26 mayo 1992
Todos los análisis políticos señalan a la trágica muerte del juez anti-mafia como la causa del desbloqueo de las votaciones
El democristiano Oscar Luigi Scalfaro se convierte en Jefe del Estado de Italia en medio de la conmoción por el asesinato de Falcone
Hechos
El 25.05.1992 Óscar Luigi Scalfaro fue elegido presidente de la República de Italia.
Lecturas
LOS GRANDES DERROTADOS
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La elección del sucesor de Francesco Cossiga comenzó el 13 de mayo de 1992 en un Parlamento recién salido de unas elecciones que habían debilitado a los grandes partidos tradicionales y en pleno comienzo de Tangentopoli. Los 1.014 grandes electores —diputados, senadores y representantes regionales— necesitaban una mayoría de dos tercios en los tres primeros escrutinios y, desde el cuarto, mayoría absoluta: 508 votos. Los primeros nombres fueron fundamentalmente candidatos de partido: la Democracia Cristiana votó a Giorgio De Giuseppe, el PDS y Refundación Comunista a Nilde Iotti, socialistas y socialdemócratas a Giuliano Vassalli, la Liga Norte al politólogo federalista Gianfranco Miglio, los verdes a Norberto Bobbio y La Rete a Tina Anselmi. Ninguno podía acercarse por sí solo a la mayoría. En las tres primeras votaciones predominó, por tanto, la exhibición de fuerzas; en la cuarta, el 15 de mayo, DC y PSI optaron por la abstención mientras Iotti alcanzaba 256 votos.
La primera candidatura verdaderamente destinada a ganar fue la de Arnaldo Forlani, secretario de la DC. El 16 de mayo, en el quinto escrutinio, obtuvo 469 votos, quedándose a 39 de la Presidencia. Se repitió inmediatamente la operación y en el sexto alcanzó 479: le faltaron solamente 29 votos. Parecía estar a un paso del Quirinal y, sin embargo, acababa de demostrar que no podía llegar. Los franchi tiratori, diputados y senadores que aprovechaban el voto secreto para desobedecer a sus partidos, habían hecho su trabajo. Parte de la propia DC no estaba dispuesta a votar a Forlani y los republicanos mantuvieron votos para Giovanni Spadolini. Sobre todo, detrás de aquella resistencia se percibía la sombra de Giulio Andreotti: su corriente no lanzó abiertamente al presidente del Gobierno contra Forlani, pero tenía un interés evidente en impedir que éste ocupara el Quirinal, porque sólo después de quemarse Forlani podía llegar «la hora de Andreotti».
La candidatura Forlani quedó destruida y comenzó una semana de bloqueo. Entre el séptimo y el decimotercer escrutinio se sucedieron votos dispersos, abstenciones, papeletas blancas y distintas tentativas de compromiso. La DC quedó profundamente dividida y comenzaron a ganar terreno los llamados candidatos institucionales, especialmente los presidentes de las dos Cámaras: el republicano Giovanni Spadolini, presidente del Senado y además jefe del Estado suplente, y el democristiano Oscar Luigi Scalfaro, que acababa de ser elegido presidente de la Cámara. Scalfaro no era inicialmente el candidato del aparato democristiano: Marco Pannella y los radicales habían empezado a promover su nombre mucho antes de que la DC se decidiera por él, mientras buena parte de su propio partido desconfiaba precisamente de su independencia y fuerte personalidad.
Todavía se intentó reconstruir un acuerdo entre los partidos tradicionales alrededor del socialista Giuliano Vassalli. El 22 de mayo, en el decimocuarto escrutinio, Vassalli obtuvo 351 votos, mientras el jurista Giovanni Conso, respaldado desde la izquierda, alcanzó 253; Miglio consiguió 79 y Scalfaro apenas 21. El fracaso de Vassalli, nuevamente víctima de numerosos francotiradores, terminó de demostrar que el viejo eje DC-PSI ya no era capaz de disciplinar siquiera a sus propios parlamentarios. Aquella misma noche Forlani dimitió como secretario de la Democracia Cristiana.
