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El historiador monárquico ha encabezado al grupo de detractores de la relación de la noruega con el heredero al trono español

El noviazgo entre el príncipe Felipe y Eva Sannum desata una polémica entre Carlos Seco Serrano y Federico Jiménez Losantos, a favor y en contra de la relación

HECHOS

El 7 de septiembre de 2001 D. Carlos Seco Serrano publicó en ABC un artículo para replicar a D. Federico Jiménez Losantos en EL MUNDO a propósito de la visión de ambos sobre Dña. Eva Sannum.

29 Abril 2001

PRIVILEGIO Y DEBER

Carlos Seco Serrano

En uno de mis últimos artículos —titulado «¿A dónde va la Humanidad?»— me referí a esa creciente disociación entre derechos y deberes que está acabando con el equilibrio y el buen orden moral de nuestra sociedad —la sociedad occidental, en la que los españoles nos integramos—; disociación especialmente notoria en sus estratos generacionales más jóvenes. Subrayaba yo que la libertad no puede ser efectiva si no va acompañada por las obligaciones que acarrea. Y añadía que cuando el derecho tiene carácter de privilegio, mayor es el deber. Mi artículo concluía así: «Es un fenómeno candente el progresivo hundimiento del prestigio y de la estabilidad de instituciones venerables, tan venerables que, de hecho, ellas constituyeron los ejes ancestrales en torno a los cuales se forjó Europa. Pues bien, su declive, su degradación, que estamos contemplando dolorosamente, es consecuencia de un imperdonable olvido atribuible a sus titulares: el olvido de que el deber resulta más exigente aún cuando sólo su riguroso ejercicio justifica una situación de excepcional privilegio».

Con ocasión del centenario de la Reina Emperatriz Victoria, símbolo de toda una época, recordaba el historiador Preston, en un artículo también publicado en ABC, su extraordinario sentido del deber, atenido a unas rígidas normas morales que se hicieron proverbiales en la sociedad británica de finales del siglo XIX bajo el apelativo de «moral victoriana» —tachada luego de hipócrita: pienso yo que la hipocresía no dejaba de ser un tributo de respeto a las normas que ejemplificó, y a las que rígidamente se atuvo, la gran soberana—.

Como por entonces señalaba W. Bagehot (The English Constitution, 1891), apoyándose en la realidad monárquica que vivía su país, el papel que en la estabilidad política británica jugaba la Monarquía radicaba en su capacidad para proyectar una imagen de poder inteligible «por la gracia de Dios»; el exacto sentido del deber asumido por el monarca respondía a la necesidad de que la realeza, una vez despojada de sus poderes legislativo y ejecutivo, convirtiese su comportamiento privado en un espectáculo social capaz de sublimar y reflejar los valores morales y familiares de la sociedad en su conjunto, y muy especialmente los de las clases medias. Una familia en el trono debía ser el espejo de moralidad nacional, garantizando —a través de ella— la eficacia política del principio monárquico.

La respetabilidad de la Casa Real británica —pese a las aventuras privadas de Eduardo VII— se mantuvo en la prueba más difícil: cuando, ya en vísperas de la Segunda Guerra Mundial; el nieto de aquél, Eduardo VIII, se empeñó en contraer matrimonio, contra viento y marea, con una norteamericana dos veces divorciada, Wallis Simpson, contramodelo de lo que había sido la tradición victoriana. Eduardo VIII quería vivir su vida, olvidando que, dado cuanto era y representaba, su vida no era suya; desertar del deber, vinculado al privilegio que le exigía renunciar a un enlace incompatible con el carácter sagrado de la Monarquía por él encarnada en cuanto jefe de la Iglesia anglicana, y con lo que suponía el Trono que durante más de sesenta años había prestigiado la gran Victoria I, le obligaba simplemente a renunciar al privilegio para vivir la vida de los no privilegiados. Tal fue la tesis de un ministro inflexible, Baldwin, para quien la Casa Real —el Rey— debía ser siempre el espejo en el que los súbditos —los no privilegiados— pudieran mirarse en todo momento. Eduardo VIII asumió la alternativa: renunció al privilegio, y se casó con la Simpson.

