12 febrero 1990

El presidente de Suráfrica, Frederick De Klerk, pone en libertad al histórico preso político negro Nelson Mandela tras 28 años de cárcel

Hechos

El 12 de febrero de 1990 la prensa de todo el mundo informó de la puesta en libertad de Nelson Mandela, de 71 años, líder del Congreso Nacional Africano (ANC).

Lecturas

Cuando Frederik Willem de Klerk llegó a la presidencia sudafricana en septiembre de 1989, sustituyendo definitivamente al enfermo Pieter Willem Botha, pocos podían saber hasta dónde estaba dispuesto a llegar. De Klerk no procedía de la oposición al apartheid: era un afrikaner, dirigente del Partido Nacional (PN), antiguo ministro y producto del mismo sistema político blanco que gobernaba desde 1948. Había sido elegido jefe del PN en febrero de 1989 y las elecciones generales del 6 de septiembre, todavía restringidas a las cámaras raciales y sin sufragio político equivalente para la mayoría negra, confirmaron al partido en el poder aunque con un serio avance de la derecha blanca contraria a cualquier concesión. Pero De Klerk interpretó precisamente aquel resultado como la última oportunidad para reformar el régimen desde dentro. Sudáfrica estaba sometida a aislamiento diplomático, sanciones económicas, boicots culturales y deportivos, sufría una grave conflictividad interior y había perdido además una de las justificaciones geopolíticas que durante décadas habían permitido cierta tolerancia occidental: la Guerra Fría estaba terminando y el comunismo dejaba de parecer una amenaza capaz de justificar indefinidamente el apartheid. En septiembre comenzaron a autorizarse algunas manifestaciones; en octubre fueron excarcelados Walter Sisulu y otros siete veteranos dirigentes del ANC y el PAC; en noviembre De Klerk anunció la apertura interracial de las playas y nuevas reformas.

La gran ruptura llegó el 2 de febrero de 1990. Ante el Parlamento, De Klerk anunció la legalización del Congreso Nacional Africano (ANC), el Congreso Panafricanista (PAC) y el Partido Comunista Sudafricano (SACP), además del levantamiento de numerosas restricciones sobre organizaciones opositoras, la liberación de presos encarcelados por actividades políticas no violentas y la apertura de un proceso negociador destinado a crear un sistema constitucional nuevo basado en la igualdad de derechos. Faltaba el preso cuyo nombre simbolizaba internacionalmente a todos los demás. Nelson Rolihlahla Mandela, abogado y dirigente del ANC, llevaba encarcelado desde 1962 y cumplía cadena perpetua desde el proceso de Rivonia de 1964. Había sido además comandante fundador de Umkhonto we Sizwe (MK), el brazo armado del ANC. En 1985 Botha le había ofrecido la libertad si renunciaba a la violencia; Mandela se negó a aceptar que el Estado exigiera al movimiento negro abandonar las armas mientras el propio régimen mantenía su violencia y prohibía su organización.

Eso explica por qué para el ala dura afrikaner Mandela distaba mucho de ser simplemente un preso de conciencia. El ANC había abandonado su estrategia exclusivamente pacífica después de Sharpeville y de su ilegalización en 1960; MK había practicado sabotajes y posteriormente atentados y acciones armadas, algunos con víctimas civiles, y el ANC mantenía estrechas relaciones con el Partido Comunista Sudafricano y recibía apoyo de la Unión Soviética. Mandela había contribuido personalmente a fundar y dirigir esa estructura armada. Incluso Ronald Reagan, aunque condenaba expresamente el apartheid, recordaba en 1986 que Mandela había defendido abiertamente la violencia y lo consideraba entonces una figura todavía problemática. Para los sectores más conservadores del PN, por tanto, liberar a Mandela equivalía a poner en libertad al dirigente de una organización revolucionaria que había utilizado las armas contra el Estado.

Pero para gran parte del resto del mundo la perspectiva era exactamente la inversa. El Estado contra el que combatía Mandela era un régimen que privaba a la mayoría negra de derechos políticos por razón de raza, segregaba legalmente residencia, educación y servicios y había encarcelado o exiliado a buena parte de sus adversarios. En noviembre de 1989, por ejemplo, la Asamblea General de la ONU exigía expresamente la liberación inmediata e incondicional de Mandela, la legalización de las organizaciones prohibidas y negociaciones con los representantes de la mayoría negra; la resolución salió adelante por 151 votos contra 2. Sudáfrica llevaba décadas sometida además a un embargo internacional de armas y a un aislamiento deportivo que la había dejado fuera del movimiento olímpico. Mandela había pasado así de dirigente encarcelado del ANC a convertirse en símbolo mundial de la lucha contra el racismo institucionalizado.

