16 diciembre 1993
Gana en primera vuelta al superar el 50%
Elecciones Chile 1993 – El democristiano Eduardo Frei, apoyado por la ‘Concertación’, es elegido presidente por amplia mayoría
Hechos
El 11.12.1993 se celebraron elecciones presidenciales en Chile.
Lecturas
Los principales candidatos:
Eduardo Frei (Democracia Cristiana, apoyado por la izquierda): 55,69% de los votos
Arturo Alessandri (Derecha): 25,57% de los votos
José Piñera (Derecha): 7,45%
Manfred Max Neef (Ecologista): 5,65%
Eugenio Pizarro (Izquierda): 4,55%
Cristian Reitze (Humanista): 1,09%
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PINOCHET SIGUE SIENDO EL JEFE DEL EJÉRCITO
Augusto Pinochet, que fue presidente de Chile como dictador entre 1973 y 1990, continúa desde entonces ejerciendo el mando total sobre las fuerzas de tierra, mar y aire. Y aunque está subordinado a la autoridad del nuevo presidente Frei, como lo estuvo antes a la de su antecesor Aywin, es inevitable ver una forma de presionar que no se le toque demasiado, dado que la democracia chilena necesita el apoyo del ejército para poder consolidarse.
17 Diciembre 1993
Voluntad chilena
LA GRAN victoria de Eduardo Frei, líder democristiano de la Concertación de Partidos por la Democracia, en las elecciones presidenciales de Chile tiene tres lecturas inmediatas: por un lado, ratifica y profundiza la apasionada voluntad de libertad y normalización democrática del pueblo chileno. En segundo lugar, confirma que el sustrato político del país sigue siendo la democracia cristiana, que, en este caso, ha llevado de la mano a los sectores más moderados de la izquierda. Considerando ambas cosas, nadie podrá negar hoy el talante democrático de Chile.Pero hay que recordar al mismo tiempo que sigue existiendo una caución impuesta al proceder normal de la democracia: la sombra permanente del Ejército y de su jefe, el general Augusto Pinochet, instalado hasta 1997 como guardián de los privilegios de las Fuerzas Armadas gracias a la Constitución promulgada bajo su guía. No es una condición sencilla de digerir y manejar, porque Pinochet es hombre aficionado a hacer sonar su sable a la menor ocasión: en mayo de este año y en diciembre de 1990 hubo movimientos de tropas por el país en demostración de descontento porque procesos judiciales en marcha tendían a confirmar la corrupción del estamento militar o los crímenes de la represión durante la dictadura.
Hoy, la presión en favor de la desaparición definitiva de la amenaza militar de la escena política chilena es grande. El nuevo presidente Frei lleva consigo la inequívoca opinión de sus votantes. Es de alabar la prudencia y firmeza con la que reitera una y otra vez su deseo de restablecer la primacía del poder civil sobre el militar. Esta voluntad ha de tener frutos.
El Análisis
Chile ha votado por la continuidad, y lo ha hecho con una contundencia que deja pocas dudas. Eduardo Frei Ruiz-Tagle, candidato democristiano de la Concertación, obtiene 4.040.497 votos, el 57,98 %, frente al 24,41 % de Arturo Alessandri Besa; muy por detrás quedan José Piñera (6,16 %), Manfred Max-Neef (5,55 %), Eugenio Pizarro (4,70 %) y Cristián Reitze (1,17 %). La primera conclusión es que la Concertación ha demostrado ser bastante más que Patricio Aylwin. Socialistas, democristianos y demás fuerzas que se unieron para derrotar políticamente a Pinochet en el plebiscito de 1988 han conseguido transformar aquella alianza excepcional contra una dictadura en una coalición normal de gobierno. Y existe una formidable ironía histórica en el apellido del vencedor. Eduardo Frei Montalva, padre del presidente electo, fue uno de los más duros adversarios de Salvador Allende, respaldó inicialmente el golpe del 11 de septiembre aunque luego acabara pasándose a la oposición pactando con la izquierda al ver que los militares no le daban el poder, una alianza que se sigue manteniendo.
La derecha, entretanto, sigue sin encontrar una figura capaz de disputar seriamente La Moneda. Arturo Alessandri Besa tenía un apellido formidable —era nieto del presidente Arturo Alessandri Palma y sobrino del también presidente Jorge Alessandri—, era senador desde 1990 y concurría como independiente respaldado por Renovación Nacional, UDI, Unión de Centro Centro, Partido del Sur e independientes. No era, por tanto, un jerarca emblemático de la dictadura comparable a alguno de sus ministros, pero representaba una derecha obligada todavía a administrar su relación con el régimen que acababa de terminar. Y quizá el problema sea también de liderazgo. El asesinato de Jaime Guzmán en 1991 privó a la UDI de su principal ideólogo y dirigente.
Y sobre todo permanece la peculiaridad chilena que estas elecciones no pueden ocultar: el próximo presidente tomará posesión mientras Augusto Pinochet continúa siendo comandante en jefe del Ejército. Es indudablemente significativo que el antiguo dictador aceptase en 1990 entregar la banda a Aylwin y que ahora el Ejército no esté preparando un golpe para impedir la llegada de otro democristiano aliado con socialistas. Comparado con los levantamientos carapintadas sufridos por la democracia argentina, esa subordinación básica al resultado electoral tiene valor. Pero llamarla simplemente un gesto de nobleza sería olvidar que Pinochet no se ha retirado a su casa. La Constitución y las leyes heredadas de su régimen le garantizan permanecer al frente del Ejército, y desde allí conserva una extraordinaria capacidad de presión. El «ejercicio de enlace» de 1990 y, sobre todo, el boinazo del 28 de mayo de 1993, con militares armados y en uniforme de combate mientras se investigaban pagos del Ejército a su hijo, demostraron que esa capacidad no es teórica. Puede decirse que Pinochet ha aceptado que gobiernen quienes fueron sus adversarios y que formalmente estará subordinado al nuevo presidente; también puede decirse que continúa mandando sobre los hombres armados que podrían investigarlo o protegerlo. Quizá la verdadera prueba de normalidad democrática para Chile no sea que Frei pueda gobernar teniendo a Pinochet en los cuarteles, sino que llegue el día en que quién manda en los cuarteles deje de ser una cuestión política.
JF