16 septiembre 1979
Las autoridades de l Unión Soviética interpretan lo ocurrido como una provocación contra ellos
Nuevo golpe de Estado en Afganistán: El primer ministro Jafizula Amín toma el poder tras asesinar a tiros al dictador comunista Taraki
Hechos
El 16.09.1979 Jafizula Amín asumió la jefatura del Gobierno de Afganistán tras la muerte de Nur Mohammad Taraki.
Lecturas
El anterior golpe de Estado en Afganistán fue en abril de 1978.
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MUERTE DE TARAKI ¿PROVOCACIÓN A LA URSS?
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20 Septiembre 1979
Un episodio en Afganistán
LA INTENCIÓN de un golpe de Estado no se conoce nunca hasta que se pesan y se miden sus hechos posteriores; sobre todo, en países de palacios, secretos, como Afganistán. El país tiene dos fronteras peligrosas, con Irán y Pakistán, y una frontera nutricia para su régimen, la de la URSS. Del Irán le llega la ola religiosa de los chiítas, la «guerra santa», que mueve a los iluminados afganos y sus ayatollahs contra el régimen prosoviético; del Pakistán, guerrillas bien adiestradas, armas y dinero para los rebeldes, movidos por la mano no tan lejana de Estados Unidos, que trata de librar a Kabul de la presión soviética. El hombre fuerte del nuevo régimen y primer ministro del anterior, Hafizullali Amin, reprochaba al presidente Taraki su blandura, su falta dé decisión para enfrentarse con esas situaciones: ello añadido, naturalmente, a su ambición personal, que es un motor genuino en cualquier golpe de Estado. Hay una interpretación paradójica: que Amin es más prosoviético que la propia URSS, y que si ésta aconsejaba a Taraki la blandura que se le atribuye, o la ductilidad negociadora, Amin quiere que el país sea mucho más rígido, mucho más represivo. Hay otra más directa -la que parece aceptar Washington-, que es la de que la propia Unión Soviética decretó el derrocamiento y muerte de Taraki.Probablemente el golpe de Estado que eleva por ahora a Amin a la fuerza máxima en el país no es más que un ep isodio de la larga descomposición política y económica del país -uno de los más pobres del mundo-, debatido entre distintas corrientes religiosas -chíitas y sunnitas-, el marxismo, el prooccidentalismo, la atracción y la repulsa por la Unión Soviética y, desde luego, el descontento general; a su vez, Afganistán es sólo una parte, o un episodio, en todo ese extenso territorio del «arco de la crisis » -como lo definió Brzezinski-, que cubre desde el oriente árabe hasta las fronteras de China.
La «revolución de palacio» es todavía mal conocida. Se supone que Amin y su grupo acabaron a tiros con el presidente Taraki y con sus seguidores: no parece que haya habido intervención popular, ni se sabe hasta ahora si el Ejército tiene parte directa en la toma de poder. Son, repitamos, los hechos posteriores los que darán la clave de si el golpe de Amin potencia a la Unión Soviética o si, por el contrario, trata de iniciar una etapa diferente. Tampoco hay ninguna seguridad de que vaya a estabilizarse durante muchos años: es un episodio, un simple episodio, dependiente de muchos factores que le son externos.
19 Septiembre 1979
El presidente Taraki murió en el golpe de Estado de Afganistán
La tesis que asegura que el presidente Taraki -cuya muerte a consecuencia de las heridas sufridas en el asalto al palacio presidencial fue anunciada en la madrugada de ayer- fue derrocado por intentar reducir la creciente influencia en el seno de su consejo revolucionario de su ambicioso primer ministro, Hafizullah Amin, es la que de más crédito goza entre los observadores. La muerte de Taraki no ha sido confirmada oficialmente.
Para estos observadores, la crisis que ha surgido en el seno de los organismos dirigentes afganos se agravó a raíz del reciente viaje del ex presidente Taraki a Moscú. Se sabía desde hace algún tiempo en Kabul que la URSS no estaba satisfecha con los métodos brutales y expeditivos de Amin y deseaba una política exterior afgana menos dogmática y más conciliadora.Nada más volver a Kabul procedente de Moscú, Taraki decidió oponerse o, por lo menos, frenar a su ambicioso lugarteniente. Amin reaccionó inmediatamente excluyendo del Gabinete a los cuatro militares adictos incondicionales de Taraki.