El modelo y la normase rompieron, desgraciadamente, en los días del sobrino-nieto de Eduardo VIII, el Príncipe Carlos, y su consorte, la famosa Diana Spencer. Dejando a un lado —por caridad— a aquella desdichada muchachita, bellísima, pero incapaz de atenerse a los deberes en los que no había reparado al ceñirse la corona de princesa de Gales, y estúpidamente deificada tras su desastrosa muerte, el caso del Príncipe Carlos repetía lo ocurrido con Eduardo VIII: sino que él pretendía «vivir su vida» sin renunciar al privilegio. En lugar de abdicar sus derechos en la persona de su hijo primogénito, los ha mantenido al paso que intenta acostumbrar a sus futuros (?) súbditos a la idea de ver un día en el Trono a la detestada Camila Parker. Desgraciadamente, ese menosprecio al deber y a la moral se ha repetido, corregido y aumentado, en otros miembros de la Casa Real británica. Ahora bien, la Monarquía británica es la más antigua y prestigiosa de Europa. Sus «desviaciones» se han convertido en un estímulo para los príncipes de la nueva generación, en el resto de las Monarquías del Viejo Mundo. Aparte el caso —verdaderamente escandaloso— de la Corte de Mónaco, con su «princesa rebelde» (!!) y su inmatrimoniable príncipe Alberto, lo ocurrido en Noruega no puede ser más triste —y más próximo a nosotros, por razones a las que no creo necesario aludir—.

Un Príncipe heredero ha de atenerse a dos deberes esenciales: dar sucesión a la Corona —lo que supone la obligación de no retrasar indefinidamente su matrimonio— y elegir a la que ha de compartir con él el Trono de manera que esté a la altura moral de ese incomparable privilegio. No me refiero a la alcurnia. En la época anterior a la Primera Guerra Mundial —cuando la Reina Victoria era llamada «la abuela de Europa», y los enlaces dinásticos jugaban un papel muy importante para la alta política, identificable con lo que Areilza llamó «la internacional de los Reyes»— resultaban inconcebibles los enlaces regios fuera de las viejas dinastías. Actualmente no es esa la cuestión: doña Fabiola, Reina de Bélgica, no era una princesa de sangre real, pero dio en el Trono un máximo ejemplo de dignidad, y de una conducta atenida al deber; la actual princesa de Brabante, casada con el heredero del Trono belga, procede de la alta burguesía, y parece perfectamente adecuada a las funciones que la realeza le exigirá algún día. Como ha dicho nuestra Reina Sofía, refiriéndose a la posible consorte del Príncipe Felipe, «lo que sí me parece importante… es que tenga el mismo nivel de educación, los mismos valores». Sería inconcebible ver en el Trono que en el último siglo ocuparon, con dignidad perfecta, María Cristina de Austria, Victoria Eugenia de Battenberg —y hoy de manera verdaderamente ejemplar, Sofía de Grecia—, a una jovencita avalada por sus «medidas perfectas» —de maniquí—. Por supuesto, nunca he creído —dada la sensatez y el exacto sentido de la responsabilidad de nuestro Príncipe — que semejante disparate haya pasado por su mente. La novelería de una gran masa de población —sobre todo femenina— alimentada por las frivolidades de la llamada «prensa del corazón» no puede servir de pauta. En una de esas revistas que hoy invaden nuestros kioskos se publicaba recientemente una estadística: el 61 por ciento de los consultados se mostraban a favor del supuesto «enlace por amor» de Don Felipe. Yo deduje: he aquí el porcentaje de nuestros republicanos —los que nunca han sabido estimar o entender la Institución—: un 61 por ciento.

La realeza encarnada por Don Juan Carlos y Doña Sofía ha venido siendo, durante el último cuarto de siglo, un ejemplo y un modelo respetado y admirado en todo el mundo. No me parece posible que ese modelo se torne en algo parecido a lo que todos los días nos escandaliza en la llamada «prensa del corazón».

