3 agosto 2001

Símbolos de los horrores de la Guerra de Yugoslavia

El Tribunal de La Haya condena a general serbo-bosnio Radislav Krstic por el genocidio de Srebrenica, siendo la primera persona condenada por esta causa

El Tribunal de La Haya condena a  general serbo-bosnio Radislav Krstic por el genocidio de Srebrenica, siendo la primera persona condenada por esta causa

Hechos

La sentencia se hizo pública el 2 de agosto de 2001.

Lecturas

El 2 de agosto de 2001, el Tribunal Penal Internacional para la antigua Yugoslavia (TPIY) condenó a 46 años de prisión al general Radislav Krstić, antiguo comandante del Cuerpo de Drina del Ejército de la República Srpska, por su responsabilidad en el genocidio cometido contra la población musulmana de Srebrenica en julio de 1995. Krstić, nacido el 15 de febrero de 1948 en Vlasenica, Bosnia-Herzegovina, había desarrollado su carrera en el Ejército Popular Yugoslavo antes de incorporarse a las fuerzas serbobosnias dirigidas por Ratko Mladić. Durante la ofensiva contra Srebrenica era jefe del Estado Mayor y segundo comandante del Cuerpo de Drina, unidad que participó en la conquista del enclave protegido por Naciones Unidas. El 13 de julio de 1995 asumió el mando de dicho cuerpo, en pleno desarrollo de las operaciones de captura, traslado y ejecución de prisioneros musulmanes. La sentencia consideró que había participado en la campaña criminal desencadenada tras la caída de la ciudad, en la que fueron asesinados miles de hombres y adolescentes bosniomusulmanes y expulsadas miles de mujeres, niños y ancianos.

La Fiscalía le atribuía genocidio, complicidad en genocidio, exterminio, asesinato, persecución y traslado forzoso de civiles, además de otras violaciones de las leyes y costumbres de la guerra. La Sala de Primera Instancia, presidida por el magistrado Almiro Rodrigues, consideró probado que las fuerzas serbobosnias habían cometido genocidio al ejecutar sistemáticamente a los varones musulmanes capturados, con la intención de destruir una parte sustancial de la comunidad bosniomusulmana de Srebrenica. El tribunal estimó que Krstić conocía la operación de exterminio y había contribuido a ella mediante los recursos militares y humanos de su unidad. La condena constituyó un precedente decisivo: por primera vez, el TPIY declaraba judicialmente que la matanza de Srebrenica había sido un genocidio. No obstante, la sentencia todavía podía ser recurrida, y la responsabilidad penal concreta del general sería revisada posteriormente por la Sala de Apelaciones.

CRONOLOGÍA

11-19.07.1995

Las fuerzas serbobosnias ocupan Srebrenica y llevan a cabo las ejecuciones masivas y los desplazamientos forzosos. Krstić asume el mando del Cuerpo de Drina el 13 de julio.

02.11.1998

La Fiscalía del TPIY presenta la acusación inicial contra Krstić.

02.12.1998

Es detenido en Bosnia por tropas de la Fuerza Multinacional de Estabilización (SFOR), dirigida por la OTAN.

03.12.1998

Es trasladado a la prisión del Tribunal de La Haya.

07.12.1998

Primera comparecencia judicial. Se declara inocente.

22.11.1999

Se modifica la acusación. Krstić vuelve a declararse inocente el 25 de noviembre.

13.03.2000

Comienza el juicio oral.

26-29.06.2001

Se celebran los alegatos finales de la Fiscalía y la defensa.

02.08.2001

Primera sentencia: culpable de genocidio y otros crímenes internacionales. 46 años de prisión.

2001

La defensa y la Fiscalía recurren la sentencia.

21 y 26-27.11.2003

Audiencia probatoria y vistas de apelación.

19.04.2004

Sentencia definitiva: se mantiene que hubo genocidio en Srebrenica, pero se modifica la responsabilidad de Krstić de autor participante a cómplice o cooperador del genocidio. Pena reducida a 35 años de prisión.

