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El comunismo internacional se desintegra y con él el 'Pacto de Varsovia' y la COMECON

El presidente de Rusia, Boris Yelstin, decreta la disolución de la Unión Soviética y del Partido Comunista acabando con Gorbachov

HECHOS

  • El 5.09.1995 el Parlamento de Rusia aprobó la disolución de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) para final de año.
  • El 24.12.1995 Mijail Gorbachov anunció su dimisión como presidente de la URSS por considerar que aquel país ‘había dejado de existir’.

MIJAIL GORBACHOV HASTA NAVIDAD PARA DIMITIR

gorbachov_dimite Mijail Gorbachov compareció en la nochebuena de 1991 para dimitir como presidente de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas para constatar que aquel país había dejado de existir. Yelstin entregó ‘el botón nuclear’ al nuevo Gobierno de la Comunidad de Estados Independientes, liderada por Rusia.

DISCURSO ÍNTEGRO DE DIMISIÓN DE GORBACHOV 

Muchos periódicos de todo el mundo publicaron el discurso íntegro de la dimisión de Gorbachov, incluyendo los españoles EL PAÍS (donde lo titularon como ‘Ceso por consideraciones de principio’) y ABC (donde los titularon ‘Testamento Político’).

«Queridos compatriotas, conciudadanos: dada la situación creada con la formación de la Comunidad de Estados Independientes, ceso en mi actividad como presidente de la URSS. Tomo esta decisión por consideraciones de principio de abogado con decisión por favor la autonomía e independencia de los pueblos, de la soberanía de las repúblicas, pero al mismo tiempo, de la conservación del Estado de la Unión y la integridad del país. Los acontecimientos tomaron otro rumbo. Se impuso la línea de desmembramiento del país y desunión del Estado, lo cual no puedo aceptar. Después de la reunión de Almá Atá y de las decisiones allí tomadas, mi posición no ha cambiado. Además, estoy convencido de que resoluciones de tal envergadura deberían haberse tomado basándose en la voluntad expresa del pueblo [es decir, un referéndum].No obstante, haré todo lo que pueda para que los acuerdos allí firmados conduzcan a una verdadera armonía en la sociedad y alivien la salida de la crisis y el proceso de reformas.

El destino quiso que cuando me vi al frente del Estado ya estuviera claro que nuestro país estaba enfermo. Tenemos mucho de todo: tierras, petróleo, gas y otros recursos naturales. Dios tampoco ha sido mezquino con la inteligencia y el talento de nuestro pueblo, pero vivíamos mucho peor que en los países desarrollados y nos cada vez íbamos más a la zaga de ellos.

La causa ya estaba clara: la sociedad se ahogaba en las garras del sistema de mando burocrático. Condenada a servir a la ideología y a soportar el terrible peso de la carrera armamentista, llegó al límite de lo soportable. Todos los intentos de reformas parciales (y hubo muchos) fracasaron uno tras otro. Había que cambiarlo todo radicalmente. Por eso, ni una sola vez lamenté el no haber utilizado el puesto de secretario general [del PCUSI sólo para reinar unos años. Consideraba que eso sería algo irresponsable e inmoral. Comprendía que comenzar reformas de tal envergadura y en una sociedad como la nuestra era un asunto dificilísimo y arriesgado. Pero también hoy estoy convencido de la razón histórica de las reformas iniciadas la primavera de 1985.

Proceso complejo

El proceso de renovación del país y de cambios radicales en la comunidad mundial resultó mucho más complejo de lo que se podía esperar. La sociedad obtuvo libertad, se liberó política y espiritualmente, y ésta es la principal conquista de la que no se es consciente en toda su profundidad porque todavía no hemos aprendido a hacer uso de esta libertad. Pero la labor realizada es de importancia histórica. Se liquidó el sistema totalitario que había impedido que el país se convirtiera hace tiempo en próspero y floreciente. Las transformaciones democráticas se abrieron camino; la libertad de elección, la de prensa, la de conciencia, los órganos de poder representativos y el pluripartidismo, se hicieron realidad; los derechos humanos se reconocieron como el más alto principio. Comenzó a avanzarse hacia una economía mixta, se afianza la igualdad de todas las formas de propiedad; en el marco de la reforma agraria comenzó a resurgir el campesinado, surgió el movimiento de granjeros, millones de héctareas se dieron a los habitantes del campo y de la ciudad. Ya se reconoce la libertad económica del productor, comenzó a cobrar fuerza el movimiento empresarial, las sociedades anónimas, la privatización.

