12 mayo 2002
El director de EL MUNDO, Pedro J. Ramírez, relata que el presidente de Venezuela, Hugo Chávez, le echó de su despacho tras una discusión sobre la libertad de prensa en su país
Hechos
- El 23 de mayo de 2002 D. Pedro J. Ramírez publica en EL MUNDO el artículo ‘Hugo Chávez junto al Patio del Pez que Escupe Agua’.
12 Mayo 2002
Hugo Chávez junto al Patio del Pez que Escupe Agua
PRIMER ACTO
En la mansión de Cisneros
La pregunta franca e ingenua de Roger Parkinson ha brotado de los sillones de la biblioteca de la mansión de Gustavo Cisneros en la avenida principal del Country Club. Se ha elevado entre los anaqueles llenos de volúmenes lujosamente encuadernados, ha recorrido salones, comedores y los dos recibidores frente a los jardines y fuentes de la entrada principal, ha subido por las inquietantes escaleras de madera jalonadas de cuadros de grandes maestros del siglo XX y se ha esparcido por la ultramoderna sala de proyecciones y las demás habitaciones superiores, con la carga de una granada de fragmentación.
Roger Parkinson ronda la cincuentena y aunque tiene el pelo prematuramente blanco, mantiene un saludable aspecto deportivo adornado por una permanente tendencia a la sonrisa. Es el editor del Toronto Globe and Mail, el presidente de la Asociación Mundial de Periódicos y el jefe de la misión que esta organización internacional, representada por 19.000 afiliados en casi 100 países de la Tierra, ha enviado a Venezuela para analizar los recientes ataques contra los medios de comunicación e interceder a favor de la libertad de prensa.Roger ha llegado directamente del aeropuerto a la cena que nos ofrecen los dueños de los canales privados de televisión sin tiempo para cambiarse, y las bromas sobre el contraste entre sus vaqueros y camisa a cuadros con los elegantes tweeds y franelas de nuestros anfitriones han creado el ambiente distendido que le ha ayudado a formular, desenfadadamente, como quien no quiere la cosa, esa pregunta desestabilizadora.
He elegido la palabra con toda intencionalidad porque lo que tienen los Cisneros en esta zona de las afueras de Caracas, tanto si la consideramos en sí misma como, sobre todo, si la comparamos con los miserables ranchitos arracimados sobre las colinas a dos tiros de piedra, no es efectivamente ni una casa, ni un chalé, ni una vivienda, ni una residencia, sino una auténtica mansión.
En ella se han congregado hoy la mayor parte de los que Chávez fustiga como «oligarcas» sin alma ni conciencia. Ha venido Marcel Granier, ha venido Rabell, ha venido el propietario de Globovisión…Toda una cumbre de capitanes generales de lo audiovisual. Puesto que Gustavo Cisneros permanece en Estados Unidos tratando de tapar las vías de agua abiertas por el artículo de Newsweek que le consideraba como gran cerebro del golpe de Estado del 11 de abril, es su hermano Ricardo quien con elegante afabilidad nos hace los honores a todos.
Estos hombres han estado durante décadas peleados entre sí, enredados en guerras y rencores abisinios, mientras no cesaban de enriquecerse en un entorno de tórridas telenovelas, estúpidos concursazos y vigorosa competencia informativa. De un tiempo a esta parte han aparcado todas sus diferencias y hoy aúnan su perfecto dominio del inglés para describir con precisión quirúrgica al monstruo que les gobierna y acumular una alta pila de argumentos frente a la pregunta-bomba de Roger Parkinson.
Reconocen que, efectivamente, el sábado 13 de abril, acudieron en sus limusinas al Palacio de Miraflores convocados por el presidente de facto Pedro Carmona, líder de la patronal y chapucera marioneta del sector del Ejército que durante dos días derrocó a Chávez sin saber muy bien qué hacer ni con él ni con el país. Reconocen que, desde luego es cierto, que Carmona y su cuadrilla apelaron con aires de melodrama a su sentido de la responsabilidad, como último recurso para parar el contragolpe. Y reconocen ¿cómo podrían no hacerlo? que durante esas horas decisivas en las que los paracaidistas de Baduel, el estoico general que inspira sus acciones en el Arte de la Guerra de Sung Tzu, volaban a rescatar a Chávez, durante esas horas febriles en las que los asesores cubanos infiltrados en los Círculos Bolivarianos lograban movilizar a la riada humana de zambos, negros y mulatos que bajó de los ranchitos a defender la revolución, sus canales de televisión tan diligentes al cubrir la manifestación opositora de la antevíspera y dar dramática cuenta de los asesinatos cometidos a su término por francotiradores apostados en edificios oficiales desconectaron de la realidad, emitiendo Pretty Woman y otras intrascendentes comedias enlatadas en un ominoso apagón informativo.
