22 abril 1998

Muere el ensayista y poeta mexicano Octavio Paz

Hechos

El 21 de abril de 1998 la prensa informó del fallecimiento de D. Octavio Paz.

Lecturas

Nacido en Ciudad de México en marzo de 1914, Octavio Paz pertenecía a una familia criolla, con raíces en el periodismo y la literatura. Su padre, Octavio Paz Solórzano, fue un conocido periodista que participó en la revolución de Zapata, recogiendo sus experiencias en un libro titulado Hoguera que fue. Octavio no se llevó bien con su padre. En su libro poético-memorial, Pasado en claro, escribirá Paz de su progenitor: Del vómito a la sed,/ atado al potro del alcohol,/ mi padre iba y venía entre llamas.

No obstante, de él heredó Paz su voluntad y su inquietud intelectuales, tan tempranas. En 1933, Octavio publica ya un cuadernillo poético, del que renegará enseguida. Yo fui tardío y nada de lo que escribí en mi juventud me satisface. Para él su verdadero primer libro fue Libertad bajo palabra, editado en 1949. Por entonces hacía ya tiempo que Octavio era un escritor -un intelectual- muy activo. En 1937 estuvo en la España republicana, para asistir, en Valencia, al Congreso de Intelectuales Antifascistas. Allí conoció a Juan Gil-Albert y a todo el grupo de escritores que hacían la revista Hora de España. Tras la guerra, se encontraría con muchos de ellos en México. Tras la II Guerra Mundial, casado con la escritora Elena Aura, viajó a París y entró en contacto, muy activo, con esa última etapa del surrealismo creador. Amigo de André Breton o de George Bataille, Paz amó en ellos el placer de la transgresión unido al exquisito gusto intelectivo por la palabra.

Durante veinte años (entre 1948 y 1968), Octavio Paz ocupó distintos cargos diplomáticos para el Gobierno de México, etapa que concluyó cuando dimitió como embajador de México en la India (donde llevaba un par de años) al producirse la matanza de estudiantes en la Plaza de las Tres Culturas de la ciudad universitaria mexicana. Desde entonces su papel de intelectual libre, y muy cosmopolita, anduvo a caballo entre su conservadurismo socialdemócrata (siempre poco o mal comprendido en América Latina) y su hondo sentido de la rebelión anárquica y estética, heredera de las vanguardias históricas y del trostkismo. En 1958 reunió su poesía escrita hasta entonces en el tomo Libertad bajo palabra, que incluía ya textos tan absolutos como Semillas para un himno o ¿Aguila o sol? Poéticamente Paz buscó siempre la hondura, el toque metafísico, pero sin renunciar al brillo metafórico o lumínico de la palabra. Sus padres inmediatos son los poetas españoles de la Generación del 27 y los mexicanos (Villaurrutia, Gorostiza, Owen) de la generación llamada Los Contemporáneos.

Pero la obra lírica de Paz no se entendería sin su labor ensayística -deslumbrante y magnífica, cien por ciento prosa literaria- en la que, desde el estudio de lo poético, entró en todos los ámbitos de lo universal, rompiendo el aislamiento, el vuelo alicorto de mucho ensayismo hispánico respecto a las lejanías. El laberinto de la soledad (1950) es un libro fundamental para entender la esencia de México. Pero El arco y la lira (1956) es uno de los más hermosos libros que se han escrito en nuestra lengua sobre el fenómeno poético. Paz se quería primero y esencialmente poeta -lo repetía sin cesar-, pero su ensayismo literario (su estupenda prosa ensayística) es inseparable de su pasión lírica y conocedora.

Me presentaron a Octavio Paz en su primer viaje a España tras la guerra civil, en la primavera de 1974. Yo era un poeta muy joven, pero Paz le había pedido a Jaime Salinas -en cuya casa nos vimos- precisamente conocer a poetas jóvenes. Años después (lo vi muchas veces en México y en Madrid) nos hicimos amigos. Yo no fui un devoto suyo -aunque a él no le disgustaban los devotos- sino un admirador, con quien podía y solía discutir amablemente. Mundano, cultísimo, extrañamente atraído por el Poder (dado su íntimo talante de poeta anarquista) Paz fue un luchador literario, hombre de genio e ingenio, políticamente correcto y literariamente subversivo. Sus poemas, desde Salamandra (1962) a Arbol adentro (1987), con el tránsito de Ladera este (1969) y Vuelta (1976) forman un cuerpo lírico de envergadura, nostálgico de la vanguardia, amigo de la metafísica y siempre enamorado de la palabra. Pero sus ensayos, desde Cuadrivio (1965) a La llama doble (1993), su último libro, no hicieron sino crecer, paralelamente, en amplitud temática y belleza expresiva. La maravilla del ensayismo de Paz estriba en la transparencia de una prosa iluminada que, a la par que explica ideas y temas ajenos, genera, como reflejos de luz, ideas propias. Los hijos del limo (1974), El ogro filantrópico (1979) o una de sus grandes obras, Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe (1982), le sitúan en una altura que nuestro ensayismo literario no conoció desde Ortega y Gasset.