El 10 de febrero, De Klerk anunció que sería liberado al día siguiente. Y el 11, después de 27 años de prisión, Mandela salió caminando de Victor Verster acompañado por su esposa Winnie Mandela, levantando el puño ante las cámaras de todo el planeta. No salió, sin embargo, convertido repentinamente en moderado complaciente. En su primer gran discurso defendió la lucha del ANC, recordó que la lucha armada había sido una respuesta a la violencia del apartheid y afirmó que todavía no estaban dadas las condiciones para abandonarla; pero simultáneamente expresó su voluntad de alcanzar mediante negociaciones una Sudáfrica democrática y no racial. De Klerk había realizado una apuesta formidable: liberaba al hombre que el sistema había encarcelado como enemigo para convertirlo en interlocutor imprescindible para negociar el final de ese mismo sistema.

12 Febrero 1990

Monumento a la dignidad

EL PAÍS (Director: Joaquín Estefanía)

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EN EL mismo instante en que ayer Nelson Mandela, líder del Congreso Nacional Africano (ANC) de Suráfrica, cruzó las veri as de la prisión de Victor Verster, tras casi 28 años de encarcelamiento, comenzaba sencillamente una nueva e histórica etapa en las relaciones humanas. La presencia en la calle de ese viejo luchador por los derechos civiles de su pueblo, monumento a la dignida,d de los seres humanos, significa el triunfo de la razón frente a la ignominia y el oscurantismo. Es también la aceptación de las reglas de juego mínimas del presidente De Klerk para compartir el irreversible camino hacia la destrucción del apartheid. Una sabia mezcla de grandeza y de sentido común.Las relaciones internacionales entre las grandes potencias se encuentran en un momento óptimo para potenciar la distensión y evitar, focos conflictivos. Si EE UU y la URSS han favorecido los acuerdos sobre Namibla y Angola, los preparativos para una negociación entre el Gobierno de Mozambique y el Renamo en el ámbito del África austral, no se debe olvidar el efecto mimético y multiplicador que producen las transformaciones del Este de Europa y los muy recientes acuerdos sobre política de desarme. Si a ello se añade la presencia en el Gobierno de Pretoria de un pragmático como Frederik W. de Klerk, partidario del predominio del poder civil y que hace tiempo comprendió la dificultad de mantener un régimen que basa su fuerza en el segregacionismo y en la represión, sometido a un casi universal boicoteo económico, político y cultural, se explicarán las circunstancias que favorecen los acuerdos racionales. Sólo la imperturbable obcecación de Margaret Thatcher, su decidido afán por recorrer -en el caso del apartheid- a la inversa el camino que marca la Historia, manifestado claramente en octubre del pasado año en el marco de la Conferencia de la Commonwealth de Kuala Lumpur, empaña el talante moral que debe imperar en los países democráticos. Instantes después de conocerse la decisión del Gobierno de Pretoria de liberar a Nelson Mandela, todos los Gobiernos democráticos del mundo elogiaron la medida y ya. se empieza a hablar del fin de las sanciones impuestas a Suráfrica, unas restricciones que resultaron ser claves en la evolución del régimen hacia la normalidad democrática.

Frederik W. de Klerk anunció hace apenas unos días, en su discurso de apertura del Parlamento, la abolición de algunas de las leyes racistas en vigor, la legalización del ANC y la liberación de los presos políticos. Con Nelson Mandela en la calle -y pese a los inevitables enfrentamientos callejeros protagonizados por los sectores más radicales del conservadurismo blanco- todo está dispuesto para comenzar las negociaciones que permitirán, dentro de un tiempo dificil de predecir, la incorporación de Suráfrica al concierto de los países libres y civilizados. De Klerk entra de lleno en lo que el ensayista Hans Magnus Enzensberger definió lúcidamente en estas mismas páginas como los héroes de la retirada, unos protagonistas históricos de nuevo estilo que no representan el triunfo, la conquista o la victoria, sino la renuncia, la demolición, el desmontaje. El momento cenital de la política consiste en saber abandonar una posición insostenible. Esto es exactamente lo que está haciendo el primer ministro surafricano.