Sí, es cierto, eso ocurrió así, pero no tuvimos otra opción explican, aportando elocuentes documentos gráficos de las agresiones a la prensa porque nuestros reporteros se negaban a salir a la calle por el pánico a ser asesinados como el fotógrafo Jorge Tortoza, nuestros edificios fueron rodeados por las turbas y algunos de ellos tuvieron que ser evacuados ante la ausencia de protección alguna y nuestras propias vidas estaban en grave peligro, tras haber sido reiteradamente señalados como objetivos por el presidente Chávez.
Y en cuanto a la pregunta expresa de Roger Parkinson, unos se rasgan las vestiduras con bien articulada bonhomía, alegando que si ellos hubieran sabido lo que estaba en marcha jamás habrían permitido que sus mujeres e hijos asistieran a la tan apabullante como peligrosa marcha del jueves 11, y otros reaccionan con picardía comentando entre contenidas muecas que de haber estado en la pomada personas de su calidad las cosas se habrían hecho bien y Chávez estaría ahora jugando al béisbol con Fidel.
Tras las educadas risitas de unos y otros no es difícil atisbar, sin embargo, la nerviosa incomodidad de que allí mismo, en la biblioteca de la casa, como preámbulo de lo que se suponía iba a ser sólo una reunión de solidaridad y apoyo exterior, haya llegado un canadiense en vaqueros y camisa a cuadros y casi inmediatamente después de decir buenas noches, haya lanzado la pregunta de los 1.500 megatones:
Perdonadme, ¿pero es cierto que todos vosotros estabais implicados en el golpe?
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SEGUNDO ACTO
Entre Jalisco y Tarzán
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– Disculpen el retraso en recibirles, pero es que vengo de trotar…
– Ah, ¿le gusta a usted montar, señor presidente?
– No, yo soy el caballo. Me acuesto tarde, por eso suelo salir a trotar un poco sobre el mediodía.
El comandante Hugo Chávez me está esperando en todos los sentidos de la palabra sentado sobre un sillón, con respaldo de borde dorado, tipo salón del trono, bajo un mediocre retrato de Bolívar, en el despacho contiguo al recoleto patio del Palacio de Miraflores adornado con cuatro réplicas de un mismo pez que escupe el agua que chupa y devuelve a una fuente central como un interminable y estéril ritual de vasos comunicantes. Sobre ese Patio del Pez que Escupe Agua está situada la llamada Suite Japonesa en la que tanto Carlos Andrés Pérez como Jaime Lusinchi instalaron a sus amantes, una vez que lograron vincularlas tanto al erario público como a la rutina administrativa de su jornada de trabajo.Chávez, más austero, se conforma con una coronel de la Fuerza Aérea y una capitán del Ejército que en su antedespacho se ocupan de las relaciones con la prensa.
La entrevista comienza con casi una hora de retraso no sólo porque el señor presidente haya salido a hacer ejercicio perdón, a «trotar un rato» sino porque en la caótica sede de la primera magistratura de la República Bolivariana de Venezuela se ha estado buscando en vano un intérprete de inglés-español, hasta que hartos de la espera hemos decidido que, además de como portavoz de la delegación, sea yo auxiliado por el director de Zero Hora de Sao Paulo, Marcelo Rech quien oficie como traductor de cuanto Parkinson y el danés Mogens Schmidt puedan decirle a Hugo Chávez.
Pero, como digo, él me aguarda con la escopeta preparada, calificando enseguida de «intolerable intromisión en los asuntos de Venezuela» unas parcas y tibias declaraciones mías publicadas por la mañana en la prensa local.
– Presidente, me he limitado a condenar las agresiones a los periodistas y los ataques a las sedes de los medios de comunicación…
– ¿Y los ataques de esos medios de comunicación al país y al pueblo de Venezuela?
