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Los resultados oficiales aseguran que Kibaki ganó a Odinga por 230.000 votos

Elecciones Kenia 2007 – La reelección de Mwai Kibaki desata una nueva ola de violencia étnica en todo el país

HECHOS

En diciembre de 2007 se celebraron elecciones presidenciales en Kenia.

ODINGA NO RECONOCE LA DERROTA

Odinga El líder opositor Raila Odinga, acusa de fraude al presidente Kibaki y piensa convocar una serie de protestas por Nairobi.

02 Enero 2008

Kenia en llamas

EL PAÍS (Director: Javier Moreno)

Las elecciones, que han dado la victoria al presidente en ejercicio, han sido una farsa

Pocas veces lo turbio ha estado más claro. Las elecciones presidenciales en Kenia, uno de los países más ricos y estables de África, han incendiado el país, con cientos de muertos en choques entre los partidarios del presidente, Mwai Kibaki, y de su rival, Raila Odinga. Todos los testimonios independientes, entre ellos, una misión de la UE dirigida por el alemán Alexander Graf Lambsdorff, son elocuentes: el poder se ha sacado de la chistera el número de votos preciso para arrebatarle la victoria a Odinga por 231.000.

Kenia no ha sido nunca una verdadera democracia. A la independencia de Gran Bretaña en 1963, heredó la primera magistratura Jomo Kenyatta, el gran líder de la lucha anticolonial, contemporáneo del ganés Kwame Nkrumah, del congoleño Patrice Lumumba, asesinado, y del propio padre del derrotado, Ojinga Odinga, que en los años sesenta se decía marxista revolucionario, en disidencia contra Kenyatta. Pero entonces no hacía falta retocar el escrutinio, porque Kenyatta no podía perder, aunque su gobernación no fuera por ello menos autocrática. Su sucesor, Daniel Arap-Moi, no corría riesgos y ganaba siempre por definición.

Tras el primer mandato de Kibaki -de la tribu kikuyu, mayoritaria, con un 24% del país-, los comicios parecían los primeros en los que las reglas del juego podían ser respetadas y reconocido el eventual triunfo de la oposición, que no llevaba como bandera ningún izquierdismo sulfuroso, sino la lucha contra la corrupción, rampante en el Gobierno. No ha sido así, y Odinga -un lúo, tribu que agrupa a un 13% de kenianos- exige que el presidente reconozca que ha perdido.

La UE pide una encuesta independiente sobre las elecciones; el primer ministro británico, Gordon Brown, que se forme un gabinete de unidad entre ambos, lo que sería la salida más funcional al conflicto, y Odinga, que haya recuento. Si mantiene su convocatoria para el jueves a que sus partidarios se reúnan en protesta en Uhuru, plaza central de Nairobi, la policía, que ha prohibido la concentración, puede hacer una escabechina.

La dimensión tribal africana es un polvorín, pero la democracia, con todo y su duro aprendizaje, es el único sistema que puede sacar a África de su secular subdesarrollo político y económico. En Kenia es difícil saber si ha llegado esa hora.

18 Enero 2008

Kenia ensangrentada

EL PAÍS (Director: Javier Moreno)

La violencia creciente exige un acuerdo entre el presidente fraudulento y el líder opositor

Kenia ha entrado en una alarmante espiral sangrienta tras el fraude electoral orquestado por el presidente Mwai Kibaki para asegurar su reelección a finales de diciembre. Ayer mismo, segunda jornada de protesta opositora contra el Gobierno, la represión policial y los enfrentamientos se han cobrado otras siete vidas en Nairobi. Nadie sabe a estas alturas si en el país africano van seiscientos o mil muertos como consecuencia de los disturbios tras el 27 de diciembre. Pero resulta evidente que en semejante clima de enfrentamiento resulta imposible el por otra parte imprescindible entendimiento entre Kibaki y el líder opositor, Raila Odinga.

