11 mayo 1976

Como dirigente de la Facción del Ejército Rojo (RAF) responsable de una serie de atentados que incluían el asesinato de cuatro personas

El suicidio de la dirigente terrorista alemana Ulrike Meinhof en su prisión de Sttutgart enfurece a la extrema izquierda mundial

Hechos

El 11.05.1976 se hizo pública la muerte de Ulrike Meinhof en la prisión de Sttutgart. Era dirigente de la ‘Facción del Ejército Rojo’ considerada una organización terrorista por la justicia alemana.

Lecturas

La banda Baader-Meinhof era responsable de atentados como el de la sede de Springer en 1972. 

Ulrike Meinhof confundadora del grupo Baader-Meinhof y de la Fracción del Ejército Rojo (RAF) ha aparecido ahorcada en su celda de la prisión de Stuttgart.

Nacida en Oldenburg en 1934 recibió una educación religiosa y pacifista que optó por no seguir.

Trabajó como periodista y en 1968 se integró en el grupo terrorista que llevó a cabo diversos atentados en Berlín.

Tras la liberación de Andreas Baader, en 1970, Ulrike permaneció en la clandestinidad y viajó al Oriente próximo para instruirse en la lucha de guerrilleras.

En 1972 fue detenida en Hannover y condenada a ocho años de prisión. Ya entonces se sospechaba que el cerebro ideológico del grupo Baader-Meinhof no era ella, sino Gudrun Esslin.

¿SUICIDIO PROVOCADO O ASESINATO ENCUBIERTO?

Para las organizaciones de extrema izquierda de todo el mundo la muerte de Ulrike Meinhof ha sido responsabilidad de la policía y el Gobierno alemán ya sea forzándola al suicidio o directamente asesinándola.

Ulrike Meinhof era una de las dirigentes del grupo Baader-Meinhof, o ‘la banda de los cuatro’ el proceso judicial contra Jan Carl Raspe, Gudrun Ensslin, Andreas Baader y la propia Ulrike, seguido internacionalmente y considerados los máximos responsables de los asesinatos de la RAF.

Andreas Baader y la cúpula de la RAF morirá en prisión en octubre de 1977. 

11 Mayo 1976

Protestas por la muerte de Ulrike Meinhof

El País

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La muerte de Ulrike Meinhof, la periodista alemana, convertida al anarquismo militante, ha dejado perpleja a la misma sociedad contra la que luchó en los últimos años de su vida. El desenlace de la historia de una rebeldía contra la opulencia ha planteado, a pesar de la evidencia inmediata del suicidio, serios interrogantes. Sobre todo, sobre las condiciones del sistema penitenciario.Los abogados de Ulrike Meinhof se han apresurado a denunciar el hecho,de que la autopsia del cadáver se hizo sin su presencia y de que se trataba, en realidad, de una «muerte preparada». Las autoridades del estado de Baden-Wuerttemberg han ordenado la realización de una nueva autopsia, pero han rechazado la propuesta de constitución de una comisión internacional que se encargue de investigar el caso.

No era la primera vez que Ulrike Meinhof (cuarenta y un años, madre de dos niños) era procesada, ni su muerte en prisión, la primera que se produce entre los miembros del grupo sucesivamente denominado «Grupo Baader-Meinhof», «Movimiento de Junio», y «Facción del Ejército Rojo», orientado siempre a cambiar la opulenta sociedad de la Alemania Federal por medio de la lucha armada.La señora Meinhof se encontraba desde hace un año en la prisión especial de Stamhein, Sttutgart, procesada junto con tres compañeros -Andreas Baader entre ellos.

Se les acusó de organizar una cadena de atentados en Alemania Federal que, además de muchos incidentes, causó la muerte de cuatro soldados norteamericanos y de un policía, así como docenas de heridos.

Anteriormente fue condenada en rebeldía a una pena de ocho años de prisión, por su participación en el ataque a la biblioteca de la prisión de Berlín Occidental (mayo 1972), para liberar a Andreas, Baaader, encarcelado por su ataque en un supermercado de Frankfurt. Baader y Meinhof desaparecieron por espacio de algunos meses. Se les detuvo en mayo de 1972.

Pero las actividades terroristas no cesaron. A principios de 1975, tuvo lugar el secuestro de Karl Loreriz, premio Nobel -precisamente famoso por sus estudios sobre la agresividad en, las sociedades desarrolladas-, y en la primavera del mismo año el’grupo realizó la operación en la embajada de Alemania Federal en Estocolmo, que costó la vida a dos diplomáticos.

El 30 de mayo de 1975 conienzó en Sttutgart el proceso de los capturados del grupo. De Andreas Baader (1943), de Gudrum Enselin (1940), colaboradora de Baader desde los tiempos de estudiante; de Jan Carl Raspe (1944), huído de la Alemania Democrática, y de la misma Ulrike Meinhof, liceficiáda en Filosofía y Sociología, considerada como la ideóloga del grupo.