– Los periodistas no llevan armas, no disparan, no destrozan edificios…
Chávez, vestido con una sahariana azul, remedo del uniforme que ha prometido no volver a usar mientras ejerza de presidente, esgrime un vaso de agua y gesticula con vehemencia.
– ¿Ven este vaso de agua? Pues comparar el comportamiento amoral y violento de pequeños grupos que yo condeno con el a-tro-pe-llo de gran parte de los medios contra el pueblo de Venezuela, es como comparar este vaso con todo el inmenso mar Caribe.
Más que argumentar, declama. Chávez parece escucharse a sí mismo al terminar cada frase con solemnidad campanuda.
– Pidiéndole a Dios que la verdad resplandezca, yo creo, hermanos, que el tema de los medios es una de las grandes mentiras de este siglo. Como dice Eduardo Galeano, nunca tan pocos han hecho tanto daño a tantos.
A modo de ejemplo, y para poner en evidencia «los prejuicios» que según él reflejan tanto mis declaraciones como el enfoque que queremos darle a la conversación, anuncia que va a contarnos lo que de verdad pasó con el asalto de las llamadas «turbas» a la sede del diario El Nacional. En realidad hilvana un monólogo, pasando de un asunto a otro.
– Yo había estado el sábado 5 de enero en la población de Catia, uno de esos barrios que yo llamo la Garganta de los Pobres. Habíamos inaugurado una escuela bolivariana con su canchita de deportes.Hubo una gran multitud, todo el barrio estaba allí. El domingo El Nacional publica una de esas fotos con intención, con ángulo para que sólo aparezcan cinco o seis personas, para apoyar su estrategia que es decir que el pueblo ya no me quiere. Y escriben que hubo cacerolas contra Chávez, que se hicieron disparos contra Chávez. Miren, en Venezuela estamos en un proceso histórico de ruptura pacífica. En otros países por menos habrían estallado guerras civiles. A mí me hubiera gustado ser periodista, pero para proclamar la verdad, no para manipularla. Este servidor tiene una relación con el pueblo pobre que es in-ten-sa, que es pasional. Yo amo a ese pueblo y soy capaz de morir por él.Y ese pueblo me ama y es capaz de morir por mí. Cuando a mí me dieron el golpe, cuando me sacaron de este sillón (Chávez acaricia el borde dorado del respaldo y se aferra con gran tensión a sus brazos) seis millones de personas salieron a la calle sin armas para aclamarme a mí y se acercaron a los cuarteles, cantando y dando vivas a esto que está escrito aquí (extrae teatralmente de uno de sus bolsillos un ejemplar en miniatura de la Constitución Bolivariana del que cuelga una aparatosa cinta amarilla). Cantaban a favor de la Constitución y gritaban: «¡Chá-vez, Chá-vez, Chá-vez!».Eso es amor. Una relación de amor que va ya para 10 años. Pero les voy a contar un detalle: el día que yo salí de la prisión (se refiere a cuando hace una década fue encarcelado tras su fallida intentona golpista) fui a ponerle flores a la tumba de Bolívar y me di cuenta de que la gente estaba gritándole «¡fuera, fuera!» a una camarógrafa de la televisión. Yo agarré entonces el megáfono y grité: «La culpa del maltrato no es del periodista, la culpa no es del camarógrafo, la culpa es de los dueños de los medios». Yo amo la libertad de expresión. Me acuerdo bien de ese día, un 26 de marzo de 1994.
– ¡Hombre, el 26 de marzo! El día de mi cumpleaños.
Me he agarrado a la primera ocasión para tratar de cortarle el rollo. Chávez me mira con sorpresa, pero enseguida reacciona con solemnidad.
– Pues si ése es el día de tu cumpleaños, todos los años me acordaré de ti, Pedro, en esa fecha para la Historia.
– Se lo agradezco, presidente. Yo también me acordaré de usted. Pero en lo que queríamos insistir es en la necesidad de que la policía intervenga cada vez que haya una agresión a los periodistas, que la policía los proteja.
– Eso no es tan fácil. Si tú fueras presidente, a lo mejor la policía ya habría matado a no sé cuantas personas…
– De momento al presidente al que le han matado a unas cuantas personas es a usted y nosotros venimos a pedirle con todo respeto que investigue y castigue el asesinato del fotógrafo Jorge Tortoza.