Y entonces pareció llegar finalmente el momento que Andreotti llevaba esperando. El 23 de mayo, después de la caída de Forlani, el presidente del Gobierno saliente emergía ya como candidato in pectore de sectores importantes de la DC. Él mismo defendía que, después de haberse apartado mientras Forlani era candidato, ya no resultaba injustificada su propia aspiración. Andreotti podía presentarse como un hombre de Estado experimentado, senador vitalicio y figura capaz de reunir una mayoría transversal. Junto a él continuaban como soluciones alternativas Spadolini y Scalfaro. Precisamente aquel 23 de mayo, el decimoquinto escrutinio volvió a fracasar: Conso obtuvo 235 votos, Miglio 74, Spadolini 22, Scalfaro 17 y Andreotti solamente 11, porque su candidatura todavía se estaba negociando fuera de las urnas. Nada parecía resuelto.
Horas después explotó la autopista de Capaci. La bomba de Cosa Nostra asesinó a Giovanni Falcone, a su esposa Francesca Morvillo y a tres miembros de su escolta y cambió instantáneamente el clima político italiano. La decimosexta votación, prevista inicialmente para el día 24, fue aplazada en señal de duelo. Y el problema dejó de ser encontrar al candidato que mejor encajase en los equilibrios entre las corrientes de la DC, Craxi, Andreotti y los restantes partidos: había que elegir inmediatamente una figura capaz de simbolizar legalidad, autoridad institucional y respuesta del Estado frente a la Mafia.
Eso acabó con Andreotti. La candidatura que unas horas antes parecía finalmente preparada para despegar se volvió políticamente imposible. Como presidente del Consejo saliente y máximo representante de un sistema político que aparecía incapaz de impedir semejante desafío mafioso, resultaba muy difícil convertirlo, precisamente después de Capaci, en símbolo de regeneración institucional. La alternativa quedó reducida esencialmente a los presidentes de las Cámaras. Spadolini contaba con los republicanos y era inicialmente bien visto por los socialistas; Scalfaro, democristiano de fama austera, católico y rigurosamente institucional, llevaba tiempo siendo promovido por Pannella y podía atraer a la izquierda. La oposición socialista a Spadolini terminó perjudicando al presidente del Senado y la DC se inclinó finalmente por Scalfaro.
Faltaba el movimiento decisivo de Achille Occhetto y el PDS. Los excomunistas habían bloqueado hasta entonces cualquier elección concebida simplemente como otro reparto entre DC y PSI y en los dos escrutinios anteriores habían sostenido a Giovanni Conso. Capaci cambió también sus prioridades: tras una fuerte discusión interna, el PDS aceptó a Scalfaro como candidato institucional y permitió construir una mayoría excepcionalmente amplia. A ella se sumaron DC, PSI, PSDI, PLI, PDS, Verdes, La Rete y la Lista Pannella. Quedaron fuera, entre otros, republicanos, Liga Norte, MSI y Refundación Comunista.
El 25 de mayo, en el decimosexto escrutinio, la interminable elección terminó de golpe: Oscar Luigi Scalfaro obtuvo 672 votos, muy por encima de los 508 necesarios. Gianfranco Miglio recibió 75; Francesco Cossiga, 63; Paolo Volponi, 50; Leo Valiani, 36; Forlani y Spadolini, siete cada uno, y Andreotti apenas seis. Participaron 1.002 grandes electores. El hombre que durante buena parte de las negociaciones no había sido el candidato preferido de los grandes aparatos terminaba consiguiendo una mayoría que ninguno de los favoritos había podido reunir. Forlani había sido derribado por los francotiradores; Vassalli por la incapacidad de reconstruir el pacto DC-PSI; Andreotti por una bomba colocada a mil kilómetros de Montecitorio; Spadolini por los vetos cruzados. Y el Quirinal terminó correspondiendo a Scalfaro, precisamente porque después de doce días de maniobras era uno de los pocos candidatos que podía presentarse como algo distinto de ellas.
