7 noviembre 2011

El periodista opositor argentino Jorge Lanata es agredido en un acto público y responsabiliza de ello al gobierno kirchnerista

Hechos

El 7 de noviembre de 2011 Jorge Lanata publica en PERFIL el artículo ‘Tírenme’.

07 Noviembre 2011

Tírenme

Jorge Lanata

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El periodista Jorge Lanata reflexiona sobre los hechos que sucedieron en el congreso de FOPEA.

Yo estaba encandilado por las luces del patio. Me puse la mano izquierda a modo de visera y miré hacia arriba a la izquierda, al contrafrente de dos de los edificios: nada. Después hubo otro grito más, del mismo sector:

—¡Gordo puto, empleado de Clarín!

La gente empezó a moverse inquieta, en los asientos, y hubo un murmullo general.

—¡Aguante 6, 7, 8!! –un grito más.
—¿Por qué no bajan a discutir acá? –se indignó uno de los asistentes.

Entonces desde las sombras dejaron de escucharse gritos y comenzó una pequeña lluvia de piedras.

Fue instintivo: yo podía suspender la charla por unos minutos o seguir. Elegí seguir hablando.

Estábamos en el patio de la sede de la Universidad de Palermo, frente a unas 400 personas, en un acto sobre la libertad de prensa. Me tocó hace unos meses encabezar una encuesta nacional de Fopea sobre mil periodistas en la que resulté elegido como el mayor referente de la profesión, seguido de Nelson Castro, Nadie y Rodolfo Walsh. Víctor Hugo Morales, Horacio Verbitsky y Magdalena Ruiz Guiñazú completaron los primeros puestos y fueron invitados al debate. Nelson estaba en ese mismo momento al aire en su programa en vivo, Verbitsky y Morales se negaron a concurrir. Y ahí estábamos: 400 personas escuchando y tres, quizá dos, tirando piedras. Fue un hecho menor, pero quiero contarles los detalles de lo que pasó antes y después, porque a veces los hechos menores hablan más de la vida real que los grandes gestos.

Promediada la charla, alguien preguntó por la situación del periodismo en Venezuela. Estuve hace unos meses en Caracas, invitado por el Colegio Nacional de Periodistas, y pude ver de cerca el tema. Magdalena me cedió el micrófono para responder: hablamos del “national and popular philosopher” Laclau y su teoría sobre la inexistencia del periodismo (Laclau, que interrumpió su estancia de treinta años en Londres para grabar unos programas del canal Encuentro y recomienda para países subtropicales como la Argentina la reelección indefinida, tal vez basándose en la Teoría de los climas de Montesquieu).

—El fondo filosófico es el mismo –dije– pero en Venezuela se ha pasado el límite de la agresión física. En el primer semestre de este año hubo 163 atentados denunciados contra periodistas; patotas –orgánicas y no– del chavismo los esperan en la puerta de los diarios o los canales.

Pero esta no era la única escena de la noche del jueves: en paralelo, y por el aire de Twitter, cientos de mensajes ya hablaban del incidente con las piedras. Las consideraciones personales de los tweets son lo de menos, de modo que voy a reproducir aquí sólo algunos y más que nada “los en contra”. Para ser justos, aclaro que los mensajes de solidaridad y condena a los piedrazos fueron los más; pero los que se alinearon apoyando a las sombras no fueron pocos. Y esos son los que me interesan, porque es ahí donde anida el huevo de la serpiente.

Twitteó con intuición y buen olfato el crítico de cine Gustavo Noriega: “A ver si se dan cuenta: hay una conexión entre que el Estado financie El Pacto y que un par de boludos les tiren piedras a Magdalena y a Lanata”. “Si a Lanata y Magdalena los insultaron los vecinos de Palermo no quiero pensar cuando pinchen una goma del auto en el Conurbano”, posteó cronopio83 Aldo Raponi. A esa altura los tres de-subicados en un contrafrente de Palermo se habían transformado en “los vecinos de”, una especie de Fuenteovejuna.

Con los mismos elementos pero actitud más profesional, el periodista Nicolás Wiñazki twitteó: “Aguante 6, 7, 8 también gritaron los que tiraron piedras a Lanata. Fueron como diez piedras. No hay lastimados”.