Antes de que Ulrike muriese en la «supersegura» prisión de Sttutgart, Holher Meins, otro. de los procesados por terrorismo, falleció tras una prolongada huelga de hambre. Otros miembros de la organización perdieron la vida en diversos lugares: Ulrike Sclimucker, enjunio de 1974 en Ingeborg Barz, poco después, asesinada, según los atestados de la policía, por el mismo Baader. Cierto es que e stas dos últimas muertes fuera de la prisión, como la misma de Meinhof, nunca fueron debidamente esclarecidas.

Fuentes policiales consideran que quedan en libertad muchos miembros o simpatizantes de la organización. Aunque se la consideró utópica y condenada al fracaso en una sociedad altamente industrializada como la de Alernanía Federal, supuso en ella un poderoso revulsivo.

Pese a que Herbert Marcuse fue considerado padre éspiritual de este brote de terrorismo urbano, realmente no dio su aprobación al grupo Baader – Meinhof. «Cuando causan voluntariamente víctimas inocentes, -declaró en 1975- estas acciones subjetivas se convierten en crímenes».

La muerte de la anarquista alemana, dirigente, de la llamada «banda Baader-Meinhof», ha desatado grandes -protestas, entrela extrema izquierda alemana. En Francfort, unos 600 manifestantes se enfrentaron a la policía, con el saldo de un agente gravemente herido como consecuencia de la explosión de un cocktel molotov. También se produjeron manifestaciones en Berlín Occidental.

En la cárcel de Stuttgart, donde Ulrike Meinhof puso fin a su vida, 55 presos se amotinaron ayer y se negaron a recluirse en las celdas. Según informaciones oficiales, la actitud de los presos, que se encuentran en régimen de detención preventiva y que se quejan de las condiciones de su reclusión, no tiene relación con la muerte de Ulrike Meinhof.

La muerte de la dirigente del grupo anarquista, «Fracción Ejército Rojo», tuvo también repercusiones en los países vecinos. Concretamente en París, Toulouse y Roma se produjeron atentados con bombas atribuídos a grupo! anarquistas locales.

El Análisis

Ulrike Meinhof y la herencia envenenada de la violencia

JF Lamata

El 11 de mayo de 1976 la República Federal de Alemania amaneció sacudida por la noticia de la muerte de Ulrike Meinhof en la prisión de Stuttgart-Stammheim. La dirigente de la Rote Armee Fraktion (RAF), más conocida como la “Banda Baader-Meinhof”, apareció ahorcada en su celda. La versión oficial habló de suicidio; otros nunca dejaron de sospechar de un asesinato encubierto. Lo cierto es que su desaparición puso el foco en un fenómeno inquietante que recorría la Europa de los setenta: la irrupción de organizaciones armadas que pretendían, mediante el terrorismo, derribar sistemas democráticos y sembrar un supuesto camino revolucionario.

La RAF había nacido de un cóctel explosivo de marxismo radical, antiimperialismo y rechazo visceral a la República Federal, a la que consideraban un Estado títere de Estados Unidos. Bajo el liderazgo de Andreas Baader y la propia Meinhof, pasaron de proclamas incendiarias a la violencia pura: robos de bancos, atentados, asesinatos selectivos contra jueces, empresarios y policías. En Alemania, nombres como el fiscal general Siegfried Buback, el banquero Jürgen Ponto o el presidente de la patronal Hanns-Martin Schleyer figuran entre sus víctimas más célebres, mientras el miedo se apoderaba de una sociedad que asistía al auge de lo que los medios bautizaron como “terrorismo de izquierda”. Paralelamente, Italia sufría a las Brigadas Rojas, España a ETA y al GRAPO, y el Reino Unido al IRA: una Europa convulsa, desafiada por distintas violencias políticas.

La muerte de Meinhof no supuso el fin del grupo: al contrario, sirvió de gasolina para sus compañeros, con Andreas Baader a la cabeza, que interpretaron lo ocurrido como una confirmación de su relato de un Estado represor y criminal. Años después, la muerte colectiva de varios dirigentes de la RAF en Stammheim en 1977, también bajo la sombra de la sospecha, consolidaría esa narrativa de mártires para sus simpatizantes. Sin embargo, lo que queda hoy no es mito ni épica, sino el rastro de destrucción que la violencia dejó en víctimas inocentes y en una sociedad que tuvo que aprender a blindarse frente a quienes confundieron revolución con terrorismo. Ulrike Meinhof encarna, en última instancia, la deriva de una generación que creyó cambiar el mundo a golpe de pistola y acabó prisionera —literal y moralmente— de su propia violencia.

J. F. Lamata