Nelson Mandela, por su parte, tiene tal influencia moral en el mundo que su simple liberación nos hace a todos más humanos, libres y justos. Veintisiete años largos en las prisiones no lo han convertido sólo en un símbolo, en un escaparate en el que presentar la ignominia. Sigue siendo una pieza indispensable en el complejo rompecabezas surafricano. Ése es, sin duda, uno de sus rasgos distintivos más destacables. No se trata de una bandera; es también un negociador. Media vida entre rejas, con homenajes multitudinarios en todo el orbe -Incluido el gigantesco concierto de rock de Wembley de 1988-, no le han apartado un ápice de sus responsabilidades políticas. De hecho Mandela tiene el deber y el compromiso de dirigir el futuro de su país y hacerlo desde la convicción de que la actual disgregación nacional -no sólo entre blancos y negros, sino también entre la comunidad negra- supone negociar sobre un polvorín permanente. Grupos armados y organizados de blancos -dispuestos a defender violentamente sus privilegios-; radicales negros que se niegan a aceptar la vía pacífica, Suráfrica vive momentos en los que la tensión no es sólo un referente literario.

La habilidad de los pragmáticos, el sentido común de la mayoría y la enorme fuerza moral del ANC, con el complemento de la actuación inequivoca de los países que han impuesto -y maritenido-, sanciones económicas al régimen de Pretoria (desde las grandes potencias EE UU y la URSS a los países miembros de la Commonwealth y la Comunidad Europea), permitirán consolidar el esperanzador camino que se inició ayer en las inmediaciones de Ciudad del Cabo con ese primer paso en libertad de un hombre que tras 27 largos años encarcelado ha demostrado la diferencia que existe entre el poder y la influencia.

12 Febrero 1990

¿Cómo será el fin del «apartheid»?

EL MUNDO (Director: Pedro J. Ramírez)

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LA liberación de Nelson Mandela es uno de los hechos más relevantes en la historia de Suráfrica desde la guerra de los «boers», a comienzos del siglo XX. La devolución a Mandela de su condición de hombre libre es una gran noticia para la causa de la democracia y los derechos humanos, aunque plantea muchos interrogantes, siendo el primero las intenciones del presidente De Klerk sobre el futuro político del país. Tanto la excarcelación del líder negro, como la previa legalización del CNA (Congreso Nacional Africano), la retirada de Namibia y la derogación de algunas medidas de discriminación racial, aun siendo positivas, son maniobras de un régimen acosado por las presiones económicas de Occidente, al que ya no le sirve enarbolar la bandera del anticomunismo y que utiliza estas reformas como una forma de ganar tiempo más que como un paso para establecer un régimen democrático en el que impere el principio de «un hombre, un voto». Bien es cierto que cuando Frederik De Klerk sustituyó a Pieter Botha, nadie hubiera pensado en que tales transformaciones fueran posibles unos meses después. Pero sería pueril pensar que los apenas cuatro millones de blancos que detentan el poder, sobre todo el sector más radical, los «afrikaners», que a sí mismos se llaman «la tribu blanca», van a permitir el establecimiento de un sistema político igualitario que lógicamente controlarían los más de quince millones de negros. De Klerk ha puesto, eso sí, la pelota en el tejado del CNA al plegarse a las exigencias que éstos planteaban para iniciar las negociaciones. «Ya no puede haber dudas sobre la sinceridad del Gobierno de crear un nuevo ordenamiento constitucional», ha dicho. Pero, ¿qué clase de «sistema constitucional» será ese y hasta qué punto podrá admitirlo el CNA si no responde a lo esperado? Desde luego, la división tricameral, condicionada por el veto de un parlamento blanco, no cumple los requisitos que exige la mayoría negra. En cuanto a la figura de Mandela y el papel que puede jugar en las negociaciones, no hay nada claro. Aparte de los extremistas, de uno y otro signo, que ya le han amenazado de muerte y el enquistado conflicto racial que ha provocado varios muertos en una manifestación que celebraba su puesta en libertad, el ex secretario general del CNA, Walter Sisulu, ha pedido que el jefe del partido sea elegido democráticamente en una conferencia de la organización, lo que muestra la desconfianza que hay en el mismo CNA sobre la capacidad negociadora de quien ha estado tanto tiempo alejado de la realidad surafricana. Además, aunque ni el propio De Klerk haya conseguido que Mandela renunciara a la violencia contra el «apartheid», se duda de que este anciano de setenta y un años sea el mismo que se presentó hace veintisiete con una piel de leopardo ante el tribunal que le juzgaba. La liberación de Mandela ha sido un paso importante. Pero aún quedan muchos hasta la completa proscripción del «apartheid».

