11 mayo 2002
El candidato ganador, disidente del Partido Liberal, ha prometido mano dura contra las FARC, la organización que asesinó a su padre
Elecciones Colombia 2002 – Álvaro Uribe gana las elecciones a Horacio Serpa enterrando el bipartidismo
Hechos
El 26.05.2002 se celebraron elecciones presidenciales en Colombia en las que ganó la candidatura de Álvaro Uribe.
Lecturas
LOS RESULTADOS:
Álvaro Uribe (Primero Colombia) – 52,8%
Horacio Serpa (Partido Liberal) – 31,8%
Luis E. Garzón (Partido Democrático) – 6,2%
—
CANDIDATA SECUESTRADA POR LAS FARC
28 Mayo 2002
El desafío de Uribe
Las elecciones presidenciales colombianas han arrojado dos resultados sin precedentes. Por primera vez, no ha sido encesaria la segunda vuelta y la victoria se ha decantado por un candidato disidente del tradicional bipartidismo colombiano. En resumidas cuentas, Álvaro Uribe, un liberal crítico con el liberalismo oficial, ha ganado la presidencia de forma contundente, con mayoría absoluta, un resultado sólo matizado por la elevada abstención (aproximadamente, el 53%).
El presidente saliente, el conservador Andrés Pastrana, ganó las elecciones anteriores con la promesa de iniciar un proceso de paz con la guerrilla. Ahora, Uribe ha obstenido la mayoría absoluta con la propuesta, una vez consumado el fracaso de Pastrana, de endurecer la lucha contra la violencia que azota a la sociedad colombiana. Dicho de otra manera: la promesa de emplear mano dura contra los violentos ha hecho que Uribe, vencedor indiscutido en los departamentos más golpeados por la guerrilla (Antioquia, Valle y Meta), haya obtenido un claro mandato.
Uribe tendrá un amplio apoyo, pero el país que recibe es una pesadilla. El promedio de delitos en el mundo es de cinco por mil habitantes; en Colombia, el índice se dispara hasta 80. Colombia tiene la tasa más alta de secuestros: entre enero de 1997 y abril del 2002 fueron secuestradas 15.621 personas, de las que unas 3.000 aún permanecen en cautiverio. El narcotráfico, que alimenta a guerrilla y grupos paramilitares, se lo reparten 162 carteles y el cultivo de la coca se extiende por 162.000 hectáreas. Unos 6.000 niños forman parte de los grupos ilegales. Unos 27 millones de colombianos viven por debajo del límite de pobreza, y de éstos una cuarta parte está en la pobreza extrema, con menos de un dólar al día.
La situación colombiana, por tanto, es explosiva. Y aunque Uribe tenga un amplio mandato, tampoco es seguro que cuente con los medios para hacer frente a los problemas que tiene planteados el país. Su victoria ha creado grandes expectativas, por lo que el desafío del presidente electo es aún mayor. Ha ganado las elecciones prometiendo mano dura contra la guerrilla, y ahora, tras la victoria, también se ha mostrado partidario de una mediación internacional. No es un cambio de opinión, sino la compresión de que la violencia no es un problema que se pueda resolver por ensalmo.
28 Mayo 2002
El capital de Uribe
Con la elección presidencial de Álvaro Uribe por mayoría absoluta en la primera vuelta, los colombianos han votado por una política de mano dura frente a la violencia. Es un giro radical frente a la elección de Andrés Pastrana cuatro años atrás y su estrategia de negociación con las FARC, aunque lo primero que ha hecho el presidente electo ha sido ofrecer diálogo a los grupos armados si aceptan una tregua total.
Uribe no tiene empacho alguno en que Colombia siga recibiendo ayuda de EE UU en su lucha contra la guerrilla y el narcotráfico, y, sin duda, se alejará aún más de su vecino venezolano Hugo Chávez, cuyo compadreo con las FARC no gusta ni en Bogotá ni en Washington. Lo que no podrán Tirofijo y otros dirigentes de la guerrilla es seguir usando el señuelo de la negociación para reforzarse mientras siguen matando y secuestrando. Uribe los conoce bien: su padre fue asesinado por las FARC y su vicepresidente, Pacho Santos, secuestrado por ellas.
