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Durante la campaña electoral el Likud acusó a Peres de estar dispuesto a dividir Jerusalen con los palestinos

Elecciones Israel 1996 – Netanyahu (Likud) gana a Simon Peres (Laboralista) en las primeras elecciones directas a primer ministro

HECHOS

El 30.05.1996 se celebraron elecciones directas para el cargo de Primer Ministro de Israel: Netanyahu logró 50,03% de los votos frente al 49% de los de Simon Peres

01 Junio 1996

La lección israelí

Sami Nair

La victoria del candidato del Likud, Benjamín Netanyahu, es algo más que un acontecimiento electoral en Israel. Es un hecho de importancia mundial. Pasada la página del apretón de manos en Washington entre el difunto Rabin y Yasir Arafat, de lo que se trata, ante todo, es de la puntualización que la mitad del pueblo israelí ha hecho al resto del mundo. Mientras las últimas elecciones en Palestina mostraron que, a pesar de la lentitud y las dificultades de las negociaciones con Israel, la inmensa mayoría de los palestinos permanecía afecta al proceso de paz, la victoria del candidato del Likud, el fuerte avance de la extrema derecha religiosa israelí, marcan claramente un retroceso de los partidarios de la paz. De hecho, se trata de una triple derrota y de una lección de realpolitik.La primera derrota es personal: la derrota de Simón Peres. Hombre abierto, visionario, favorable a la paz, Simón Peres no ha sabido llevar a los laboristas a la victoria en un contexto que, sin embargo, no le era totalmente desfavorable. ¿Acaso la salvaje intervención que ordenó llevar a cabo en Líbano tras los bárbaros atentados contra la población civil israelí y la matanza de centenares de civiles palestinos en Cana no han tenido como resultado final lo contrario de lo que se pretendía (dar del hombre de paz la imagen de un general despiadado)? ¿Acaso no han radicalizado todavía más a la opinión pública israelí y abonado el terreno para los argumentos a favor de la seguridad? En realidad, es como si Peres, al verse obligado a reaccionar, hubiera caído en la trampa que le tendieron los adversarios de la paz de uno y otro bando.

La segunda derrota es la de Arafat. En efecto, al presidente palestino le va a ser muy difícil lograr no sólo la aplicación seria de los acuerdos israelo-palestinos, frente a los cuales el mismo Peres marchaba con pies de plomo, sino también avanzar hacia la ampliación de dichos acuerdos. Hasta ahora, el comportamiento de Arafat frente a los que se oponen al proceso (le paz ha sido el de vender la piel del oso antes de cazarlo. Ser presidente de un Estado virtual, era posible; pero arriesgarse, a ser el «responsable» de una subautonomía palestina paralizada es otra cuestión. Y todo hace pensar que el Likud va a intentar frenar las negociaciones, dejar que la situación se pudra, y despreciar a unos palestinos más debilitados que nunca.

Arafat tiene necesidad de la aplicación rápida de esos acuerdos; Netanyahu necesita congelarlos antes de proponer, con toda seguridad, su renegociación; Arafat tiene necesidad de una apertura, Netanyahu ha sido elegido para la clausura.

La tercera derrota es la de los padrinos internacionales de ese proceso de paz: Estados Unidos y Europa. No han hecho lo que había que hacer para convertir en irreversible un proceso que, con la simple lectura de los textos que lo oficializaban, estaba claro que era sumamente frágil. Las dilaciones frente a la rigidez israelí en la negociación, el escaso apoyo a los desorientados palestinos, la falta de concreción de la ayuda prometida han debilitado sin duda la fiabilidad del proceso de paz. Las élites mundiales, en lugar de vivir el asesinato de Rabin como una necesidad imperiosa de acelerar la paz, lo interpretaron como un sacrificio propiciatorio, a imagen del de Sadat, haciendo inevitable la sacralización de la paz.

Lejos de esta mística, la prosa de la realidad acaba de suministrarnos la prueba contraria. Sin duda se dirá que no puede reducirse esta votación al problema de la paz con los palestinos; que la política social de los laboristas no satisface a todo el mundo; que, en sentido inverso, la escasa e inestable mayoría del Likud no va a permitirle bloquear la paz. ¿Acaso no hay un 50% de la población israelí a, favor de la paz? Es cierto. Y es justo. Solamente que a partir de ahora quien preside los destinos de Israel es el 50% que está en contra de la paz.

De ahí una cruel lección de realpolitik para todos. En efecto, ningún Gobierno de Israel (como tampoco de Palestina o del mundo árabe) logrará una auténtica y sólida mayoría para negociar la paz en un conflicto de inmensa complejidad. La paz sólo puede ser fruto de un golpe de fuerza, simbólico e histórico, de las élites políticas. Unas élites que, aunque desprestigiadas con regularidad, son, sin embargo, más necesarias que nunca en Oriente Próximo. Sólo ellas pueden imponer una solución que la mayoría de la población de los dos bandos considerará siempre imperfecta. Pues la cuestión esencial en los dos bandos es la del temor al adversario.

