6 enero 1984
Shagari fue elegido en las primeras elecciones democráticas de 1979 y reelegido en las de agosto de 1983, pero los golpistas aseguran que es un corrupto y que la reelección fue un fraude
El General Buhari nuevo dictador de Nigeria tras derribar con un Golpe de Estado al primer presidente democrático del país
Hechos
El 1.01.1984 un Gole de Estado depuso al presidente Shehu Shagari fue reemplazado por el General Mohamed Buhari.
03 Enero 1984
Nuevo golpe militar en Nigeria
LO QUE ocurre en Nigeria tiene consecuencias inevitables en todo el continente. Se ha calificado a Nigeria de gigante de África, el país de población negra mayor del mundo. Por su número de habitantes, que supera los 80 millones, sus recursos, su situación geográfica, atlántica y a la vez fronteriza con el Chad, Nigeria es una de las piezas fundamentales del conjunto africano. Es demasiado pronto para poder opinar sobre las orientaciones que pueda adoptar el nuevo régimen militar recién instalado, pero, en todo caso, no parece que sea suficiente para calificar lo sucedido decir que ha sido destruida la mayor democracia de África. Es fuerte la tentación de emplear la palabra democracia con excesiva facilidad y abundancia, sobre todo cuando se trata de países escasamente desarrollados, y concretamente de África.En realidad, Nigeria, desde su independencia, en 1960, ha conocido breves períodos con un sistema de partidos políticos y Parlamento; el primoro desembocó en la terrible guerra de Biafra, en los años 1966 a 1969. Conoció después varios Gobiernos militares, hasta que en 1979, mediante unas elecciones, el poder volvió a manos civiles. Esta sucesión de Gobiernos militares y civiles (con predominio de los primeros) ha sido una característica muy general de los Estados africanos nacidos del hundimiento de los sistemas coloniales inglés y francés, y tiene, sin duda, ciertas raíces objetivas: en muchos casos, la inexistencia de las condiciones materiales, culturales, de información, para una efectividad democrática; por otro, la fuerte pervivencia de los vínculos tribales, que impiden, o al menos dificultan, que los ciudadanos del Estado se sientan como tales; ello permite una utilización artificial de las formas electorales; imbrica a los propios partidos en las relaciones tribales, lo que contribuye a la fragilidad de la democracia, sobre todo cuando se trata de afrontar los terribles problemas que la crisis y el subdesarrollo plantean a esos países. De otra parte, el Ejército es muchas veces la única entidad legada por el colonialismo con una estructura correspondiente a los límites de los nuevos Estados, superadora de las divisiones tribales.
Sin duda, los argumentos empleados por el general Mohamed Buhari y sus compañeros contra el sistema anterior, que encabezaba el presidente Shagari, al lado de la típica demagogia que emplean siempre los militares cuando se sienten llamados a salvara la patria, encierran una parte de verdad: que las últimas elecciones presidenciales fueron falsificadas es algo que ya habían denunciado numerosas personalidades democráticas. En cuanto a. la corrupción, alcanza niveles escandalosos. El presidente Shagari había demostrado un escaso respeto hacia los derechos humanos cuando, a principios de 1983, decretó la expulsión, en un plazo de 15 días, de cerca de dos millones de extranjeros. Medida que no ha servido para mejorar una situación económica desastrosa. En cuanto a los militares, gobernaron el país durante el período de auge petrolero de los años setenta, y no parece que fueran un modelo de austeridad y de eficacia; a la luz de los resultados finales, su gestión no ha sido particularmente brillante. Nigeria es uno de los mayores productores de oro negro del mundo, pero ese potencial gigantesco se ha convertido en gran parte en fuente de ruina. Nigeria se dejó arrastrar a una especie de monocultivo petrolero; éste representa el 90% de los ingresos del presupuesto. Mientras tanto, la agricultura, ayer próspera, se ha degradado. Grandes masas humanas, concentradas en monstruos urbanos, como Lagos, sufren una miseria terrible. Con la baja del precio del petróleo y la limitación de su producción, la situación económica de Nigeria se hace cada vez más catastrófica. El golpe militar intenta utilizar esa realidad para justificarse. Sin embargo, una vez que haya disuelto el Parlamento y los partidos, destituido y quizá encarcelado a las autoridades elegidas y propagado sus eslóganes de austeridad, orden, eficacia y lucha contra la corrupción, es poco probable que sea capaz de tomar medidas que estén a la altura de problemas económicos tan acuciantes.
En el plano internacional, nada indica que el golpe del general Mohamed Buhari esté ligado al enfrentamiento Este-Oeste y a las maniobras soviéticas en África. Tal hipótesis es muy poco verosímil, si se tienen en cuenta las características de la oficialidad nigeriana y las personales del general Buhari; sin embargo, sí es cierto que los Gobiernos militares en Nigeria han tendido a un mayor protagonismo internacional, particularmente en el seno de la Organización de la Unidad Africana (OUA). Nigeria fue factor importante para destacar el papel de la OUA, trabajó a favor de la causa del Sahara y de la independencia y reconciliación en el Chad y se dedicó muy especialmente a la movilización de solidaridades africanas en la lucha contra el régimen del apartheid y la política agresiva de Pretoria contra sus vecinos. No es imposible que tal preocupación vuelva a cobrar importancia; aunque los problemas económicos tendrán, sin duda, prioridad.
El Análisis
Nigeria estrenó el año 1984 con un nuevo golpe de Estado, esta vez encabezado por el general Muhammadu Buhari, que depuso al presidente civil Shehu Shagari. Con ello, el país más poblado de África confirmaba una de sus tristes constantes desde la independencia en 1960: la incapacidad de sostener gobiernos estables sin que los cuarteles se convirtieran en árbitros supremos. De hecho, la lista de golpes es ya casi interminable: Ironsi en 1966, el sangriento contragolpe que llevó a Yakubu Gowon, el asesinato de Murtala Muhammed en 1976, la llegada de Olusegun Obasanjo y, tras un paréntesis civil que muchos celebraron, el regreso abrupto de los militares en este primer día del nuevo año.
El balance de Shehu Shagari es amargo. En 1979 simbolizó la esperanza de la Segunda República nigeriana, devolviendo a la nación un aire democrático tras más de una década de dictaduras. Sin embargo, su segunda elección en 1983 fue contestada por denuncias de fraude y por un clima de profunda crisis económica, alimentada por la caída de los precios del petróleo, motor de la economía nacional. A ese desprestigio se sumó una decisión que marcó su final político: la expulsión masiva de inmigrantes africanos, especialmente ghaneses, medida tan impopular como ineficaz para salvar un régimen tambaleante. En ese contexto, los generales volvieron a mover ficha.
El nuevo hombre fuerte, Muhammadu Buhari, se presenta como un militar austero, nacionalista y obsesionado con disciplinar a una sociedad que, según él, se ha dejado arrastrar por la corrupción y el desorden. Su llegada coincide con un momento clave en el papel de Nigeria en África: potencia central del África Occidental, con peso decisivo en la Organización para la Unidad Africana (OUA), el país era visto como un contrapeso a conflictos regionales y un referente político. Que los militares hayan retomado el poder, lejos de ser neutral, puede interpretarse también como un intento de recuperar influencia perdida y presentarse como garante de estabilidad frente a una democracia cuestionada.
Nigeria vuelve, pues, al uniforme. La cuestión es si Buhari conseguirá enderezar la nación o si, como tantas veces antes, el remedio militar acabará resultando peor que la enfermedad civil
J. F. Lamata