16 junio 1953
El régimen comunista de la República Democrática de Alemania (RDA) silencia a tiros una protesta de obreros por la subida del precio de la carne: entre 55 y 125 muertos
Hechos
- El 16 de junio de 1953 se produjo una huelga de trabajadores en la República Democrática de Alemania que fueron reprimidos por tanques del Grupo de Fuerzas Soviéticas en Alemania.
Lecturas
La República Democrática de Alemania fue proclamada en 1949.
Desde 1950 el dictador de la RDA es Walter Ulbricht como secretario general del Partido único, el ESD (Partido Socialista Unificado de Alemania Oriental).
Wilhelm Pieck, que en 1950 cedió el mando del ESD a Ulbricht, será jefe del Estado hasta su muerte en 1960.
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18 Junio 1953
El estallido
La situación de anteayer en Berlín y la Alemania oriental, derivada de las últimas medidas de ‘edulcoración’ del régimen que el Gobierno marioneta de Moscú iba adoptado y poniendo en práctica, era de tranquilidad. No es que las gentes creyeran demasiado en un reforma substancial del régimen rabiosamente comunista hasta ahora imperante, pero la modificación de ciertos controles, las promesas de que el único objetivo de Grotewohl, Ulbricht y sus secuaces era la unificación del país, la puesta en práctica de algunas libertades a tenor de la amnistía promulgada, en fin, la disolución del Comité de control soviético al que se achacaban no pocos de los errores cometidos en el pasado, habían infundido una sensación de que la tensa atmósfera política y social de la zona roja se distancia, como lo prueba el hecho de que en los últimos días ha disminuido considerablemente la oleada de refugiados que pasaban a la zona occidental, en busca de una existencia más esperanzadora y clemente de la que dejaban detrás con mil riesgos.
A las medidas anteriormente señaladas se añadían, por parte comunista, estas promesas no menos significativas: inmediata desmovilización de una gran aquellos que habiendo huido al Oeste quisieran volver a sus hogares, suspensión de las colectivizaciones agrícolas, en fin, facilidades a los educadores para que ejerciesen su función con los adolescentes y la juventud, según módulos tradicionales en los que no imperase, como hasta el presente, la doctrina leninista-staliniana. Esta renuncia a la conquista ideológica de los futuros ciudadanos del país, venía rubricada por las palabras del jefe del Gobierno en un reciente discurso pronunciado en la Opera berlinesa, según las cuales Grotewohl pedía a los maestros que educasen a sus discípulos en las tradiciones de la nación alemana, a fin de evitar el desgarramiento de la Patria común y de soslayar los peligros de una guerra fraticida.
Todo lo dicho y aun otras muchas cosas que podríamos señalar respecto al apaciguamiento soviético en Alemania, destinado sin duda a otras maniobras de más alto vuelo, parecía haber logrado, como hemos indicado antes, un cierto grado de bonanza en la atmósfera de graves amenazas que la persistente brutalidada y continuas depredaciones del ocupante venía cargando.
Y he aquí que de súbito estalla esta verdadera sublevación en la que el principal elemento está constituido por las clases obreras y cuya acción, juzgando por las apariciones reseñadas, podría parecer inoportuna. ¿Qué ha pasado? Desde luego se trata de un proceso de hartazgo. De incubación lenta, porque en la mentalidad alemana, sin duda, se entraña esta condición, cuando las vejaciones, el aplastamiento del sentido y de la vida nacional, las provocaciones, en una palabra, han llegado al máximo nivel tolerable, la gente se ha echado a la calle para destruir con verdadera saña los símbolos y las manifestaciones materiales de la opresión que han hallado al paso. Las últimas medidas «bondadosas» rojas no han llegado a tiempo para contener el estallido de la ira tantos años acumulada, en virtud, principalmente, del descrédito total de los hombres que las han adoptado
La verdadera y airada explosión de los sentimientos populares en la dramática jornada berlinesa de ayer, puede muy bien empeorar por el momento las cosas. Contra la fuerza armada de un ejército en tren de guerra, como lo es el soviético, que ha tomado en sus manos la liquidación del intento, poco pueden hacer unas masas desarmadas y sin organizar, por mucho ardor patriótico que las empuje. Pero ahí queda constancia evidente, sin subterfugios propagandísticos, de que Alemania, expresándose por medio de los proletarios de Berlín, quieren vivir unida y no precisamente del brazo del comunismo.
El Análisis
Lo ocurrido esta semana en la República Democrática Alemana es un aldabonazo brutal a muchas conciencias —o, al menos, debería serlo—. Que en nombre del proletariado se dispare contra el proletariado; que una dictadura que se dice obrera reprima a sangre y fuego una protesta obrera; que quienes se autoproclaman defensores del pueblo trabajador acudan a tanques soviéticos para sofocar las exigencias de ese mismo pueblo… todo ello revela con crudeza la gran impostura en la que se ha convertido el socialismo real en Europa del Este.
La sublevación del 17 de junio empezó como una protesta laboral contra la bajada de salarios y el alza de precios, pero pronto desnudó la falta de libertades y la hipocresía del régimen de Ulbricht. Desde Berlín Oriental a Leipzig, de Dresde a Halle, decenas de miles de obreros salieron a las calles con demandas básicas. El régimen, fiel a su manual, no ofreció diálogo sino plomo: más de un centenar de muertos y una respuesta armada coordinada por Ulbricht y Beria dejan clara la prioridad: salvar el poder, no escuchar al pueblo.
Para los partidos comunistas de Occidente, que llevan años diciendo hablar en nombre de los trabajadores, esta masacre es un golpe moral difícil de encajar. Mientras los trabajadores alemanes morían en las calles de Berlín, en muchas sedes comunistas se optó por el silencio, la evasiva o incluso la justificación. La brecha entre el discurso revolucionario y la realidad de los regímenes que admiran crece a la vista de todos. Porque cuando las bayonetas se vuelven contra los obreros, ya no hay ni revolución, ni socialismo: solo tiranía.
J. F. Lamata