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Rosenthal pierde su columna y pasará a la competencia

El enfrentamiento entre Rosenthal y Frankel, dos históricos del THE NEW YORK TIMES, acaba con una sanción y un despido

HECHOS

El 20.11.1999 se hizo público que THE NEW YORK TIMES retiraba su columna a

21 Noviembre 2016

El 'New York Times' zanja con un despido los insultos entre dos ex directores del periódico

Javier del Pino

Podría haber ocurrido en cualquier otro periódico del mundo, pero nunca en el New York Times. Los pasillos del diario neoyorquino tienen fama de estar agujereados por los codazos con los que se mueve el personal en su afán de subir escalafones , pero esa misma leyenda queda cubierta de cara al exterior con una histórica dosis de discreción. Esa imagen dista mucho de la que ofrecen ahora dos de sus más recientes directores, Max Frankel y Abe Rosenthal: uno compara al otro con Slobodan Milosevic y el otro responde acusándole de haber escrito un libro que es «una mierda de perro».Frankel y Rosenthal suman entre los dos 145 años y un siglo dedicado al periodismo. Ahora sus carreras, salpicadas por sendos premios Pulitzer, culminan en un enfrentamiento dialéctico que tiene más de patio de vecinas que de debate sobre ética periodística.

Todo empezó cuando Max Frankel publicó sus memorias hace algunos meses. O para ser exactos, todo empezó cuando los dos se disputaban la dirección del New York Times y Rosenthal se la ganó a Frankel en 1968; o cupó ese puesto durante casi dos décadas hasta que el destino hizo que fuera Frankel el que tomase el relevo en el 86 para hacerse cargo del periódico durante los 8 años siguientes.

Tirano y misógino

Los dos estaban ahora en una especie de prejubilación. El tiempo ha demostrado que los dos anhelaban venganza por sus rencillas personales; tan impresentable ha sido esa venganza que el New York Times ha despedido a Rosenthal y le ha quitado la columna con la que ponía colofón a los 55 años que ha dedicado a trabajar en ese diario.Frankel había publicado su autobiografía este año, The Times of my Life and My Life with the Times. Cuenta el periodista que su primer objetivo al heredar la dirección de manos de Rosenthal fue hacer justo lo contrario de lo que él había hecho en los años anteriores. A Rosenthal le llama tirano, déspota, egocéntrico y misógino. Pone en duda toda su carrera periodística y cita especialmente un episodio: cuando el New York Times tuvo que decidir si publicaba o no los Papeles del Pentágono -que desvelaban las miserias de la intervención de EEUU en Vietnam- Frankel asegura que Rosenthal no pensó en las repercusiones políticas ni se planteó debates éticos sino que sólo valoró el miedo a tener que dimitir si el periódico tenía luego que retractarse.

Rosenthal acaba de responder a Frankel en una entrevista que la revista Vanity Fair publicará en su próximo número. Lo primero que hace de manera calculada es atacar el libro de Frankel. Asegura que lo ha ojeado, y después le dice al entrevistador: «Mire usted, soy de Nueva York y sé muy bien que cuando voy por la calle y veo a cagar a un perro no debo pararme a examinar la mierda».

De Frankel dice que es cobarde y mentiroso, «un enfermo que ha abaratado el periódico», y le acusa de haberse dejado «pisar» por el Washington Post en todas las exclusivas del caso Watergate que acabó con la presidencia de Richard Nixon. Eso ocurrió cuando Rosenthal era director y Frankel estaba a cargo de la delegación en Washington; por eso Rosenthal acaba diciendo: «La verdad es que la culpa fue mía por no haberle echado».

06 Noviembre 1999

¡Por favor, lean esta columna!

A. M. Rosenthal

A.M. Rosenthal se despidió ayer de The New York Times, tras una carrera de 55 años en el periódico más prestigioso del mundo, publicando esta columna, la última de las que ha publicado regularmente desde 1987. Antes, había sido todo lo que él mismo explica aquí, incluido director del periódico durante 17 años. El gran responsable de la modernización del Times se jubila a los 76 años con este excepcional testamento.

