11 mayo 2010

La derrota del hasta entonces primer ministro, Gordon Brown, fue inferior a la que preveían las encuestas

Elecciones Reino Unido 2010 – Las elecciones abren paso a una coalición conservadora – liberal-demócratas presidido por David Cameron con Nick Clegg como su segundo

Hechos

  • Partido Conservador (David Cameron)- 306 escaños
  • Partido Laboralista (Gordon Brown)-  258 escaños
  • Partido Liberal-Demócrata (Nick Clegg)- 57 escaños

Lecturas

Gordon Brown, primer ministro desde 2007, el heredero de Tony Blair, no logró mantenerse en el poder.

Las siguientes elecciones en Reino Unido serán en 2015.

NEWS CORPORATION (THE SUN Y NEWS OF THE WORLD) RETIRÓ SU APOYO A LOS LABORALISTAS:

the_sun_contra_brown Portada del periódico THE SUN cuyo director es Dominic Mohan, anunciado que retiran su apoyo al Partido Laborista, después de haberlo apoyado desde 1997. 

El grupo mediático News Corporation – propiedad de Rupert Murdoch – editor de las influyentes publicaciones The Sun o News of the World, retiró su apoyo a los laboralistas, después de haberles defendido desde 1997 (durante todo el mandato de Tony Blair). El grupo pasó a apoyar al Partido Conservador hasta el punto de que destacados periodistas de News Coroporation ocuparon puestos en dicho partido. El más destacado fue Andy Coulson, ex director de News of the World, que pasó a ser jefe de prensa del Partido Conservador.

08 Mayo 2010

Amarga victoria de Cameron

EL MUNDO (Director: Pedro J. Ramírez)

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N POLÍTICA, ni las dulces derrotas ni las amargas victorias son fáciles de digerir y gestionar. Bien lo saben el líder conservador británico David Cameron, ganador de las elecciones pero con una exigua mayoría, y el aún premier Gordon Brown, quien pese al fracaso del laborismo en las urnas ha logrado un resultado más decoroso del que se vaticinaba. Los tories suman 306 escaños -a 20 de la mayoría absoluta-, los laboristas, 258, y los liberales, 57. Pero, paradójicamente, es el líder liberal quien tiene la llave de la gobernabilidad pese al pobre resultado electoral, que ha causado bastante decepción por cuanto el efecto Clegg y la posibilidad de acabar con el bipartidismo habían dado una nueva dimensión a la campaña.

Lo cierto es que los resultados han sembrado el Reino Unido de desconcierto e incertidumbre. El último Parlamento colgado que salió de las urnas se remonta a 1974. Y ante la falta de una cultura del pacto, los partidos ayer dieron varios palos de ciego hasta que Cameron tendió su mano a los liberales para formar un Gobierno de coalición -el primero desde los ejecutivos de concentración nacional durante la II Guerra Mundial-. Con su oferta, el líder tory se juega el todo por el todo, y es presumible que, con coalición o en minoría, acabará siendo primer ministro. Pero resulta difícil imaginar la cohabitación entre dos formaciones tan divergentes en materias como Europa, la inmigración o incluso la política fiscal.

Brown lo sabe bien, y por ello, en un desesperado intento por no perder su último tren político, ayer se apresuró a abrir a Clegg su puerta por si fracasan las negociaciones con los tories, insinuando su predisposición a acometer una reforma del sistema electoral. Un inmejorable canto de sirenas para los liberales, muy perjudicados por una técnica tan injusta que les lleva a conseguir sólo 57 diputados pese a tener el 23% de los votos.

En todo caso, un Gobierno frágil sería el peor escenario posible ante la delicada situación que afronta el Reino Unido. Porque con un sistema financiero en cuarentena y una deuda pública disparada, el nuevo Ejecutivo deberá aprobar el mayor plan de ajuste en décadas. Como dijo el gobernador del Banco de Inglaterra, «tan draconiano que lo más probable es que el partido del Gobierno no vuelva a ganar las elecciones en una generación». Apocalíptico o no, el diagnóstico refleja bien la herencia envenenada que conlleva esta vez mudarse a Downing Street, harto difícil de soportar sin un respaldo parlamentario suficientemente sólido.