20.12.2004

Es trasladado al Reino Unido para cumplir la condena.

EL PAÍS (Director: Jesús Ceberio)

03 Agosto 2001

La justicia debida a Srebrenica

EL PAÍS (Director: Jesús Ceberio)

Leer

Con su condena a 46 años de cárcel al general serbobosnio Radislav Krstic por delitos de genocidio, crímenes de guerra y contra la humanidad cometidos en la localidad bosnia de Srebrenica, el Tribunal de La Haya para la antigua Yugoslavia ha impuesto, tras casi año y medio de juicio, la pena más alta desde que comenzara sus trabajos; aunque ha evitado la cadena perpetua, máximo castigo que puede decretar el órgano de la ONU creado en 1993. Sólo en un caso anterior, el del general bosniocroata Tihomir Blaskic, los jueces internacionales habían acordado 45 años por crímenes contra la humanidad.

No es fácil probar el genocidio, definido como intento de aniquilar a un grupo nacional, étnico, racial o religioso, y ésta es la primera e histórica condena por este delito en La Haya. Pero los jueces parecen no haber tenido dificultades en el caso de Krstic, capturado en 1998 por las fuerzas de la OTAN en Bosnia. El que fuera mano derecha del general Ratko Mladic -comandante supremo serbobosnio, al que ha intentado hacer responsable único de la tragedia- y como jefe del cuerpo de ejército del Drina estuviese en aquel julio de 1995 a sus órdenes directas en el enclave musulmán de Srebrenica, es culpable del asesinato de entre siete y ocho mil varones en edad militar, la mayor atrocidad cometida en Europa desde la Segunda Guerra Mundial.

Ante la pasividad de los cascos azules holandeses encargados de defender una ciudad teóricamente protegida por la ONU, las victoriosas tropas de Mladic y Krstic se libraron durante días a la deportación de mujeres y niños y a una orgía de ejecuciones de hombres y muchachos indefensos. Las fosas colectivas acabaron de cerrar el muro de silencio.

Srebrenica marcó el punto más alto del descrédito occidental en Bosnia, tras cuatro años de guerra en que los desencuentros entre Estados Unidos y sus aliados europeos y la inoperancia de las fuerzas de la ONU hicieron posible la infamia. Pero si por un lado el enclave musulmán representó el epítome de la vergüenza y la mala conciencia para las potencias democráticas, por otro fue el catalizador de la decisión del presidente Bill Clinton, un mes después, de ordenar los bombardeos de la OTAN, que concluyeron con la rendición serbobosnia -oficializada por Slobodan Milosevic en nombre de sus representados- y los acuerdos de Dayton. Milosevic, que se comprometió entonces con su firma a cooperar con el Tribunal de La Haya, aguarda su turno en las celdas de Scheveningen.

La elevada condena de Krstic -la acusación pedía cadena perpetua- es una lúgubre advertencia para los dos principales responsables de lo sucedido en Srebrenica, la pareja formada por el entonces líder serbobosnio, Radovan Karadzic, y su jefe militar, Mladic, un laureado carnicero que se veía en los libros de historia como salvador de su pueblo. Ambos, acusados de genocidio, permanecen ocultos, presumiblemente en el santuario de la mitad serbia de Bosnia, y menos seguros que antes de la entrega de Milosevic. Las renovadas presiones de la fiscal Carla del Ponte han conseguido del Gobierno de Banja Luka la promesa de cooperar por ley con La Haya para que la Republika Srpska deje de ser un refugio de criminales en las listas del tribunal internacional.

En la misma semana en que sus tropas convertían el enclave en un matadero para la historia, y cuando todavía se ignoraba la magnitud de lo ocurrido, un eufórico Karadzic declaraba en Pale a este periódico: ‘En Srebrenica no ha habido depuración étnica, cualquiera que desee quedarse puede hacerlo… Nuestro Ejército nunca ha hecho nada que no sea lo adecuado, y después de esta guerra los serbios tendrán motivos para sentirse la parte más orgullosa del conflicto’. Con su sentencia de ayer, la justicia internacional comienza a poner las cosas en su sitio.