26 Mayo 1992
La partitocracia escoge un Pertini democristiano
Los partidos políticos italianos, en el momento de mayor desprestigio popular, optaron ayer por apoyar para la jefatura del Estado a una especie de Sandro Pertini, pero en católico, casi un monje, incorruptible e insobornable, que vivía en un convento de religiosas.Oscar Luigi Scalfaro ofrece garantías a los políticos porque es un magistrado que mantuvo siempre una gran dignidad, pero podría acabar creando problemas y sorpresas a algunos de los partidos que le han votado, empezando por la Democracia Cristiana, como ocurrió a los socialistas con Pertini.
Lo que no va a ser sorpresa es que Scalfaro de ningún modo seguirá laruta presidencialista de su antecesor Francesco Cossiga, porque es uno de los padres de la Constitución que ha apostado siempre por la defensa de la Carta Magna y sobre todo por la primacía del Parlamento como garantía máxima de democracia.
Se podría decir que, tras el paréntesis borrascoso de Cossiga, con sus aventuras de segunda república, Scalfaro es el político de esta república democrática y parlamentaria y de esta Constitución. Al mismo tiempo, es consciente de que le iban a votar ayer muchos de los que no le habrían votado anteayer porque, ante la sacudida de la Mafia que ha sacado las uñas revelando su omnipotencia, y, frente a la reacción rabiosa de la gente ante el enésimo crimen de Estado, se apostó por un político casi con fama de santidad. Una editorial católica está preparando la publicación de un libro de Scalfaro sobre la Virgen.
Purificación colectiva
Este es un momento en que hasta la llamada capital moral de la nación, la industrial Milán, está siendo zarandeada por una tormenta de escándalos financieros que ha salpicado a todos los partidos del Gobierno y de la oposición, dando pie a la gente de la calle para que piense que todos son igualmente ladrones. Y es ahora cuando la partitocracia realiza una especie de purificación colectiva y pública colocando al frente del Estado a un personaje que, como Pertini, no posee bienes; que nunca ha estado en boca de nadie, y que es invulnerable a los halagos del dinero.
De este modo, al mismo tiempo, la Democracia Cristiana, esa especie de gran placenta nacional, que en el bien y en el mal es todavía lagrande mamma, consigue redimirse de sus pecados, con uno de sus hombres en la sombra, en el momento de mayor desprestigio.
En Italia pasa ahora como en la Iglesia, cuando tras el turbulento pontificado de Pío XII, se descubrió al honrado Juan XXIII, que le devolvió su prestigio.
31 Mayo 1992
Un anti-Cossiga en el Quirinal
Se lo debían al país, a su imagen internacional. Democristianos, socialistas, pedesinos [PDS], liberales, socialdemócratas venían obligados a romper el bloqueo institucional a que lo habían conducido. Las horas dramáticas que sucedieron al asesinato del juez Falcone colocaban contra la pared a los principales partidos. Tenían que hacer un gesto, rehabilitárse moralmente. Y lo hicieron súbitamente, después de trece días y quince votaciones estériles para elegir presidente. El crimen mafioso de Palermo exigía una inmediata respuesta. La hubo con la elección de Oscar Luigi Scalfaro.
Desde los comicios generales de abril, Italia entró en una vorágine. Disgregación de las fuerzas parlamentarias, con la aparición de la Liga Lombarda, la Red siciliana de Leoluca Orlando y los cortes transversales en los distintos partidos bajo la apuesta refrendada de Mario Segni. Y, además, reducción notable de la DC, menguadosresiltados para PSI, PSDI, PL y PDS 8ex comunista).
Por si fuera poco, el descrédito moral. El escándalo político-económico de Milán, cuya amplitud va creciendo con implicaciones de socialistas, democristianos, pedesinos. ¡Hasta de republicanos, los de las ‘manos limpias’, que se despegaron del pentapartido por mor de la ética!
La rápida sucesión en cadena, crisis gubernamental y dimisión del presidente Cossiga. Vacante el palacio Chigi, el del Quirinal. Y todo, mientras los índices económicos encienden el rojo.
