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El Gobierno del Partido Conservador ve su imagen destrozada ante toda la prensa

El Gobierno de Silvela y Maura aplasta a tiros una revuelta estudiantil en la universidad de Salamanca de Unamuno

HECHOS

En abril de 1903 la prensa dio cuenta la muerte de varios estudiantes en Madrid y Salamanca por obra de armas disparadas por policías.

CONSECUENCIAS DE LOS SANGRIENTOS SUCESOS:

El Gobierno presidido por D. Francisco Silvela, del Partido Conservador, quedó ‘tocado’ ante la ilusión que había despertado, la brutal represión fue unanimamente criticada tanto por la prensa liberal como por una parte de la prensa conservadora.

AntonioMaura001 El ministro de Gobernación, D. Antonio Maura, también del Partido Conservador, fue señalado por la mayoría de la prensa como el responsable de la matanza.

AlbertoAparicio El Gobernador de Salamanca fue destituido de su cargo como respuesta a su comportamiento ante los sucesos de Salamanca, donde estudiantes que atacaron con pedradas a policías vieron su actitud respondida a balazos. (en la imagen D. Alberto Aparicio).

Unamuno01 D. Miguel de Unamuno, rector de la Universidad de Salamanca fue considerado co-responsable de la actitud de los estudiantes y fue igualmente cesado de su cargo, pasando a estar considerado un enemigo del sistema político de la Restauración.

Crónica Política

ABC (Director: Torcuato Luca de Tena Álvarez Ossorio)

9-04-1903

La tranquilidad se ha restablecido después de varios días de agitación popular, durante los cuales se han ensangrentado las calles de Salamanca y Madrid como se habían ensangrentado un mes antes las de Vigo. ¡Triste suerte la del partido gobernante! No lleva ni cuatro meses en el poder y apenas ha tenido tiempo para que para dar disculpas de tristes sucesos en los cuales se han formulado severos cargos contra las autoridades. ¡Triste suerte la del Sr. Maura! Él ,que se obligó palabras solemnes a hacer la revolución desde arriba radicalmente, brutalmente, no logra hacérnosla vernos que desde abajo, radicalmente, brutalmente, aun descartando los suceso de Madrid y habida cuenta de Vigo, Valencia y Salamanca, donde la destitución de inspectores y gobernadores implica el reconocimiento tácito de la culpabilidad de las autoridades.

Los hombres de orden, y entre ellos nos contamos, no aprueba el motín callejero como forma de protesta aunque hay casos en que la soberbia y el desenfado de los de arriba disculpan la ofuscación y el exceso de los de abajo; pero no dejan de observar por eso el espíritu que palpita en los extravíos mismos de la opinión. Y una cosa esencial ha podido notarse en estas manifestaciones, la impopularidad de Maura, contra quien se han proferido gritos adversos con significativa tenacidad. Y se comprende. Ningún político como él despertó tantas esperanzas. Ningún político como él ha producido más honda y rápida decepción. Sedujo con sus palabras. Irrita con sus hechos. Fue una ilusión predicando. Es un desengaño gobernando.

Silvela se acredita de hombre sin carácter, sin energía de gobernante, de que ya dio testimonio en la situación anterior. Y Maura con su soberbia, su inacción y su desacierto, acaba de hundirle. El hombre que tuvo valor para declarar insoportable a un Cánovas jefe, no la tiene para licenciar a un Maura subordinado, que además de desacreditarle como político de tacto y jfe del partido, le mina el terreno para inutilizarle y le arrebata la jefatura.

Contra Maura se ha manifestado la opinión; lo mismo la que se ha echado a la calle arrojando piedras contra los guardias de seguridad, que la que lamentando tales incidentes ha comentado en privado la falta de previsión del Gobierno y ha censurado actos cuyo origen no puede menos de buscarse en la disposiciones de un Ministerio. Al gobernador de Salamanca no le destituyó Maura en un arranque de indignación al saber su inicuo proceder. Fue necesario que una junta de autoridades le dijese de modo terminante que la presencia de tal funcionario al frente de aquella provincia era un peligro para el orden. El apresuramiento a recompensar a los guardias de seguridad lesionados en las refriegas de Madrid, ninguno de los cuales, por cierto, se halla herido de bala, lo que prueba que no fueron agredidos con armas de fuego y por consiguiente que se excedieron en el cumplimiento de su deber haciendo uso de ellas sin mediar las circunstancias que taxativamente señala el Código Penal, no es sino alarde soberbia, impropio de todo gobernante que tenga prudencia y seriedad.