El Análisis

Srebrenica, un genocidio probado: ¿hasta dónde llegará la justicia de La Haya?

JF Lamata

La condena del general Radislav Krstić representa un punto de inflexión en la investigación de los crímenes cometidos durante la desintegración de Yugoslavia. Por primera vez, un tribunal internacional ha declarado que las matanzas de Srebrenica constituyeron un genocidio y ha condenado por ese delito a un alto mando del Ejército serbobosnio. El fallo establece que no se trató simplemente de excesos militares ni de muertes inevitables en combate, sino de una operación organizada para eliminar a los varones musulmanes de Srebrenica y destruir la supervivencia de aquella comunidad en el enclave. La sentencia, recurrible, atribuye a Krstić una responsabilidad penal concreta, pero plantea inevitablemente la cuestión de quién decidió las ejecuciones y quiénes facilitaron su realización. El general Ratko Mladić, comandante en jefe de las fuerzas serbobosnias, y el antiguo presidente Radovan Karadžić continúan eludiendo las órdenes de detención internacionales. La condena de uno de sus subordinados aporta elementos para examinar la estructura militar y política en la que se desarrolló el genocidio, aunque no sustituye la necesidad de probar individualmente las responsabilidades de sus superiores. El Tribunal ha conseguido juzgar a un general, pero su capacidad para esclarecer toda la cadena de mando dependerá de que consiga llevar ante sus magistrados a quienes ocupaban los puestos más elevados del poder serbobosnio.

La colaboración de las nuevas autoridades de Belgrado presenta, mientras tanto, un balance contradictorio. La caída de Slobodan Milošević en octubre de 2000 y la llegada al poder de Vojislav Koštunica en la presidencia federal yugoslava y de Zoran Đinđić al frente del Gobierno de Serbia han abierto una etapa diferente. El hecho decisivo se produjo el 28 de junio de 2001, cuando el Ejecutivo serbio ordenó entregar a Milošević al Tribunal de La Haya, donde ingresó al día siguiente. Por tanto, la posibilidad de que la justicia internacional alcance al antiguo dirigente serbio ya no es una hipótesis: Milošević se encuentra detenido en La Haya y pendiente de juicio. Sin embargo, su entrega reveló las profundas divisiones de las nuevas autoridades: Đinđić defendió la cooperación con el Tribunal como una condición para superar el aislamiento internacional y acceder a la ayuda económica, mientras Koštunica denunció la extradición como ilegal e inconstitucional. La detención de Krstić, por otra parte, no fue resultado de la colaboración serbia, sino de una operación de las tropas internacionales desplegadas en Bosnia en diciembre de 1998. Estos antecedentes permiten hablar de una cooperación real, pero todavía parcial, desigual y condicionada por la presión exterior.

El principal obstáculo pendiente es la situación de Karadžić y Mladić. Su permanencia en libertad demuestra que la sustitución de Milošević por gobiernos democráticamente elegidos no ha desmantelado automáticamente las redes políticas, militares y de seguridad que durante años protegieron a los dirigentes serbobosnios. Belgrado y las autoridades de la República Srpska deberán demostrar si están dispuestos a cumplir sus obligaciones internacionales también cuando afecten a figuras que conservan apoyos nacionalistas. La entrega de Milošević demuestra que ningún antiguo gobernante tiene garantizada la impunidad, pero la condena de Krstić plantea una exigencia adicional: que la justicia no se detenga en los mandos intermedios mientras los principales dirigentes permanecen fuera de su alcance. Tampoco puede darse por anticipada la culpabilidad de Karadžić, Mladić o Milošević: sus responsabilidades deberán establecerse en procesos independientes y con todas las garantías. La credibilidad de La Haya dependerá tanto de su capacidad para perseguir a los acusados de mayor jerarquía como de su disposición a distinguir rigurosamente entre responsabilidades políticas, militares y penales.

JF