En este clima de desconcierto, los grandes electores convocados en el hemiciclo de Montecitorio para la sucesión de Cossiga se vieron atrapados en la madeja de sus propias intrigas. Aupamiento y caída de las más variadas candidatura, sabotaje contra el más alto representante de la DC, Forlani, desde sus propias filas y consiguiente dimisión como secretario general, dejando sin cabeza al partido de la mayoría relativa. Cruce de alianzas, rupturas, maniobras de distracción. Y, de pronto, el revulsivo: Falcone asesinado en Palermo. La provocación directa de la Mafia al Estado en su momento de mayor debilidad.
(…)
Solo la Liga lombarda, neofascistas y comunistas no reciclados le negaron el voto a Scalfaro. Era un maridaje contra natura en favor de la ruptura. Y los republicanos, erróneamente llevados por una altivez y distanciamiento que el escándalo de Milán no justifica.
(…)
Craxi dijo que la política italiana sufre necrosis, parálisis. ¿Algo se ha puesto en movimiento para revivificarla, para cambiarla? Scalfaro no es un independiente. Sale del sistema, milita en la DC, partido al que dice que ama. Fue uno de los padres de la Constitución, 45 años diputado, ministro. Sube a la presidencia de la República, después de un paso meteórico por la Cámara baja.
Se le ha calificado del anti-Cossiga. Nada de intemperancias, de descalificaciones. Moderación. Templanza. La cara sana de la vieja política de que proviene. La apuesta por ‘una política que responda a normas morales’. Pero advierte: «¡No generalicemos en la denigración!» «¡No especulemos con ella!». Es un lenguaje sobre cuyas dos vertientes convendría una profunda reflexión en estos tiempos proclives a los vicios de la política como a la vituperación sistemática de la misma, tanto o más peligrosa. Y no sólo en Italia, sino también en nuestros pagos, en esta Europa democrática que vive con una mezcla de autocomplaencia y de hipercrítica propia el espectáculo fascinante del derrumbamiento del sistema comunista de partido único.
26 Mayo 1992
Eleccion trágica
EL NOMBRAMIENTO de Oscar Luigi Scalfaro como nuevo presidente de la República italiana se ha producido en circunstancias trágicas. Parece como si los partidos hubieran necesitado de la profunda conmoción que ha sacudido a todo el país ante el asesinato por la Mafia del juez Giovanni Falcone para llegar a un acuerdo. De hecho, la candidatura de Scalfaro se impuso, al menos moralmente, en el acto solemne del pasado dorilingo, dedicado por el Parlamento a la memoria del magistrado asesinado: sus palabras expresaron, con el aplauso unánime de los diputados, no sólo el dolor por la pérdida sufrida, sino la necesidad imperiosa de refórmar un sistema político carcomido por la corrupción e impotente ante las bandas criminales que lo asaltan. Ayer tuvo lugar la elección parlamentaria formal y Scalfaro, apoyado por los principales partidos, obtuvo una holgada mayoría.El asesinato de Falcone no ha sido un crimen más de la Mafia, que los comete con aterradora frecuencia. Ha sido un verdadero desaflo al Estado, una demostración de fuerza de una banda criminal precisamente en el momento en que, sin presidente y sin Gobierno, la República italiana daba una sensación de parálisis total. Pero demuestra además que la Mafia de hoy no es ya la asociación basada en el clientelismo y la omertá, capaz de imponer su ley en la sociedad agraria siciliana. Es mucho más que eso. Falcone era el principal símbolo de la lucha contra la Mafia y ésta le había condenado; vivía bajo una protección constante y sus viajes eran secretos. Que la Mafia haya conocido la llegada del juez con antelación y haya podido preparar el dispositivo del atentado, colocando en una autovía vigilada una tonelada de explosivos, indica unos medios, unas complicidades dentro del aparato estatal y una libertad de maniobra que resultan, cuando menos, impresionantes. Ligada al narcotráfico internacional, con métodos nuevos en su actividad criminal, apoyada por complicidades que nunca han sido aclaradas, la Mafia representa para el Estado italiano un peligro de vida o muerte.