Con casi el 53% de los votos, Uribe ha obtenido un capital político de amplio espectro. Las dificultades que tiene por delante son enormes. Necesitará al Partido Liberal oficial y a otras formaciones para que el Parlamento -que quiere reducir por referéndum a 150 escaños- apruebe sus proyectos, especialmente el aumento del gasto de defensa y seguridad en un tercio, la duplicación de soldados y policías y la creación de una cuestionable red de un millón de informadores ciudadanos para la lucha antiterrorista. Estos planes habrán de ser financiados con un dinero que difícilmente se puede sustraer de otras partidas cuando Uribe quiere aumentar también el escaso gasto social. No lo tiene fácil para hacer frente a grupos guerrilleros que suman unos 20.000 hombres armados, además de 10.000 paramilitares y nutridas bandas de narcotraficantes capaces de corromper las raíces del sistema. A título de ejemplo, baste decir que 1.300 personas permanecen hoy secuestradas en el país, entre ellas la candidata presidencial Ingrid Betancourt.
Colombia está necesitada de autoridad. Éste es el sentido central del voto, que ha dejado en segundo lugar al candidato liberal oficial Horacio Serpa, con un 32% de los sufragios, y por primera vez ha permitido emerger con un modesto 6% a un Luis Eduardo Garzón que representa a una izquierda moderna y no vinculada a la guerrilla. La elección de Uribe, que asumirá su cargo en agosto, debería abrir una nueva etapa. Colombia no se merece más decepciones, sino lo que promete Uribe: reconciliación y desarrollo.
10 Agosto 2003
El balance de Uribe
Un año después del inicio de su mandato, el presidente colombiano, Álvaro Uribe, recibe hoy el apoyo masivo de la opinión, hasta el punto de que, por temor a ser tachados de antipatriotas, sus críticos cuidan de envolver en la máxima moderación lo que no deja de ser un escepticismo de fondo. ¿Qué ha conseguido el político liberal, hoy independiente, para que la nación se sienta gobernada, por primera vez en muchos años?
El efecto inicial es, fundamentalmente, de imagen. Uribe transmite la sensación de estar al timón, de preocuparse por todo, de conocer en un detalle que hasta bordea lo anacrónico la última arruga de la piel de Colombia. Esa imagen se apoya en indicios como estos: el descenso de la criminalidad, terrorista y común, de 65 muertes por 100.000 habitantes y año a poco más de 50; la mayor parte de las ciudades parecen mejor gobernadas, notablemente Bogotá con el alcalde, también independiente, Antanas Mockus; la guerrilla, mayormente las marxistas FARC, actúa con menor libertad, aunque en modo alguno ha recibido el gran golpe que marcaría un hito en la guerra; y, sobre todo, el inicio de la desmovilización de la mayor parte de las AUC (Autodefensas de Colombia), la fuerza paramilitar tan narcotraficante, sanguinaria y sediciosa como la guerrilla a la que dice combatir. Problemas, riesgos e interrogantes nacen, sin embargo, al hacer un balance que, por fuerza, ha de ser hoy tan favorable como provisional.
En el otro platillo, una política económica propia de un Estado incapaz de allegar otros recursos que los de apretar el cinturón al ciudadano medio; la sospecha de que la pacificación de los paras se compre con la impunidad de sus fechorías; el empobrecimiento de un país que aún no ha visto mejorada su calidad de vida, más allá de esa sensación de mayor seguridad, y hasta un referéndum previsto para octubre que, según sus críticos, marcaría, de ganarse, un giro autoritario, componen un cuadro de sombras que habrán de disiparse para que el milagro Uribe tenga legítima continuidad. El presidente merece un voto de confianza, pero en absoluto un cheque en blanco. Un halo de esperanza recorre hoy el país, pero la ruta está sembrada de asechanzas.