Al encaminar la economía hacia el mercado es importante recordar que todo esto se hace en aras del hombre. En estos difíciles tiempos se debe hacer todo lo posible para su defensa social; y esto se refiere especialmente, a los ancianos y los niños.

Vivimos en un mundo nuevo. Hemos acabado con la guerra fría, se ha detenido la carrera armamentista y la demente militarización del país que había deformado nuestra economía, nuestra conciencia social y nuestra moral. Se acabó la amenaza de una guerra nuclear. Y una vez más quiero subrayar que en este periodo de transición hice todo lo que estaba de mi parte para conservar un control seguro del arma nuclear.

Nos hemos abierto al mundo. Hemos renunciado a interferir en los asuntos de otros, a usar las tropas fuera de nuestro país. Y nos han respondido con confianza, solidaridad y respeto. Nos hemos convertido en uno de los pilares de la transformación de la civilización moderna de acuerdo a principios democráticos y de paz.

Pueblos y naciones obtuvieron una libertad real de elección de las vías para su autodeterminación. Las búsquedas de cómo reformar democráticamente nuestro Estado multinacional nos condujeron al umbral de la firma de un nuevo Tratado de la Unión.

Todos estos cambios exigieron una enorme tensión, pues transcurrían en aguda lucha con la creciente resistencia de las fuerzas reaccionarias, de las antiguas estructuras del partido [comunista], del aparato administrativo y de nuestras costumbres, de nuestros prejuicios ideológicos, de nuestra psicología uniformadora y parasitaria. Chocaban contra nuestra intolerancia, contra el bajo nivel de nuestra cultura política, contra el miedo a los cambios. Por eso perdimos tanto tiempo.

El antiguo sistema se derrumbó antes de que lograra empezar a funcionar el nuevo. La crisis de la sociedad se agudizó aún más. Conozco el descontento por la difícil situación actual, la crítica a las autoridades en todos los niveles, y a mí personalmente. Pero quiero subrayar nuevamente que las transformaciones radicales en un país tan grande y con semejante herencia no pueden transcurrir fácilmente, sin dificultades y estremecimientos.

Límite máximo

El golpe de agosto llevó la crisis a su límite máximo. Lo más funesto en esta crisis es la desintegración del Estado. Y hoy me preocupa que nuestra gente haya perdido la ciudadanía de un gran país: las consecuencias de esto pueden ser muy graves para todos.

Creo que es de vital importancia conservar las conquistas democráticas de los últimos años. Son fruto de sufrimiento de toda nuestra historia, de nuestra trágica experiencia. No se puede renunciar a ellas bajo ninguna circunstancia ni bajo ningún pretexto. De lo contrario, todas las esperanzas en algo mejor se verán sepultadas. Es mi deber moral advertir de todo esto.

Hoy quiero expresar mi agradecimiento a todos los ciudadanos que apoyaron la política de renovación del país, que participaron en el cumplimiento de las reformas democráticas. Agradezco a los estadistas, políticos y personalidades públicas, a los millones de personas en el extranjero, a los que comprendieron nuestras ideas, las apoyaron y vinieron a nuestro encuentro para establecer una cordial colaboración con nosotros.

Dejo mi puesto con preocupación, pero también con esperanza, con fe en vosotros, en vuestra sabiduría y en vuestra fortaleza de espíritu. Somos herederos de una gran civilización y ahora de todos y cada uno de nosotros depende que ella resurja a una vida nueva, moderna y digna.

Quiero agradecer con toda el alma a los que durante estos años han luchado junto a mí por esta causa justa y buena. Seguramente se pudieron evitar algunos errores y hacer muchas cosas mejor, pero estoy convencido de que, tarde o temprano, nuestros esfuerzos conjuntos darán fruto. Nuestros pueblos vivirán en una sociedad floreciente y democrática. Mis mejores deseos a todos.