A esa altura la “noticia” llegó a los medios electrónicos: “En 6, 7, 8 intentaron justificar la agresión a Lanata por decir que su verborragia incitó a la agresión. Flojito, no?”, twitteó “franciscoaure”. Un “victorhugo590” registrado como Víctor Hugo Morales –que algunos afirman es un “fake Morales”, aunque no se conoció públicamente desmentida alguna del relator deportivo– dijo: “No me sorprende que arrojaran piedras sobre gente como Jorge Lanata o Magdalena Ruiz Guiñazú. El pueblo se expresa como puede”.

Al poco tiempo yo ya estaba cerca de ser el verdadero culpable. ¿Qué hacía mi cabeza atrayendo piedras, eh?

“Testigos sospechan de que haya existido una verdadera agresión al periodista Jorge Lanata. Estilo radio”, twitteó gerarfernandez. “Alumnos de la Universidad de Palermo sospechan del origen de la agresión a Lanata”, concluyó @pimboleto, Daniel Ventura.

Y hasta hubo lugar para el cinismo: mientras todos los medios oficiales ignoraron por completo el incidente, Javier Romero (un asistente de Sergio Szpolski que se dedica en Diario Registrado a calumniarnos día por medio en Internet) quiso curarse en salud: “Quien le tira piedras a un periodista ataca a la libertad”, copió en su mensaje de un sobrecito de azúcar. La diferencia del peso específico entre un puñado de piedras y el habitual balde de bosta que significa Diario Registrado son notables.

La noticia, con sus versiones y contraversiones, duró un día más en la red.

Algunas consideraciones sobre la noche del jueves:

1)Un hecho aislado no puede, necesariamente, ser confundido con una política: en todos lados hay locos sueltos. Pero una política sí puede estimular que el hecho aislado se produzca: cuando la Presidenta identifica u hostiga, con nombre y apellido a los periodistas que ella imagina como “enemigos”, puede haber uno, o diez, o cien militantes freaks dispuestos a quedar bien con la Jefa. Nadie recuerda, por ejemplo, condena alguna del Gobieno cuando militantes de las Madres de Plaza de Mayo escupieron los retratos de varios periodistas del país, acusándolos de complicidad con la dictadura.

2)“A veces pienso si no sería necesario nacionalizar los medios de comunicación, que adquieran conciencia nacional y defiendan los intereses del país. No seamos más tontos, no dejemos que nos envenenen y nos mientan”, dijo Cristina en un acto en Mercedes. “Los medios son cómplices de la política de entrega y subordinación”, agregó. “La libertad de expresión no puede convertirse en libertad de extorsión”, dijo también.

¿No le tiraría una piedrita a Lanata para complacer a Cris y defender al pueblo?

3)Al mensaje oficial “en on” se le suma la catarata de propaganda producida en la “Konzentrationslager Gvirtz”; hay más de cincuenta medios de comunicación paraoficiales, sin contar los blogs kirchneristas, los programas de televisión y radio acólitos y la vergüenza nacional de “Fútbol para Todos” (¿para cuándo Libros para Todos, o Agua para Todos o Comida o Justicia para Todos?).

4)No he recibido –y, por favor, tampoco espero– comunicación oficial alguna sobre el hecho. Sí de decenas de ONGs, públic
o en general, periodistas, un comunicado de Adepa y muchos otros. El abanico de los 50 a 70 ¿u 80? medios de comunicación oficiales o privados (plata del pueblo que vuelve a Szpolski, Gvirtz, etc.) silenció el asunto con cuidado. Recordé el viernes la cara de mi tía Nélida diciéndome “El que calla otorga”.

5)Mientras se siga presentado al periodismo como “enemigo del pueblo, se le echará más leña al fuego. Es una democracia que a veces, desgraciadamente, parece una dictadura: la noche anterior a las piedras, 6, 7, 8 hizo otro goebbeliano informe sobre unas columnas de Martín Caparrós en El País y un comentario mío sobre Cristina en la Cadena Ser: lo titularon “Campaña Antiargentina”, del mismo modo que la dictadura tituló a las denuncias de los organismos de derechos humanos en el exterior sobre los desaparecidos. Martín estaba indignado:

—Es cierto –me dijo. Yo estuve en la campaña antiargentina en el Exterior. Fue en el ’77 o ’78. Yo fui uno de los exiliados que denunció a la dictadura. Pero nunca me imaginé que treinta años después la democracia iba a utilizar las mismas palabras.