03 Septiembre 2001

EDUCANDO A EVA

Federico Jiménez Losantos

Que se casa con la noruega estaba escrito. Desde el mismo día en que Tussellone se opuso a la boda y que su padrino Seco Serrano enhebró en el ABC algunos comentarios soeces sobre la peripecia laboral de la novia, yo empecé a llamarla Doña Eva y a prepararme para la tortícolis. Porque, eso sí, con semejante pareja, 1,85 sin tacones, la Casa del Príncipe tendrá que ser descapotable. Lo evidente es que la españolización de Doña Eva avanza muchísimo: no sale de la prensa del corazón, no le terminan las obras y tiene problemas para encontrar colegio. Más casticismo, imposible.

Cierto que como en la célebre obra de teatro, luego película, Educando a Rita, no hablamos de colegio para niños sino de la educación de una adulta. Pero no estoy yo muy seguro de que los colegios que se buscan para los niños no sean los que convienen a los padres. Cuanto más, en este altísimo caso, que viene con la secundaria hecha -nuestra ESO- más una balumba o batiburrillo idiomático que puede pasar por formación superior. «Tonto en siete idiomas» le llamaban a Madariaga y no era tonto, así que, por ese lado, suficiente. Con que hable español y sienta un poco los males de la patria, aviados. Pero claro, los enemigos de Doña Eva quieren más. Tras el fracaso de la Armada Gafe, dicen que Don Juan Carlos, poco favorable al enlace aéreo, se ha empeñado en que la inminente Princesa de Asturias se forme un poco más -intelectualmente, se entiende-. Sea para ganar tiempo, a ver si entre Letras y Ciencias descarrila el ligue, sea para acostumbrarse él mismo al trago, entiéndase cáliz, sea para lo que sea o dice ser, el caso es que debe continuar, qué bonito, la educación de Eva. De acuerdo. Pero lo primero, proporción. Adecuarse al entorno. Llegar y no pasarse. Imaginemos que después de varios años encerrada con Antonio Fontán y Rodríguez Adrados saliera hablando en latín y escribiendo en griego. Desentonaría. ¿Historia de España? Ya la está haciendo. Como asignatura no existe y para que lea a los tergiversadores nacionalistas, mejor la vela, patrocinada. Un señor de la Escuela Internacional de Protocolo dice que la alumna «tiene que hablar perfectamente nuestra lengua, conocer la Historia de España, nuestra cultura, relaciones internacionales o detalles tan simples como saber cómo se ubica a los invitados». Tonterías. Con el Bachillerato Antiguo y la Academia de Zaragoza no conseguimos que el Rey vocalice. ¿Y qué? Leer con dificultad en público es un rasgo típicamente aristocrático, genuinamente borbónico. Almodóvar y Santiago Segura se hacen a todos. Y en cuanto a «saber relacionarse internacionalmente», Doña Eva no necesita lecciones. Podría darlas.

Federico Jiménez Losantos

07 Septiembre 2001

COMENTARIOS IRRESPONSABLES

Carlos Seco Serrano

Hace algunos días, al final de uno de los extensos reportajes televisados acerca de la famosa boda de Oslo, me dejó estupefacto la frase con que el presentador del programa lo cerró. Las imágenes que acababa de brindarnos la televisión nos habían ilustrado sobre la etapa salvaje – el turbulento pasado – de la futura Reina de Noruega: una etapa en la que ésta reinaba también, pero sobre la noche cutre y escandalosa de los bajos fondos de Oslo; la época en que se movía entre drogadictos y maromos de la peor especie, con los que no hacía el menor escrúpulo en mezclarse efusivamente. Luego contemplamos las imágenes de su amancebamiento con el Príncipe Haakon, acompañados ambos por el inocente fruto de un anterior ‘amor’ de Mette-Marit. Y, por último, el repudio formal de su etapa salvaje, y su espaldarazo en la curiosa ceremonia de la catedral de Oslo, bajo el signo del principito consorte: el hijo de un padre drogadicto – también presente, al parecer, como invitado en la boda de su antigua amante –

Pues bien, el comentario final a que antes me referí, fue más o menos éste: “La boda del Heredero de la Corona noruega es una invitación a las viejas Monarquías europeas para que se abran las nuevas costumbres sociales. ¿Qué había que entender, tras el espectáculo que acabábamos de presenciar por las nuevas costumbres sociales? ¿El libertinaje sin freno, la degradación, el amancebamiento, presuntamente redimidos en la ceremonia de la catedral de Oslo?

