25 febrero 1986
Elecciones Filipinas 1986 - El presidente de Estados Unidos, Ronald Reagan, sacó del país tanto a Ferdinand Marcos como a sus dos principales seguidores - su esposa Imelda y su jefe militar Fabian Ver - en un avión de su ejército
Cae la dictadura de Ferdinand Marcos en Filipinas a manos de los partidarios de Cory Aquino tras una revuelta popular causada por acusaciones de fraude electoral
Hechos
El 25.02.1986 Cory Aquino tomó posesión como nueva presidenta de Filipinas.
Lecturas
Ferdubabd Marcos ha huido este 25 de febrero de 1986 a la isla de Guam, administrada por Estados Unidos, Filipinas ha quedado bajo un gobierno provisional presidido por Corazón Aquino ‘Cory Aquino’. Termina así la larga dictadura de Ferdinand Marcos, que había comenzado en 1965, con el apoyo norteamericano. El progresivo deterioro del régimen se hizo cada vez más manifiesto a partir del asesinato de Benigno Aquino, jefe de la oposición, por parte del ejército filipino.
Poco después, la revelación de que Marcos había sido un colaborador de los japoneses durante la Segunda Guerra Mundial terminó con el prestigio del dictador. Su fraudulento triunfo en las recientes elecciones, convocadas bajo la presión norteamericana, ha sido el último acto de su régimen.
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PROTAGONISTAS DE LA REVUELTA:
28 Febrero 1986
Imelda
Como el Baldomero del prehistórico spot publicitario de la televisión de los tiempos de Fraga y de cuplé, Imelda lo tenía todo: dinero, belleza y poder. Viajó por todo el mundo proponiendo la hermosura de un régimen siniestro, como las grandes pecadoras de los ejemplos religiosos de nuestra infancia, aquellas bellas pecadoras que cuando abrían la boca escupían culebras y sapos verdinegros: la íntima corporeidad del mal. Componía con su marido una pareja de tramposos capataces con suerte, en el rostro la prepotencia vitalicia del triunfo, la belleza del diablo.Nos quedó fijada aquella imagen de la Imelda, eterna Miss Filipinas avaladora del secuestro de los derechos humanos de su pueblo y la archivamos como una prueba, hoy por hoy irremediable, de que hay verdugos que no reciben su castigo en esta vida. Hasta que hace unos meses, los medios de comunicación volvieron a colocarnos a ese Bonnie and Clyde de estadistas en el escaparate del mercado mundial de la noticia. Bastaba ver sus rostros para vaticinar el final. Cada arruga de Marcos era un presentimiento de fracaso, e Imelda, la bella Imelda, se había hinchado de miedos retenidos.
09 Marzo 1986
¿Y después de Filipinas, qué?
El ex secretario de Estado norteamericano reflexiona sobre el alcance del comportamiento estadounidense en el caso filipino. Kissinger se congratula de la coherencia que supone para Washington haber forzado la retirada de Ferdinand Marcos, pero se pregunta si el modelo de intervención desarrollado por la Casa Blanca va a poder seguir aplicándose a otros países y a qué precio para EE UU.
Dos semanas después del acontecimiento, la caída del Gobierno de Marcos sigue despertando satisfacción y ambivalencia. Satisfacción por el destierro de los Marcos, marido y mujer, debido a su despótico comportamiento, su estilo de vida extravagante, la corrupción que fomentaron, y sobre todo por el asesinato de Benigno Aquino. Satisfacción también por la aparición de Corazón Aquino, cuya fortaleza, valor y espíritu de reconciliación resultan esperanzadores para la reconstrucción de la democracia. Ambivalencia porque a algunos nos queda una sensación de náusea por el comportamiento de Estados Unidos en dos aspectos: en primer lugar, la intensidad y casi unanimidad del distanciamiento final norteamericano de un viejo aliado, y en segundo lugar, por las implicaciones de este comportamiento para la política estadounidense a largo plazo.Respecto al primer aspecto de ambivalencia, a pesar de todo lo que pueda decirse sobre el régimen de Marcos, contribuyó de manera importante a la seguridad de Estados Unidos y había sido alabado por presidentes norteamericanos -Ronald Reagan entre ellos- desde hacía casi dos décadas.