11 Mayo 2010

La demagogia de Brown

Ángel Expósito

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El todavía primer ministro británico. Gordon Brown. se niega a reconocer que su gestión ha sido rechazada por los electores y, con un talante maniobrero, está dilapidando las últimas gotas de respetabilidad que le quedaban. El anuncio de su retirada como líder del laborismo está lejos de ser un gesto noble y altruista: se trata, sencillamente, de una estratagema desesperada para intentar el objetivo improbable de mantener a su partido en el poder a pesar de su derrota electoral y, sobre todo, para hacer más difícil y costosa la formación de una coalición entre los conservadores -el partido más votado- y los liberales. Esta actitud destinada a subir el precio del acuerdo en una subasta demagógica es claramente irresponsable.
El Reino Unido no está en una situación en la que se puedan hacer muchos experimentos. Necesita un Gobierno estable y coherente lo antes posible y que sea lo más cercano posible a la voluntad de los electores. Las urnas pidieron un cambio y ese cambio no lo puede conducir en ningún caso el laborismo, ya sea bajo el liderazgo de Brown o de cualquier otro de sus dirigentes. Los ciudadanos han señalado claramente que están preocupados por la crisis económica y lo último que desean es que la formación del nuevo Gobierno acabe siendo una puja interminable en el cortejo de los liberales, que al fin y al cabo han sido los menos votados. La coalición entre conservadores y liberales es a todas luces la más conveniente, teniendo en cuenta el resultado de las elecciones de la semana pasada.
Que hubiera unas negociaciones más o menos complejas para una coalición entraba dentro de lo que cabía esperar, a la vista del resultado electoral, pero lo que no debería haberse producido es que los laboristas se empeñen en no admitir su derrota. En cuanto a los liberales, si lo que pretenden de verdad es una reforma electoral que suavice la tradicional tendencia al bipartidismo, deben dar una lección de dignidad y sentido común en estas negociaciones, o de lo contrario conseguirán que cambien de opinión los que pensaban que una presencia en el escenario político de un tercer partido podría llegar a ser positiva.

12 Mayo 2010

'Premier' Cameron

EL PAÍS (Director: Javier Moreno)

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El anuncio de dimisión del primer ministro británico, anoche, tras el fracaso de las conversaciones entre laboristas y liberales para la formación de Gobierno, devuelve la cordura al guirigay en que se había convertido el relevo en Londres tras las históricas elecciones del jueves pasado. La salida de Gordon Brown de Downing Street, y de la jefatura laborista, convierte al conservador David Cameron en nuevo jefe del Gobierno, que dependerá de los liberales de Nick Clegg, tercer partido más votado, para conformar un Gabinete estable.

Brown no podía seguir alargando el chalaneo planteado por los liberales para hacer subir el precio de sus votos. Su anuncio del lunes asegurando que dimitiría de la jefatura del laborismo para facilitar un acuerdo con Clegg no era el gesto altruista pretendido, sino un último intento para torpedear la alianza dictada por la aritmética parlamentaria entre los tories vencedores -306 escaños, a 20 de la mayoría absoluta- y el único partido que puede sustentar una mayoría eficaz en los Comunes.

Es probable que los liberales tuvieran más afinidades con los derrotados laboristas que con los conservadores, aunque Brown nunca haya sido santo de la devoción de Clegg. Pero su eventual alianza habría sido una coalición de perdedores, difícilmente aceptable para la opinión pública, que exigiría para llegar a la mayoría absoluta parlamentaria la volátil colaboración de un puñado de partidos nacionalistas y de pequeñas formaciones, cada una con su propia agenda. El resultado no habría sido otro que un Gobierno inestable, abocado a nuevas elecciones en el corto plazo. No es eso lo que necesita ahora Reino Unido.

Atosigado seriamente, como otros países europeos que soportan elevadísimos déficits públicos (más del 11%), por el acoso implacable de los mercados financieros, Gran Bretaña necesita adoptar urgentemente decisiones impopulares y de calado, desde una subida de impuestos hasta drásticos recortes del gasto público, decisiones que no podía firmar sin sonrojo un partido, el laborista, que, con 258 escaños, ha cosechado sus peores resultados en las urnas desde 1983. Resultados que han puesto un amargo final a un reinado político de 13 años y desalojan del número 10 de Downing Street a quien ha sido un buen ministro del Tesoro y un infortunado e inhábil primer ministro.

El fracaso de los últimos intentos laboristas para fraguar una imposible coalición deja definitivamente vía libre al anuncio del compromiso de Gobierno entre Cameron y Clegg, que ayer se negociaba contrarreloj. Probablemente los liberales no obtengan del jefe tory una respuesta tan satisfactoria como la que Brown ofrecía a su reivindicación primordial de una reforma electoral que les represente más justamente en los Comunes. Pero también saben que esa meta, siendo trascendente para una modernización del sistema político, no aparece como la prioridad para sus conciudadanos. Formar un Gobierno compacto y eficaz va a obligar a sacrificios tanto del lado conservador como del liberal, pero eso es lo que los británicos exigen a sus líderes políticos, con urgencia, en esta hora.

12 Mayo 2010

La hora de la responsabilidad

Ana Romero

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David Cameron -a sus 43 años el primer ministro más joven del Reino Unido desde 1812- durmió anoche por primera vez en Downing Street. Gordon Brown conectó por fin emocionalmente con los británicos como no lo había hecho en 13 años, pero acabó el día en su casa de Escocia convertido en mero diputado. Fue de nuevo una jornada extraordinaria, igual que las cinco que han seguido a las elecciones. Pero ayer la democracia británica demostró su altura: tras el desorden vivido desde el pasado jueves, la maquinaria institucional funcionó como el Big Ben. Todo, desde el camión de la mudanza hasta las idas y venidas a Buckingham Palace para obtener la venia de la Reina. GOD (Sir Gus O ‘Donnell, el ministro de la Presidencia) puede estar satisfecho. Los ciudadanos se fueron a la cama más tranquilos con el nuevo Gobierno.