Ni los dictadores, ni los presidentes, ni los gobiernos, representan exclusivamente a la Argentina. Son parte de ella, conformada también por los que piensan distinto al pensamiento oficial. Los afiches de Cristina hablan de amor, pero en varias ocasiones la Presidenta y su entorno ejercen el odio, o lo estimulan. Los acólitos –que para eso están– sobreactúan; escriben panegíricos, manipulan frases ajenas, cualquier cosa para lograr la distante sonrisa de la Jefa, un registro automotor, un plan, una caja regular de alimentos no perecederos. Y hay también, cómo no reconocerlo, quienes dan hasta la vida por sus pensamientos, como muchos dieron en su momento “la vida por Perón”. No volvamos a tropezar con la misma piedra.

Jorge Lanata

07 Noviembre 2011

Pegarle a Lanata es gratis

Luis Majul

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Aquí y ahora, en el reino del pensamiento único, putear a Jorge Lanata y a Magdalena Ruiz Guiñazú, resulta gratis. O lo que es peor: el pequeño desaforado que lo haga puede ser premiado con la orden de mérito del militante k. Así crecieron, y obtuvieron jugosos contratos con el Estado, decenas de mediocres que juegan a hacer periodismo, actrices que fundaron productoras en tiempo record, actores de gira con bodrios insoportables de salas semivacías que cobran su cachet a través de subsidios, filósofos alcahuetes del poder, relatores y locutores «con muy buena voz pero muy poco para decir», como sostiene el propio Lanata.

Los miserables que el otro día insultaron a Jorge y Magdalena en la Universidad de Palermo tienen un par de características singulares. En general, se mueven como cobardes. Tiran la piedra y esconden la mano. Además, son básicos, por no decir ignorantes. No pueden sostener un intercambio de ideas ni un minuto y medio. Repiten las palabras gorila y cipayo, pero cuando le preguntas de dónde vienen o por qué la aplican en este contexto empiezan a balbucear, a gritar o te tiran de inmediato la otra consigna: «empleado de Magnetto».

La tercera característica es la más peligrosa. No funcionan como individuos racionales o con un mínimo de sentido común. Funcionan como fanáticos religiosos. Como miembros de una secta que defienden dogmas y no aceptan otras ideas que no sean las del modelo. La semana pasada, un actor muy serio y prestigioso, además de buena persona, me sorprendió al reconocer que él, asumido como kirchnerista, tenía algunas críticas para hacerle «al modelo» pero que no las haría públicas para no «darle de comer» a los «poderes concentrados». Me recordó, aunque el contexto es distinto, el silencio de los partidos políticos durante última la dictadura, con el argumento que salir a criticar a los militares era alimentar a «la subversión».

La última particularidad de muchos de estos cobardes es que insultan o agreden sin necesidad de mostrar sus antecedentes, su currículum o su trayectoria. No tienen la obligación de mostrar cómo viven. Ni la existencia de una doble moral. Los «legitima», apenas, su mera pertenencia al oficialismo. Y, a veces, cuando más advenedizos son, mayor es la recompensa. Es más. Si los pequeños puteadores pueden documentar su agresión es posible que, tarde o temprano, sean recibidos, premiados o elogiados por Aníbal Fernández y Héctor Timerman, o acaben ocupando un puesto de jerarquía en Télam, Canal 7 o alguno de medios oficiales o paraoficiales subvencionados por millones de pesos que pagamos con nuestros impuestos. Y este mecanismo se reproduce en todo el organigrama del Estado.

De hecho, Florencio Randazzo, después de su discusión con un periodista de LA NACION, quedó en mejor posición para convertirse en el futuro jefe de gabinete, en reemplazo de Fernández. Las cobardes agresiones a Jorge, Magdalena y muchos de nosotros se detendrían de inmediato si la presidenta de la Nación, Cristina Kirchner, las repudiara con energía, sin dejar la más mínima duda de que las alienta con su silencio. También las debería repudiar el secretario de Comunicación Pública, Juan Manuel Abal Medina, para no pasar a la historia como el gris funcionario que sólo se dedica a repasar la lista de amigos y enemigos del gobierno, y de autorizar o prohibir la pauta oficial de acuerdo a la cercanía o la lejanía con el pensamiento único que se pretende imponer desde 2008 en adelante.

Si la violencia verbal contra quienes no piensan como el gobierno sigue resultando gratis, o si se sigue premiando con contratos o dinero oficial a quienes lo hacen, muy pronto la escalada será imparable, y las consecuencias, muchos peores.