7 mayo 1999

El árabe Azmi Bishara, el centrista Isaac Mordejal y el derechista Beni Beguin se retiraron de la competición 24 horas antes de la votación favoreciendo

Elecciones Israel 1999 – El laborista Ehud Barak, nuevo primer ministro derrotando a Benjamin Netanyahu, del Likud

Hechos

Las elecciones del 17.05.1999 en Israel dieron la victoria al candidato laboralista Ehud Barak con un 60% de los votos frente al 40% logrado por Netanyahu del Likud.

18 Mayo 1999

El laborista Barak desbanca a Netanyahu

Ferran Sales

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Ehud Barak ha batido a Benjamín Netanyahu. El líder laborista será el nuevo primer ministro de Israel, después de haber conseguido cerca del 60% de los votos en las elecciones generales celebradas ayer. Con el 15% de los votos escrutados, se confirmaban los sondeos a pie de urna y el candidato del partido Likud se mantenía a una distancia de casi 20 puntos del ganador, con un 40% de los votos. A pesar de la provisionalidad de estos resultados, Netanyahu reconoció de inmediato su derrota y anunció que abandona la dirección del partido de derechas que ha gobernado el país durante los tres últimos años y bloqueado el proceso de paz con los palestinos. La participación alcanzó la elevada cota del 80%, según los datos oficiales.

«Respeto la voluntad del pueblo, así debe ser la democracia», afirmó Benjamín Netanyahu ante las cámaras de la televisión pública israelí pocos minutos después de que se difundieran los primeros sondeos postelectorales efectuados a pie de urna, al cerrar los centros de votación.Netanyahu, como si tuviera prisa por no alargar su agonía, felicitó al primer ministro electo, Ehud Barak, y anunció que dimitía de su cargo de presidente en el partido Likud y que se tomaba un periodo de vacaciones políticas. Pero antes de desaparecer de la pantalla, el derrotado aseguró a modo de testamento político que el Likud «ha intentado conseguir la paz para las generaciones venideras y no dar un mandato pasajero». «He eliminado el terror, he impuesto la norma de reciprocidad con los palestinos y he negociado un proceso de paz con cuidado», añadió.

El anuncio del triunfo de Barak fue acogido por una oleada de alegría en las calles de Tel Aviv, donde centenares de militantes del bloque de la paz, se dieron cita en la misma plaza donde en noviembre de 1995, fue asesinado el primer ministro Isaac Rabin. Mientras, en el centro de Jerusalén, en la calle peatonal de Ben Yehuda, grupos de jóvenes lanzaban gritos de alegría, muy cerca de donde en septiembre de 1998 estalló una bomba que mató a una decena de viandantes.

Brindan el triunfo a Rabin

«Se ha ganado, Rabin», cantaban los muchachos lanzando gritos al cielo, al tiempo que agitaban en el aire las banderas blancas y azules de Israel, como tratando de hacer desaparecer del espacio los últimos vestigios de tres años de Gobierno de la derecha, durante los cuales se ha bloqueado sistematicamente el proceso de paz con los palestinos.

A lo largo de la noche, a través de los ordenadores del Gobierno, se fue confirmando la victoria aplastante de Barak, anunciada en los sondeos postelectorales. Cuando se llevaban el 15% de los votos escrutados, el líder laborista estaba en cabeza con el 60% de las papeletas a su favor, con 20 puntos detrás de él aparecía derrotado Netanyahu.

Los resultados oficiales y definitivos de estos comicios para primer ministro serán conocidos mañana a primera hora, mientras que los del Parlamento, tardarán algo más en llegar. En cualquier caso, Netanyahu dispondrá aún de 45 días para permanecer al frente del Gobierno, mientras se ultiman los detalles de un traspaso de poderes dando así la posibilidad a Israel de empezar a navegar con un nuevo rumbo.

La jornada electoral de ayer ha supuesto un récord de participación, ya que según datos oficiales acudieron a las urnas el 80% del electorado (4.280.000 de israelíes), una cifra que supera el índice de participación del 79,3% registrado en los comicios de 1996. Hasta ahora la máxima participación se produjo en las primeras elecciones del país, en 1949, en las que el 86,9% de inscritos acudieron a las urnas.

Israel vivirá a partir de hoy pendiente del proceso de paz, recordando inevitablemente las promesas electorales de Barak, quien se ha comprometido a retirarse del sur de Líbano antes de finalizar el año y aplicar los Acuerdos de Wye con los palestinos, firmados en octubre de 1998, bajo la mirada atenta del presidente Bill Clinton y del desaparecido Husein de Jordania.

Israel ha decidido efectuar un cambio en favor de la paz. Lo acordó en el transcurso de una jornada tranquila, en la que la vida económica del país quedó practicamente paralizada, con exclusión de los pequeños comercios que mantuvieron abiertas sus puertas durante todo el día. Las calles estuvieron sumidas en un ambiente tranquilo, con la única estridencia del vocerío de las radios piratas, que en una actividad frenética trataron hasta el último minuto de canalizar y potenciar el voto en favor de Netanyahu.

Los locutores, en una verborrea incesante, pusieron las emisoras al servicio del partido Likud, ofreciendo contactos que permitieron transportar heridos, enfermos e inválidos desde sus casas o hospitales hasta los colegios electorales. Fue una lección de militancia religioso-política, casi mística.

«Vota Bibi y a su baby» había repetido sin cesar durante toda la mañana el locutor de la radio del partido ultrarreligioso Shass, recomendando la papeleta para Netanyahu y para el propio partido para las elecciones en el Parlamento. Esta misma consigna la repitieron hasta la saciedad las emisoras piratas de los colonos especialmente Canal 7, la que en 1995 alimentó el odio contra los artífices del proceso de paz e inspiró el asesinato de Isaac Rabin.