– A mí me duele esa muerte y todas las demás. Pero déjenme que les cuente lo que pasó con El Nacional…
La tensión de la conversación sigue in crescendo y Chávez continúa erre que erre. Nos cuenta que el mismo domingo en que salió la foto «manipulada» en el periódico él lo denunció en su programa televisivo «Aló, Presidente» todas las semanas se dirige a los venezolanos durante al menos dos horas y media de cháchara ininterrumpida, comentando la actualidad y contándoles su vida pero El Nacional no rectificó. Dice que entonces «el pueblo de Catia» se dirigió de forma pacífica a la sede del diario a exigir el derecho de réplica y entonces la Policía Local, controlada por la oposición, desencadenó la violencia.
– ¿Por qué ha condecorado y elogiado a la llamada Comandante Lina Ron, implicada en ése y otros ataques de los Círculos Bolivarianos contra la prensa?
De forma fingida o verdadera, Chávez monta ya abiertamente en cólera.
– ¿Es eso una pregunta? No, eso es una afirmación. Eso es una men-ti-ra. A ustedes les han envenenado. Son ustedes víctimas de una estrategia goebbelsiana. ¿Puede usted probar lo que dice?
– He leído una cita textual suya: «La comandante Ron es una luchadora social y una patriota que merece respeto».
– Viene usted a decirme mentiras a mi casa. Yo soy el presidente de este país. Merezco un respeto. Y conste que yo le respeto a usted como ser humano. Por eso no estoy llamándole mentiroso.Pero, ¿qué me dice de lo que hicieron esos medios, esos periódicos, todas las televisiones, cuando el sábado después del golpe, ese pueblo que no tiene corbata exigía la vuelta de Chávez y ellos sólo emitían comiquitas?
– No le entiendo presidente ¿Qué quiere decir comiquitas?
– Comiquitas. Películas cómicas. ¿A qué cree que se debió ese apagón informativo sino a que ellos estaban en el golpe?
– Tanto los propietarios como muchos periodistas dicen que no pudieron informar por el clima de intimidación y violencia que existía contra ellos…
– ¿Y usted qué cree?
– No estoy seguro, pero posiblemente las dos cosas. Fifty-fifty, presidente.
Chávez finge desesperarse con grandes aspavientos.
– ¡Ay Pedro, tú eres como Jalisco, que cuando no pierdes empatas! Te ofrezco pruebas, argumentos, e-vi-den-cias y tú me dices ahora que fifty-fifty… Lamento que estén tan prejuiciados. Bien, allá tú con tu conciencia, Pedro.
La conversación se extiende con interminables variaciones sobre este único tema. Como los peces de piedra del patio, Chávez recicla incansable la misma agua. Llevamos hora y media dando vueltas a la noria cuando Roger Parkinson me urge a que le entreguemos el escrito con las ocho peticiones concretas que la Asociación Mundial de Periódicos plantea al «Excelentísimo Señor Presidente de la República Bolivariana de Venezuela». Chávez se pone las gafas y empieza a leerlo. Al llegar al tercer punto palidece.El texto dice: «Asegurar que el presidente de la República se abstendrá en adelante de utilizar expresiones retóricas que puedan inducir a la violencia contra la prensa».
– Esto es intolerable. Este punto ni siquiera se lo acepto. No voy ni a leerlo. ¿Qué expresiones retóricas son ésas? Yo soy el presidente de este país.
– Con todo respeto, lo inaceptable es que usted diga que los editores y los columnistas son enemigos del pueblo, que usted diga en la televisión que el editor de El Universal Andrés Mata no parece venezolano, que habla como Tarzán…
– Ese es un asunto interno entre venezolanos y ustedes no tienen derecho a intervenir.
Chávez continúa leyendo y al llegar al punto 7 «Limitar el abuso del derecho del Presidente a transmitir sus discursos encadenando directamente a todos los canales de televisión» explota ya definitivamente.
– Este punto tampoco voy a leerlo. Tampoco lo doy por recibido.¿Abuso? Son ustedes los que están a-bu-san-do de mí. La ley me da derecho a encadenar los canales…
– Sí, pero no a hacerlo 30 veces en dos días.
– A mí me han dado un golpe de Estado y esos medios estaban comprometidos…
– Pero no tiene derecho a decir en antena, después de hablar durante cinco horas que «la próxima vez si se portan mal estaré todo el día»…
– Usted no es quién para explicarme mis derechos. Tienen que recordar que yo soy el presidente de un país. Me entristece que hayan venido a mi casa para abusar de esta manera. Pero yo respeto sus derechos humanos. Señores, esta audiencia ha concluido.