Contra Maura se ha manifestado la opinión, la que gritó y la que calló, y contra él seguirá manifestándose en calma o en agitación, no sólo por defraudar las esperanzas que hizo concebir, sino porque e n la práctica de gobernante demuestra tanta ineptitud, que ni siquiera sabe cubrir con buenas formas las sinuosidades de su pensamiento y los cálculos de su intención.

Un horror y una vergüenza

EL LIBERAL (Director: Miguel Moya Ojanguren)

3-04-1903

Fusilados por la espalda han sido los estudiantes de Salamanca, según gráfica expresión del secretario de aquel instituto.

Ha podido haber dudas y confusiones en otros alborotos juveniles. No hay ninguna en esta.

Una autoridad imprudente, descortés y arbitraria es la única responsable de la sangre que se ha vertido.

Ella provocó las alteraciones y la catástrofe con su empeño desatinado de abonar las tropelías de un polizonte subalterno. Ella, cuando ya estaba el conflicto en vías de pacífico arreglo, dio margen a que la guardia civil entrase a balazos en la Universidad y matase e hiriese a varios infelices jóvenes.

El Gobierno se lava las manos, y cree que con destituir a esa autoridad y al funcionario de policía, abofeteador de escolares inermes, se redimirá de la culpa.

No. El gobernador de Salamanca, a quien además de la destitución se debe aplicar el procesamiento, ha sido un mero intérprete del concepto de la política que tienen sus superiores jerárquicos. Instrumento tosco, ha procedido con arreglo a su tosquedad; pero al obrar de tal manera no ha hecho más que atemperarse a los hábitos, a los sistemas y a las inspiraciones de arriba.

Que se encause y se le castigue como merece. Que, a la vez, sea entregado a la propia vergüenza cierto profesor cuyo nombre por piedad omitimos, paradojista de esos que ahora se usan y que recuerda a los que atosigaban a Job con estériles disertaciones, el cual afirmó pocos días ha que la fuerza armada podía entrar a tiros en las Universidades y Academias como en cualquier otro Jugar público. Que escarmienten los Tribunales a los crueles e injustos agresores.

Pero, entiéndase bien que el mayor culpable es el Gobierno que tales procederes ha puesto en uso y que tales delegados elige.

A él, en primer término, pedirá estrecha cuenta de las vidas ayer sacrificadas, no ya toda la juventud de las escuelas, sino toda la sociedad española.

Las balas que han acribillado la casa de Fray Luis de León, han herido de rebote la historia y la personalidad de esta pobre España, que ha sido un pueblo culto y que ansía volver a serlo.

Sangre nuestra, sangre de toda la juventud y de toda la patria, es lo que se ha derramado en los claustros salmantinos.

Algo colectivo, nacional y augusto ha muerto con los desdichados adolescentes, víctimas de la soberbia, del salvallamo y de las ineptitudes gubernamentales.

Al horror que sentirán las almas se que en el caso presente el sonrojo que encenderá las mejillas.

En proyecto estaba la fundación en la Unviersidad salvaticense de un curso superior, a donde viniese a retemplarse a instruirse en las Ciencias, Letras y artes ibéricas la juventud latino-americana.

Triste y ruidosa advertencia la de ayer para los hermanos nuestros, que estuviesen en ánimo de aceptar el maternal convite.

Asociamos nuestra protesta a la universal que resonará pronto en los establecimientos docentes y en los hogares de la Península.

Pero en conciencia decíamos que, después de inutilizar el instrumento, será preciso, si no queremos que el atropello siga reproduciéndose, inutilizar el brazo.

Hay que acabar con un Gobierno que, por fatalidades de sino o por aberraciones de naturaleza, tamañas vergüenzas y desdichas ocasiones.

Hay que acabar con un Gobierno que, por fatalidades de sino o por aberraciones de naturaleza, tamañas vergÑuenzas y desdichas ocasiona.

Hay que acabar con esta situación que es un peligro y una afrenta para la patria.

