15 junio 1976
La revista está dirigida por Ramón Bernalis y Pepe Ribas, que son multados a pagar una multa de 250.000 pesetas a su director, por considerar que habían ofendido a los valencianos
El Gobierno Arias Navarro suspende por cuatro meses a la revista catalana AJOBLANCO tras un reportaje contra las fallas
Hechos
25.06.1976 se hizo pública la sanción del Consejo de Ministros contra la revista AJOBLANCO: Cuatro meses de suspensión.
El Análisis
El 25 de junio de 1976, el Consejo de Ministros del gobierno de Arias Navarro anunció una sanción de cuatro meses de suspensión contra la revista Ajoblanco, además de una multa de 250.000 pesetas, por publicar un dossier en su número de marzo que las autoridades consideraron ofensivo hacia las Fallas de Valencia. Este episodio, que incluyó amenazas de bomba y denuncias al Tribunal de Orden Público, refleja el espíritu provocador de Ajoblanco, una publicación nacida en 1974 en Barcelona que se convirtió en un estandarte de la contracultura española. En un momento en que la muerte de Franco, en noviembre de 1975, abría una tímida ventana a la libertad, la censura contra Ajoblanco evidencia las tensiones entre un régimen en declive y una sociedad que exigía cambios. El número dedicado a las Fallas, con textos de Javier Valenzuela y Amadeu Fabregat, y referencias a la película La Fallera Mecánica, presentaba la fiesta desde una perspectiva pagana y feminista, desafiando el conservadurismo valenciano y desatando la ira de sectores tradicionales.
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Ajoblanco, dirigida por Pepe Ribas, era una revista libertaria que, junto a publicaciones como Star, Ozono y Nueva Lente, representaba la vanguardia de la prensa contracultural en la España de los 70. A diferencia de los periódicos, aún sujetos a una estricta censura y ligados a estructuras tradicionales como ABC o La Vanguardia, las revistas ofrecían un espacio para la experimentación, abordando temas como el feminismo, la ecología, el sexo, el arte underground y la crítica al franquismo. Ajoblanco se nutría de una red de filósofos, artistas y poetas, con una tirada inicial de 10.000 ejemplares que, tras el escándalo de las Fallas, alcanzó los 120.000 en 1977, aprovechando la publicidad generada por la polémica. Su enfoque asambleario y su rechazo a los partidos tradicionales de izquierda, como el PSUC, la convirtieron en un símbolo de libertad para una juventud que buscaba romper con el autoritarismo. El dossier de las Fallas, que incluía referencias sexuales y una visión pagana de la fallera como símbolo de fertilidad, fue interpretado como un ataque a la tradición valenciana, lo que provocó una reacción desmedida del régimen y de colectivos conservadores.
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La sanción a Ajoblanco no solo ilustra la fragilidad de la libertad de expresión en la incipiente Transición, sino también la capacidad de la revista para desafiar al poder. Aunque el castigo forzó a sus editores a refugiarse temporalmente en Menorca, la controversia catapultó su popularidad, demostrando que la censura podía ser un arma de doble filo. En 1976, mientras España navegaba la incertidumbre tras la muerte de Franco, revistas como Ajoblanco se convirtieron en laboratorios de ideas, más audaces que los periódicos, que aún operaban bajo el peso de la autocensura. La suspensión, ratificada en octubre de 1976, no logró silenciar a Ajoblanco, que continuó hasta 1980, dejando un legado de rebeldía cultural. En este junio de 1976, el caso de Ajoblanco no es solo un episodio de censura; es un recordatorio de cómo una publicación pudo encender debates, desafiar tabúes y dar voz a una generación que, en los estertores del franquismo, soñaba con una España libre
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J. F. Lamata