A pesar del secreto que rodea a las instancias dirigentes del partido Jal (El Pueblo) en el poder se deduce que los primero incidentes tuvieron lugar el viernes 14 de septiembre. Hacia las dos de la tarde, tropas y fuerzas policiales se concentraron en el centro de la ciudad, cerca de la radio y a proximidad del palacio del Pueblo. Dos horas más tarde se produjo en el palacio una violenta explosión -atribuida a una potente bomba-, que constituyó, sin duda, una señal para las tropas que se encontraban estacionadas en las proximidades. Los vecinos del palacio pudieron oír entonces claramente disparos de armas automáticas. A última hora de la tarde, la radio, cercada, anunció la destitución de todos los militares que formaban parte del Gobierno
El sábado fue anunciada la muerte del jefe de la policía y del guardaespaldas de Taraki. Amin se entrevistó con el embajador de la URSS, Puzanov, durante unas dos horas. Las medidas de seguridad en tomo al palacio daban la impresión que las tropas temían una contraofensiva.
Motivos de salud
Al día siguiente, era enterrado por la tarde el jefe de la policía, en un ambiente tenso, al mismo tiempo que un breve comunicado anunciaba que Taraki abandonaba sus funciones, «por motivos de salud», y era sustituido por Hafizullah Amin. Ayer fuentes próximas al hospital militar anunciaban que Taraki había fallecido a consecuencia de sus heridas. Su retrato y los eslóganes de «Padre fundador y gran líder de la revolución» desaparecían de las fachadas de los edificios oficiales. Por la tarde, sonriente y tranquilo, el presidente Amin anunciaba que la revolución continuaba.
De todos estos acontecimientos, amplificados y deformados por los rumores,que circulan en una ciudad traumatizada, repleta de tanques y desierta en cuanto cae la noche, la mayoría de los observadores sacan las siguientes conclusiones:
Parece seguro que el golpe cogió desprevenidos a los soviéticos. Amin y Taraki, hasta hace poco aliados, se habían convertido en enemigos irreconciliables, contando cada uno con su grupo de amigos. Fuentes fidedignas aseguran que los enfrentamientos armados en el interior del palacio arrojaron un balance entre cincuenta o sesenta muertos. Insistentes rumores aseguran que el coronel Massduria, jefe de las tropas soviéticas estacionadas en el palacio, y la esposa de Taraki, perecieron.
Las purgas en el seno del Jal tuvieron lugar antes de los enfrentamientos, y la tendencia favorable a Amin resultó vencedora.
El Análisis
La revolución comunista afgana, lejos de consolidarse, se hunde en una espiral de purgas, traiciones y violencia. El asesinato en septiembre de 1979 del dictador Nur Muhammad Taraki a manos de su primer ministro y camarada de partido, Hafizullah Amín, evidencia hasta qué punto el régimen instaurado apenas un año atrás ha perdido toda coherencia interna. Taraki, que llegó al poder con el golpe de abril de 1978 como pionero del comunismo en el mundo islámico, ha muerto como mueren muchos dictadores: a manos de su sucesor. Su crimen no ha sido tanto político como simbólico: desafiar, dividir y finalmente humillar el proyecto soviético en Afganistán.
Amín, educado en Estados Unidos y dotado de un pragmatismo brutal, parece más ambicioso que ideólogo. Su perfil despierta recelo tanto en Moscú como entre sus propios aliados. Con su golpe, ha eliminado al dirigente que contaba con la confianza de Leonidas Breznev y ha sembrado el desconcierto en el Kremlin. En plena Guerra Fría, y con Irán ardiendo tras la revolución islámica de Jomeini, la URSS no puede permitirse un Afganistán fuera de control, ni en manos de un líder imprevisible. La muerte de Taraki no es solo un ajuste de cuentas interno: es una provocación directa al poder soviético. Y si Amín cree que Moscú tolerará tal insubordinación, quizá haya firmado también su propia sentencia.
J. F. Lamata