26 Diciembre 1991

Y la vida dijo

Pilar Bonet

Mijaíl Gorbachov, el hombre que intentó hacer posible el socialismo con rostro humano en el Estado soviético, ha sido víctima de una de sus expresiones favoritas: ‘La vida dirá». El presidente de la URSS solía repetir a menudo esta muletilla, ya fuera en la tribuna de oradores de¡ Parlamento o en los pasillos del Kremlin. Era un comodín que encajaba bien en múltiples ocasiones y que evitaba la polémica frontal y encarnizada, ajena al temperamento conciliador y tendente al compromiso de Gorbachov. Con esta frase, el presidente parecía remitirse al veredicto de un supremo tribunal ajeno a las pasiones del momento político.

Gorbachov tiene ya un puesto asegurado en la historia. La vida, sin embargo, le impone hoy una dolorosa renuncia al hijo y nieto de campesinos que hiciera carrera en la jerarquía del Koinsomol duventudes comunistas) primero y en el PCUS después, hasta alcanzar el máximo puesto en la dirección de una superpotencia.Nacido en la aldea de Privólnoye (en la provincia de Stávropol) en 1931, Gorbachov vivió el estalinismo en el destierro de su abuelo paterno a Siberia y el arresto y tortura de su abuelo. materno, Pantelel Gopkalo, un activista bolchevique que fundó el primer koljós del pueblo. Misha Gorbachov vivió varios meses bajo la ocupación alemana durante la Segunda Guerra Mundial. A los 15 años comenzó a trabajar en la estación de tractores como ayudante de conductor .de cosechadora. La condecoración que recibió en 1949 por su participación en la cosecha y su condición de miembro candidato del PCUS le sirvieron probablemente de aval para ingresar en la Facultad de Derecho de la Universidad Estatal de Moscú, adonde llegó en 1951.

Gorbachov fue uno de aquellos miles de estudiantes provincianos que vivían en residencias, tenían poco dinero y una sola muda de ropa decente. A finales del primer curso fue elegido jefe del Koinsomol en su grupo estudiantil. Participaba en mítines y en bailes, y en vacaciones trabajaba en el tractor en su pueblo natal. Un incidente, durante el cual defendió a un compañero de universidad judío, en pleno auge de la campaña antisemita desatada poco antes de la muerte de Stalin, indica que el joven Gorbachov era una persona de principios.

De vuelta a Stávropol

Al licenciarse en derecho en 1955, Gorbachov no consiguió, como hubiera querido, quedarse a residir en la capital. Por eso, aquel verano, en compañía de su esposa, Raisa, con quien había contraído matrimonio en 1953, volvió a su provincia de Stávropol. Allí residiría durante un periodo de 23 años, en el que comenzó como juez de instrucción y concluyó como primer secretario de la provincia.

Desde Stávropol, Gorbachov siguió el proceso de desestalinización emprendido por Nikita Jruschov. Incluso participó en él, cuando, como miembro de la delegación de Stávropol, asistió al XXI Congreso del PCUS que decidió sacar el cadáver de Stalin del mausoleo de la plaza Roja.

En Stávropol, con la protección del primer secretario Fedor Kulakov, se gestó el compló contra Nikita Jruschov en 1964. Gorbachov por entonces tenía un cargo secundario, pero tal vez atisbó por primera vez la encarnizada lucha por el poder en la URSS.

Tras su traslado a Moscú, Kulakov se convirtió en el patrón de Gorbachov. En 1970, éste fue ascendido a primer secretario de la provincia. Tenía 39 años y un territorio equivalente a Austria bajo su mando. Formalmente, era uno más entre los 181 secretarios provinciales del PCUS. Sin embargo, poseía una gran ventaja sobre ellos. En sus dominios estaba la zona de balnearios y aguas medicinales de Mineralme Vodi. Allí iban a descansar los miembros de la nomenklatura soviética. En MineraInie Vodi, Gorbachov estrechó sus relaciones con el poderoso presidente del KGB, Yuri Andrópov, y le ayudó en una campaña contra la corrupción, que era también una ofensiva contra el entorno próximo de Leonid Breznev.

Fue precisamente en Mineralnie Vodi donde se celebró un encuentro histórico el 19 de septiembre de 1978. En un tren que iba de Moscú a Bakú viajaban Leonid Breznev y su ayudante, Konstantin Chernienko. En el andén estaba el primer secretario de la provincia, Mijaíl Gorbachov, y Yuri Andrópov, que estaba recuperándose a la sazón en la zona. Cuatro secretarios génerales del PCUS habían coincidido en un solo punto. Poco después, a la muerte de Kulakov, Gorbachov fue llamado a Moscú para dirigir el departamento de Agricultura en el Comité Central del PCUS.