Y seguimos con los comentarios irresponsables. La boda ‘principesca’ ha sido interpretada invariablemente, en nuestras revistas y espacios televisivos llamados ‘del corazón’, como preludio de otras nupcias que a los españoles nos incumben más directamente. De nuevo han brotado, aquí y allá, los pronósticos invariablemente inclinados a favor de una próxima boda de nuestro Príncipe Felipe. Confieso que – también basándome en las imágenes de Oslo – mis deducciones han sido diametralmente opuestas a las mantenidas por la falsa sensiblería de los escribidores y locutores que sistemáticamente ignoran que la cuestión no está en que nuestro Príncipe, como cualquier hijo de vecino, elija por esposa a una joven más o menos atractiva; sino en el hecho de que esa elección nos afecta a todos los españoles, porque implica la designación de la futura Reina de España (y una vez más habré de insistir en que no se trata del origen plebeyo de la candidata, sino de sus antecedentes, de su formación moral e intelectual, de sus valores, de su adecuación, en fin, a los deberes de una futura reina).

Del tan traído y llevado encuentro de Oslo, dijo el propio Príncipe Felipe, fríamente que ‘era normal’, puesto que Eva Sannum estaba invitada. Por mi parte, deduzco que ese encuentro – en cierto modo controlado por Doña Sofía – tenía precisamente por objeto subrayar los límites de las relaciones – una amistad más o menos íntima – mantenidas hasta entonces por Don Felipe y Eva. Los fotógrafos no lograron captar una sola imagen realmente ‘sugerente’; sólo el momento en que ambos jóvenes estuvieron próximos – sin más – y lógicamente sonrientes.

Hace meses, en un artículo que titulé Privilegio y deber, asimismo publicado en la Tercera de ABC, decía yo: “Por supuesto, nunca he creído – dada la sensatez y el exacto sentido de la responsabilidad de nuestro Príncipe – que semejante disparate – la boda con Eva Sannum – haya pasado por su mente. La novelería de una gran masa de población – sobre todo femenina – alimentada por las frivolidades de la llamada prensa del corazón, no puede servir de pauta”. Por cierto que mis reflexiones de entonces dieron lugar también a comentarios para todos los gustos. Escribídor hubo que me atribuyó una relación casi familiar con La Zarzuela más contactos que los protocolarios cuando los miembros de la Academia de Historia hemos sido recibidos corporativamente por Don Juan Carlos; y nunca tuve el honor de escribir discurso alguno a Su Majestad.

Lo curioso es que los comentarios errados – o mal intencionados – en torno a aquel artículo – que no pretendía otra cosa que subrayar los debres de un príncipe heredero, recordando que el privilegio excepcional que supone haber nacido predestinado, desde la misma cuna, para ocupar el Trono, implica como contrapartida deberes muy estrictos que pueden exigir sacrificios muy estrictos, que pueden exigir sacrificios ineludibles – todavía resurgen, de cuando en cuanto. Con sorpresa mía encuentro hoy (3 de septiembre) el que, en su columna de EL MUNDO me dedica Jiménez Losantos – quien, de paso, me califica de padrino de Javier Tusell, y ya se sabe el odio africano que él profesa a este último – Jiménez Losantos pretende que en aquel artículo enhebré unos comentarios soeces sobre la peripecia laboral de la novia (Eva Sannum, se entiende). Reproduzco mis palabras de entonces: “Sería inconcebible ver en el Trono que en el último siglo ocuparon con dignidad perfecta María Cristina de Austria, Victoria Eugenia de Battenberg y hoy, de manera verdaderamente ejemplar, Sofía de Grecia, a una jovencita avalada por sus medidas perfectas de maniquí. ¿Se trataba de un comentario soez (¡!)? o simplemente constataba una realidad? Creo que Jiménez Losantos no leyó jamás mi artículo, y sólo tiene referencias malévolas de él; o que me ha confundido con algún otro columnista menos prudente en su lenguaje que yo. Por mi parte, sostengo hoy lo que dije entonces, le parezca bien o le parezca mal – como mi amistad con Tusell – a mi inesperado y despistado atacante.

