26 junio 1993

Sus rivales, Ahmad Tovakoli, Abdullah Jaabi y Rajbalio Taheri resultaron ser menos comparsa

Elecciones Irán 1993 – Rafsanjani logra ser reelegido presidente en una votación marcada por el desinterés por ausencia de opositores

Hechos

El 11.06.1993 Irán proclamó a Rafsanjani, Presidente de Irán, ganador de las elecciones.

Lecturas

El 11 de junio de 1993, Irán celebró las sextas elecciones presidenciales de la República Islámica. El presidente Alí Akbar Hashemí Rafsanjani, que cuatro años antes había obtenido aproximadamente el 94,5 % frente a un único adversario, aspiraba ahora a un segundo mandato. Sobre el papel hubo una enorme oferta: 128 personas solicitaron ser candidatas. En la práctica, el Consejo de Guardianes sólo autorizó a cuatro —el 3,1 %—, después de comprobar su adecuación a los requisitos políticos y religiosos del régimen. Entre los excluidos estuvo Ebrahim Yazdi, dirigente del Movimiento por la Libertad de Irán y antiguo ministro de Exteriores del primer Gobierno revolucionario de Mehdi Bazargan.

Los cuatro candidatos admitidos pertenecían todos, con diferentes sensibilidades, al marco político de la República Islámica. Rafsanjani, vinculado a la Asociación del Clero Combatiente, representaba la continuidad y el pragmatismo económico de la reconstrucción posterior a la guerra contra Irak. Su principal adversario fue Ahmad Tavakkoli, antiguo ministro de Trabajo del Gobierno de Mir-Hossein Mousavi y presentado como independiente, que criticaba la política económica de Rafsanjani y reclamaba mayor atención a trabajadores y sectores perjudicados por las reformas. Abdollah Jasbi, presidente de la Universidad Islámica Azad, fue el tercer candidato, también independiente; el cuarto, Rajab-Ali Taheri, había sido diputado del Majlis. Tavakkoli, por tanto, podía criticar seriamente la gestión presidencial, pero tampoco era un opositor al régimen islámico: había superado precisamente el filtro encargado de excluir candidaturas incompatibles con sus fundamentos.

Los datos del Ministerio del Interior recopilados por Iran Data Portal dan 16.796.787 votantes sobre 33.156.055 electores, un 50,66 % de participación. Rafsanjani obtuvo 10.566.499 votos (63 %); Tavakkoli, 4.026.879 (23,97 %); Jasbi, 1.498.084 (8,92 %), y Taheri, 387.655 (2,31 %). Existen pequeñas discrepancias entre fuentes sobre los totales definitivos —IRNA, por ejemplo, situó a Rafsanjani en el 63,2 %—, pero no alteran sustancialmente el resultado.

La verdadera noticia estaba en la comparación con 1989. Entonces Rafsanjani había conseguido 15,55 millones de votos y un 94,5 %; ahora obtenía aproximadamente diez millones y medio y un 63 %. La participación también descendía del 54,6 al 50,7 %. Rafsanjani conservaba una mayoría indiscutible, pero el resultado podía interpretarse como una advertencia sobre el descontento económico y el desencanto con su Gobierno. La prensa internacional de aquellos días hizo precisamente esa lectura

16 Junio 1993

Rafsanyani, reelegido

EL PAÍS (Director: Joaquín Estefanía)

Leer

EL PASADO viernes fue reelegido presidente de la República Islámica de Irán Alí Akbar Rafsanyani, personaje que en su momento fue definido como «aperturista» o liberal, con todos los matices que tal denominación puede significar en un sistema político-religioso de las características del iraní. El hecho de que acudiera a las urnas poco más de la mitad de los votantes y que, de ellos, apenas el 63% se inclinara por Rafsanyani muestra más un cansancio de la población con respecto a una revolución extremadamente dura que la voluntad del Gobierno de relajar los postulados de aquélla. Ni siquiera las instrucciones del líder espiritual iraní, el ayatolá Alí Jamenei, consiguieron estimular el ardor político de la ciudadanía.De los tres candidatos a la presidencia restantes sólo Ahmad Tavakoli, ex ministro de Trabajo y candidato conservador poco conocido, consiguió un número de papeletas significativo: el 24% de los votos, que sí son indicativos del descontento de la población. Su candidatura era apoyada, se dice, por los principales clanes del bazar, la todopoderosa sede de la actividad comercial que ya estuvo en la base de la caída del sah hace tres lustros.