La Agricultura de la URSS no notó el paso de Gorbachov por el Comité Central, aunque el funcionario patrocinó en 1982 el Programa Alimenticio de la URSS, un documento hoy prácticamente olvidado. Entre bastidores tenía lugar una enconada lucha política por el relevo generacional.

A la muerte de Breznev, en noviembre de 1982, Andrópov fue elegido secretario general del PCUS. Sin embargo, la precaria salud del nuevo líder le obligó prácticamente a permanecer internado desde octubre de 1983. A finales de aquel año, la gerontocracia comunista se las arregló para quitarle a Gorbachov la primera oportunidad de dirigir los destinos del Estado. Desde la clínica, Andrópov envió una nota pidiendo que el Comité central encargara la gestión del partido a Gorbachov. Los miembros del Comité Central jamás la recibieron. Andrópov se enfurecio, pero el mismo Gorbachov acudió a tranquilizarlo a la clínica.

Bajo el mandato de Konstantín Chernenko (febrero de 1984marzo de 1985), Gorbachov fue adquiriendo experiencia en política internacional y preparando la estructura que necesitaría en el futuro. De esa época data su viaje al Reino Unido, que le valió el espaldarazo de la entonces primera ministra británica, Margaret Thatcher.

El poder de un dictador

El 11 de marzo de 1985, un día después de la muerte de Chernenko, Gorbachov fue elegido secretario general del PCUS. Mucho más tarde, cuando el Partido Comunista de la URSS había dejado de existir a consecuencia del fallido golpe de Estado de agosto de 1991, Gorbachov explicó que su poder como secretario general del PCUS era superior al de cualquier dictador. Con sus más y sus menos, venía a decir Gorbachov, hubiera podido mantenerse en el poder durante varios lustros si no hubiera tenido la voluntad de realizar una reforma.

Uno de los capítulos más difíciles del paso de Gorbachov por el Kremlin han sido sus relaciones con el estamento militar y el Complejo Militar Industrial, el lobby más fuerte y más perjudicado de la economía soviética durante su mandato.

Gorbachov tenía poca experiencia castrense, pues, como estudiante, estuvo exento de la mili. Sin embargo, en 1978, al llegar a Moscú, Gorbachov recibió el título de coronel en la reserva. En 1990, durante el debate parlamentario que precedió a la elección de Dmitri Ustinov como ministro de Defensa, Gorbachov admitió que había tenido enfrentamientos con la jerarquía militar y que ésta le reprochaba su dureza. Gorbachov aprovechó el aterrizaje del piloto alemán Matías Rust en la plaza Roja en 1987 para realizar un relevo en la cúspide del Ministerio de Defensa, pero nunca cesó a los militaoviética fuerzas Armadas. «No somos unos aventureros. No permitira experemos que se altere el equilibrio estamos estratégico», le contestó Gorbachov de la por entonces.

La furia sucedió a la esperanza

Mijail Gorbachov tuvo que enfrentarse por primera vez a la furia y al descontento popular por el insoportable deterioro de su nivel de vida en septiembre de 1988, durante una gira por la vasta región siberiana de Krasnoyarsk.Aquel viaje marcó un hito en la comunicación entre el líder soviético y sus conciudadanos. Durante los primeros tres años de la perestroika, Gorbachov se desplazó mucho por el país y, en plena calle, gustaba de conversar con gente que aún tenía esperanza en el futuro.

En Krasnoyarsk, la esperanza se transformó en furia. Y eso fue lo que las cámaras de televisión trasmitieron a los telespectadores soviéticos. En la ciudad de Abakán, ante trabajadores que se quejaban de las condiciones de trabajo inhumanas y la falta de víveres en las tiendas, Gorbachov tuvo que defender la perestroika alegando que ésta no era un «huevo frito», que se prepara en un momento para el desayuno.

Gorbachov se prodigó menos en sus viajes durante los últimos años de su mandato presidencial. Procuró evitar los focos de conflicto, como las zonas mineras en plena huelga o los centros de virulenta tensión nacionalista, aunque acudió a Lituania en enero de 1990 y fue recibido allí como si se tratara del jefe de una potencia extranjera.