El cual supongo que sí habrá leído el irónico artículo que Umbral publica, también hoy, y también en EL MUNDO, a propósito del estilo democrático de la Monarquía noruega, ‘visto por los ojos de mi Reina’ (Doña Sofía). “Noruega – escribe Umbral – es el buque insignia de todos los progresos y libertades en la Europa del norte, pero los ojos de la Reina Sofía no estaban alegres, porque ella parece intuir una conspiración femenina para hacerse con los tronos del continente más por vía demagógica que democrática. “Nuestra reina no es democrática por sastra” (alusión poco cortés a la Reina Sonia) “ni por niños arrastrados como carretillas” (alusión al retorno de Mette-Marit), sino que se beneficia de todas las elegancias velazqueñas por parte del Rey Juan Carlos, y sus copains son los poetas del 50 y los músicos de la Nacional’. Y termina Umbral: “Ahora que nuestra democracia baldea aguas por lo económico y lo delincuente, salvemos con más afán y exigencia la aventura que inició Adolfo Suárez, echando abajo las flechas y el escudo del Imperio. Gran cuidado, pues, con el futuro inmediato y la falsa democracia, que nos jugamos entre la prensa rosa y la prensa amarilla, mismamente como los noruegos (los subrayados son míos). Desde luego, al menos esta vez, estoy con Umbral.

Carlos Seco Serrano

11 Septiembre 2001

LO SOEZ

Federico Jiménez Losantos

El otro día me dedicó una larga crítica en una tercera de ABC el veterano historiador Seco Serrano, padrino de `Tussellone’, que comparte con su criatura la campaña de descrédito contra Eva Sannum, atribuida a la Zarzuela aunque ahora sus peones disimulen. A otro perro con ese hueso. Libre es cada cual de defender lo que le parezca en cuestiones institucionales, dinásticas, políticas y no digamos ya en esa lotería que son los matrimonios principescos. Lo que me repugna es que se camuflen los intereses de desinterés y la toma de partido de dictamen histórico y protocientífico. Decía yo que Seco hacía comentarios soeces a propósito de Eva Sannum y replica Seco diciendo que no. Que lo único que ha dicho es que no parece la indicada para ocupar el trono que ocuparon Cristina de Habsburgo, Ena de Battenberg y Sofía de Grecia una chica de la que sólo conocemos sus perfectas medidas anatómicas, como modelo que es. Bueno, pues eso exactamente es lo que yo entiendo por soez, siguiendo al diccionario de la RAE que lo define así: «adj. Bajo, grosero, indigno, vil».

A mí me parece «bajo» y «grosero» que después de volcar el cangilón de elogios melificados al Príncipe de Asturias, heroica tarea en la que Seco se afana con ardor juvenil, se diga que de su novia sólo conocemos las medidas. Eva Sannum se casará con el Príncipe o no se casará, pero es algo más que unas medidas; es una persona con sus méritos y sus deméritos, sus insuficiencias y sus virtudes, que alguna tendrá. Porque -y aquí entramos en las acepciones de lo «indigno» y «vil»- es asombroso que una persona de la que se asegura que es el no va más de los méritos y las capacidades, el ápice de la virtud y el epítome de la prudencia, o sea, Felipe de Borbón según Seco y los de la campaña antinoruega, lleve cuatro años largos de amor y trato con una señorita tan insignificante de la que sólo se reconocen las medidas, como si fuera cosa y no persona, como si no tuviera alma, antigua pretensión machista sobre las mujeres que yo no creía de aplicación en nuestro tiempo, ni siquiera a propósito de las modelos noruegas. Uno puede pensar que Eva Sannum no esté a la altura de las reinas citadas, aunque desde luego ya no traerá la hemofilia a la Familia Real, dudoso privilegio de una boda popularísima en su tiempo que desembocó en matrimonio desavenido; tampoco es probable que persiga con la misma saña que «Doña Virtudes» a la amante y los hijos extramatrimoniales del rey Alfonso XII. ¿O es que esos episodios también se han borrado de la Historia? Si el novio es tan bueno, la novia no puede ser tan mala. Elogiar al uno para insultar a la otra es una sucia tarea para la que sobran voluntarios. Tan pomposos como tramposos.

Federico Jiménez Losantos

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