9 abril 2016
Francesc-Marc Álvaro acusa a Gregorio Morán de tener un odio obsesivo contra el nacionalismo catalán
El manifiesto en favor de que en Cataluña sólo sea oficial el catalán enfrenta a los columnistas de LA VANGUARDIA
Hechos
El artículo del 12.04.2016 de Dña. Pilar Rahola calificaba de ‘vomitivo’ el artículo de D. Gregorio Morán del día 9.04.2016
Lecturas
El manifiesto impulsado por el Grupo Koiné en el que un grupo de independentistas catalanes encabezados por Dña. Laura Borrás pedían a los catalanes que se expresaran únicamente en catalán y no en castellano causó una trifulca en las páginas del periódico LA VANGUARDIA. D. Gregorio Morán publicó un artículo calificando el manifiesto de ‘neofascismo lingüístico’, lo que causó que está fuera atacada por los dos columnistas estrella de LA VANGUARDIA D. Francesc-Marc Álvaro y Dña. Pilar Rahola.
09 Abril 2016
El neofascismo lingüístico
Cataluña está viviendo uno de los momentos más alucinantes de su historia. No hay experto que pueda calibrar el deterioro que se ha ido produciendo en las cosas más sencillas de la vida como son la conversación y la escritura, esa magnífica invención que nos permite no sólo comunicar nuestros sentimientos, sino compartir ideas o contrastarlas sin necesidad de obligar al otro a pagar peajes.
Lo digo sinceramente y sin ninguna acritud. Yo no escribo en catalán sino en castellano, exactamente como se hizo este periódico durante periodos democráticos como la República o la reciente democracia. Confieso que nunca he escrito “Catalunya”, porque para mí es una expresión tan ajena como escribir “Astúries”, cuando siempre escribí siguiendo la norma literaria correcta de Cataluña y Asturias. ¿Ustedes creen que merece la pena? O se trata de una convención social instaurada por quienes hablaron catalán en su casa, ni siquiera en la intimidad, como dijo con arrogancia José María Aznar.
La sociedad catalana vive una crisis total de objetivos, no de identidades, como asegura la facción talibán que ha crecido como los hongos, siempre que los hongos fueran plantados por dirigentes bien remunerados. Si algo ha caracterizado a esta sociedad, antaño, fue su radicalidad. Una gran masa pequeñoburguesa entre islas anarquistas o aventureras. Todavía no se había instalado la cobardía ética como virtud social. Cuando hace unos meses encontré casualmente por la calle a Raimon, el bardo esencial de este país, y nos tomamos unos cafés después de años de no vernos, me reprochó levemente, al estilo levantino, que algunos artículos míos eran muy duros con los hábitos de este país. ¿Qué pensará ahora cuando una simple frase –“yo no soy independentista”– le generó los insultos más viles, a una persona que entregó su vida y su obra a hacer gozar a la que creía que era su gente? No hay países buenos ni malos, sólo existe gente decente y gente indecente.
Hay que reconstruir la sociedad civil catalana y esa es una tarea tras el virreinato pujoliano, el derrumbe de la dignidad social que fue Millet y el caso Palau; el mejor abogado del mundo mundial, Piqué Vidal, maestro de generaciones de abogados de tronío, convertido en extorsionador, y el mejor juez, Pascual Estevill, implacable mantenedor de la justicia y devenido en un miserable comisionista. Es verdad que eso pasa y pasó en muchas partes, pero ellos no eran la sal de la tierra. Un país que un día podía ser Suecia y otro Holanda, como decía el gran falsificador, que no sólo había quebrado un banco en beneficio propio sino que consiguió que se le considerara la vara de medir honestidades (hecha excepción de su señora, demasiado inclinada a la floricultura de alto rango y a unos hijos que preferían la delincuencia de élite).
Desde que quebraron las leyendas, y las economías del país, y las subvenciones dignas de emperadores romanos, entramos en una crisis de la que muchos, no la mayoría, pero sí los suficientes, han decidido crear un conflicto civil. Hay que romper la sociedad catalana, porque no les sirve a sus intereses ni a sus proyectos. En el fondo intereses de capilla, de perder la asesoría, la tertulia, la cátedra ganada a pulso de trampa y cartón –a la manera española, diríamos, si no les pareciera una comparación ofensiva–.
Primero disolvieron la izquierda, la mítica izquierda de Cataluña, el faro de la primera transición, y lo hicieron a un precio de saldo. Como se trata de un país pequeño, seleccionadas las patums de hojalata, las fueron colocando en una compra nada sutil pero tampoco escandalosa. Desde Eugenio d’Ors, si no antes, este país descubrió lo barato que es un intelectual; se alimentan de vanidad y pocos recursos. Nunca tenerlo parado; no se le ocurra pensar y romper la baraja y pasarse al enemigo, que hay muchos casos.