En 1989, en la fábrica Izhora, de Leningrado, el líder preguntó a un obrero si estaba dispuesto a trabajar para los capitalistas. «Si pagan bien, se puede trabajar para los capitalistas», contestó el interpelado. «Este es su punto de vista particular», le replicó Gorbachov. «Estoy seguro de que la clase obrera no renunciará al socialismo». Gorbachov prometió entonces que en los últimos dos o tres años no se incrementarían los precios ni se realizaría una reforma monetaria. En aquella ocasión el líder dijo que la práctica de elecciones presidenciales no le impresionaba. Explicó que la palabrapresidente no acababa de estar de acuerdo con sus convicciones. «Me gusta más consejo o presidium, que incluyen a los presidentes de las repúblicas», dijo.

26 Diciembre 1991

Aprendiz de brujo

EL PAÍS (Director: Joaquín Estefanía)

Mijail Gorbachov, hasta hace unas semanas presidente de la URSS y, al menos en apariencia, uno de los dos hombres fuertes del planeta desde 1985, ha dimitido. Lo más paradójico es que, bastantes días antes de su renuncia, el oficio que ejercía ya había dejado de existir, lo mismo que el país en el que lo practicaba.No es fácil poner epitafio a un político que durante más de seis años ha presidido, a veces voluntariamente, a veces a regañadientes, la extraordinaria aventura de la desintegración de un sistema -el del socialismo real- que, lejos de ser rígido, indestructible y de imposible marcha atrás, como pretendieron durante 70 años sus protagonistas, resultó ser tan maleable y pasajero como el cartón piedra. Puede que lo más significativo, desde el punto de vista humano, sea que Gorbachov ha contribuido a hacer de esta desintegración un proceso relativamente civilizado, cuando la historia precedente se había edificado sobre un baño de sangre.

El Gorbachov elegido como séptimo secretario general del Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS) en marzo de 1985 era un hombre pragmático. Como tal, estaba convencido de que la única vía para el mantenimiento, no ya del comunismo, sino de la Unión Soviética, residía en una apertura del régimen, en la democratización de sus estructuras y en la racionalización de la economía. Allí mismo nacieron la perestroika y la glásnost, la reestructuración y la transparencia, que satisfacían las aspiraciones de libertad (libertad política, libertad económica, libertad intelectual) y que, de modo paralelo, venían a complicar las cosas extraordinariamente.Porque el líder soviético pretendía, en sus orígenes, reformar el sistema, modernizarlo, no cambiarlo; sabía que la URSS era una superpotencia armada hasta los dientes, pero de pies de barro, pues su economía se correspondía más con la del Tercer Mundo que con la del Occidente avanzado; así, pensó que su fortalecimiento sería la consecuencia de cambios profundos en su funcionamiento, pero sin alterar el corazón del sistema.En el mismo mes de su acceso a la secretaría general, Gorbachov dio un paso irreversible: emprendió una campaña de rejuvenecimiento de los dirigentes del PCUS. Acababa de introducir la semilla de la discordia al atentar contra la esencia misma del aparato.Advertida o inadvertidamente, echó a rodar una bola de nieve que se hizo imparable y que ha conducido a la desaparición del marxismo, a la eliminación de sus principios rectores, a la disolución del imperio creado por Stalin después de la II Guerra Mundial, a la pobreza y a la desaparición de la URSS como superpotencia y a su desintegración misma como país. No es arriesgado suponer que jamás pretendió alcanzar ninguno de estos objetivos.Es posible que en sus hipótesis no contemplara que el sistema obsoleto y tiránico de poder sobre el que se asentaba la URSS no podía ser destruido sin acabar con el basamento mismo del sistema. El aprendiz de brujo resultó arrastrado por la marea.No tardó en comprender, sin embargo, que el país, con una economía progresivamente lastrada por el gigantismo, la ineficacia y la corrupción, no era capaz de afrontar el coste de una carrera de armamentos cada vez más onerosa. Esa visión que le hizo ser el motor del desarme nuclear del mundo y la estrella de su pacificación le vahó el Premio Nobel de la Paz. Eso y su expeditiva decisión de permitir la liberación del Este europeo sin derramamiento de sangre.Hombre de instinto y reacciones inmediatas, fue respondiendo a cada nuevo deslizamiento hacia el precipicio con rápidos regates de acomodo: abolió el marxismo, se abrazó a la economía de mercado, su obra se convirtió en una constante huida hacia adelante.La dinámica se había hecho imparable; incluso el fallido golpe de Estado de agosto de 1991 no sólo no detuvo el desplome del sistema, sino que lo aceleró. Nuevos gestos de reacción apresurada: disolución del PCUS, intento de firma de un nuevo tratado para una nueva Unión, y todo en vano.Mijaíl Gorbachov, un político dialogante, ambicioso, tenaz y atractivo, habrá padecido la suerte más trágica: ser decisivo y transitorio. La heterogeneidad de las nacionalidades ha podido al final con la uniformidad de las ideas impuestas, a golpe de dictadura del proletariado, hace menos de tres cuartos de siglo.

