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Ambos periodistas son además procuradores en cortes

El director de ARRIBA, Jaime Campmany, reprocha a Emilio Romero que califique en PUEBLO de ‘ultra’ al que critica su punto de vista

HECHOS

El 8 de noviembre de 1970 se publicó el artículo ‘Desde Fuera del Paraiso’ de D. Jaime Campmany.

Desde fuera del paraíso 

En mis apuntes de cronista parlamentario figura una anotación muy breve: Dice: “Jueves 5. A las seis y diez minutos Emilio Romero pide la palabra”. Don Emilio Romero no es un habitual de las sesiones. Don Emilio Romero aparece en las ocasiones importantes, desaparece después durante algunos días y reaparece luego con alguna enmienda importante en el bolsillo, con un discurso de oratoria eficaz y casi agresiva a flor de labios, y con una corbata llamativa y obsesionante que pone en el aire circunspecto de la Cámara, algo así como un grito de Carnaby Street suavizado por el poder moderador  de Yves Saint Laurent.

Don Emilio Romero suele exponer ideas vivas, multicolores y llamativas. Don Emilio Romero apoya sus enmiendas o sus solicitudes con frases imperativas y conminatorias: “abramos esas ventanas para que entre el aire de la calle donde el pueblo espera, fuera de las paredes de esta casa, lo que aquí hagamos  dentro de ellas”. “No dejemos que nuestras decisiones políticas queden avasalladas por consideraciones técnico-jurídicas”. “No podemos legislar de espaldas a lo que en este momento se lleva en Europa”. Y cosas así. Don Emilio Romero tiene la virtud parlamentaria de convencer a muchos procuradores de que oponerse a lo que él pide es alistarse en las filas de la reacción, el oscurantismo, las tesis más absolutas y las aspiraciones más regresivas. Después de escuchar a don Emilio Romero, hay que decirse: ¡O con Emilio Romero o a la caverna!

Don Emilio Romero había pedido la palabra el jueves, pero no intervino hasta el viernes, porque hasta el viernes la Comisión no comenzó a debatir el principio de la ‘participación’ que es el que atraía su interés. El texto de la ponencia recogía ese principio como ‘participación en las tareas comunitarias para asegurar la presencia sindical en todos los niveles de la vida política, económica y social’. Don Emilio Romero pedía que esa participación se extendiese a todos los organismos por la empresa.

Cuando se levantó a hablar don Fernando Suárez en nombre de la Ponencia, el cronista se dispuso a asistir a un gran debate parlamentario, porque cabía la sospecha de que en la tesis del señor Romero se mezclaban y confundían dos conceptos distintos o dos aspectos diversos del concepto de ‘participación’: la participación sindical en las tareas comunitarias y en los organismos de decisión política, y la participación de los trabajadores en la gestión, dirección y vida de la empresa, o la acción sindical en la misma, supuesto que contempla el artículo once de la Ley. Pero en esta ocasión, don Fernando Suárez, después de calificar al señor Romero como formidable o temible dialéctico se apresuró a recoger en sustancia la enmienda y a incorporarla al texto de la ponencia con alguna modificación de sintaxis que precisaba su sentido y su alcance.

El espectáculo parlamentario del gran debate quedaba, pues, suspendido. Don Emilio Romero aceptaba la modificación de su texto, después de aludir a su falta de pericia como redactor del Boeletín Oficial. “Soy un aceptable escritor de artículos en diarios, pero soy un pésimo redactor del Boletín Oficial”. Y ahí parecía que acabaría todo, con una votación normalemnte favorable. Pero en ese momento pidió la palabra don Cruz Martínez Esteruelas. A la tesis de don Emilio Romero, que se encaminaba plácidamente hacia las felices playas del dictamen de la Comisión le salió al paso una especie de acorazado filosófico jurídico.

Conforme hablaba don Cruz Martínez Esteruelas iban quedando separados y distintos los diversos aspectos de la ‘participación’. Estado y Sociedad iban dejando de ser palabras rutinarias y conceptos confundidos y los conceptos comunitarios, privada y público quedaban expuestos con claridad difícil de alcanzar en un discurso necesariamente improvisado. Sobre la enmienda de don Emilio cayeron, de repente, las sombras de la duda y en el rostro de algunos señores procuradores se pintaba, visiblemente, el gesto de la perplejidad.

Una intervención del sñeor Álvarez Molina, en la que daban interpretadas las palabras del sñeor Martínez Esteruelas en orden a ciertas preocupaciones ajenas al objeto concreto de la luminosa leción del joven procurador, y el calificativo de estatista que se escapo de los labios del ponente don Fernando Suárez, dieron motivo a unas breves, rapidísimas, tajantes respuestas del señor Martínez Esteruelas. El señor Aranegui, secretario de la Comisión descendió del estrado de la Presidencia y manifestó su acuerdo con las objeciones del señor Martínez Esteruelas, recogió el texto primitivo de la ponente como enmienda suya y pidió su votación.

El señor presidente solicitó votos a favor. Como en realidad los dos textos que se ofrecían a la votación eran dos textos de la Ponencia, uno antes de una enmienda de Emilio Romero y el otro después, se organiza una pequeña confusión. “Dos votos”, doce el presidente. “Pero ¿qué se vota?”, preguntaban algunos procuradores. Todo quedó aclarado. Pero en el momento de votar muchos procuradores se quedaban senados en sus escaños sin votar a favor ni en contra. Por fin se hizo el recuento. Ocho votos a favor. Dieciséis en contra. Se votaba después el nuevo texto. Diecisiete votos a favor. Siete en contra. “Que conste en acta mi abstención”, pedía desde su escaño el señor Lamo de Espinosa. Otros procuradores solicitaron lo mismo. “que se cuenten las abstenciones”, pedían otros padres de la Patria. “Bien – decía el presidente – Entonces los señores procuradores que no formen parte de la Comisión tengan la amabilidad de abandonar la sala”. Se alzó un oleaje de rumores. En unos minutos se quedaba casi vacía la sala y se poblaban los pasillos. Algunos procuradores se sentaron en el suelo como estudiantes en protesta. Se formaron los corrillos. Alguien informaba de que las abstenciones habían llegado a once, entre ellas algunas de miembros tan cualificados de la Comisión como don Raimundo Fernández-Cuesta, doña Pilar Primo de Rivera y don José Solís. La enmienda Romero había pasado al dictamen. Y yo lo cuento desde la puerta de la sala de la Comisión, como quien dice desde fuera del paraíso parlamentario.

Jaime Campmany

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