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Al contrario que Gadafi, la dictadura socialista de Burguiba - que regía el país desde su independencia en 1957 - prefirió ser, en la práctica, un aliado de Estados Unidos y de Francia

El dictador de Túnez, Habid Burguiba, depuesto por su ‘delfín’ Zine Ben Alí, que lo acusó de ‘incapacidad mental’ para seguir en el poder

HECHOS

  • El 7.11.1987 el primer ministro de Túnez, Zine el Abidin Ben Alí anunció que el Presidente del país, Habid Burguiba había sido depuesto por ‘incapacidad manifiesta’. Ben Alí sería el nuevo presidente.

08 Noviembre 1987

Relevo en Túnez

EL PAÍS (Director: Juan Luis Cebrián)

La destitución de Habib Burguiba como presidente de Túnez no puede causar sorpresa. Un presidente de 84 años con unos poderes enormes, que tomaba decisiones caprichosas bajo la peligrosa influencia de una camarilla de familiares e íntimos, era una situación incompatible con un país moderno, situado en una zona sensible del Mediterráneo.Pocas personalidades han gozado de una popularidad comparable a la de Burguiba cuando llegó a Túnez como líder indiscutido de la lucha por la independencia. En 1957 era elegido como presidente de la República, cargo que ha ocupado durante 30 años. Túnez ha conocido una continuidad que, contrasta con lo ocurrido en los otros países de la zona. El prestigio del combatiente supremo Burguiba y sus dotes políticas han contribuido a ello de modo esencial.

Sin embargo, su designación en 1975 como presidente vitalicio indicaba una tendencia al autoritarismo que ha ido aumentando desde entonces. El esfuerzo de Burguiba por crear una democracia fue degenerando en los últimos años. El partido oficial tiene el monopolio del poder y de los medios de comunicación. La oposición ha sido víctima de duras represíones. La destrucción de los sindicatos -que habían alcanzado una gran fuerza- facilitó el auge del fundamentalismo islámico sobre todo entre los jóvenes. Hoy es la fuerza principal que se opone al Gobierno.

Esta evolución creaba una inquietud creciente en la opinión internacional. Por la propia localización geográfica de Túnez, fronteriza con Libia, el momento de la sucesión, si daba lugar a un vacío de poder, podía resultar peligroso. Estos temores explican la tranquilidad manifestada por otros Gobiernos de la zona al conocer que el general Ben Alí, jefe del Gobierno desde hace un mes, ha asumido la presidencia. El cambio se ha hecho de acuerdo con la Constitución. El nuevo presidente es un general enérgico, que ha aplicado duras medidas como ministro del Interior. Su intransigencia frente al integrismo islámico es un factor positivo para los Gobiernos árabes preocupados por la extensión que esta tendencia pueda alcanzar. La reacción en Argel ha sido así muy favorable.

La composición del Gobierno nombrado por Ben Alí y las medidas anunciadas por éste para facilitar la acción de los partidos políticos desmienten el temor que podía suscitar su trayectoria. Si esta tendencia se confirma, será positiva para el país y para las relaciones internacionales de Túnez.

09 Noviembre 1987

Ben Alí, meteoro en Túnez

DIARIO16 (Director: Pedro J. Ramírez)

Difícilmente se podrá encontrar en la historia contemporánea un golpe de Estado tan eficaz y limpio como el perpetrado por el general Ben Alí en Túnez en la madrugada del pasado sábado. Todos los factores han colaborado en el éxito. En primer lugar, la destitución del octogenario Burguiba se ha hecho con la Constitución en la mano. Efectivamente, la ‘incapacidad manifiesta’ era una causa para apartar a un primer mandatario de sus funciones. En el primer comunicado del nuevo Jefe del Estado se argumenta que una serie de prestigiosos doctores habían constatado que ‘el estado de salud del presidente no le permitía ejercer las funciones inherentes a su cargo’. Según la Constitución, igualmente, la vacante en la jefatura del Estado es cubierta automáticamente por el titular de la jefatura del Gobierno, que no era otro hasta el pasado día 9 que el general Ben Alí.

Razones constitucionales al margen, buena parte de la población tunecina y la práctica totalidad de la comunidad internacional ha visto con buenos ojos cómo se rompía el nudo gordiano que progresivamente iba estrangulando a la república tunecina. Burguiba ha sido durante décadas un estadista modélico. Llevó a su país a la indepndencia y le dio una dirección eficaz e inteligente. Mientras la regla general de los nuevos países parecía ser el desorden, la corrupción, los excesivos gastos militares y el olvido de la educación, Burguiba dedicó a los presupuestos de enseñanza lo que se ahorraba en defensa al carecer prácticamente el país de Ejército. Cultura, apertura diplomática y excelente coexistencia con unos difíciles vecinos fue la regla imperante de un Túnez que ha logrado importantes progresos en su lucha por la prosperidad.

Este excelente balance empezó a desdibujarse hace años cuando Burguiba comenzó a perder facultades y se refugió en una ridícula y lamentable corte palaciega precisamente cuando el fundamentalismo islámico empezó a hervir y las demandas de una mayor democratización y libertad comenzaron a ser más clamorosas. La clase política y la plana mayor del partido Neodestur confiaban en una solución ‘biológica’, pero Burguiba, a pesar de su enorme postración – es prácticamente una momia, con escasos momentos de lucidez al día – sigue ahí en pie y con vida. Hacia falta una persona con audacia, y ésta ha sido Ben Alí, militar de cincuenta y un años, con amplia experiencia política y diplomática, que ha conocido todos los corredores del poder y que siempre ha dado muestras de una contundente eficacia en su trabajo.

Ben Alí ha prometido ya mayores libertades y elecciones con juego limpio para fecha próxima. El relevo ha sido una jugada maestra. Ahora falta que las esperanzas de apertura, eficacia y democratización se cumplan. Túnez posiblemente haya perdido una década en este timepo con un presidente momificado en su palacio de Cartago. Pero Ben Alí seguro que va a intentar recuperar el tiempo perdido.

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