Javier Solana, que ahora da clases en la London School of Economics, se enteró de la noticia en Santiago de Compostela, donde fue a entregar los premios de periodismo Salvador de Madariaga. «Esto es bueno para la libra», comentó en referencia al nuevo Gabinete de coalición Con-Lib. José Luis Rodríguez Zapatero pasó mensaje al nuevo premier británico, pero no lo llamó por teléfono como hicieron Obama, Merkel y Sarkozy. Aún desde otros bandos, la sensación generalizada fue de que el desenlace ha sido el mejor para todos (menos para el gurú de gurús Peter Mandelson, cuyo maquiavélico plan de una alianza progresista de perdedores fracasó por completo. Se acabó su momento, que ha durado 25 años).

Pasado el drama político, comienza el trabajo. Lord Liverpool tenía 42 años cuando llegó a Downing Street en 1812. Era el ministro de la Guerra y las Colonias, y pasó a ser primer ministro porque a su antecesor lo asesinaron. Cameron llega elegido (o casi), pero nunca ha sido ministro. Tiene un enorme peso sobre sus espaldas. En su primer discurso, frente al famoso número 10, y en una noche fría y oscura, la palabra más usada fue responsabilidad. Habló sin papeles (es como mejor le sale), y usó palabras que sonaron a John Fitzgerald Kennedy: «Queremos una nación en la que los ciudadanos no se pregunten cuáles son sus derechos, sino cuáles son sus responsabilidades. En la que nadie nadie se pregunte qué tengo, sino qué puedo dar (…) Los que pueden, deben, y los que no, nos aseguraremos de que los ayudamos». Se oyó algún que otro «fuera» a pesar del sonido del helicóptero que sobrevoló su discurso. No va a ser fácil para él.

Dentro de 50 días habrá un presupuesto de emergencia, y el Gobierno se reunirá hoy por primera vez. A Nick Clegg lo ha venido Dios a visitar: su partido ha salido peor parado que en las pasadas elecciones, y ahí lo tienen, convertido en número dos. Y otros cuatro ministros liberales en el Gabinete gracias al sacrificio de cuatro tories. Es lo que hay, y es lo que el país pide. No así los cameroons, el círculo íntimo de Cameron, que ya ha ocupado posiciones. El nuevo Bernardino León de Downing Street será Ed Llewellyn. Se llevarán bien. Tienen la misma edad, son más que espabilados y a los dos les gusta la cosa internacional. Cameron ya tiene cita en la Casa Blanca para julio, y antes viene la reunión del G-20. Se ha pasado la vida entera esperando el momento de anoche frente a esa puerta negra. Si duro ha sido llegar, lo peor empieza ahora.

14 Mayo 2010

Cameron & Clegg

EL PAÍS (Director: Javier Moreno)

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El Gobierno de coalición británico es un experimento histórico con visión de Estado

Con rapidez inesperada y una ambición sobre el papel que desmiente el escepticismo inicial, conservadores y liberales se han puesto de acuerdo en el primer Gobierno de coalición en Reino Unido, en tiempos de paz, desde 1935. La primera medida del Gabinete que dirige David Cameron y cuyo viceprimer ministro es el hasta hace unos días rival Nick Clegg, ha sido rebajarse los sueldos un 5% y congelarlos durante cinco años. Algo que habla a las claras, junto con la preparación de un Presupuesto de emergencia, sobre cuál va a ser la prioridad de un Ejecutivo que ya anuncia que reducirá el déficit este año en 7.000 millones de euros.

En un país que daba por sentado que la política la dirige un solo partido, el experimento tiene importancia histórica, triunfe o no. Los conservadores de Cameron, victoriosos en las urnas, controlan las carteras clave (Economía, Interior, Exteriores, Defensa, Justicia…), pero los liberales obtienen cinco ministerios y numerosos puestos de menor rango. El pacto sellado entre ambos dirigentes, después de una rigurosa negociación, es cualquier cosa menos papel mojado. Pretende durar toda la legislatura, cinco años, y si los tories mantienen en él sus señas de identidad (por ejemplo, lo innegociable del arma nuclear), Clegg consigue el compromiso de someter a referéndum el sistema electoral y atempera el furibundo antieuropeísmo de Cameron. La resultante es que los dos partidos inauguran una nueva manera de hacer política en Reino Unido, en la que van a compartir a los ojos de los ciudadanos la responsabilidad por la conducción del país en tiempos duros.

Sin duda, una cosa es una lista de objetivos, y otra su ejecución. Los desafíos -económicos, educativos, de reforma política- son enormes; y conocidas las discrepancias de ambos partidos en temas como la integración europea o el binomio libertad / seguridad. No es extraño, pues, que Cameron ordenara ayer al Gabinete silencio público sobre sus diferencias. Pero aunque no fuera más que por la responsabilidad y el sentido del Estado mostrado por conservadores y liberales, el Gobierno de coalición británico merece todo el crédito inicial. A su engrase debería ayudar que Cameron y Clegg son jóvenes, comparten en buena medida biografía vital y existe entre ellos, como ha quedado de manifiesto en Downing Street, una química que va más allá de convenciones y buenas maneras.