El doble patrón aplicado a Manila, por muy necesario que sea al final, es doloroso. El coronel Mengistu, de Etiopía, sigue recibiendo ayuda económica, a pesar de los informes veraces de prácticas genocidas; el secretario de Comercio norteamericano pide el aumento del comercio con el bloque soviético. En ninguna de estas zonas se acusará jamás al Gobierno de recuentos de votos fraudulentos, ya que ningún candidato de la oposición llega jamás hasta esa fase del proceso político. La sabiduría convencional en el caso de los Gobiernos hostiles parece señalar que la paciencia, junto con ayuda económica o un aumento del comercio, producirá con el tiempo una mejora de las condiciones internas.
Valor del precedente
Con respecto al segundo aspecto de ambivalencia, tengo graves preocupaciones sobre las implicaciones de estas acciones para el futuro, sobre todo si el caso especial de Filipinas surge como una estrategia general. Hay que señalar que un grupo de países se destacó por su negativa a participar de las felicitaciones generales. Vecinos asiáticos de Filipinas, como Indonesia, Tailandia o Corea del Sur, saben perfectamente que algunas de sus prácticas internas, a pesar de ser menos escandalosas que las de Marcos, no resistirían el examen a que ha sido sometida recientemente Manila. ¿Serán ahora los próximos objetivos de la nueva estrategia norteamericana? ¿Intentarán los grupos de la oposición provocar la intervención de EE UU mediante manifestaciones masivas o procurarán los Gobiernos atajar esta situación mediante un aumento de la represión?China, y probablemente Japón, cuando las bases soviéticas están avanzando a lo largo de la costa de Indochina, no pueden dejar de preguntarse cómo es posible que altos funcionarios norteamericanos hayan quitado en público importancia a las instalaciones de la bahía de Subic y de la base aérea de Clark, para las cuales ningún estudio que yo conozca ha presentado jamás una alternativa. ¿Cuál será su impacto en la seguridad internacional o en los derechos humanos si los países asiáticos deciden que deben distanciarse de su intruso e inconstante amigo?
Las consecuencias más graves pueden darse dentro del mismo Estados Unidos. Idealmente, los intereses de la seguridad nacional deben estar en armonía con los valores tradicionales norteamericanos. Este ideal no puede imperar siempre, lo cual impone la necesidad de buscar un equilibrio. Insistir en la pureza total puede conducir a una abdicación o a una intervención permanentes. En los últimos años, un grupo cada vez mayor -o al menos más vociferante- del Congreso insiste en que el único interés de seguridad norteamericano en los países en vías de desarrollo amistosos hacia Estados Unidos es el fomento de las instituciones democráticas. Si es esta la lección de Manila, habrá nacido un nuevo intervencionismo fatídico en el cual será casi imposible equilibrar los compromisos con las responsabilidades.
Concretamente, ¿significa la frase «nos es más importante la democracia que las bases» que Estados Unidos defenderá únicamente a países con instituciones democráticas que le resulten aceptables? ¿Debe Estados Unidos convertirse en el árbitro mundial de las elecciones democráticas? ¿No existe ningún otro interés nacional primordial que haya que tener en cuenta? A la luz de la actitud del Congreso norteamericano hacia las acciones encubiertas, ¿de qué medios se dispone para imponerse en las amargas luchas nacionales fuera de nuestras fronteras que generarán tal doctrina intervencionista? ¿Puede sostenerse la seguridad nacional norteamericana cuando la capacidad de derrocar a regímenes amigos excede la capacidad de conformar la alternativa?
Portavoces no identificados se han jactado de la culminación de una campaña de dos años llevada a cabo contra Marcos por personal norteamericano de segunda fila, en una época en que Corazón Aquino no se había destacado aún como figura política. Sería interesante saber qué es lo que se le dijo al presidente Reagan, que hasta bastante tarde ha estado afirmando que la alternativa a Marcos era el comunismo. Hemos tenido suerte de que el hostigamiento básicamente desenfocado de Marcos no haya dado lugar al caos que incitaba. En lugar de esto ha surgido, literalmente en el último minuto, un dirigente totalmente desconocido hasta entonces capaz de unir a la oposición democrática. Mis recelos ante tantas proclamaciones de la propia integridad no incluyen duda alguna sobre las credenciales democráticas impecables de Corazón Aquino.
