presidencia del Gobierno’ en la dirección del partido y las del ‘Secretario General’.

“LA FASE DE LA DIVISIÓN HA TERMINADO”

98_22_11_bicefalia_psoe Tras acabar el Comité Federal, el Secretario General del PSOE D. Joaquín Almunia (líder del sector felipista) y el candidato a la presidencia del Gobierno por el PSOE, D. Josep Borrell (apoyado por los sectores críticos: guerristas, borrellistas o Izquierda Socialista), comparecieron conjuntamente para asegurar que la etapa de la división interna había concluido.

¿SOLANA, EL TAPADO?

tapadosol Según el diario LA RAZÓN el felipismo planeaba desbancar en cuanto tuviera ocasión a D. Josep Borrell y reemplazarlo como candidato del PSOE por el Secretario General de la OTAN, D. Javier Solana.

22 Noviembre 1998

Liderazgo a prueba

EL PAÍS (Director: Jesús Ceberio)

La etapa de bicefalia ha terminado. La resolución del Comité Federal del PSOE ha concedido a José Borrell la preeminencia que exigía su condición de candidato a la presidencia del Gobierno por el primer partido de la oposición. El comité federal ha corregido así el reparto de papeles entre Borrell y Almunia que estableció el pasado mes de mayo y que ha dado lugar a una penosa dualidad de legitimidades, de la que sólo sacaba provecho el PP.Era urgente para los socialistas situarse en buen orden de marcha paras las sucesivas citas electorales del año próximo, empezando probablemente por las catalanas en marzo. La crisis de autoridad sufrida tras las primarias impedía al PSOE acudir a las elecciones con posibilidades de cambiar el signo adverso en las urnas. Puede que la resolución no sea la mejor fórmula, porque no está exenta de ambigüedades. Pero como mínimo permite empezar de nuevo el camino con un líder reconocido y unas reglas de funcionamiento.

Borrell ve reconocida su condición de líder de la oposición, “primer representante y portavoz de las propuestas de los socialistas”, y debe integrarse con su equipo en la estructura de la dirección del PSOE, pero desaparece la oficina del candidato y la dualidad organizativa que planteaban las plataformas territoriales de apoyo. Se ha evitado así la convocatoria de un congreso extraordinario que podía dar pie a una nueva dualidad de legitimidades y agravar todavía más la crisis. La resolución del órgano de dirección del PSOE, en cambio, extrae todas las consecuencias que se derivan de las primarias, y éstas son poner toda la estructura del partido al servicio del candidato para intentar vencer en las elecciones generales. El partido socialista pudo tomar este camino muchos meses antes, pero a lo que se ve era necesaria la purga de un doble liderazgo y el debilitamiento del llamado efecto Borrell -los 10 puntos de ventaja sobre Aznar que le dieron al principio las encuestas- para que todos aprendieran la lección.

El debate entre las dos cabezas visibles de los socialistas no ha versado sobre programas, ideas o equipos. Ni siquiera ha tratado sobre el modelo de partido, una cuestión realmente de primer plano en un momento de renovación de los liderazgos. Lo que se debatía era lisa y llanamente ver quién mandaba en el PSOE, tras unas primarias que habían dado la legitimidad de candidato presidencial a Borrell y un congreso que había otorgado también la legitimidad, pero en la dirección del partido, a Joaquín Almunia. Ahora, este último, corresponsable de la confrontación surgida de unas primarias por él convocadas, ha tenido que ceder terreno a cambio del reconocimiento de una legitimidad orgánica ni superior ni inferior a la emanada de las primarias.

La solución arbitrada, gracias a la mediación de los barones territoriales, subordina explícitamente la acción del nuevo líder a los órganos del partido y concretamente al comité federal. Es una forma de decirle a Borrell que la preeminencia que solicita exige de su parte un esfuerzo para ganar la autoridad mediante un ejercicio eficaz del liderazgo. Borrell tendrá prohibidos a partir de ahora los ejercicios de reivindicación de sí mismo. Deberá actuar como jefe y dirigir el esfuerzo de renovación de ideas y de programa necesario para que los votantes puedan considerar de nuevo que el PSOE está preparado para las responsabilidades de gobierno. Es decir, demostrar que tiene capacidad para ejercer el liderazgo que se le reconoce.

El acuerdo es fruto de la mediación de las organizaciones territoriales. En manos de sus dirigentes, que han vuelto a demostrar su inmenso poder en el seno del partido, queda ahora la tutela del nuevo equilibrio de fuerzas. De ahí que la principal prueba para Borrell sea cómo superar las contradicciones entre los distintos modelos de Estado y de financiación autonómica que plantean las distintas federaciones del PSOE.