El revolucionario

EL HERALDO DE MADRID (Director: José Francos Rodríguez)

3-04-1903

Acusábamos al Sr. Maura por no haber producido desde el Gobierno la revolución que anunció en cien discursos cuajados de frases bellísimas, de retórica apasionada. Sin duda el ministro, sintiéndose acosado por el remordimiento, quiere demostrar que es revolucionario, si no al modo prometido para producir una pacífica transformación de la patria, al modo iracundo por el cual se lanzan los odios, se sublevan los ánimos, se engrespan las indignaciones del pueblo y se lleva luto a los hogares y confusión y revuelta a las poblaciones pacíficas.

La revolución que hubiera de descuajar los vicios municipales, destruir las lacerías de las provincias, conceder al Estado aquella pureza y aquel vigor indispensables para su desenvolvimiento, esa no aparece por ningún lado. Hombres de palabras quienes ahora gobiernan, sólo de ellas y para ellas viven. ¿A qué recordarles las que pronunciaron? ¿Qué eficacia tiene perseguir las mentiras engañadoras, cuando las verdades que desconsuelan piden a la voluntad y a la atención el empleo de todos los recursos?

¿No fueron revolucionarios en las leyes los ministros? ¿No supo el Sr. Maura, autor de la frase, responder de ella con obras de mérito? Verdad; pero en cambio, cuantos creen que revolución significa desconcierto, tumulto, tiros, sangre, no les cabrá duda de que el Gobierno cumple su programa de revolucionar al país.

Y el que quiera saberlo que mire a Salamanca, donde han puesto los conservadores cátedra de iniquidad; que se fije en Madrid, donde a la hora en que escribimos este artículo hay en las calles céntricas manifestaciones, gritos, pedradas, cargas de la Policía, heridos, cierre de tiendas y, en resumen, confusiones y desorden.

La revolución desde arriba está bien clara. La ineptitud, la ceguera que producen las exacerbaciones del amor propio, la falta de criterio, las defraudaciones morales inferidas a la conciencia pública ocasionan el estado de inquietud insana que España padece, el malestar extraordinario que todos sufrimos, que corre como un escalofrío, precursor de una grave dolencia, a lo largo del cuerpo social.

Sí, es revolucionario el Gobierno. Tiene todos los aspectos de tal. Excita sin motivo las pasiones, agrava inconvenientemente los conflictos, lleva la inquietud al os hogares más sosegados. Un día son los marines, otro los obreros, el más próximo los estudiantes. Y frente a las cuestiones surgen se muestra con desigualdades de conducta, propias del neurasténico que en unos momentos se acobarda ante la idea del peligro y en otros lo provoca con desesperada arrogancia.

Cede apresuradamente en cuestión donde acaso defendía lo justo, y en otras reprime con airado movimiento. Ignora la importancia de los sucesos, carece de plan determinado para contenerlos. De los déspotas se sabe a punto fijo que no tienen más inspiración que la de su voluntad, que quieren siempre imponer como señora. De los justicieros se tiene averiguado que sólo ante la razón se doblegan, y sólo  sirven los intereses legítimos de todos. De estos que gobiernan no se sabe sino que germisonan. Unas veces, la brutalidad de la represión no justificada; en otras, la debilidad más increíble.

Una autoridad fusila a los escolares junto a sus cátedras, y, en seguida, otra contiene a las muchedumbres y se deja oír por ellas. La primera iba rodeada de fuerza. La segunda se mostró sola, sin otro aparato que el de representar la justicia. ¿Qué quiere decir esto? Que el principio de autoridad debe mantenerse; pero es preciso para ello no perder ni el aplomo, ni el sentido de justicia, sin los cuales lo augusto de la ley se trueca en lo bárbaro del atropello. Por lo mismo, la protesta cuando tales acontecimientos se producen, está legitimada. Brota de todos los pechos, suena en todos los labios, estremece todos los corazones. Es el grito general de grandes y pequeños, de cultos e ignorantes, que se reúnen en unánime y enérgica reprobación.

Devolvamos su fama al Gobierno. Es revolucionario como había prometido. Ha logrado que todas las esperanzas sean desengaños, que todos los apoyos sean hostiles. Bien puede el Sr. Maura de antes, el tribuno del Parlamento, apostrofar al Maura de ahora, el ministro de Gobernación. Bien puede decirle que ha llegado el instante de pensar si la paz de un país vale menos que las menudas satisfacciones de un partidarios.