Pero incluso con su ímpetu democrático, es bastante probable que cuando desaparezca la euforia inmediata empiecen a competir. entre sí tendencias dispares en busca de la primacía. La historia de las revoluciones enseña que la coalición de resentimientos que ha unido a la oposición se desintegra nada más derrocar al poder establecido. El ejército, que ha salido de los cuarteles, puede mostrarse reacio a regresar a la batalla contra la insurgencia comunista. En medio de estas preocupaciones y confusión existe el peligro real de avances importantes en las zonas rurales por parte de las bien disciplinadas guerrillas comunistas. Estados Unidos, tras fomentar el derrocamiento de un aliado que se ha vuelto de repente intragable, tiene el compromiso moral de proporcionar la máxima ayuda al Gobierno de Aquino, no sea que al final el grupo mejor organizado y más despiadado, y menos democrático, llene el vacío.
Naciones y Estados
Estas amenazas, bastante graves en Filipinas, son casi insuperables en diferentes contextos culturales, con la excepción de los principales países latinoamericanos. La democracia occidental fue el resultado de una larga evolución histórica en sociedades relativamente coherentes que eran naciones antes de constituirse en Estados. El Estado, cuando surgió, reflejaba, pero no creaba, un sentido de identidad histórica, lingüística y cultural. Dondequiera que no se dé esta condición, la democracia no arraiga firmemente, ni siquiera en Occidente. Cuando es imposible cambiar las mayorías, y especialmente cuando siguen líneas nacionales o, aún más peligroso, raciales, las luchas políticas se convierten en pruebas de poder. Donde las fronteras han sido trazadas por los señores coloniales por encima de criterios tribales, culturales, religiosos y lingüísticos, el Estado precede a la nación; de hecho, el Estado crea la nación. En tales circunstancias, la oposición se concibe no como un medio legítimo de aspirar al gobierno, sino como una amenaza a la unidad nacional.Esta es otra razón por la que la reforma de los militares, una de las recetas norteamericanas acostumbradas para los países amigos, tiene un impacto profundamente revolucionario. En un sistema constitucional, un jefe militar profesional sin lazos personales con el jefe de Estado se ve limitado por una legitimidad universalmente aceptada. Donde no se da esto, se piensa que sólo el compromiso personal, a través de lazos familiares o recompensas pecuniarias, puede impedir que el jefe militar ejerza su monopolio de poder para sus propios fines. Si tal limitación desaparece, puede que los militares, una vez en el poder, no lo dejen voluntariamente.
Un dilema para EE UU
Los partidos políticos occidentales se desarrollaron reflejando las convicciones de las clases sociales o de filosofías de gobierno alternativas. En muchas sociedades en vías de desarrollo, las clases sociales se encuentran todavía en proceso de formación y el espectro político incluye uno o más grupos que rechazan explícitamente el sistema democrático. Cuando el Gobierno norteamericano proclama que contempla el establecimiento de un sistema pluralista en Haití, por ejemplo, ¿qué puede significar esto? No existen fuerzas sociales visibles o recursos económicos para fomentar las coaliciones políticas familiares en las democracias occidentales. ¿Quién financiará tales partidos? ¿Quién los va a organizar? En condiciones tan embriónicas, los partidos políticos se convertirán probablemente en herramientas. mediante las cuales los dirigentes ambiciosos aspiran a hacerse con el monopolio del poder. ¿No es probable que, algunos al menos, sean organizados y financiados por filosofías hostiles a la democracia, concretamente Cuba o la Unión Soviética? En ese caso, ¿apoyará Estados Unidos a las fuerzas democráticas? Y en caso afirmativo, ¿cómo?Se argumentará que el antinorteamericanismo y el totalitarismo se desarrollan únicamente cuando Estados Unidos se mantiene unido durante demasiado tiempo a gobernantes impopulares, como en Irán o Nicaragua. No hay duda de que una reforma temprana es altamente deseable. Pero también hay que reconocer que el Gobierno norteamericano sólo puede hacer frente a un número limitado de problemas a la vez. Llevar a cabo una reforma política global es una tarea agotadora.
Una de las paradojas del actual comportamiento de Estados Unidos es que los conservadores y los liberales norteamericanos parecen poder alcanzar un consenso en el derrocamiento o al menos en el hostigamiento de regímenes autoritarios amigos; sin embargo, se dividen claramente en el derecho o en la capacidad de Estados Unidos de presionar a regímenes considerados progresistas, tales como Nicaragua, Etiopía o Angola. No existe tampoco consenso sobre cómo dirigir la lucha inevitable en aquellos países en los que la presión norteamericana ha logrado disolver la estructura existente.