La obsesión israelí por la seguridad tiene su paralelo en la obsesión del pueblo palestino por su aniquilación por parte de los israelíes; el resultado de ello ha sido el reforzamiento del poder, por un lado, y el de la resistencia, por otro. La paz que se vislubraba entre los palestinos y los israelíes no tenía como objetivo borrar esta obsesión, sino reorientarla: se trataba de demostrar que sólo la paz podía garantizar la seguridad del Estado israelí, mediante el reconocimiento de los derechos del pueblo palestino. Era una revolución de las mentalidades. Es cierto que la paz será siempre imperfecta en Oriente Próximo, y que durante mucho tiempo será minoritaria. Hay que saberlo y sacar todas las conclusiones. Tras la victoria de la derecha israelí, aliada de la extrema derecha religiosa, se corre el riesgo de desestabilizar durante mucho tiempo esta región; de asfixiar a Arafat y a la OLP, que son la única garantía actual, por parte palestina, de continuidad del proceso; de bloquear la negociación con Siria, y, sobre todo, de privilegiar, paradójicamente, a los integristas y a los enemigos de la paz como auténticos protagonistas del conflicto ¿No es lo que ya hizo el Likud, en la época de Begin, premio Nobel de la Paz y, sin embargo, responsable en parte del aumento de Hamás en los territorios ocupados?

La victoria del Likud constituye, pues, un inmeso peligro para la región. La comunidad internacional, si esa palabra tiene todavía sentido en un mundo unilateralmente dominado por Estados Unidos y Europa, debe mostrar una firmeza extrema frente a ese nuevo peligro. Esta vez debe ayudar realmente a los partidarios de la paz en Israel y dar su apoyo más que nunca a quien, en el futuro, tendrá una mayor y más dramática necesidad de él: el pueblo palestino.

01 Junio 1996

Bill Clinton quiere convertir en 'paloma' al 'halcón' Netanyahu

Antonio Caño

Bill Clinton quiere convertir en paloma al halcón Benjamín Netanyahu. Aunque la Administración norteamericana trataba ayer de poner la mejor cara tras conocerse los resultados definitivos de las elecciones en Israel, la victoria del líder del Likud, es un serio revés para el presidente Bill Clinton, que había apostado ciegamente por Simón Peres, y para la política de Estados Unidos en Oriente Próximo, consagrada a culminar lo más rápidamente posible el proceso de paz.

La Casa Blanca anunció ayer por medio de un comunicado que Clinton ha invitado personalmente a Netanyahu a visitar Washington lo antes posible. El presidente habló con el primer ministro electo para expresarle su «compromiso de continuar trabajando con el Gobierno de Israel y todos los que, apoyan el objetivo de una paz global entre árabes e israelíes».La estrategia de EE UU consiste en asociar a Netanyahu, al proceso de paz y ejercer su enorme influencia en Israel para convertir a quien ganó las elecciones como un halcón del Likud en una paloma que culmine el trabajo de sus antecesores.

No será fácil. Aunque el proceso de paz en sí mismo parece irreversible, Netanyahu y sus socios en el Likud se habían quejado antes de una excesiva intromisión norteamericana en los asuntos internos de Israel. Uno de los políticos que se espera forme parte del nuevo Gobierno, Moshe Arens, ya tuvo un enfrentamiento con EE UU cuando formó parte del Gabinete de Isaac Shamir.

El ex secretario norteamericano de Estado James Baker, quien puso en marcha el proceso de paz, advirtió ayer que, aunque no se puede hablar del fin de la negociación entre árabes e israelíes, la victoria de Netanyahu supone «un importante contratiempo».

Optimismo

Otras interpretaciones eran más optimistas. Un miembro del Gobierno norteamericano citado por el diario The Washington Post recordaba que «muchas veces los halcones son más osados en sus iniciativas de paz», y confiaba en que así ocurriera con Netanyahu. «Netanyahu podría ser un Nixon dispuesto a ir a China», opinaba el columnista Anthony Lewis en The New York Times.Una de las incógnitas que preocupan ahora en Washington es la de la capacidad de maniobra que el nuevo primer ministro va a tener frente al sector más radical del Likud. El próximo Gobierno israelí puede incluir también figuras como Ariel Sharon y Rafael Eytan, cuyas ideas en contra de hacer concesiones a los árabes son bien conocidas.

El disgusto con el que se ha recibido en EE UU el resultado de las elecciones no se justifica sólo por la incertidumbre sobre el proceso de paz sino por su efecto en las elecciones norteamericanas de noviembre. Varios analistas habían vinculado el éxito de la política exterior de Clinton a la suerte de dos personas: Peres y Yeltsin. El primero ha sido ya derrotado; el segundo está en posición muy comprometida.

Por el momento, el rival de Clinton a la presidencia, Bob Dole, no ha utilizado la victoria de Netanyahu como arma en su campaña.

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