16 abril 1998
Su breve dictadura comunista (1975-1979) aniquiló a un tercio de la población del país y logró escandalizar a la propia Unión Soviética, aunque Pol Pot contó con el respaldo de Mao Zedong hasta su muerte
El ex genocida de Camboya, Pol Pot, muere miserablemente en la selva pero evitando ser juzgado por sus crímenes
Hechos
El 16.04.1998 el cadaver de Pol Pot fue exhibido por jemeres rojos en una choza situada en la frontera entre Camboya y Tailandia.
17 Abril 1998
El profesor y la muerte
Pol Pot se sirvió a lo largo de su vida de muchos nombres, pero el suyo verdadero era Saloth Sar. Nacido hace 73 años, su familia tenía estrechas relaciones con el Palacio en Phnom Penh: allí trabajó su hermano y su hermana Saroeun llegó a ser concubina del rey Monivong. Parecía, pues, destinado a formar parte de la élite camboyana. Estudió en una escuela católica, sufrió la disciplina de un monasterio budista y durante tres años estuvo becado en Francia. Volvió hecho un afable profesor de literatura francesa, aficionado a Rimbaud y a Verlaine, pero también convertido en militante comunista, pronto clandestino y sometido al riesgo de muerte que implicaba la represión del rey Shihanuk. La doble vida llevada durante 10 años concluyó en 1963, cuando ya era responsable político de Phnom Penh. Desapareció en el maquis y su identidad quedó borrada bajo las designaciones de «Hermano Secretario» y «Hermano Número Uno». Desde la sombra dirigió la guerrilla de los jemeres rojos y sólo emergió de nuevo como Pol Pot igual a Saloth Sar en 1977. Hasta entonces, incluso había ocultado que era el Partido Comunista quien ejercía el poder desde el 17 de abril de 1975 en la nueva Kanipuchea. Sólo había el Angkar, la omnipresente organización que dirigía el gigantesco experimento de pedagogía y terror, cuyos «ojos de piña» fundían el totalitarismo estalinista y las formas de control mágico de los espíritus (neak ta) sobre la comunidad rural. La intervención militar vietnamita le hizo salir del país el 7 de enero de 1979. Pero gracias a la ayuda tailandesa, con el respaldo de Estados Unidos, pudo rehacer sus bases en las zonas rurales del país, al tiempo que su alianza con el rey Shihanuk en 1982. Buena parte de Camboya volvió bajo su dominio en 1996, pero luego las disidencias internas le debilitaron hasta convertirle en prisionero de sus propios hombres.
En la utopía sanguinaria de los jemeres rojos, la voluntad pedagógica de Pol Pot se apoyó en la experiencia maoísta del Gran Salto Adelante para forjar un nuevo país de campesinos revolucionarios, «los diamantes de la tierra». «No hay más que una clase», proclamó, «la clase campesina». Las ciudades fueron vaciadas sin previsión ni recursos algunos, y sus habitantes, convertidos en «pueblo nuevo» o «del 17 de abril», hubieron de instalarse en los campos para trabajar hasta la extenuación bajo la dirección del «pueblo antiguo», los campesinos obedientes a su vez hacia el Angkar, que todo lo veía y todo lo castigaba. La menor desobediencia o la enfermedad llevaban a la muerte. «El que proteste es un enemigo, el que se opone es un cadáver», «los enfermos no necesitan comer», «con el Angkar, es un salto adelante prodigioso», eran las consignas.