Pocos imaginaban que el manifiesto y violento desprecio por los usos democráticos puesto de manifiesto en elecciones como las de Nigeria, Congo o Etiopía alcanzara también a Kenia. Es una tragedia para una región del mundo tan necesitada de modelos como África. El empuje del turismo y la agricultura y un crecimiento en torno al 6% anual hacían del país ahora ensangrentado uno de los rincones más esperanzadores del continente, pese a su acusada tribalización y corrupción gubernamental. Los comicios del mes pasado suscitaron un enorme interés precisamente por la tradición electoral de Kenia, su cultura política y la libertad relativa de sus medios informativos. La realidad ha desmentido por completo las expectativas y puesto de manifiesto una vez más el precario arraigo de los valores democráticos que muchos dirigentes africanos, Kibaki entre ellos, dicen profesar. La democracia es un concepto vacío si quienes ostentan el poder lo consideran un patrimonio personal.

Poco puede esperarse de la intervención exterior para atajar una crisis que podría degenerar en enfrentamiento civil de consecuencias funestas. Kenia, a diferencia de muchos países africanos, no necesita imperiosamente para sobrevivir de la ayuda exterior, casi única herramienta de presión real. El Parlamento Europeo recomendaba ayer congelar la ayuda de la UE, y se espera que Kofi Annan acuda a mediar a Nairobi cuando su salud lo permita. Pero de poco servirán esas y otras iniciativas si los dos enemigos y antiguos aliados, Kibaki y Odinga, no encuentran urgentemente un terreno de diálogo. Algo imposible de construir sobre pilas de cadáveres.

01 Febrero 2008

Kenia se abisma

EL PAÍS (Director: Javier Moreno)

La violencia creciente, que incluye el asesinato político, exige actuar a la Unión Africana

La creciente violencia en Kenia, sorda por el momento a la mediación iniciada esta semana por Kofi Annan, amenaza con escapar al control de los líderes políticos y acabar desmembrando el relativamente próspero y estable país africano. La ira por las elecciones fraudulentas de finales de diciembre, que han reinstalado en la presidencia a Mwai Kibaki, ha dado paso a generalizados ajustes de cuentas tribales y a crímenes políticos. Son casi mil los muertos y varias decenas de miles los huidos por miedo a venganzas. El asesinato reciente de dos diputados opositores oscurece más el horizonte del compromiso en Nairobi, hasta el punto que el actual secretario general de la ONU se unirá hoy a Annan para intentar rescatar a Kenia del abismo.

Kenia padece una enquistada corrupción y una peligrosa fragmentación étnicas. Una y otra han estado adormecidas por el rápido crecimiento económico de los últimos años, en brazos del turismo y una próspera agricultura exportadora. Esa nueva riqueza junto con ancestrales y brutales desigualdades (la mayoría de sus 35 millones sobrevive con menos de 2 euros al día) están detrás de la actual explosión de violencia. El modelo en vigor, como en otros muchos países africanos, consiste en repartir poder y dinero en base a fidelidades tribales.

La esperanza inmediata reside en que Annan, que cuenta con el apoyo de la iglesia, de los medios de negocios y de la comunidad internacional, consiga algún tipo de acuerdo entre Kibaki (un kikuyu, el grupo privilegiado) y su rival y líder opositor Raila Odinga, un lúo, que detenga las matanzas. A esa mediación en busca de un compromiso, por frágil y provisional que parezca inicialmente, debe sumarse con urgencia la Unión Africana, reunida en la vecina Addis Abeba y obligada si quiere ser algo más que unas siglas a buscar una solución africana a la gravísima crisis.

Los kenianos temen el fracaso de la ONU, pero temen más que la violencia actual de machetes y armas rudimentarias dé paso a otra de metralletas y fusiles de asalto. Si la razón no se impone, Kenia corre el peligro de romperse en torno a lealtades étnicas y arruinar así cualquier esperanza para un país que fuera uno de los pocos referentes africanos de modernización y capacidad de convivencia.

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