El 6 de enero de 1987, cuando The New York Times publicó mi primera columna, escribí el siguiente titular: Por favor lean esta columna. No era sólo el mensaje del día de un periodista en particular, sino el ruego que hace todo redactor a sus lectores: vengan a conocerme. En varias ocasiones pensé en volver a utilizar el mismo titular. Pero siempre me lo impedía un acceso de modestia, y al final llegué a la conclusión de que usarlo dos veces habría sido un poco ostentoso. Ahora tengo un motivo personal y profesional para dejarlo escrito por segunda vez. Esta es la última columna que escribiré para The New York Times y este es mi último día de trabajo en el periódico. No tengo intención de dejar de escribir, en periódicos o en otros medios, y me ilusiona la idea de volver a empezar.

No obstante, ¿quién, después de hacer toda su carrera, por ahora, en un solo periódico, es capaz de marcharse sin sentir tristeza, particularmente cuando se trata nada menos que de The New York Times? Nuestro amado y glorioso The New York Times, nuestro, no mío ni de ellos, sino nuestro, producto del talento y del esfuerzo de su plantilla, de la lealtad de la familia de editores y, en igual medida, de la ética y el juicio de los lectores y de su creciente ansia de una información sin límites.

Imagine que viaja por primera vez a la capital de un país extranjero, que llama a un ministro y le dice simplemente su nombre. Le responderán con frialdad. Pero sólo con mencionar que trabaja «para The New York Times», puede contar con que lo recibirán inmediatamente, cosa que sucede a menudo: estupendo.

«Nuestro glorioso The New York Times» suena arrogante, y lo es un poco, ¿por qué no? Pero se trata tanto de un orgullo individual como institucional. Los miembros de la plantilla, de la redacción y de la administración, se sienten orgullosos de cumplir una función importante en el mejor periódico del mundo -lo que oyen-, y de contribuir a ampliar su alcance. Y el orgullo también consiste en saber que, pese a no ser siempre lo bastante honrados con nosotros mismos en la búsqueda de la imparcialidad, es precisamente esto lo que prometemos a los lectores, y es el criterio a partir del cual queremos que valoren nuestro trabajo.

Yo solía decirles lo siguiente a los nuevos redactores: The New York Times es más flexible en cuanto al estilo de lo que ustedes piensan, de modo que no tienen por qué ajustarse la corbata y ponerse tiesos. Pero en lo que concierne a nuestro principio, la imparcialidad, no deben tomárselo a la ligera, o de lo contrario seremos muy duros. Los periodistas a menudo tienen que hacerle daño a la gente, sólo con informar sobre los hechos. Pero no tienen que ser innecesariamente crueles, ni magullar el rostro de nadie sólo por placer, y esto también se debe aplicar a cualquier crítico.

Les sugería que al terminar un artículo lo leyeran poniéndose en el lugar de la persona a la que se refería. Si al hacerlo llegaban a la conclusión de que les haría sentirse desgraciados, y su esposa se echaría a llorar, pero el texto no contenía insinuaciones, declaraciones despectivas sin mencionar su fuente, ni ningún golpe bajo por el puro placer de golpear, entonces era una verdadera noticia, no un chisme de arrabal; por tanto, si como periodistas pensaban que el redactor había sido justo, el artículo podía pasar a la mesa de redacción. De lo contrario, habría que hacerlo de nuevo: no queríamos actuar de policías con los redactores.

A veces sueño que un miércoles -no sé por qué siempre es miércoles en esta pesadilla-, The New York Times desaparece parasiempre. Me despierto temblando. Sé que este periódico no se podrá volver a crear. No me haría temblar nunca que desapareciera cualquier publicación que no se rigiera por la ética y la imparcialidad.

Volver a empezar: en un principio me asustó la idea. Luego me di cuenta de que no me marchaba con las manos vacías. Me llevaría conmigo mis conocimientos y una experiencia de varias décadas. En realidad muchos hemos hecho precisamente esto en el periódico, poner fin a una carrera y comenzar otra.

Yo empecé como corresponsal local mientras estudiaba en el City College de Nueva York, la decisión profesional más importante que he tomado. Formaba parte de un verdadero periódico y cobraba un sueldo real. Doce dólares a la semana, en una época en que no habría podido ni siquiera pagar la matrícula del City College… que era gratis.