Hace mucho que es necesario llevar a cabo un debate nacional sobre el alcance y finalidad de la intervención norteamericana y de la relación entre los valores norteamericanos y la seguridad de Estados Unidos. Estados Unidos tiene el deber de defender sus ideales democráticos. Pero si la política. norteamericana termina hostigando a Gobiernos amigos y vacilando sobre los hostiles nos encontraremos al final en un mundo muy solitario.
27 Febrero 1986
Cambio en Filipinas
LO QUE parecía imposible hace unas semanas se ha producido: a partir de unas elecciones convocadas por Ferdinand Marcos para consolidar su poder, el tirano ha tenido que abandonar el país, y Filipinas tiene hoy una presidenta, Corazón Aquino, elegida por la mayoría de los electores. En pocos días, y con pocos derramamientos de sangre, el régimen de Marcos, con su poderoso aparato policiaco y militar, se ha derrumbado. Filipinas se abre así a una de las revoluciones populares y pacíficas más impresionantes, de las últimas décadas, con una presencia determinante, en las calles y frente a las unidades militares que siguieron apoyando a Marcos, de cientos de miles de hombres y mujeres, solidarios con la alternativa política. Conocida la actitud del dictador, no era suficiente el triunfo electoral frente a un Marcos resuelto a cometer todas las trampas. Efectivamente, éste llegó a proclamarse presidente, para un nuevo plazo de siete años ante un Parlamento obediente, y la misma Administración norteamericana tardó incluso en reconocer la fraudulenta elección. ¿Qué razones, por tanto, han preparado y decidido el desenlace actual?Para entenderlo hay que remontarse al hecho decisivo del asesinato de Benigno Aquino a su regreso de Estados Unidos, en agosto de 1983. Si Marcos creyó que con ese crimen aterrorizaría a la oposición, su efecto fue exactamente el contrario: cerca de dos millones de personas acudieron al entierro de Aquino. Y diversos factores empezaron desde entonces a influir sobre la realidad. En primer lugar, el crecimiento de un gigantesco movimiento popular que, por encima de importantes diferencias políticas y sociales, se planteó como objetivo poner fin al poder de Marcos mediante la candidatura electoral única Corazón Aquino-Salvador Laurel.
La Iglesia, nutrida de sectores del clero próximos a la miseria popular, y cuyo peso es esencial en un país con un 85% de católicos, adoptó una actitud crecientemente escorada hacia el lado de la oposición. Y se formó así una voluntad política de masas, movilizadas para las elecciones y con un objetivo más allá: imponer el respeto de la verdad de las urnas.
Los fenómenos de descomposición en el seno del Ejército, el alejamiento de Marcos de influyentes grupos enippcsariales y financieros que le habían considerado durante tiempo como un Gobierno útil para sus intereses, se desarrollaron junto al auge de la oposición popular. Sin la convergencia de estos factores, la caída de Marcos, o bien no se habría producido o bien habría provocado una guerra civil. A este efecto, no es casual que algunos de los principales miembros del Gobierno que acaba de constituir Corazón Aquino se separaran de Marcos después del crimen de agosto de 1981 Cuando el general Ramos y el ministro Enrile, decidieron pasar al campo democrático, el efecto fue ya decisivo para dividir al Ejército, pero sin un largo proceso de descontento entre muchos militares el resultado no hubiese sido el mismo.
En cuanto a la actitud del Gobierno de EE UU, todo indica que, contrariamente al caso de Haití, tardó mucho y tuvo serias dificultades para decidirse. Al fin ha prevalecido la actitud más razonable y parecen haberse creado ya condiciones para que entre el nuevo régimen, presidido por Corazón Aquino, y EE UU se puedan establecer relaciones de cooperación política y económica.
Por su parte, Corazón Aquino se ha revelado como una personalidad política extraordinaria. Ahora tiene, sin embargo, que hacer frente a problemas de una notable complejidad. Además de afrontar un país en la bancarrota y presa de una miseria aterradora, ha de lograr previamente la pacificación interior. En Filipinas existen unas guerrillas comunistas, en las que lucharon contra Marcos más de una decena de miles de personas y con la que será imprescindible contar.
