8 mayo 2015

Los líderes del Partido Laborista, del Partido Liberal Demócrata y del UKIP dimiten la misma noche electoral

Elecciones Reino Unido 2015 – Los conservadores de Cameron logran la mayoría absoluta a costa del hundimiento de sus aliados liberales

Hechos

El 7.05.2015 las elecciones legislativas del Parlamento Británico dieron la mayoría absoluta al Partido Conservador.

Lecturas

Las anteriores elecciones fueron en 2010.

LÍDERES POLÍTICOS BRITÁNICOS:

 Partido Conservador (David Cameron) – 331 escaños. Logra una inesperada mayoría absoluta lo que le convierte en el gran ganador de estas elecciones y le permitirá seguir en el poder en solitario sin tener que depender de los liberales.

 Partido Laborista (Ed Miliband) – 232 escaños. Fracaso estrepitoso para los Laboristas, que bajan en votos y en escaños y pierden el feudo de escocia. Tras conocer su derrota Ed Miliband anunció que dimitía como líder del partido.

 Partido Nacional Escocés (Nicola Sturgeon) – 56 escaños. Los otros ganadores de estos comicios. Han logrado un gran triunfo en la región de Escocia hasta ahora feudo de los Laboristas y piensan explotar esa influencia para forzar un referendum para la independencia de Escocia.

 Partido Liberal Demócrata (Nick Clegg) – 8 escaños. Caída humillante para los liberal demócrata. El acuerdo con Cameron ha sido rentable para los conservadores pero desastroso para los liberales. Nick Clegg ha anunciado su dimisión inmediata como líder del partido.

 UKIP, Partido por la Independencia del Reino Unido  (Nigel Farage) – 1 escaño. A pesar de sus buenos resultados en las elecciones al Parlamento Europeo, el UKIP, el partido anti-europeo, sólo ha logrado un escaño que ni siquiera es el de su líder, Nigel Farage, que al conocer que no había logrado el acta anunció su dimisión como jefe del UKIP. No obstante esta ha sido rechazada.

El mandato de Cameron finalizará al año siguiente por el Brexit. 

09 Mayo 2015

Yes, United Kingdom is different

Graham Keeley

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Queridos lectores, estoy escribiendo esto en estado de conmoción. Las encuestas han demostrado ser un montón de tonterías. David Cameron ha vuelto a tomar el poder al asalto. El Partido Laborista está en ruinas. El Ukip [Partido de la Independencia del Reino Unido], los rebeldes por el flanco derecho, se ha disuelto en la nada. Y el Partido Nacionalista Escocés podría perfectamente declarar ahora la república escocesa.

Por si esto fuera poco, ayer se vio hacerse el harakiri a un importante sector de lo más granado de la clase política británica. Ed Miliband, Nick Clegg, Nigel Farage e incluso Ed Balls, el canciller en la sombra, han hecho lo único decente. ¡Adiós, amigos!

¿Cuándo ha sido tan divertida la política? Ahora bien, una vez que todo se hunde, hay dos grandes preguntas que es preciso responder. ¿Cómo es que ha ocurrido esto y qué significa? Lo más interesante es por qué el Partido Laborista se ha derrumbado tan espectacularmente. La oferta de Ed Miliband para llegar al número 10 de Downing Street le ha explotado en la cara.

Parece que ha habido dos factores que han entrado en juego. En primer lugar, el factor Ed. A mucha gente no le gustaba Miliband porque se preparó para enfrentarse a su propio hermano David en una batalla por ser el líder del Partido Laborista.

Muchos observadores creían que David Miliband podía llegar a ser un futuro primer ministro del laborismo. Era más centrista que su hermano más joven y más izquierdista, Ed. Además tenía experiencia como ministro. Era lo que llamamos un par de buenas manos [expresión inglesa para referirse a una persona en la que se puede confiar para algo importante]. Lo que pasa es que Ed Miliband no caía bien a los votantes. Sus esfuerzos por atraer a los electores más jóvenes a base de conceder entrevistas a humoristas extravagantes como Russell Brand no parecen haberle aportado nada especial.

Luego ha estado la economía. El laborismo ha resultado ser demasiado vago en sus promesas económicas. Es evidente que ha habido más votantes que han confiado en que los conservadores mantendrían la economía en marcha. Sí, harán más recortes, y no, no ha quedado muy claro dónde van a hacer esos recortes. Sin embargo, cuando ha llegado el momento de poner una cruz en la papeleta de votación, han sido más los que han pensado que sabían lo que iban a sacar con David Cameron que con Ed Miliband.