Desde una posición nacionalista los jemeres rojos se veían como herederos de los constructores de Angkor. Pero sin técnica y sólo a base de castigos y muerte, los proyectos de irrigación fracasaron, y entonces la represión recáyó también sobre el «pueblo antiguo» y Ios microbios» de la propia organización. Para detectar esos microbios creó Pol Pot centros de detención y exterminio como Tuol Sleng en Phnom Penh.Resultado: interminables autobiografias al modo de la Tercera Internacional, tortura y muerte hasta para los hijos menores de los detenidos. En total, según Sliwinski, casi un millón de camboyanos ejecutados y un millón muertos de hambre sobre ocho millones. Fue el balance de su «radiante revoluci
17 Abril 1998
La segunda muerte de Pol Pot
POL POT no ha vencido, aparentemente, a la muerte. Pero ha conseguido evadir la justicia internacional. Uno de los mayores genocidas de la cargada historia de este siglo ha fallecido en la selva camboyana, cerca de la frontera con Tailandia, de un ataque al corazón. La muerte -por causas naturales- del hombre que se hizo llamar Hermano Número Uno por los camboyanos a los que masacró, ha impedido que pudiera ser juzgado por los casi dos millones de muertos -una cuarta parte de la población- que produjo el régimen de los jemeres rojos que encabezó. La acumulación de calaveras es la imagen repetida de Camboya, duramente castigada primero por los bombardeos secretos americanos, que la hicieron parte de la guerra general en la zona, y luego por este exterminador, que arrebató por la fuerza el poder a una dictadura militar apoyada por Washington para abolir el derecho a la vida, a la libre elección, la propiedad privada, el dinero, la familia o la religión. Fue peor el remedio que la enfermedad, pues entre abril de 1975 y enero de 1979 -en que las tropas vietnamitas invadieron ese país para poner fin al régimen de Pol Pot-, Camboya se convirtió en un campo de terror y en una inmensa tumba, en la que se acumularon los cadáveres por centenares de miles. La justicia internacional no dispone aún de mecanismos para juzgar a genocidas de este tipo. Pero si finalmente nace el Tribunal Penal Internacional, que está en difícil gestación, uno de sus cometidos centrales tendría que ser juzgar a este tipo de criminales. Con su aparente muerte natural, Pol Pot ha escapado al intento de EE UU y otros países de sacarlo del país para conducirlo ante la justicia de Canadá, cuyo ordenamiento sí permite juzgar a genocidas. Pol Pot llevaba ya mucho tiempo políticamente muerto, y su muerte física había sido anunciada ya en ocasiones anteriores. La última, la verdadera, fue confirmada ayer, pero las circunstancias siguen oscuras. En sus últimos tiempos, envejecido, Pol Pot vivía controlado, sometido a arresto de por vida tras ser juzgado y condenado por «traición» por sus antiguos seguidores en un proceso ficticio. De hecho, Pol Pot se había convertido en moneda de cambio para que los pocos jemeres rojos que quedan negociaran su reinserción en la sociedad camboyana. Ya no les servirá ni para eso.
17 Abril 1998
Al fin murió Pol Pot
Lo peor de la muerte de Pol Pot es que, sobreviniéndole en su lecho, en circunstancias aún sin aclarar, ha impedido su juicio por crímenes contra la humanidad, pese a que poco después de su detención en junio del 97, -tras haber sido dado por muerto en varias ocasiones- se anunció que sería juzgado por el Tribunal de la Haya. Pero la Historia ya ha emitido su juicio y no le absolverá.
Las cifras de ciudadanos ejecutados durante su régimen (1975-79) oscilan, como suele ocurrir, entre uno, dos o más de dos millones de camboyanos. Aún hoy se sigue excavando a la busca de fosas comunes de aquella época y siguen apareciendo cadáveres hacinados. El periodo más sanguinario de Camboya y uno de los más delirantes de la Historia del siglo XX fue fruto de la mente de Pol Pot, que se creyó capaz de forjar al hombre nuevo, mediante la dedicación al trabajo agrícola en una sociedad en la que la desigualdad quedaría abolida fruto de la voluntad del líder impuesta mediante el terror.
Tan profundas fueron las heridas de la pesadilla polpotista, que la sociedad camboyana aún las padece: la guerrilla sigue activa, aunque la porción del país que ocupan sea escasa, y arrastra una pesada herencia de inestabilidad, militarización y hambre. Pero sobre todo porque los camboyanos que sobrevivieron al terror de los campos de exterminio saben que no fue un solo hombre el autor de la gigantesca masacre. Por citar sólo un ejemplo, el actual primer ministro, Hun Sen, desempeñó un alto cargo militar en el régimen de Pol Pot, entre 1975 y 1977, años de apogeo del genocidio. Mientras Camboya no aclare y haga justicia sobre aquella sangrienta época en que su población quedó diezmada en un 25% no podrá afrontar sin rencor el futuro.
El Análisis