Rafsanyani tiene un problema doble: mantener la pureza de la revolución religiosa y hacer lo posible por proceder a una reforma económica sin la que Irán arriesga la ruina: la ortodoxia lleva al estancamiento económico. No hay nada de liberal en el dilema; sólo pragmatismo. Le va en ello la continuidad al frente de la República. En realidad, el presidente comparte el poder con una complicada estructura religiosa a la que tiene que convencer, paso a paso, de la necesidad de superar las dificultades económicas. El problema tiene diversas causas: las secuelas de una década de guerra contra Irak que dejó el país en ruinas; la absoluta ineficacia en el control de la economía ejercido por clérigos colocados al frente de gigantescas e inoperantes empresas estatales; el estado de postración industrial; una inflación del 40%, de una deuda a corto y medio plazo de 30.000 millones de dóláres (3,5 billones de pesetas), y una legislación sobre las inversiones extranjeras que más parece destinada a alejar el capital foráneo que a atraerlo. Raflsanyani, consciente de que existe un riesgo verdadero de revolución social, quiere reformar la economía y abrirla a las inversiones extranjeras sin que por ello pueda parecer que Irán se abre o claudica a la mentalidad occidental.

Pero se trata de factores difíciles de mezclar. Imposibles, en realidad, lo que sitúa a Irán en un papel marginal en un mundo con el que sólo podría establecer alguna relación importante si abdicara de un principio de funcionamiento que le es consustancial: la voluntad de extender la revolución islámica, imponiendo la pureza intocable de un sistema que, por ejemplo, ha hecho de Salman Rushdie una víctima incomprensible de la intolerancia religiosa. Este principio justifica la acusación de que el Gobierno de Teherán es el motor del terrorismo internacional y de los movimientos de reivindicación política violenta (al estilo de Hamas en los territorios palestinos ocupados y de Hezbolá en Líbano). El renovado presidente tiene un largo camino que recorrer.

El Análisis

¿Elecciones democráticas dentro de un régimen no democrático?

JF Lamata

Sería difícil calificar estas elecciones como plenamente democráticas y pluralistas, aunque tampoco resulte exacto decir que las urnas carecen absolutamente de significado. El problema empieza antes de introducir la papeleta: 128 iraníes quieren ser candidatos y sólo cuatro reciben permiso para serlo. La oposición que cuestiona los fundamentos de la República Islámica queda fuera de la competición; el Movimiento por la Libertad y otras fuerzas llamaron precisamente al boicot denunciando la falta de libertades y de reconocimiento de los partidos. Y aun ganando las elecciones, Rafsanjani no se convierte en la máxima autoridad del país. Por encima del presidente está el Líder Supremo, Alí Jameneí, que fija las grandes líneas políticas, es comandante supremo de las Fuerzas Armadas y designa, entre otros cargos, a los juristas religiosos del Consejo de Guardianes, al máximo responsable judicial y al jefe de la radiotelevisión estatal; además, la propia Constitución establece que las candidaturas presidenciales deben ser previamente aprobadas por el Consejo de Guardianes. Hay elección del presidente, pero no elección del poder supremo.

Tampoco Ahmad Tavakkoli se convierte ahora en «jefe de la oposición» por haber terminado segundo. No existe en Irán un equivalente institucional al líder de la oposición británico o al candidato derrotado que queda automáticamente al frente de un bloque alternativo. Lo significativo de sus cuatro millones de votos es otra cosa: demuestra que puede existir competencia política dentro de los límites tolerados por la República Islámica. Rafsanjani ha obtenido casi dos tercios de los votos emitidos, pero únicamente alrededor del 32 % de todo el electorado registrado; prácticamente la mitad no ha votado. Por eso el 63 % no debe confundirse ni con el 94 % casi plebiscitario de 1989 ni con una demostración de pluralismo occidental: Tavakkoli puede criticar la economía del presidente, pero un candidato que cuestione el velayat-e faqih, la supremacía política del clero o los fundamentos de la República Islámica difícilmente puede competir en igualdad de condiciones. Y ese pluralismo limitado convive con fuertes restricciones sobre prensa y expresión y con una legislación islámica que restringe severamente la autonomía de las mujeres y penaliza determinadas conductas sexuales. Irán permite escoger entre distintas maneras de administrar la República Islámica; todavía no permite que los electores decidan libremente si quieren seguir teniendo una República Islámica.

J. F.