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TERCER ACTO
El padre de la criatura
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A sus 82 años Luis Miquilena conserva un envidiable vigor físico pese a no privarse ni siquiera del tabaco y una serena lucidez mental, constantemente impregnada de ironía. La puesta en marcha de los Círculos Bolivarianos como «vanguardia de choque de la revolución» le llevó a dimitir hace unos meses del puesto de ministro del Interior y el día del golpe de Estado se distanció públicamente de Chávez responsabilizándole de la muerte de los 16 manifestantes. A pesar de todo ello sigue siendo el hombre fuerte de la Asamblea Nacional, el único capaz de aglutinar, en un determinado momento, una mayoría alternativa al oficialismo chavista, y un punto de referencia para el propio presidente.
El mismo día en que me recibe en su modesta oficina del centro de Caracas ha atendido una llamada telefónica de Chávez pidiéndole que acuda a la toma de posesión del nuevo Gobierno, remodelado tras el golpe y contragolpe, pero él ha declinado la invitación.
– Querían que yo legitimara esa reunión de cargamaletas…
Lo que más ha indignado a Miquilena es que el nuevo ministro del Interior y Justicia sea el hasta hace bien poco vicepresidente Diosdado Cabello, un teniente del Ejército promovido por Chávez hasta la cumbre, cuyo principal logro es precisamente el montaje de esos Círculos Bolivarianos, a imagen y semejanza de los Comités de Barrio del castrismo. Miquilena tiene claro que no bastarán los cambios cosméticos para dar salida a la tremenda crisis de Venezuela.
– Chávez les dirá que a él lo repuso el pueblo. Pero a Chávez no lo repuso el pueblo. Ni el Ejército. A Chávez lo repuso Pedro Carmona cuando decretó disolver la Asamblea y destituir a todos los alcaldes. Es imposible hacer más estupideces en menos horas.Pero el problema sigue.
Miquilena, pequeño empresario agrícola, izquierdista moderado y sindicalista con una larga tradición de «lucha antipoder» se siente culpable de la situación.
– En cierto modo, soy el padre de la criatura. Cuando Chávez dio el golpe y lo metieron preso escuché que le gustaría tener un teléfono celular y le mandé el mío. Nunca nos habíamos visto, pero me impresionó su personalidad. Me pidió que le visitara en la cárcel, nos hicimos amigos y cuando salió se vino a vivir a mi casa. Soñábamos despiertos con la transformación de Venezuela.Hacían falta grandes cambios, pero desde el principio él se equivocó llamándole revolución, enfrentándose a los pequeños propietarios por la cuestión de la tierra, enfrentándose a Estados Unidos.
Miquilena cree que «la borrachera del poder» ha estropeado muchas de las cualidades de su amigo, hasta el punto de que «aunque Hugo es honesto, deja robar a los otros». Ahora es necesario encontrar «una válvula de escape» a la escalada de la tensión, y baraja la idea de convencer a Chávez para que acorte voluntariamente su mandato.
– El me dice que lo que yo quiero es darle un golpe desde las instituciones. Yo le contesto que lo que yo quiero no es sacarle a él del poder sino sacar a Venezuela del pozo en el que está.Pero su problema es que es un ciclotímico megalómano que por un micrófono se enloquece…
A modo de ejemplo del implacable diagnóstico que, con un rictus burlón en la comisura de los labios, acaba de hacer Miquilena, comentamos la histriónica edición del «Aló, Presidente» que desencadenó la macroprotesta del 11 de abril cuando Chávez despidió en directo a algunos de los más respetados directivos de la empresa pública Petróleos de Venezuela.
– ¿Es cierto que Chávez fue nombrándoles uno a uno y que sacó un silbato y que decía ‘Ingeniero Fulanito: está usted raspao’ y hacía sonar el silbato y señalaba con el dedo el camino hacia la calle como si expulsara a un futbolista por pegar una patada? ¿Es cierto lo del silbato?
Luis Miquilena asiente con la cabeza, mientras se lleva los dos índices a las sienes como quien señala el umbral de la demencia.
– Sí es cierto. Yo le llamé y le dije: ‘¡Coño, Hugo, que el presidente tiene que ser el árbitro del país, pero no de esta manera!’
NO CAE (AUN) EL TELON