26 Diciembre 1991

EL CATACLISMO DE UNA REFORMA IMPOSIBLE

EL MUNDO (Director: Pedro J. Ramírez)

Gorbachov no ha sido Adolfo Suárez, sino Carlos Arias Navarro

CASI todas las claves para entender lo que han supuesto Mijail Gorbachov y su fenecida perestroika aparecen brillantemente recogidas en el artículo de Francisco Fernández Ordóñez («Gorbachov, el comienzo de la aventura») que hoy publica EL MUNDO. El ministro español de Asuntos Exteriores evoca sus primeros contactos con quien habría de ser primer y último presidente de la URSS y, fino observador, retrata con breves y sugestivas pinceladas el fondo del drama que se aprestaba a iniciarse: un drama cuyos dos actores principales habitaban en la misma plaza de Moscú. «Lenin – seguía presidiéndolo todo -escribe Fernández Ordóñez- con su traje negro, su corbata azul y sus guantes blancos. Una multitud ordenada desfilaba religiosamente, con las manos fuera de los bolsillos, muerta de frío. Era inevitable la impresión de una especie de Cristo laico yacente vestido de traje oscuro. Nadie hubiera pensado en aquel momento, rodeados de aquella liturgia, que el comunismo podría dejar de ser la verdad oficial, la piedra angular y obligatoria de todo: la sociedad, el porvenir del pueblo, la utopía. Mientras tanto, del otro lado de la Plaza, un hombre cordial, moderno, cargado de ideas y de voluntad, recibía a sus visitantes desprovisto de todo ceremonial…».

Ahí, en ese vivísimo contraste, aparecía ya retratado el fondo del problema. «En aquellos momentos -prosigue Fernández Ordóñez retratando los primeros pasos de Gorbachov, no pretendía la destrucción del sistema, sino (su) profunda reforma». La cuestión, simpatías personales aparte, es que el sistema soviético no era reformable. Se puede reformar aquello que demuestra ser básicamente eficaz. Pero toda la experiencia histórica contemporánea, tanto de la URSS como de los otros Estados del autodenominado «bloque socialista», ha demostrado que es el sistema comunista mismo el que no ha funcionado, porque no ha sido capaz de atender concretamente ni siquiera las demandas más elementales de la población. Así las cosas, no pudo tampoco suscitar el necesario consenso social en tomo a él. Es por esta razón por la que el llamado «socialismo de rostro humano» ha fracasado siempre que ha pretendido ser puesto en práctica. Cada vez que el comunismo ha abierto la espita de las libertades públicas -así fue con el primer «deshielo» de Nikita Jruschov, con la Hungría del 56, con la Checoslovaquia del 68; así ha sido ahora también con la perestroika de Gorbachov- ese espacio de libertad ha sido utilizado inmediatamente por los sectores sociales más dinámicos para, rebasando el campo de las meras reformas políticas, revolverse contra los fundamentos mismos del sistema comunista. Estableciendo un paralelismo entre el proceso de desmoronamiento del Estado soviético y el de la transición española, se ha comparado repetidamente a Mijail Gorbachov con Adolfo Suárez. Pero lo cierto es que el plan de la perestroika se puede equiparar más precisamente con el «espíritu del 12 de Febrero» que trató de promocionar sin el menor éxito el fugaz Carlos Arias Navarro. Al igual que él, Gorbachov ha intentado salvar el edificio del sistema realizando reformas en su fachada. Al igual que él, cuando las demandas populares desbordaron sus proyectos -así fue pronto en los países bálticos, recurrió al apoyo de los sectores más involucionistas y partidarios de la represión, dándoles un peso en el aparato del que luego habría de arrepentirse. No comprendió -y ha seguido sin comprenderlo hasta el final- que no es posible frenar un salto cuando ya se está en el aire. Podía haber pretendido mantener cerrada la puerta del sistema a cal y canto, al viejo modo estalinista; lo que no podía era dejarla abierta a medias: demasiada gente estaba empujándola para salir al aire libre. Los responsos políticos occidentales por Mijail Gorbachov insisten en resaltar sus méritos. Parece indudable que el hombre que ayer dimitió de una presidencia carente ya de poderes ha estado animado por excelentes intenciones. Reconozcámosle asimismo que tampoco ha recurrido a la falsedad más que cualquiera de nuestros profesionales de la política. Pero el hecho fundamental es que equivocó su plan de conjunto. «Ha vuelto a mi memoria -escribe Fernández Ordóñez al final de su artículo- aquella frase de Brodsky: Pedro el Grande no quería que Rusia se pareciera a Europa; quería que Rusia fuera Europa». El gran error de Gorbachov, el que ha entrañado la ruina de su carrera política y de su proyecto de Estado, ha sido precisamente ése: su plan no pasaba de pretender que la URSS se pareciera a Europa… sin llegar a serlo.