Mi segunda carrera fue de reportero, en Nueva York, donde trabajé con un pase de prensa emitido por la policía, aunque al mostrarlo los mismos polis siempre me decían que me lo metiera por la oreja.

Más tarde me enviaron dos semanas al recién estrenado edificio de Naciones Unidas, donde permanecí ocho años, hasta que obtuve lo que más ansiaba, una corresponsalía en el extranjero. Estuve al servicio de The New York Times en la Polonia comunista, donde descubrí que el arma más eficaz del comunismo es su sofocante mordaza intelectual. Fui expulsado del país a su debido tiempo.

Sobre todo trabajé en Asia. Los cuatro años que pasé en la India me llenaron y me siguen llenando de emociones. Era Rosenthal, rey del Paso de Khyber. Después de nueve años de corresponsal, alguien decidió que me encontraba demasiado a gusto en Tokio y me llevaron a la fuerza de vuelta a Estados Unidos para que ocupara un puesto de redactor jefe. Al principio no me gustaba, pero al final llegue a disfrutar mi trabajo, una vez que me nombraron director. Era Rosenthal, rey de la Colina.

Cuando abandoné el puesto, volví a empezar otra vez, en esta ocasión como columnista de Opinión, donde cobraba por dar mi parecer. De haberlo hecho como periodista de calle o de mesa, habría faltado a la fe de nuestros lectores, quienes confiaban en que les presentaríamos los hechos de forma honesta. Honesto no significa tedioso. Significa honesto. Quien no sabe lo que esto significa no debe estar en este periódico. ¿Está claro?

Como columnista, descubrí en mí unas pasiones de las que no era consciente, pues yacían ocultas debajo de los conocimientos superficiales sobre la gran cantidad de temas que había tratado como responsable en la Redación, incluidos el hockey y los bonos a largo plazo, ¡por el amor de Dios! La mayor parte de mis pasiones tenían que ver con los derechos humanos, con las violaciones de los derechos humanos, como la ablación del clítoris de las mujeres africanas para garantizar su virginidad, y el trato que recibían los prisioneros políticos chinos y tibetanos.

Escribí con rabia contra quienes intentan legalizar y justificar racionalmente el consumo de drogas, con una nauseabunda mojigatería, ayudando así a crear criminales y a destruir la mente de los jóvenes.

Como corresponsal, quería informar sobre los países árabes, no sobre Israel. Pero los árabes no recibían bien a los corresponsales residentes en Israel. Como columnista, me dio miedo -y aún me da-, presenciar el desgaste de Israel, causado por los propios israelíes.

También escribí sobre la persecución que sufrían los cristianos en China. Cuando la gente, sorprendida, me preguntaba por qué lo hacía, yo les contestaba, sorprendido, porque está ocurriendo, porque el mundo entero, incluidos los cristianos y los judíos norteamericanos y europeos, prácticamente no les prestan atención, y esto simplemente me indigna.

Uno de los hechos más detestables de Estados Unidos en los últimos 50 años ha sido su falta de determinación con respecto a las atrocidades de los comunistas chinos.

El Gobierno, los empresarios y la sociedad de EEUU nunca han estado tan dispuestos como ahora, ni han ansiadotanto en realidad, elogiar y fomentar la tiranía, echarse a sus pies, y poner en peligro nuestra tecnología de guerra, sólo por la esperanza, vana, de obtener beneficios comerciales.

EEUU vive una época de bonanza. Pero la fuerza de nuestra economía está debilitando nuestra mente y nuestro espíritu. Hemos aceptado que no se haya castigado a un presidente que se ha humillado a sí mismo y ha humillado a su pueblo. Lanzamos dinero a raudales a un Politburó que debe recurrir al terror para gobernar y mantener la cohesión del sector dirigente.

No puedo prometer que seré capaz de cambiar esta situación. Pero puedo decir que seguiré intentándolo y que doy gracias a Dios por a) ser ciudadano norteamericano, b) haberme concedido un trabajo en The New York Times cuando era universitario, y c) darme la oportunidad de hacer que rabien otros columnistas al leer lo que escribo, ahora que comienzo una vida nueva.

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