Además, Cameron ha sido capaz de explotar el factor miedo. Fue el que dijo: «Votantes, ya sabéis lo que vais a conseguir conmigo otra vez de primer ministro; sin embargo, Ed Miliband es terreno sin explorar».

Cameron y los conservadores también han sido capaces de jugar con el factor Escocia. Todas las encuestas parecían apuntar que no habría un claro ganador entre los dos grandes partidos. Con eso en mente, Cameron ha explotado sin problemas la posibilidad de que el laborismo tendría que llegar a acuerdos con el Partido Nacionalista Escocés en caso de obtener el poder.

Las tensiones nacionalistas en el seno del Reino Unido han demostrado ser una fuerza poderosa. El referéndum del año pasado sobre la independencia escocesa demostró ser una cuestión amarga.

La perspectiva de tener a Nicola Sturgeon, la lideresa del SNP, imponiendo condiciones a un primer ministro británico, o incluso presionando para otro referéndum, ha disuadido sin duda a muchos electores ingleses de ponerse del lado del laborismo.

Otra cosa que ha ayudado a Cameron ha sido la desconfianza que despierta su socio de coalición, Nick Clegg, el ex líder de los liberal Demócratas. No le han perdonado sus fieles el haberse vendido y el haber formado Gobierno con los conservadores. Han sido demasiadas promesas incumplidas, en particular, las relativas a los costes de matrícula de los estudiantes, presuntamente una línea roja política que nunca iban a cruzar los liberal demócratas.

Cameron se las ha ingeniado asimismo para desbaratar la amenaza de los votantes conservadores desilusionados que se habían sumado al Ukip. Prometer un referéndum sobre la Unión Europea en el año 2017 es una apuesta arriesgada. No obstante, Gran Bretaña es un país en el que ese chiste de «niebla sobre el Canal de la Mancha, el continente aislado» describe nuestra actitud hacia nuestros amigos continentales. Que no se ofenda nadie, pero disfrutamos con ser diferentes. Los españoles, al parecer, son lo contrario. Cada cual a lo suyo.

Bueno, y ahora ¿qué? Estas elecciones van a alterar profundamente el Reino Unido. Mientras escribo, los asesores de Cameron están discutiendo ya ofertas sobre mayores transferencias de competencias a Escocia. Tras una victoria sorpresa, cabría estar hablando de champán en este momento, pero el nuevo Gobierno tendrá que llegar a un acuerdo con Nicola Sturgeon en algún momento.

Europa y nuestra relación con ella van a pender amenazadoramente durante los próximos cinco años. ¿Seguirá siendo Gran Bretaña un socio con todas las de la ley o entablará algún tipo de relación de vecindad? La Unión Europea es un mercado de una importancia vital y cambiar esa relación tendrá consecuencias a largo plazo sobre nuestros vínculos comerciales con socios de este ámbito del mundo.

No obstante, dejando al margen todas estas consideraciones, es posible que lo que ha sucedido en Gran Bretaña le esté brindando a Mariano Rajoy una pausa para la reflexión. Puede apostarse a que, en el interior de La Moncloa, justo en este momento están telefoneando a Cameron para preguntarle: «¿Cómo lo has hecho?».

08 Mayo 2015

Continuidad y divorcios

John Carlin

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Reino Unido ha votado por la continuidad pero se aproxima una era de separaciones y divorcios. El partido conservador de David Cameron sigue en el Gobierno y no tendrá más remedio que cumplir su promesa de celebrar un referéndum sobre la permanencia de su país en la Unión Europea. El Partido Nacionalista Escocés ha arrasado en la tierra al norte del muro que construyó Adriano, el emperador hispanoromano, para defender al imperio de los bárbaros celtas. La presión para que se celebre otro referéndum sobre la independencia escocesa —el año pasado el 55% de los escoceses votaron que no— podría ser irrefrenable.

Se espera, paradójicamente, que llegado el día Cameron haga campaña a favor de mantener los lazos con Europa, pero lo tendrá difícil. El partido antieuropeo UKIP solo ha ganado un escaño parlamentario pero ha acumulado casi cuatro millones de votos, que se trasladarán en bloque al voto en contra de que Reino Unido siga en la unión continental. Si se suman los votos que aportará el amplio sector eurófobo tory, no es para nada descartable que de aquí a un par de años los burócratas británicos tengan que vaciar sus despachos en Bruselas.