Y con él mediten los que le acompañan en la posesión del mando, mediten acerca de su obra y vean como flotan en el cielo nubes tempestuosas que ellos formaron por fatalidad, por torpeza, por soberbia, por debilidades del espíritu. Consideren, sobre todo, que en estas tormentas sociales unos son a producirlas; pero todos y todo tienen que sufrir sus consecuencias.

Los sucesos de Salamanca

LA ÉPOCA (Director: Alfredo Escobar, marqués de Valdeiglesias)

3-04-1903

Las cuestiones de orden público son las que más fácilmente se explotan en contra de los Gobiernos. Si la autoridad contemporiza y se prolonga el desorden, se les pinta impotentes si corre sangre, los sentimientos naturales y humanos de compasión hacia las víctimas se aprovechan hábilmente para acusar de bárbaros y crueles a los gobernantes y excitar en su contra la indignación general.

Esto ocurre ahora con motivo de los lamentables sucesos de Salamanca, en los cuales aumenta el sentimiento de duelo la consideración de ser las víctimas jóvenes en la flor de edad. Una vez más hemos de insistir, con tal

Pero dicho esto, y asociándonos sinceramente al duelo de los estudiantes de Salamanca, entendemos que hay una manifiesta injusticia en los ataques contra el Gobierno y un evidente apasionamiento en los relatos y comentarios de los sucesos ocurridos en aquella ciudad.

De la conducta del gobernador y de la fuerza pública nada decimos. La actitud de la junta de autoridad respecto al primero fue inmediatamente seguida del acto del Sr. Maura admitiéndole la dimisión y encargando del mando al presidente de la Audiencia, que por la respetabilidad del cargo y por la naturaleza de sus funciones, así como por las excelentes condiciones que le adornan, ha de ser una garantía para la población salmaticense.

Respecto al proceder de la fuerza pública, creemos difícil formar juicio imparcial en los primeros momentos, cuando está tan viva la impresión causada por las sensibles desgracias ocurridas. Las autoridades competentes han de depurar escrupulosamente los hechos, y si aparecen responsabilidades seguramente se impondrá el debido castigo. Pero, sin prejuzgar nada, hemos de decir que frecuentemente se hostiga y hostiliza en tales términos a la fuerza pública, que es muy difícil que conserve el tino y la medida en la represión. Por otra parte, no puede dejarse atropellar pues en tal caso resultaría inútil. Más nada queremos adelantar sobre ese punto, remitiéndonos a la investigación que ha de hacerse sobre el caso.

Pero en lo que palpita manifiesta y clara injusticia, es en los ataques al Gobierno. Léase el telegrama del Sr. Maura al gobernador de Salamanca, y nadie que imparcialmente discurra podrá negar el espíritu de exquisita prudencia en que está inspirado. En él no se decía sólo a aquel funcionario que mantuviese el principio de autoridad, sino que hiciese justicia si resultaba comprobada alguna culpa imputable a sus subordinados; y en cuanto a la represión, terminantemente se le ordenaba que midiera, según necesidad estricta, la energía de ella. Sin embargo, hay periódicos que acusan al Sr. Maura de haber dado instrucciones de exterminio, o poco menos al gobernador.

Con el mismo fin se saca a relucir la mal interpretada frase del Sr. Silvela acerca del Mausser. Y en cuando a la manifestación estudiantil verificada hoy en Madrid, en que han abundado las provocaciones y los actos de violencia por parte de los estudiantes, bien a las claras delata su origen el hecho de haberse organizado anoche en un Casino republicano.

De un sensible suceso local, que nosotros sinceramente lamentamos, se quiere hacer una cuestión de clase y provocar un conflicto al Gobierno. Lícito sería que los estudiantes de Madrid o de otra Universidad pidiesen el castigo de los culpables, suponiendo que, efectivamente, resultase culpabilidad en la muerte de sus compañeros; pero provocar nuevos alborotos y pedreas, demuestra que la juventud escolar está siendo instrumento de agitadores, para los cuales el triste suceso de Salamanca ha sido un azar afortunado.