La elección de Scalfaro para el Quirinal refleja quizá esa necesidad imperativa que tienen los italianos de abrir una nueva etapa en su vida política. Rígido en la defensa de los valores éticos, creyente sincero, Scalfaro es un caso especial en la Democracia Cristiana (DC). Por eso cuenta con muchos enemigos en el seno de ésta, y dificilmente hubiese sido propuesto para la presidencia en una hora menos dramática que la actual. Sin embargo, cuando la DC atraviesa por una crisis profundísima -incluso su secretario general, Forlani, acaba de dimitir-, la figura de Scalfaro puede ayudarla a levantar cabeza y a permanecer, como siempre, en la cumbre del Estado. Cabe esperar que ello sirva no para el continuismo, sino para introducir aires de renovación en el partido que ha gobernado Italia durante el último medio siglo y es el principal responsable de los males que hoy sufre.
Por otra parte, Scalfaro, en lo institucional, es lo contrario de Cossiga. No es casual que éste decidiese dejar la presidencia de la República cuando aquél fue elegido para presidir la Cámara. Frente a las maniobras presidencialistas alimentadas por el Quirinal en los últimos meses, Scalfaro considera -y lo repitió el domingo- que el Parlamento es la pieza clave de la democracia y propugna una renovación de la política italiana que no debilite su decisivo papel.
Italia atraviesa por un momento difícil que inquieta a todos los europeos. A su mala situación económica, con una deuda externa disparada, se agrega la descomposición del Estado, la crisis de los partidos y la cólera de los ciudadanos. Sería gravísimo para Europa que no lograse recuperarse y alcanzar los niveles fijados en Maastricht para la unidad monetaria. La elección de Scalfaro es una buena noticia. Pero quedan muchos pasos pendientes, empezando por la formación del Gobierno. Ellos indicarán si Italia se decide a curar su esclerosis política.
El Análisis
Hasta la tarde del 23 de mayo, la elección presidencial italiana parecía una gigantesca partida entre políticos: Forlani había caído, Craxi negociaba, Spadolini esperaba y Andreotti veía finalmente despejado el camino que llevaba al Quirinal. Entonces Cosa Nostra hizo saltar una autopista. El asesinato de Giovanni Falcone convirtió instantáneamente aquella interminable discusión entre corrientes y partidos en algo casi obsceno ante la opinión pública. Italia acababa de contemplar cómo la Mafia asesinaba al magistrado que mejor simbolizaba la lucha del Estado contra ella mientras sus grandes electores llevaban quince votaciones sin conseguir elegir al jefe de ese mismo Estado. La candidatura Andreotti sufrió entonces un daño prácticamente irreparable: no porque pudiera responsabilizársele personalmente del asesinato de Falcone, sino porque era el presidente del Gobierno, el gran superviviente de la vieja Democracia Cristiana y uno de los máximos símbolos del sistema que en aquel momento aparecía impotente ante la Mafia. La prensa del día siguiente ya constataba que Capaci había asestado un golpe durísimo a sus posibilidades.
El contraste del 25 de mayo resulta casi cinematográfico. En Palermo se celebraban los funerales de Falcone, Francesca Morvillo y los escoltas asesinados; representantes del Estado y de la clase política tenían que escuchar la indignación de una sociedad que exigía responsabilidades y un cambio de conducta, mientras en Roma el Parlamento trataba finalmente de encontrar un presidente. El propio registro histórico del Quirinal confirma que aquella mañana las máximas autoridades acudieron a Palermo y que esa misma tarde se resolvió la elección. En semejante ambiente ya no servía el candidato que hubiera maniobrado mejor durante quince escrutinios: hacía falta el candidato que pareciera menos producto de aquellas maniobras. Scalfaro, antiguo magistrado, presidente de la Cámara, democristiano pero con fama de independencia, austeridad y legalismo, permitió a DC, socialistas y buena parte de la izquierda encontrarse en un mismo nombre. Por eso puede decirse que Falcone no eligió a Scalfaro, pero su asesinato decidió qué clase de presidente podía ser elegido. La Mafia había pretendido demostrar que podía desafiar al Estado; cuarenta y ocho horas después, el Parlamento respondió colocando en el Quirinal al candidato que mejor podía simbolizar, al menos aquel día, que el Estado todavía pretendía hacerse respetar.
J. F.