22 Noviembre 1998

Crisis en el PSOE

Santos Juliá

Una crisis de poder, circunscrita al ámbito de los dirigentes, sin razones ideológicas ni programáticas, que se ha manifestado como lucha descarnada entre dos sujetos y que recuerda a las típicas crisis madrileñas por las que ha atravesado en otras ocasiones este partido: eso es lo que un PSOE con las tripas al aire ha ofrecido a una ciudadanía, entre atónita y divertida, durante las últimas semanas.Su origen no son las primarias y ni siquiera la derrota en ellas del secretario general sino la obstinación del poder central del partido en no sacar las consecuencias políticas de aquella derrota. Para la comisión ejecutiva salida del 34º Congreso, el revés sufrido por su candidato sólo podía sustanciarse con una dimisión en bloque y la convocatoria de un congreso extraordinario, o como un mandato de las urnas para ponerse a disposición del elegido hasta que se convocara a su debido tiempo el congreso ordinario. Pero una cosa estaba clara: el resultado de las primarias implicaba el fin, inmediato o a plazo fijo, de esa ejecutiva y de su secretario general.

La ejecutiva no dimitió ni dio por perdida la guerra: siguió actuando como si lo que importara fuera conservar a toda costa las posiciones de poder que le otorgaban unos estatutos en los que no se contemplaba la nueva situación. A esta previsible reacción de una estructura consolidada de poder ante la aparición de un fuera de juego engorroso, el vencedor de las primarias respondió con una decisión finalmente perjudicial para su propia posición: no asentar el poder que le vino de las urnas allí donde el poder orgánico reside. No se trataba todavía de una cuestión de autoridad, que no se compra ni se vende, sino de poder, que, ése sí, se negocia, se pelea, se pierde, se gana. Y, una vez que se gana, se asienta donde radica, en un lugar físico, incluso en un sillón. De toda la vida, el primer gesto de quien conquista el poder es sentarse en el mismo lugar que antes ocupaba el perdedor.

El triunfador esta vez no lo hizo ni podía hacerlo. No se equivocó al no forzar la convocatoria de un congreso: si la hubiera forzado, lo habría perdido, por la sencilla razón de que las primarias no le proporcionaban poder orgánico en un partido que no tenía prevista estatutariamente la figura del candidato. No se sentó, pues, en el sillón del perdedor; pero, y aquí es donde radica la clave del asunto, tampoco se abrió un espacio propio a su vera. Como la ejecutiva después de su derrota, él también se mantuvo como lo que era antes de su triunfo: la voz más escuchada y más aplaudida por las agrupaciones pero que habla desde el exterior de los centros de decisión del PSOE, hoy repartidos entre Ferraz y las baronías territoriales. Fiado a esa única arma, braceó para conquistar lo que las primarias por sí solas no podían darle: una voz en la dirección política del partido. Es un ejercicio agotador porque si multiplica el esfuerzo, y no modifica la relación de poder, no consigue más que incrementar la sensación de una exterioridad sin propósito; pues aunque oída y apreciada entre los afiliados al partido, su voz llega a la sociedad como una más de un desafinado concierto cacofónico.

En un partido con una sólida estructura dirigente, no cuesta nada a quienes se mantienen en el centro incrementar la sensación de fuera de juego de quienes bracean por el exterior, a no ser que éstos se organicen para un asalto final. Es lo que sucede en los congresos extraordinarios cuando una facción organizada intenta hacerse con todo el poder. Jugar a esa ruleta rusa, como lo definió Múgica, es lo que han evitado los barones a última hora. Un reparto de poder equilibrado y definitivo, dicen haber conseguido. Si esto es así, la crisis sólo acabará de cerrarse cuando la ejecutiva entienda que no se trata tanto de repartir poder como de compartirlo de acuerdo con la nueva realidad surgida de unas primarias que situaron a los perdedores en una posición políticamente subordinada al vencedor.

22 Noviembre 1998

Salvados por la campana

LA RAZÓN (Director: Joaquín Vila)

Del Comité Federal del PSOE ha salido el acuerdo que ya anunció LA RAZÓN el pasado jueves: reparto de papeles con renuncias de Borrell (a su ‘aparato político personal’, a sus plataformas de apoyo) y de Almunia (a la representación institucional que todo secretario general de un partido debería tener). Por el contrario, ambos han ganado algo: Borrell puede ir a visitar la Moncloa como líder socialista y Almunia podrá vigilar al díscolo candidato que le han buscaod las bases.

Pero lo primero, es decir, las renuncias, pesa más que lo segundo, las presuntas victorias, porque a nadie se le escapa que estamos ante un conflicto irresuelto: tenemos medio candidato y medio secretario general del PSOE. Y, tal y como se ha producido la gestión de esta crisis, tenemos también a medio líder socialista en Felipe González, el otro medio en Javier Solana y algún barón en la recámara como Bono.

Lo destacable de la jornada de ayer fue la sensación de alivio que se transmitía en las filas socialistas, especialmente entre los señores feudales autonómicos, cuya estrategia electoral quedaba destrozada por la convocatoria de un congreso extraordinario. Pero una cosa es el alivio, y otra la sensación de optimismo triunfante que siempre se vende de cara a la galaría. El PSOE como organización (no su militancia) estaba virtualmente noqueado, pero le ha salvado la campana.

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