Eso hay en el fondo del desorden de hoy: una maniobra política contra el Gobierno. Después de la Nota oficiosa del último Consejo, las acusaciones fundadas en el aumento de los gastos públicos no podían subsistir; se necesitaba otro tema, y los lamentables sucesos de Salamanca han venido a brindar. Pero las personas amantes del principio de autoridad deben meditar sobre lo insensato y peligroso que es alentar protestas o reclamaciones que utilizan como medio el desorden.

Esperamos que el buen sentido de los estudiantes, la cordura de sus familias y la sensatez del público en general se impondrán al cabo, pues no existe motivo racional alguno para que, con pretexto de los sensibles sucesos de Salamanca, donde el orden parece ya restablecido, se altere la tranquilidad en otras poblaciones.

La Situación

EL IMPARCIAL (Director: José Ortega Munilla)

4-04-1906

No queremos echar leña al fuego. Dominando los sentimientos más vivos e imponiéndonos el sacrificio de protestas que brotan del fondo del alma, hemos de quitar a nuestra frase todo dolor, toda tendencia que pueda contribuir a la agitación pública; pero no podremos dejar de decir que es unánime el juicio emitido por todo el país.

EL CORREO (“Un sino fatal”), LA CORRESPONDENCIA DE ESPAÑA (“El Sistema de los gobiernos no puede reducirse a un plan de guerra”), EL HERALDO DE MADRID, El DIARIO UNIVERSAL, EL GLOBO (“Intlerable”).

Y hasta el órgano ministerial LA ÉPOCA habla anoche del grave conflicto en términos que revelan como sobre las consignas políticas predominan los supremos fallos del juicio público.

Lo ocurrido hace tres días en Salamanca, lo ocurrido hace un mes en Vigo por no citar sino los hechos más recientes prueban que el gobierno y sus delegados en vez de ser garantía del orden público son motivo de gravísimas complicaciones. No puede depender la vida del ciudadano del buen o mal humor, de la indiscreción a la prudencia de un funcionario público. Garantías más sólidas son necesarias, y mientras no se establezcan quedará por resolver el punto que más interesa a la tranquilidad pública. Ha dejado de ser gobernador de Salamanca, el que resulta culpable de la inútil matanza de estudiantes, se formará un proceso en cuya eficacia no cree hoy nadie, pero aunque estas reparaciones encerrasen algo de sanción correspondiente a la importancia del atentado, no se habría hecho cosa alguna para evitar la repetición de estos hechos, y es necesario que se establezcan bases sólidas de la vida humana, que se halla aquí, por lo visto, a merced del estado de los nervios de quien ejerce la autoridad. No se puede penetrar en el domicilio del ciudadano sin mandamiento judicial, pero se puede matar a ese ciudadano intangible y venerado, si así lo determina el acaso, cociente y resultado de la torpeza, de la ira y de la imprudencia.

Desde luego, es necesario que el Mauser no se emplee en esta clase de funciones represeivas del tumulto; pero además conviene determinar con minucioso detalle cuando y como es lícito a la fuerza pública sembrar la muerte en las ciudades y en los campos. Vivimos hoy en un régimen de arbitrariedad que espanta y bajo un sistema de convencionalismo y de falsía que indigna. Por ello pueden decir los oradores de los partidos de gobierno que gozamos de toda especie de libertades: y ya se ve que la única que verdaderamente existe, es la de morir sin razón y caer miserablemente bajo el plomo disparado por quien no tiene conciencia del acto que realiza.

Hay además en el asunto del día otras cosas graves. La protesta unánime de la nación, los hechos ocurridos ayer en Madrid, prueban que el gobierno carece de autoridad. Como lo prometió todo y no ha hecho nada; como habló de urgencias en la obra reformista y sin necesidad alguna se ha proporcionado cuatro meses de interregno parlamentario, no inspira confianza, no merece respeto, y ante cualquier conflicto se evidencia su debilidad.

La frase famosa del ilustre orador que ocupa el ministerio de la Gobernación, en que llegó este a la más expresiva fórmula de la energía, sólo se ha visto hasta ahora ejecutada ante el aula de Fray Luis.

“Rápidamente, radicalmente, brutalmente”.

Así se ha procedido en Salamanca.

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