La nueva presidenta encarna, sin duda, una profunda esperanza democrática, pero está acompañada de personalidades que han gobernado hasta hace poco con Marcos. Contradicciones reales de un momento histórico, en el que se inicia el esfuerzo de una nueva y difícil etapa. El saludo de la democracia española a esta inauguración democrática en Filipinas ha de ser entrañable y traducirse a la vez en una inteligente política de gobierno.
26 Febrero 1986
Filipinas: Cayó la dictadura
El ya ex presidente Ferdinand Marcos, abandonado por su ejército, en primer lugar, y sobre todo, por los Estados Unidos, ha salido de su país para dar paso al Gobierno de Cory Aquino, respaldado, siquiera momentánemanete, por todas las fuerzas políticas democráticas, incluso por aquellas de la izquierda que no apoyaron la elección de la candidata de oposición a Marcos.
Tras los todavía recientes sucesos de Haití, el presidente Reagan se limitó en Filipinas a intentar sin entusiasmo un arreglo entre las partes litigantes luego de las confusas elecciones, para pasar en seguida, tras constatar el fraude, a estimular el proceso democritzador en una actitud de serena madurez. Resultaba patético en las últimas horas de resistencia de Marcos, constatar que los únicos apoyos le venían al desacreditado autócrata de la URSS y de Checoslovaquia. Las razones eran obvias: derrocada la dictadura, la guerrilla comunista de Filipinas no resistirá, probablemente, al embate de la democracia.
El juicio político a Marcos tiene que ser forzosamente duro: los abusos durante su mandato son conocidos, y su corrupción llegó a falsear el resultado de las últimas elecciones. Con todo, también en esto hay que aplicar una escala moral con gradaciones: si inclemente y abyecta era la dictadura de Ferdinand Marcos, es evidente que todavía hay regímenes peores, en los que ni siquiera se trata de guardar las formas. Cualquier comparación del régimen autócrata filipino con el de los países del Este se inclinaría, sin duda, hacia aquel. Igualmente, cabe reseñar que las dictaduras llamadas ‘de derechas’ tienen un término, lo que no sucede con las dictaduras ‘de izquierdas’. Fidel Castro lleva más tiempo en la jefatura del Estado que toda la dinastía de los Duvalier y, por supuesto, que Ferdinand Marcos.
El agente desencadenante de la caída de Marcos ha sido, sin duda, el asesinato de Aquino a su regreso al país, en agosto de 1983. El grado de corrupción tolerable por el pueblo filipino tenía un límite, que fue sobrepasado por aquel crimen, atribuido al general Ver, que es como decir al presidente Marcos. Pero el factor de fondo del hundimiento de la dictadura es el cambio de actitud de los Estados Unidos. En este sentido, hay que anotar que, pese a la imagen de ‘halcón’ del presidente Reagan, que contrasta con la política de los derechos humanos de Carter, lo cierto es que quien pone efectivamente término a las dictaduras es Reagan; durante su mandato, que ya dura cinco años, Brasil, Argentina, Uruguay, Bolivia, Guatemala, Honduras y El Salvador se han convertido en democracias. Con claridad, la política exterior de Reagan tiende a la democratización de las zonas de dictadura en el ámbito de su influencia.
Los interrogantes se ciernen ahora sobre el futuro de Filipinas. Cory Aquino no es, ni remotamente, una revolucionaria: es una democracia que atrae la adhesión de toda la zona central – Iglesia incluida – del electorado, aunque circunstancialmente tenga el apoyo de los extremos del espectro. No se opone a la permanencia de los Estados Unidos en el país, y bajo su influjo cabe predecir la consolidación de una democracia parlamentaria. El Ejército, por su parte, parece haberse apartado a tiempo de Marcos – excepto un núcleo minoritario y muy concreto – y es previsible que respalde la democratización y la renovación moral del país. Y en cuanto a la guerrilla, habrá que constatar que la democracia es más eficaz que la dictadura para luchar contra los activistas de extrema izquierda.
De cualquier forma, los Estados Unidos parecen haber aprendido de todos sus viejos errores, y su papel en el área demuestra una sensibilidad que sólo recientemente ha aparecido en la diplomacia americana. A fin de cuentas, sólo ese papel impulsor de las libertades puede dar sentido a su liderazgo mundial.