6 octubre 1968
El juez José Francisco Mateu Canoves elegido nuevo Presidente del Tribunal de Orden Público (TOP)
Hechos
El 26 de octubre de 1968 el juez D. José Francisco Mateu Canoves fue elegido nuevo Presidente del Tribunal de Orden Público por el Gobierno de la dictadura del General Franco. El juez D. José Hijas Palacios pasó a ser Presidente de la Audiencia de Zaragoza.
Lecturas
El 26 de octubre de 1968 el juez D. José Francisco Mateu Canoves fue elegido nuevo Presidente del Tribunal de Orden Público por el Gobierno de la dictadura del General Franco, sustituye en el cargo al juez D. José Hijas Palacios, que ha sido su presidente desde diciembre de 1965.
El juez D. José Hijas Palacios pasó a ser Presidente de la Audiencia de Zaragoza.
El juez D. José Francisco Mateu Canoves ocupará la presidencia hasta la disolución del Tribunal de Orden Público en 1976.
El juez Mateu Canoves volverá a ser noticia en noviembre de 1979 cuando será asesinado por un comando de ETA.
El Análisis
José Francisco Mateu Cánoves llegó al frente del Tribunal de Orden Público en octubre de 1968 para presidir lo que iba a ser la fórmula judicial estrella del franquismo tardío: un tribunal «civil» para perseguir la disidencia política pero sin renunciar a la mano dura. Mateu, magistrado que llevaba en el TOP desde sus inicios en 1964, presidió la institución hasta su disolución a principios de 1977 y pasó después al Tribunal Supremo.
Gobernar el TOP en los años 1968–1976 significó administrar un sistema jurídico de doble filo: por un lado, la propaganda del régimen lo vendía como una «normalización» —juicios civiles en lugar de consejos de guerra—; por otro, en la práctica el TOP fue la maquinaria que trituró derechos políticos y que instrumentalizó la represión contra sindicalistas, estudiantes y opositores. Procesos como el célebre «Proceso 1.001» contra dirigentes de Comisiones Obreras muestran el papel central del TOP en reprimir el movimiento obrero organizado; y, pese a la existencia del TOP, los delitos políticos más graves —incluido gran número de atentados y acciones de ETA— siguieron siendo remitidos a la jurisdicción militar cuando al régimen le convenía endurecer la respuesta.
Hablar de Mateu Canoves es hablar también de la contradicción histórica del régimen: el intento de maquillarse ante Europa mientras se mantenía intacto el aparato represor (Brigada Político-Social, consejos de guerra, prisiones). El balance de su etapa es, por tanto, ambivalente: no fue sólo la figura de un juez técnico, sino el responsable último de un tribunal que sancionó la protesta política y que dejó heridas políticas y personales —muchas sin reparar— que explican por qué su nombre fue, en la violencia y en la memoria, un punto de colisión entre justicia, venganza y memoria histórica. Mateo Canoves fue, ante todo, un juez, que se dedicó a la defensa de la ley de los tiempos que le tocó vivir, y que pagaría más que muchos otros, el precio por haber estado en ese lugar y en ese momento de la historia.
J. F. Lamata