Paz entraba en la política o en la teoría del Estado con la misma inquieta lucidez y curiosidad con que visitaba el estructuralismo (dedicó un libro, en 1967, El nuevo festín de Esopo, a su amigo Claude Lévi-Strauss) o con idéntica sagacidad y atractivo con que paseaba el exotismo oriental, una de sus parcelas favoritas, muy poco frecuentado entre nosotros. Sus poemas en prosa El Mono Gramático -1974- situados en la India, o su hermosa traducción y estudio de Sendas de Oku del japonés Matsuo Basho, publicados en 1957, se completan con los muchos ensayos breves, que, en sus libros recopilatorios (como Sombras de obras o Al paso), se demoran en las culturas tradicionales de China o Japón, y en esa conciencia sin pecado, taoísta o búdica, que encandiló a la contracultura de los primeros 70.

Aunque nunca le faltaron honores ni diatribas (en México fue un personaje tan amado como odiado) tuvo los dos grandes premios, los mayores a que puede aspirar un escritor en español: en 1981 recibió el Premio Cervantes y en 1990 el Nobel de Literatura. Indudablemente se trata de una vida tan rica como cumplida. Siempre al lado de su segunda mujer, la francesa Marie-José, Paz resultaba pausado y elegante, pero era peleón y bravo, como los grandes. Un espíritu lúcido, tentado por la gloria terrena, y un poeta deslumbrante y hondo, tentado por la transgresión y la libertad absoluta. Ese lado algo snob y decididamente pagado del amor de los poderosos (recuerdo cómo un día, en un cóctel, Octavio se apresuró a saludar a Carmen Romero, entonces mujer del presidente del Gobierno, cuando es seguro que ella hubiese acudido encantada a él) es uno de los aspectos contradictorios de Paz que más llamaba mi atención y la de otros. ¿Por qué un hombre tan grande buscaba la sombra de otros menos, mucho menos grandes? A Ortega y Gasset -estupendo pensador y escritor, no lejano a Paz- también se le acusó de algo parecido. Frívolo, mundano, poco de ello está en los libros de Octavio Paz, rebeldes y sugestivos en su mayoría. ¿No admiró Goethe a Napoleón?

Amigo de pintores, traductor de poetas, celebrado por políticos, en general poderosos y conservadores, Octavio Paz era, realmente, un liberal individualista. Y un Poeta -con mayúscula- como siempre anheló: Eres tan sólo un sueño,/ pero en ti sueña el mundo/ y su mudez habla con tus palabras.

Luis Antonio de Villena

21 Abril 1998

Testigo del siglo

EL PAÍS (Director: Jesús Ceberio)

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HAY VIDAS que alcanzan la condición de cabales al margen de la voluntad de quienes las protagonizan. La de Octavio Paz ha sido una de ellas. Poeta, ensayista, crítico literario y diplomático, la larga existencia de este intelectual mexicano le permitió ser testigo de las grandes convulsiones políticas, sociales y culturales del siglo XX. Estuvo en España durante la guerra civil como escritor antifascista; vivió el París difícil de la gran resaca de la II Guerra Mundial; fue embajador de México en la India hasta que en 1968 renunció a su cargo tras la matanza de estudiantes en Tlatelolco, de la que responsabilizó al Gobierno de Díaz Ordaz. Desde entonces fundó revistas, escribió sin cesar y dictó cursos y conferencias en todo el mundo. En 1981 le concedieron el Premio Cervantes, y en 1990, el Nobel de Literatura.Se puede afirmar sin exageración que el conocimiento y el interés de Paz fue enciclopédico, y así consta en sus numerosos ensayos sobre la historia y la política mexicanas, las peculiaridades del ser y el estar de sus conciudadanos, las culturas orientales, el amor, el erotismo, las vanguardias artísticas… Su labor de crítico literario alcanzó cotas irrepetibles, como en las páginas dedicadas a Sor Juana Inés de la Cruz, Rubén Darío, Pessoa o Cernuda, entre otros,_y construyó un mundo poético personal e intransferible que le catapultó al más selecto grupo de poetas en lengua española del presente siglo.

Es en el plano político en el que su posición ha sido más discutida. Su inicial pasión revolucionaria fue evolucionando hacia un descreimiento cada vez mayor; os artículos sobre la insurrección de Chiapas, en los que adoptó una actitud claramente antizapatista, dieron pie a críticas, anatemas y descalificaciones. Quien fue deslumbrado por la revolución en su juventud, quien mantuvo un comportamiento ético intachable en su madurez y quien demostró un enorme talento creador, alcanzó en su vejez la condición de apestado por quienes aplican dogmáticamente la plantilla de la historia. Cualquier polémica sobre el papel político de Paz no empece su ejemplaridad en tantos otros asuntos.