10 Agosto 1990

La vía pacífica contra el 'apartheid'

EL PAÍS (Director: Joaquín Estefanía)

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LA DECISIÓN del Congreso Nacional Africano (ANC) de renunciar a la lucha armada representa un viraje en su estrategia política que facilita en gran medida que Suráfrica pueda avanzar por una vía pacífica hacia la eliminación del apartheid y hacia una nueva estructura legal que respete la igualdad de derechos de todos sus ciudadanos, negros y blancos. Tal decisión no ha sido un gesto unilateral: forma parte del acuerdo entre el ANC y el Gobierno de De Klerk, firmado en la noche del 6 de agosto, después de 15 horas de negociación, y en el que se estipula la puesta en libertad de los presos ligados al ANC (unos 1.300) y el retorno de los emigrados (unos 22.000). El acuerdo representa dos victorias: la de Mandela sobre los sectores más duros de su movimiento; y la de De Klerk sobre los miembros de su partido sensibles a la presión de un extremismo blanco que no quiere renunciar al pasado.De hecho, la lucha armada como tal nunca ha tenido un gran peso en la acción del ANC. Nacido bajo la inspiración de las ideas de no violencia, propagadas en la India por Gandhi, en 1961 decidió no obstante pasar a la lucha armada como respuesta a la represión que le cerraba toda vía legal. Pero los actos de sabotaje que organizó en aquel periodo fueron de poca monta. Más tarde, esa lucha armada cobró mayor amplitud cuando pudo contar, en Mozambique, Angola y otros países, con bases de apoyo a salvo de la represión. Sin embargo, lo que ha dado al ANC su actual fuerza política ha sido su acción de masas. Si ha mantenido el principio de la lucha armada ha sido sobre todo para patentizar su desconfianza y ruptura radical con el poder blanco. Mandela permaneció mucho más tiempo en la cárcel precisamente porque sólo aceptó ser liberado cuando De Klerk desistió de exigirle, como condición previa, la renuncia a la lucha armada.

¿Cuáles han sido los hechos que han precedido al acuerdo del 6 de agosto, y que en parte lo han facilitado? Por un lado, el viaje de Mandela por diversas capitales occidentales, durante el cual se demostró no sólo su enorme popularidad, sino su crédito ante los Gobiernos, que le escucharon en el tema tan delicado de las sanciones. Mandela volvió a Pretoria con más autoridad ante sus propios partidarios, pero también ante el Gobierno. Por otra parte, entre la población blanca crecía la impaciencia ante los escasos resultados de la política conciliadora de De Klerk. Para éste resultaba cada vez más difícil seguir negociando con una fuerza que no renunciaba a la lucha armada. Se estaba en una especie de encrucijada: o se avanzaba de verdad o todo podía fracasar.

Lo puso de relieve un extraño incidente surgido a finales de julio y que estuvo a punto de dar al traste con las negociaciones. A partir de un informe de la policía contra el secretario del partido comunista, Joe Slovo, el Gobierno exigió que éste fuese excluido de la delegación del ANC. Mandela rechazó tal exigencia y destacó públicamente el papel de los comunistas como una de las fuerzas integrantes del ANC. Al final se descubrió la falsedad del informe policiaco y Mandela pudo mantener la delegación del ANC con su composición anterior. Pero ese incidente puso de relieve la urgencia de pasar a una etapa de mayor nitidez en las negociaciones. Para el ANC, mantener su anterior posición sobre la lucha armada sólo podía dañarle, fomentando en su seno corrientes extremistas y facilitando la propaganda de los partidarios del apartheid.