Hablando de británicos, algo que ha exasperado durante años a muchos de los que somos de la isla, especialmente los que tenemos sangre escocesa, ha sido la frecuencia con la que los españoles, los latinoamericanos y buena parte del resto del mundo nos llaman a todos “ingleses”. Pues va a ser que el resto del mundo tenía razón. O que la tendrá. Por más que formalmente el reino siga unido, la realidad política hoy es que Inglaterra y Escocia son dos, con Gobiernos totalmente diferentes, uno inequívocamente independentista y de izquierdas, el otro unionista y de derechas. Cameron será el primer ministro del norte al sur durante los próximos cinco años, pero solo en nombre. Los conservadores han sido prácticamente aniquilados en Escocia, donde su influencia política no es mucho mayor que la de Esquerra Republicana fuera de Cataluña en España.

En cuanto a la presencia laborista en Escocia, pende de un hilo. Han ganado dos veces más votos que los conservadores pero solo se han quedado con un escaño en el Parlamento de Westminster. No es imposible que otro asunto sobre la mesa de Cameron en los siguientes cinco años sea la reforma electoral, que los laboristas escoceses, en una posible —y perversa— alianza con UKIP, pujen para que el sistema de votos por circunscripciones se cambie por uno de representación proporcional, como el español.

Mientras tanto, los laboristas de Inglaterra también viven un calvario. El líder del partido, Ed Miliband, ha anunciado su dimisión. Pero la sorpresa más grande ha sido que el partido de Cameron haya conseguido la mayoría suficiente para gobernar en solitario, tras cinco años de coalición con los liberaldemócratas, que han sufrido una catástrofe electoral al ver sus escaños reducidos de 57 a ocho. Once encuestas de opinión esta semana pronosticaban que los conservadores acumularían solo unos 20 escaños más que los laboristas, lo cual hubiese abierto la puerta a un Gobierno laborista en una coalición no formal pero de facto con los nacionalistas escoceses. Nadie pensaba que al final la diferencia entre los dos partidos principales se extendería a casi 100 escaños.

Nadie salvo Tony Blair. El antiguo primer ministro y líder laborista confesó a su gente más cercana hace más de un mes que esperaba una victoria conservadora. Su explicación fue que no detectaba ningún entusiasmo ni en el electorado en general, ni entre los votantes laboristas en particular, y que, llegado el momento de la verdad, la mayoría votaría motivada por el miedo. El miedo al cambio, el miedo a que, como advirtieron los conservadores durante lo que fue una astuta campaña electoral, indisimuladamente negativa, un Gobierno laborista echaría al traste los magros logros económicos conquistados desde la crisis de 2008.

Miliband vendió la utopía con la que muchos soñaban de generar riqueza acabando con las políticas de austeridad, de desafiar a la gran banca y recortar los privilegios de los más ricos, de mejorar los servicios públicos y las condiciones de vida de los más vulnerables. Pero, en una época en la que las economías se rigen por muchos factores externos que los Gobiernos no controlan y todos los partidos británicos reconocen que los recortes presupuestarios son inevitables, no propuso una fórmula convincente, ni logró postularse a sí mismo como un líder capaz, ni mucho menos —como Tony Blair en sus mejores tiempos— carismático.

Un señor mayor con el que hablé el viernes pasado en una circunscripción cerca de Londres me dio lo que resultó ser la clave. Me comentó que siempre había votado por los laboristas pero ya no. Esta vez se apuntaría al statu quo. “El Gobierno de Cameron ha hecho las cosas OK”, dijo. “Temo el cambio. Podríamos estar peor”. Los indecisos antes del voto de ayer, los que respondieron con incertidumbre a los encuestadores, se inclinaron al final por el razonamiento de este señor. Es verdad que muchos británicos viven mal y muchos quisieran vivir mejor, que los jóvenes en particular se sienten frustrados al intuir que lo van a tener más difícil que sus padres, pero el desempleo es de solo el 5,6% y la economía británica es la que más crece hoy en Occidente. Mirando a España, Francia, Italia, las cosas podrían, efectivamente, estar peor.

Ayer por la mañana un eufórico David Cameron celebró lo que llamó “la victoria más dulce”. Pero el primer ministro sabe que le esperan duros retos en torno a Escocia y Europa y sabe muy bien también que le debe la victoria en buena medida al estratega australiano, brusco y brillante pero nada dulce, que contrató para dirigir su campaña electoral. Su nombre es Lynton Crosby. Estará hoy atento al teléfono, esperando una llamada de Mariano Rajoy.