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Elecciones Argentina 1999 – El radical Fernando De la Rúa gana gracias a la división de voto entre los peronistas Duhalde y Cavallo

HECHOS

El 25.10.1999 D. Fernando de la Rúa ganó las elecciones para la presidencia de Argentina.

Las anteriores elecciones de 1995 fueron un triunfo arrollador para los peronistas de Menem. Ahora le toca el turno a los radicales.

El mandato de De la Rúa durará sólo hasta diciembre de 2001.

26 Octubre 1999

Argentina tiene esperanza

EL MUNDO (Director: Pedro J. Ramírez)

El candidato de centro izquierda, Fernando de la Rúa, de la Alianza Opositora, se ha alzado con una victoria incontestable frente al peronismo en las elecciones presidenciales celebradas el domingo en Argentina. No será necesaria siquiera una segunda vuelta: la sociedad argentina ha dejado patente su voluntad de que cambie la dirección del país.

De la Rúa representa la austeridad y la honradez que los argentinos necesitan para borrar la impronta personalista que ha dejado en la jefatura del Estado la década en la que Carlos Menem ha ejercido un poder casi omnímodo. Hasta parecen desear un líder falto de carisma y aburrido, como el propio De la Rúa confiesa ser.

Pero el cambio que han votado los argentinos no se refiere sólo a las formas. Tras 10 años de política neoliberal que ha ahondado las diferencias sociales, el presidente electo ha prometido una redistribución más equitativa de la riqueza, acabar con el desempleo -que afecta al 15% de la población- y poner fin a la corrupción y los escándalos que han salpicado a varios ministros justicialistas. A De la Rúa, en cambio, le avala la limpieza de su gestión como alcalde de Buenos Aires.

No tiene en su agenda una revolución para su país. De hecho, dentro de su coalición, representa el ala más conservadora. Su programa tendrá que enfrentarse con unas perspectivas bastante poco halagüeñas: en un contexto de crisis económica generalizada en América Latina, Argentina padece la mayor recesión económica de los últimos 10 años y se enfrenta a una contracción del crecimiento económico del 3%.

Desde el punto de vista político, aunque la victoria de la Alianza haya sido arrolladora en la elección presidencial, no ha ocurrido así en las restantes batallas que se libraban el domingo. En el Congreso ha sido la fuerza más votada, pero no ha logrado la mayoría. El justicialismo mantiene el poder en la mayoría de las provincias y en la muy significativa de Buenos Aires, que concentra a un tercio de la población del país.

Pese a que importantes resortes del poder están en sus manos, el peronismo tendrá que aprender a hacer una oposición constructiva, que contribuya a sacar al país del atolladero. El acecho de Menem, con cuatro años por delante para preparar su retorno a la Casa Rosada, no favorecerá al nuevo presidente, que va a necesitar una gran audacia para lidiar con todos los obstáculos que tiene ante sí.

26 Octubre 1999

Cambio en Argentina

EL PAÍS (Director: Jesús Ceberio)

Con 10 puntos de ventaja que hacen innecesaria una segunda vuelta, los argentinos han elegido presidente a Fernando de la Rúa, enterrando una década de peronismo interpretada por Carlos Menem. A la peor derrota del justicialismo en medio siglo, en la persona de Eduardo Duhalde, no es ajena su rivalidad con Menem. De la Rúa, candidato de la Alianza de centro-izquierda, ha vencido más por lo que no es que por lo que es; básicamente, por la normalidad que exhibe frente a la exuberancia de Menem. Éste, en una reacción no muy leal con su partido y con Duhalde, ya ha empapelado Buenos Aires postulándose como el aspirante para las elecciones del 2003.La Argentina que deja Menem, pese a todas sus carencias, es más fuerte y democrática que la que encontró en 1989, a cuyo timón llegó enarbolando un populismo rayano en la demagogia. El presidente saliente, quizá el más influyente de Latinoamérica esta década, escondía tras su extravagante fachada un pragmatismo político puesto de manifiesto en algunas decisiones cruciales. Liquidó una inflación histórica y consiguió a través de la convertibilidad peso-dólar encarrilar la economía. Perdonó a los militares encarcelados por las atrocidades cometidas durante la dictadura y ha reducido hasta casi la irrelevancia a unas Fuerzas Armadas con vocación de salvapatrias. A medida que avanzaba su segundo mandato, sin embargo, fue desapareciendo la magia que le permitió el apoyo simultáneo de los humildes y de los enriquecidos por su libremercadismo. Las acusaciones de corrupción se han multiplicado, la evasión fiscal está generalizada y algunas grandes privatizaciones han creado de hecho monopolios privados. Argentina sufre una recesión aguda, la segunda en cuatro años, que ha recortado en más de un 3% la riqueza nacional.

