21 septiembre 1979

La matanza de 225 estudiantes menores de edad en abril de 1979 fue el inicio de la caída de un presidente acusado de practicar el canibalismo

El dictador Bokassa de la República Centroafricana, derrocado por un Golpe de Estado apoyado por Francia y reemplazado por Dacko

Hechos

El 21.09.1979 un golpe de Estado depuso al emperador Bokassa I de la República Centroafricana (definida entre 1977 y 1979 como Imperio Central Africano)

22 Septiembre 1979

El último emperador

EL PAÍS (Editorialista: Javier Pradera Cortázar)

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TRAS LA caída del sha, Bokassa I era el último emperador «ejecutivo» que quedaba en el mundo, salvo que haya alguno olvidado en una isla perdida. El sha conservaba aún una tersura, una imagen externa, con la tradición de un viejísimo imperio y la educación de los colegios suizos; Bokassa I era una caricatura de emperador decimonónico, con un manto de armiño que le ahogaba en el calor centroafricano y una corona de laurel; los escenógrafas franceses le habían preparado unos ornamentos que le ilusionaron de niño en las estampas napoleónicas de los libros de texto. Bajo el manto de armiño había una crueldad sin límites, y la mano que empuñaba el cetro era más hábil en el manejo de la pistola para matar a sus enemigos, incluyendo entre sus enemigos los niños de las escuelas que se manifestaron pidiendo la república. Por alguna razón ignorada, esa matanza, que no fue única ni era insólita, fue la señal que se esperaba para que Occidente le abandonase de su mano; visiblemente, Francia, que le había recibido en el palacio del Elíseo más de una vez, le suspendió subvenciones y ayudas. Desde entonces, Bokassa estaba condenado; se ha aprovechado ahora un viaje a Libia -los viajes al extranjero siempre han sido temibles para los tiranos – para que uno de sus antiguos colaboradores, hasta ahora prisionero en su domicilio, diera el golpe de Estado.El añadido de un nuevo nombre a la lista de los tiranos derrocados sigue haciendo pensar que hay algo más que la casualidad en todo este gran movimiento del Tercer Mundo. Hay un intento de cambio de sistema, una manera de buscar, por parte de Occidente, la colaboración de esos países por medios más seguros y menos vituperables que la presencia de asesinos en el sillón presidencial o, en este caso, en el trono. Aun presintiendo que se trata de una gran manipulación, es una manipulación bien recibida, que se puede saludar como algo positivo en el lentísimo camino -en dos direcciones: siempre con posibilidades de marcha atrás – de la Humanidad.

Bokassa va a pasar rápidamente a la crónica como un loco más. Hay demasiada acumulación de locura en los síntomas de crueldad del poder: en Macías o en Idi Amin o, más atrás, en Stalin o Hitler. Habrá que desconfiar también de esta casualidad de tanta incidencia estadística, y habrá que suponer que más que tiranos locos puede haber sistemas locos, una facilidad para impulsar esos sistemas y un beneficio para quienes priman, durante el tiempo que convenga, esas locuras. Aunque esa sospecha pueda ser, a su vez, una forma de locura. Una paranoia.

El Análisis

Adiós al emperador africano

JF Lamata

El 21 de septiembre de 1979 marcó el final del delirante experimento monárquico en África central: Jean-Bedel Bokassa I, autoproclamado emperador del llamado Imperio Centroafricano, fue depuesto por un golpe de Estado que restituyó a David Dacko en la presidencia. El golpe, cuidadosamente respaldado por Francia, ponía fin a un régimen que combinó la extravagancia con una brutalidad escalofriante. La gota que colmó el vaso fue la matanza de 225 estudiantes —muchos de ellos menores— en abril de este mismo año, un crimen que la prensa internacional bautizó con un sobrenombre bíblico: el Herodes de África. A ello se sumaban persistentes acusaciones de canibalismo y un catálogo de abusos que dejó al país empobrecido, atemorizado y humillado.

Paradójicamente, Francia, que en el pasado había sido sostén y cómplice del reinado de Bokassa —llegando a aplaudir la absurda coronación de 1977—, se convirtió en arquitecto de su caída. El giro parisino no fue altruista: la alianza con un dictador que mandaba matar estudiantes y despilfarraba fortunas mientras su pueblo moría de hambre era ya una carga incómoda, imposible de justificar en la escena internacional. Así, la operación que devolvió a Dacko al poder tuvo el aroma inequívoco de un coup dirigido desde el Elíseo, un ajuste de cuentas político y diplomático.

Bokassa, por su parte, partió al exilio con una mezcla de derrota y resentimiento. Allí, convertido en figura casi caricaturesca para Occidente —recordado más por su trono dorado y su pompa napoleónica que por el terror que impuso—, encontró su pequeña venganza: recordar públicamente que le había regalado diamantes a Valéry Giscard d’Estaing cuando este era ministro. Aquella revelación, surgida de un emperador caído, acabaría costándole la reelección al presidente francés. Fue el último “triunfo” de un dictador que cambió la república por un imperio… y terminó como exiliado, odiado por su pueblo y convertido en chisme político internacional.

J. F. Lamata