Por positivo que sea, el acuerdo no puede impedir que subsistan muchos obstáculos. El problema mismo de la violencia reviste notable gravedad, sobre todo en Natal, no por culpa del ANC, sino por las luchas tribales fomentadas por los zulúes. Por otra parte, contra el acuerdo se han manifestado -en los dos extremos- el partido conservador blanco y el Congreso Panafricano, sector radical que rechaza la política negociadora de Mandela. En cualquier caso, el avance logrado es el más sustancial desde la liberación del histórico Eder. Suráfrica ha entrado en una nueva etapa. Si el acuerdo del 6 de agosto tiende sobre todo a superar los residuos del ayer, ahora cabe esperar que la negociación se enfoque resueltamente hacia el futuro.

El Análisis

De Klerk libera a su enemigo porque necesita negociar con él

JF Lamata

La decisión de De Klerk tiene una dimensión moral evidente, pero sería ingenuo explicarla únicamente por una repentina conversión humanitaria del Partido Nacional. El apartheid estaba perdiendo viabilidad política, económica y estratégica. La resistencia interior hacía cada vez más difícil gobernar mediante estados de emergencia permanentes; las sanciones y la desinversión internacional incrementaban el coste económico; la independencia de Namibia estaba ya encaminada; y, sobre todo, el derrumbe del bloque comunista estaba eliminando el argumento que durante décadas había permitido al Gobierno blanco presentarse ante Washington y Londres como un bastión occidental frente a la expansión soviética en África austral. El propio De Klerk explicó el 2 de febrero que la alternativa a negociar era una espiral creciente de violencia y conflicto y que sólo un acuerdo entre dirigentes representativos podía garantizar una paz duradera. Su cálculo consiste en negociar ahora, mientras el Gobierno blanco conserva el Ejército, la administración, la economía y capacidad para imponer condiciones constitucionales, en vez de esperar a que una explosión revolucionaria le obligue a negociar desde una posición mucho peor. Y Mandela es precisamente el interlocutor que necesita: posee suficiente legitimidad entre la mayoría negra para conseguir que cualquier eventual acuerdo sea aceptado y, al mismo tiempo, después de veintisiete años encarcelado, ha demostrado una capacidad negociadora y un pragmatismo que lo diferencian de quienes pretenden simplemente expulsar a los blancos o imponer una revolución socialista.

También merece matices el papel occidental. Reino Unido y Estados Unidos no apoyaban oficialmente el apartheid, y tanto Thatcher como Reagan proclamaban que debía desaparecer; lo controvertido era cómo obligar a Pretoria a terminarlo y qué debía sustituirlo. Reagan practicó el llamado constructive engagement y se opuso a sanciones económicas generales alegando que perjudicarían especialmente a los trabajadores negros y a las economías de los países africanos vecinos; en 1986 llegó a vetar la gran ley de sanciones aprobada por el Congreso, aunque éste anuló posteriormente su veto. Margaret Thatcher fue todavía más incómoda para el movimiento antiapartheid: mantuvo contactos con Pretoria, rechazó buena parte de las sanciones internacionales y desconfiaba profundamente del ANC por su lucha armada y sus vínculos comunistas. Pero reducir esa posición a «apoyo al régimen racista» tampoco explica completamente su política: Londres presionaba privadamente para conseguir reformas y veía con temor que el colapso brusco del Gobierno blanco desembocara en guerra civil, hundimiento económico o un Gobierno revolucionario próximo a Moscú. El problema para Thatcher era que esa prudencia hacía aparecer al Reino Unido como protector internacional de Pretoria cuando incluso buena parte de sus aliados exigían una presión mucho mayor.

La ironía de febrero de 1990 es que De Klerk está llegando más lejos de lo que muchos conservadores occidentales habían considerado posible: no pretende ya perfeccionar el apartheid, sino negociar el sistema que lo sustituirá. Y la liberación de Mandela demuestra que ha comprendido una realidad elemental que sus predecesores se negaron durante décadas a aceptar: un país con una amplia mayoría negra no puede aspirar indefinidamente a ser gobernado democráticamente sólo por sus ciudadanos blancos. La gran incógnita comienza ahora: si De Klerk será capaz de convencer a los blancos de que renuncien a su monopolio del poder y Mandela a los negros de que no utilicen su futura mayoría para vengarse de quienes se lo negaron.

J. F.