La tensión de la batalla electoral se tradujo en algunos casos en pequeños incidentes, como el ocasionado por una mujer en Tel Aviv, que una navaja agredió en un semáforo a un militante laborista, que pretendía entregarle propaganda del partido de Barak.

Ayer a última hora de la noche en el aereopuerto Ben Gurion de Tel Aviv, fatigados por tanto trasiego electoral, se disponían a regresar a París los 488 expedicionarios del partido Likud, que en un vuelo chárter y por 500 francos franceses (12.500 pesetas) habían llegado el día anterior para votar en casa. En sus maletas se llevaban el sabor amargo de la derrota, idéntico equipaje que el que arrastraban los viajeros venidos de Estados Unidos. A éstos el voto-pasaje les había costado poco menos de 180 dólares (30.000 pesetas). El resto lo han pagado los millonarios judíos norteamericanos, los mismos que durante tres años han estado financiando los asentamientos, la extrema derecha, el movimiento ultraortodoxo religioso y a Netanyahu.

02 Julio 1999

La era Barak

EL PAÍS (Director: Jesús Ceberio)

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ELTRIUNFO del líder laborista israelí, Ehud Barak, sobre el derechista Benjamín Netanyahu en las legislativas de mayo contenía un elemento engañoso: el resultado de 56% a 44% a favor del primero podía hacer pensar por su claridad en que había un camino expedito para la formación de Gobierno. Lejos de ser así, la extremada fragmentación del Parlamento, en el que los dos primeros partidos -el Laborista y el Likud- suman sólo 44 de los 120 escaños, hacía muy ardua la geometría de cualquier nuevo Gabinete. Ayer, tras seis semanas de tira y afloja, el ex general Barak ha completado una alianza gubernamental de siete partidos que van desde la izquierda del laborismo, el Meretz, a la ortodoxia religiosa de Shas, el partido sefardí, pasando por una formación de los inmigrantes rusos. Esa coalición, que ha exigido un complejo chalaneo de carteras ministeriales, tiene una clara mayoría parlamentaria que rebasa los 70 escaños, pero será harto difícil la convivencia interna entre formaciones que defienden programas casi incompatibles.

La negativa del Likud a entrar en el Gobierno, lejos de parecer una mala noticia, puede interpretarse como una garantía de que los planes de Barak en el proceso de paz con la Autoridad Palestina son lo bastante decididos como para excusar la compañía de la derecha nacionalista israelí. El arco iris del nuevo Gobierno muestra hasta qué punto el líder laborista va a proceder con máxima cautela, tratando de deslindar negociaciones: la retirada de Líbano, y eventualmente del Golán, serán tratados con Siria, y con los palestinos, la devolución de los territorios ocupados en Cisjordania.

Se diría que, tras el estancamiento del proceso de paz durante el mandato de Netanyahu, haría falta ahora un gesto rápido y decisivo, como podría ser la paralización, formal o de hecho, de los asentamientos judíos en Cisjordania para devolver la confianza a la comunidad internacional y a la otra parte negociadora de que se quiere la paz, además de hablar de ella. Eso es lo que ha pedido el líder palestino, Yasir Arafat, dentro de una bienvenida cautelosa a la formación de Gobierno.

El Análisis

1999, el regreso laborista con Barak y las esperanzas efímeras de paz

JF Lamata

Las elecciones de mayo de 1999 en Israel fueron otra experiencia peculiar dentro del experimento de elegir al primer ministro por votación directa, fórmula que, como en 1996, se sumaba al voto parlamentario. Esta vez la campaña fue accidentada: tres de los aspirantes —Azmi Bishara, el político árabe israelí que buscaba un gesto simbólico más que una victoria real; Benny Begin, hijo de Menahem Begin, que representaba al sector más duro de la derecha; e Isaac Mordejai, exgeneral y ministro que trataba de proyectarse como alternativa de centro— acabaron retirándose al ver que no tenían opciones. Al final, la batalla se concentró en dos nombres: Benjamín Netanyahu, el primer ministro en funciones, y Ehud Barak, exjefe del Estado Mayor, candidato laborista y figura con aura de héroe militar.

La victoria de Barak fue clara. Su perfil combinaba experiencia militar con la promesa de reactivar el proceso de paz iniciado en Oslo, lo que le granjeó apoyo dentro y fuera de Israel. Muchos votantes, cansados de la tensión permanente y del estilo confrontacional de Netanyahu, apostaron por darle una oportunidad al laborismo tras tres años de parálisis. Netanyahu, en cambio, llegó desgastado: las fricciones dentro de su gobierno, el incumplimiento de varios compromisos de paz y su creciente impopularidad lo dejaron sin margen de maniobra. Fue una derrota dura para el Likud, que veía cómo el laborismo recuperaba el poder después de la sorpresiva caída de Shimon Peres en 1996.

Las expectativas eran altísimas. Barak parecía el hombre capaz de sellar acuerdos históricos con los palestinos y con Siria, y se le llegó a presentar como el líder que podía cerrar el círculo abierto en Oslo. Pero la realidad sería otra: las negociaciones se atascaron, los recelos internos se multiplicaron y la confianza mutua con Yaser Arafat se desmoronó. En el año 2000, el fracaso de Camp David y, poco después, el estallido de la Segunda Intifada, sepultaron aquellas esperanzas. Así, el triunfo de Barak en 1999 quedó como un espejismo: un momento en que Israel y el mundo imaginaron que la paz estaba a la vuelta de la esquina, pero la historia volvió a ser más áspera y violenta de lo soñado.

J. F. Lamata