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El Grupo PRISA cierra su revista política, EL GLOBO, tras meses de pérdidas y el rechazo de Pedro J. Ramírez a dirigirla

HECHOS

En septiembre de 1988 el Grupo PRISA decidió cerrar su revista política EL GLOBO, fundada en octubre de 1987.

D. Eduardo San Martín habla con J. F. Lamata sobre la oferta de EL GLOBO a D. Pedro J. Ramírez:

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Primera Página

Juan Luis Cebrián

Pero no todo fueron triunfos. Decididos a impulsar el grupo acordamos el lanzamiento de un semanario político, convencidos  de que los que existían en el mercado no cubrían las expectativas de rigor informativo exigibles a una prensa de calidad. Tras husmear entre las cabeceras libres o que podían adquirirse a un precio módico, bautizamos a la nueva publicación como EL GLOBO, y encargamos a Eduardo San Martín su botadura como director. Establecimos su sede en el mismo edificio de la SER, no escatimamos medio ni inversión algunos, tanto en equipo humano como en dotación técnica, y emprendimos la nueva aventura con un exceso de optimismo, por no llamarlo arrogancia, que nos condujo directamente al desastre. Participé activamente en las discusiones sobre las medidas que debían tomar los gestores de la revista en lo que se refería al contenido editorial; aunque la mayoría de mis recomendaciones no se tuvieron en cuenta, tampoco estoy seguro de que siguiéndolas se hubiera podido evitar la catástrofe. Al margen de que los costes se habían disparado irracionalmente desde el principio, el contenido de la publicación no acabó de satisfacer la demanda, pese a que descubrió algunas buenas exclusivas. El último movimiento dramático fue la sustitución del director por Jesús Ceberio y la convocatoria de una reunión extraordinaria, un domingo bien entrada  la primavera, para decidir las medidas que eludieran el cierre de la publicación, a esas alturas solicitado por numerosos miembros del Consejo, aunque ni siquiera había cumplido un año de vida. Yo me resistía a una solución semejante, pues sabía que era imposible asentar un semanario de nuevo cuño en menos de tres años. Pero el éxito de EL PAÍS había sido tan fulgurante que mis razones caían en descampado. Antes del a citada reunión hablé con José Luis Martín Prieto, que había regresado de Buenos Aires después de una larga estadía como corresponsal, periodo en el que su domicilio rioplatense se convirtió en punto de referencia de cuantos españoles influyentes pasaban por la capital argentina. José Luis se casó durante su estancia allí en una ceremonia en la embajada en la que Felipe González, por poderes, y yo mismo fuimos padrinos/testigos del enlace. La amistad entre nosotros se me antojaba poco menos que fraternal y mi admiración por sus dotes literarias y su capacidad de observación era conocida de todos. Antes de citar la reunión en EL GLOBO hablé con él para rogarle que se hiciera cargo de su salvamento, lo que aceptó, e incluso me pidió que postergara la hora del encuentro porque le venía personalmente mejor. No se presentó. No era la primera vez que hacía una cosa (…)

 

Cerramos EL GLOBO en septiembre de 1988, un mes antes de cumplir su primer aniversario. Acepté la decisión, tomada en solitario por Jesús al hilo de las recomendaciones de un empresario francés del sector, pero no de la compañía. Tuve que ser yo como director general de la compañía Progresa (Promotora General de Revistas) quien convocase a la plantilla en la sede del semanario para comunicar la noticia. Ninguna del casi centenar de personas presentes podía siquiera imaginar que aquel acto era uno de los últimos que habría de protagonizar siendo aún director de EL PAÍS. Solo yo era consciente del error que cometíamos por no esperar un par de meses antes de clausurar la publicación, a fin de que esa fuera mi primera decisión como consejero delegado de PRISA y no se viera involucrado el periódico, a través de mi persona, en un episodio tan lamentable.

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