Todos estos elementos estuvieron presentes ayer en el patético discurso en el que Gorbachov anunció su dimisión. En primer lugar, la admisión de que el principio rector de su política durante estos años ha sido la defensa del Estado existente («He defendido la preservación del Estado de la Unión»), al que él hubiera querido vaciar de los contenidos que el pasado le había conferido. En segundo término, el reconocimiento de haber intentado este objetivo a través de sucesivas reformas parciales («fracasaron una tras otra»), antes de inclinarse, cuando ya era tarde, ante la inevitabilidad de los cambios globales. En tercer lugar, la admisión de que las fuerzas con las que emprendió ese camino, reclutadas entre los servidores del viejo régimen, eran inadecuadas, puesto que ellas mismas se resistían al cambio. En fin, la aceptación de su derrota ante lo que él calificó como «la línea de desmembración del país y de dislocación del Estado».

Quería presentarse como un hombre empujado a dimitir por coherencia: «Me he mantenido fiel a mis principios», sentenció. Pero era la viva imagen de alguien que, superado por los acontecimientos -unos acontecimientos que no ha comprendido y que, en buena medida, ni siquiera ha compartido, ha caído en el más profundo estupor ideológico. El mismo hombre que apenas hace unos años proclamaba su intención de restituir «el verdadero leninismo», el mismo que todavía el pasado agosto hacía una enérgica profesión de fe socialista, se despidió ayer de la presidencia sin citar siquiera el nombre del sistema al que durante décadas dedicó su vida. A cambio, apeló a «la inteligencia y el talento de los que Dios (!) no nos ha privado», condenó la «psicología niveladora» y cantó las ventajas del libre mercado. Sólo una querencia puramente cultural le llevó a apoyarse en un pensador marxista, Gramsci, para -sin citarlotomarle prestada una frase: «El viejo sistema se ha hundido antes de que el nuevo haya podido ponerse en marcha». El ha tenido que ver mucho tanto con lo primero como con lo segundo. «Dejo mi puesto con inquietud», añadió. Y en eso la razón le asiste por entero. Porque, si su proyecto era imposible, tampoco puede afirmarse que la naciente Comunidad de Estados Independientes esté libre de graves incógnitas, provinientes de las terribles dificultades de la propia situación y también de la propia naturaleza de los nuevos poderes públicos aparecidos en las repúblicas. Gorbachov se ha ido. Ayer, en un gesto de simbolismo aún mayor que el encerrado en la propia dimisión del presidente soviético, la bandera roja fue arriada de las torres del Kremlin. El líder que se va no deja sucesores. Ni falta que hace: la casa que heredó está destruida. El se marcha porque le han echado, y se va humillado y solo. Entretanto, ya han emergido las tendencias que serán claves para dominar el vacío que deja. El mismo las enunció: el nacionalismo, la religión y el mercado. Las tres, en la antítesis del sistema que ayer arrió su bandera oficialmente.

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