Pero la cosa empieza a ponerse un poco fea. Nadie sabe quién manda. Cataluña tiene un president salido de la nada en una jugada tan extraña y chumacera que uno no sabe muy bien si se trata de un candidato de repuesto, un milagro virginal o sencillamente un pacto entre la casta más corrupta e incompetente desde los tiempos de Cambó. Baste decir que al president Puigdemont, un segundón funcionarial del mundo trepador de provincias, se le conoce entre los suyos como el Mocho, y no porque limpie nada sino por su personal tratamiento capilar.
Y entonces aparece “el documento de los 280 académicos”, repito el título de la prensa. Ya me llamó la atención cuando, en la Feria literaria de Frankfurt, la cantidad de supuestos escritores que aparecieron por allá superó a cualquier país del orbe, eran más de cien. Ahora resulta que existen 280 académicos, de los cuales conozco a un puñado que son tan académicos como yo fontanero, incluida quien dio lectura al texto en marco tan incomparable como el paraninfo de la Universitat de Barcelona. Se llama Txe Arana, y confieso mi ignorancia, jamás había oído hablar de ella, y eso que vivo de la información.
De todos los elementos del texto, que intelectualmente es de una penuria digna de Òmnium Cultural o de la Assemblea Nacional Catalana, instituciones que para irritación de algunos no me canso de considerar reaccionarias y racistas, hay dos en las que merece la pena detenerse.
El primero, la declaración del catalán como lengua oficial única, lo que nos obligaría a más de la mitad de la población catalana a apelar a estos letrados académicos para cualquier requerimiento. En otras palabras, que les daríamos trabajo. A mí me impresionó mucho saber que la Universitat de Girona tiene más profesores de catalán que alumnos de lingüística catalana. Lo entiendo, nadie quiere perder su trabajo y la sociedad está muy chunga para ir por ahí y ponerse a la lista del paro: “licenciado en lingüística catalana”. Resumiendo, que en el documento hay un tufillo inconfundible de 280 académicos, en su inmensa mayoría dependientes de la Generalitat, como funcionarios, asesores o subvencionados, y que tal como han ido las cosas del famoso procés se pueden quedar en la calle.
El otro, en mi opinión de mayor fuste, porque se refiere al mundo de la ideología y sus creencias, es la denuncia de la emigración obrera de los años cincuenta y sesenta como “instrumentos del franquismo para la colonización lingüística”. Por más que se diga, como señoritos equilibrados, que fue “involuntario”, constituye la ofensa y la calumnia más desaforada de unos académicos paniaguados del poder. ¿Hay alguno que dijera algo de la mafia pujoliana, no digamos del desfalco del Palau?
O sea que la clase obrera que contribuyó de manera decisiva a la riqueza de Cataluña, explotada, mal pagada, en condiciones infrahumanas durante más de una década, resulta ahora el agente definitivo del franquismo contra Cataluña y su lengua. ¿No hay nadie que lo haya vivido y que desenmascare esta tropelía de reaccionarios?
Había pues dos lenguas, que aún sobreviven, una blanca y otra negra. Los negros que no se adaptaron a la “lengua blanca” son culpables de colonizar Cataluña para estos académicos que viven del erario, no del sudor de su trabajo, como muchos de sus antecesores “colonizadores de fábricas y talleres”. Porque lo patético es que buena parte de los firmantes son hijos o herederos de esa esclavitud de la huida del hambre, sin televisión que los retratara. ¿O no fue una esclavitud?
¡Que gentes, presuntamente de izquierdas, lleguen a sostener que en este país flagelado por el paro, los desahucios, los recortes, las estafas, “quizá el principal problema sea la cuestión lingüística”, es que se nos han roto todos los cristales y de pura vergüenza no nos atrevemos a mirarnos a ningún espejo que nos retrate de cuerpo entero! Son ustedes, señores firmantes, unos neofascistas sin conciencia de serlo. Por cierto, nunca conocí a ningún neofascista que reconociera ese tránsito entre la radicalidad de otrora y la miseria de defender sus privilegios ahora.
11 Abril 2016
Autogoles y lenguas
Soy crítico con el manifiesto del Grupo Koiné, por razones de oportunidad política y por aspectos de contenido. Respeto a muchos de los que han firmado este papel, pero considero que la lengua –desde el punto de vista político– es un asunto demasiado importante para dejarlo en manos exclusivas de filólogos y sociolingüistas, del mismo modo que el uso de la energía nuclear no es un asunto sólo de físicos e ingenieros. El campo de las decisiones políticas responde a lógicas no académicas: a partir del conocimiento de la realidad, el político intenta una síntesis de intereses muy delicada.
