1 febrero 1977
"¡Encima de la disciplina está el honor!", justificó el marino 'ultra'
El ministro de Marina, Pita da Veiga, destituye al capitán de Navio Camilo Menéndez Vives por abuchear al vicepresidente Gutiérrez Mellado
Hechos
El 1 d e febrero de 1977 D. Camilo Menéndez Vives fue destituido como Subdirector de la Escuela de Guerra Naval.
Lecturas
El capitán de Navio D. Camilo Menéndez Vives era uno de los encargados de velar el entierro de los tres agentes (los policías Fernando Sánchez Hernández. José María Martínez Morales y el Guardia Civil José María Lozano Sainz, asesinados por el GRAPO el 28 de enero de 1977). Durante el entierro, al que asistían como representantes del Gobierno el vicepresidente y ministro de Defensa, Manuel Gutiérrez Mellado y el ministro de Goberanción, Rodolfo Martín Villa, y en el que estaba entre los asistentes el líder de Fuerza Nueva, Blas Piñar López, un grupo de personas comenzaron a increpar a los Sres. Martín Villa y Gutiérrez Mellado al grito de «¡Gobierno dimisión!» «¡Traidores!». Y el marine D. Camilo Menéndez se sumó a los abucheos. Ante ello el propio Sr. Gutiérrez Mellado se separó de los asistentes para acercarse a él y exigirle la disciplina obligada que tenía por ser militar. «¡Encima de la disciplina está el honor!», le gritó el Sr. Menéndez. El enfrentamiento fue recogido por las cámaras de TVE y varios periodistas presentes de medios escritos.
El Sr. Gutiérrez Mellado, dio parte de todo lo ocurrido al ministro de Marina, almirante Sr. Pita da Veiga, y este, a pesar de ser crítico con el proceso iniciado por el presidente D. Adolfo Suárez, acató los principios de disciplina y, en consecuencia el 1 de febrero de 1977 D. Camilo Menéndez Vives fue destituido como Subdirector de la Escuela de Guerra Naval.
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A pesar de que la Marina era, de todos los cuerpos de las Fuerzas Armadas el que tenía fama de meterse menos en temas políticos, D. Camilo Menéndez volvería a saltarse la disciplina opinando política al publicar un artículo en EL ALCÁZAR el 13 de enero de 1979.
El Análisis
El entierro de los tres agentes asesinados por los GRAPO el 28 de enero de 1977 —dos policías y un guardia civil— se convirtió en uno de los episodios más tensos de la semana trágica de la Transición. Entre los rezos y la indignación de los presentes, surgieron gritos de “¡Gobierno dimisión!” y “¡Traidores!”, dirigidos al vicepresidente Manuel Gutiérrez Mellado y al ministro de Gobernación, Rodolfo Martín Villa. Lo que podía haber quedado en la expresión airada de un sector ultraderechista, adquirió una dimensión mucho más grave cuando un oficial de la Armada, el capitán de navío Camilo Menéndez Vives, se sumó abiertamente a los abucheos contra la autoridad legítima del Estado.
El incidente habría pasado inadvertido si no hubiera sido por la respuesta de Gutiérrez Mellado. El general, que también había combatido en la Guerra Civil bajo las órdenes de Franco y contra el comunismo, se apartó de los asistentes para dirigirse cara a cara al marino y exigirle la disciplina debida. La réplica de Menéndez fue tan llamativa como reveladora: “¡Encima de la disciplina está el honor!”. La escena, recogida por las cámaras de TVE, mostró con crudeza la fractura ideológica que atravesaba a las Fuerzas Armadas en 1977.
Ambos hombres representaban trayectorias paralelas y, al mismo tiempo, antagónicas. Los dos habían hecho su carrera bajo el franquismo; los dos habían luchado contra el Frente Popular; los dos compartían un profundo anticomunismo. Pero mientras Gutiérrez Mellado había comprendido que la única salida viable para España era la vía democrática impulsada por el Gobierno de Suárez, Menéndez se mantenía aferrado a la lógica del “búnker”, en sintonía con sectores próximos a Fuerza Nueva, el partido de Blas Piñar, de quien era consuegro.
La paradoja resulta evidente: un militar que reclamaba el honor por encima de todo olvidaba que el principio esencial del honor castrense es la obediencia a la autoridad legítima, y que esa autoridad, en 1977, la encarnaban Suárez y sus ministros, refrendados por el Rey. Que un oficial se permitiera increpar al vicepresidente del Gobierno en público era, más que un gesto de rebeldía, una negación del propio espíritu de las Fuerzas Armadas.
El ministro de Marina, almirante Pita da Veiga, pese a sus reservas hacia el rumbo político del Ejecutivo, lo entendió con claridad: el 1 de febrero destituyó a Menéndez como subdirector de la Escuela de Guerra Naval. La medida no se tomó con ánimo de represalia política, sino como un recordatorio de que, sin disciplina, no hay Fuerzas Armadas posibles.
En aquel invierno convulso, la mayoría de los uniformes aún simpatizaban más con la postura de Menéndez que con la de Gutiérrez Mellado. Pero los tiempos estaban cambiando. Y si la Transición pudo abrirse camino sin ser arrastrada a un nuevo ciclo de guerra civil, fue porque, poco a poco, el principio de disciplina se impuso al grito de “honor” mal entendido.
J. F. Lamata