En este paisaje hay que saludar el triunfo de De la Rúa sobre un Duhalde que apuntaba de nuevo al populismo económico. El regeneracionista que pretende ser el nuevo jefe del Estado estará más capacitado para lidiar, a partir de diciembre, con los peores aspectos de la herencia de Menem. Ha prometido combatir sin tregua la corrupción, tiene mejores credenciales para intentar reformar la policía o el poder judicial, y anuncia que mantendrá la convertibilidad, columna vertebral de la política económica actual. Los argentinos, que guardan memorias terribles de un país pésimamente administrado, parecen tener claro que la estabilidad es insoslayable.

A De la Rúa le esperan de inmediato tragos amargos, ya que deberá pactar con sus adversarios los grandes asuntos, como las reformas estructurales o la austeridad fiscal. La cohabitación es necesaria, porque los peronistas no sólo son fuertes en la Cámara de Diputados, sino que controlan el Senado y la mayoría de las provincias a través de sus gobernadores. Los principales sindicatos son también de obediencia justicialista, y Menem se ha encargado de inclinar hacia ese lado el Tribunal Supremo. El «cambio moral» prometido por el nuevo presidente no se hará, pues, sin complicaciones.

26 Octubre 1999

Cambio en Argentina

ABC (Director: José Antonio Zarzalejos)

Argentina ha dado en las urnas un adiós provisional a Carlos Menem. La clara victoria de la Alianza opositora encabezada por la Unión Cívica Radical de Fernando de la Rua, depositario de la mitad de los votos obedece a un deseo de cambio profundo en amplias capaz de la población. Menem ha marcado durante diez años, para bien y para mal, la marcha de un país cuya gestión ha modernizado notablemente, pero al precio de desamparar a sectores enteros de la sociedad. Es cierto que el candidato del Partido Justicialista, Eduardo Duhalde, no ha logrado superar la sombra de los escándalos que se cernían sobre su mandato como gobernador de la provincia de Buenos Aires, ni, sobre todo, las zancadillas del presidente saliente, que tras dos legislaturas en la Casa Rosada espera convertirse en cabeza visible de la oposición para regresar al poder en 2003. Pero con independencia de esas insuficiencias de un ‘heredero’ que sólo lo era  sobre el papel, el triunfo de De la Rua se explica por el hastío de un electorado ahíto de corrupción y penuria.

Menem lo hizo bien al comienzo. Bajo su mandato, la convertibilidad del peso con el dólar acabó con una inflación del 1.000 por ciento y la modernización de la economía nacional fue acometida sin complejos. Se privatizaron las empresas ruinosas que hoy rinden beneficios sustanciosos, y se aseguró, en virtud de la paridad un respaldo para la actividad productiva de 27.000 dólares en las arcas públicas. El PIB ha crecido en esta década un 57 por ciento, y en ese tiempo la inversión extranjera ha sido de 50.000 millones de dólares. EN general, los servicios públicos son eficaces, y la renta per capita argentina sigue siendo, pese a la recisión prevista de un 3 por ciento para este año, la más iberoamérica.

El problema es que el peronismo de Menem, muy alejado de los principios de su mítico fundador, creyó que la liberalización se satisfacía con la adopción de esas medidas, necesarias pero insuficientes, y permitió que el tejido social se erosionara hasta extremos alarmantes. Como todo líder demasiado carismático, se cegó con su propio fulgor y dejó paso franco a la corrupción y la arbitrariedad. El lujo gratuito, el amiguismo, la injerencia en la Justicia, el personalismo sin freno, contrastaron demasiado en los últimos tiempos con los ideales de redención de unos ‘descamisados’ que hoy son ya un tercio de la población. Menem no ha entendido que el desarrollo requiere algo más que privatizaciones – cuyos 40.000 millones de dólares se han esfumado – y que el desarrollo pasa, sobre todo, por la creación de las condiciones de seguridad jurídica y social necesarias para seducir a la inversión, así como por la cristalización de la riqueza en una clase media antes que en grupúsculos de nuevos ricos.

Pero ese es el legado que ahora recibe De la Rua. No lo tiene fácil, porque Menem aguarda su turno, y porque el reparto del poder entre las distintas instituciones es desigual. El nuevo presidente habrá de gobernar con una fuerte resistencia de los peronistas, refugiados en el Senado y en 12 de las 24 provincias, entre las que se incluye la de Buenos Aires, núcleo fundamental de la vida política y administrativa de la República. De la Rúa, un hombre moderado cuyo izquierdismo no llega a perder de vista al centro, tendrá que lidiar con una corrupción que hunde sus raíces en todos los resquicios del Estado, y restaurar poco a poco la confianza de empresarios, trabajadores y ciudadanos. Dos millones de parados y diez de pobres esperan de él el acceso a la misma prosperidad que algunas minorías del país disfrutan, así como una mejora de la deteriorada cobertura social. Con una deuda exterior de 120.000 millones de dólares, no parece que pueda permitirse grandes alegrías presupuestarias, de modo que si logra aliviar la situación será merced a la recuperación de la credibilidad institucional que Menem no debió arriesgar. Pero también hay mucho de positivo en la herenica de éste. De la Rúa debe asumirlo, y seguir la senda de la estabilidad y la reforma.

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