Es inoportuno y contraproducente abrir el melón de las políticas lingüísticas justamente cuando el independentismo necesita más votos, más tiempo y más unidad política. En medio del pulso con los poderes del Estado, es de una gran miopía política ponerse a discutir si habrá una lengua o dos con carácter oficial. Este resbalón se incluye dentro de un problema que ya he apuntado: intentar hacer a la vez la desconexión y un proceso constituyente (donde tocaría hablar de lengua y de mil cosas más) es un error estratégico que degenera en autogoles y ruido. Y eso no ayuda a aumentar el apoyo a la independencia. “¡Nunca será el momento de hablar de lengua!”, se exclaman irritados algunos. A estos les pido que salgan de su cuadrícula y observen las dificultades del proceso en su conjunto.
El objetivo de los impulsores del manifiesto es, sobre todo, advertir de ciertos peligros, cuyo principal es una futura Catalunya que, a efectos lingüísticos, fuera como Irlanda o Andorra, donde el catalán podría acabar siendo folklórico. Puedo compartir esta inquietud, pero no la nostalgia que destila el papel por un país que no volverá, ni la valoración negativa que se hace de los resultados de la normalización. Por ejemplo, hay un dato muy relevante: un 15% de personas que tienen el castellano como primera lengua asumen el catalán como lengua propia. Por otra parte, hablar de la inmigración como de “colonización lingüística” (aunque se añada el concepto “instrumento involuntario) indica que algunos han olvidado las premisas del catalanismo reformulado después de la Guerra Civil. El PSUC, Pujol, Candel y el PSC definieron muy bien el terreno de juego.
Obviamente, la última inmigración, la deslocalización cultural, la globalización y las nuevas tecnologías obligan a revisar antiguas certezas, pero sin cargarnos nunca los consensos que han conjurado la división étnica. Algunos –desde el centralismo y el unitarismo– han aprovechado el manifiesto para soltar su odio obsesivo contra el nacionalismo catalán, como Morán. A él y a otros hay que recordarles que el único fascismo y racismo que hemos conocido los catalanes es el que fomentó el franquismo durante cuarenta años de dictadura. Las mentiras miserables no dejan de serlo aunque se repitan cada semana.
12 Abril 2016
El manifiesto
Si este país fuera normal, este artículo no tendría sentido. O tendría otro sentido, porque trataría el tema desde otro ángulo, el que corresponde al debate abierto por el manifiesto Koiné sobre la oficialidad del catalán. Y añado que, en ese caso, soy crítica con algunos puntos del manifiesto y no comparto al completo su diagnóstico.
Pero mi opinión tiene poca importancia, porque ha sido tal la criminalización que han sufrido sus firmantes, que no existe debate, sólo una pira pública donde quemar a quienes, desde posiciones democráticas legítimas, consideran que, en un Estado catalán, la lengua oficial debería ser la propia del país, convencidos de que el bilingüismo es un instrumento letal para la salvación del catalán. Y muchos de los firmantes son sociolingüistas, de manera que hablan con conocimiento profesional.
Por supuesto, otros muchos no compartimos esa posición, quizás porque la realidad de una masa social catalana que tiene el castellano como lengua propia pesa más que las consideraciones históricas. Además, creemos que, con los instrumentos de un Estado, salvaríamos el doble patrimonio lingüístico. Pero esa esgrima crítica entre posiciones diversas ha resultado ser imposible porque han salido en tropel los guardianes del Santo Grial español, y cual inquisición mayor del reino, han quemado, han apedreado y han descuartizado a los herejes del manifiesto.
Algunos artículos, como el que circulaba el sábado cerca de este espacio, han sido tan vomitivos que duele mentarlos, pero, en conclusión, unos y otros, venidos de la orilla derecha o de la izquierda, han sacado la artille-
ría mayor. Y ha sido así como gentes que han luchado por las libertades
y que han defendido el catalán en los tiempos más difíciles han sido tachadas de “fascistas”, “totalitarios”, “nazis” y “racistas”. Y encima, algunos de los acusadores lo han hecho des-
de “posiciones de izquierdas”. Aunque nada sorprende, porque hay progres muy sectarios y muy reaccionarios cuando se trata del tema catalán.
Estos son los extraños tiempos que vivimos. En Catalunya, en pleno proceso de independencia, resulta que debatir sobre la oficialidad del catalán es fascista. Al tiempo, es democrático, tolerante, progre y civilizado atacar al catalán por todos los flancos, no sea que el castellano deje de ser una lengua víctima. Y todo dicho con un halo de superioridad moral muy propio del comisariado político.
Si no fuera indecente, sería repugnante. Y sí, es indecente que se use el fascismo como arma arrojadiza contra posiciones catalanas; indecente que se tache de fascistas a demócratas de biografía impecable; indecente que lo hagan los mismos que han sido incapaces de hablar una sola palabra en catalán en toda su vida en Catalunya; indecente que, para matar un debate, se queme cual brujas a quienes lo plantean. Es indecente, aunque, desgraciadamente, es eficaz.