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El laborista Gordon Brown se convierte en el nuevo primer ministro de Gran Bretaña tras la dimisión de Tony Blair

HECHOS

El 27.06.2007 Gordon Brown tomó posesion como nuevo primer ministro de Reino Unido reemplazando a Tony Blair, que presentó su dimisión.

28 Junio 2007

La huella de Blair

EL PAÍS (Director: Javier Moreno)

Tras más de 10 años y de forma voluntaria, Tony Blair salió ayer del 10 de Downing Street para dejarle la residencia de primer ministro a Gordon Brown. Ha sido el premier laborista que más tiempo ha estado en el cargo. No deja una huella tan ideológicamente marcada como Margaret Thatcher desde el conservadurismo, pero, pese a la sombra de la guerra de Irak que le perseguirá durante mucho tiempo aún, Blair ha transformado su país, además de su partido, que sacó de la cultura de la propiedad colectiva, para modernizarlo sin renunciar a la justicia social y con la política educativa en primer lugar. Blair ha pecado, sin embargo, de un exceso de autoritarismo y una obsesión por el control de los medios de comunicación con el famoso spin.

Su paso por el poder ha transformado la Constitución, no escrita pero no menos real, del Reino Unido, con el proceso de recuperación del poder municipal, empezando por Londres; la autonomía para Escocia y Gales y la supresión del carácter hereditario de centenares de escaños en la Cámara de los Lores, sin llegar a eliminar la Cámara alta. Y, sobre todo, está el proceso de paz de Irlanda del Norte, que él no empezó, pero sin cuyo tesón, mezcla de dureza y convicción de que era posible el fin de la violencia, no hubiera llegado a buen fin. Sin Blair no se entiende el acuerdo de Viernes Santo de 1998. Ni que los dos máximos enemigos, los unionistas de Paisley y el Sinn Fein, estén hoy trabajando codo con codo en Belfast.

Llegó prometiendo situar a su país en el «corazón de Europa», pero más bien lo que hizo fue impulsar la ampliación y renunciar al euro y a la Constitución. Sin embargo, si la Europa militar, la de los Grupos Europeos de Combate, ha avanzado, ha sido gracias a él. Su gran error y borrón ha sido Irak, una guerra en la que se metió convencido de su buena causa y de que no había que dejar a EE UU solo. No logró lo que era uno de sus propósitos: moderar a Bush. No es seguro que pueda resarcirse con el nuevo mandato que recibió ayer, horas después de presentar su dimisión a la reina Isabel II, como enviado especial del Cuarteto (EE UU, Rusia, UE y ONU) para un Oriente Próximo en llamas.

Blair ha sabido irse, lo que no es fácil. Con él se va el blairismo y llega ahora un «nuevo Gobierno con nuevas prioridades», en palabras de Brown. Pero queda bastante de él y no será fácil superarle en sus éxitos.

28 Junio 2007

Brown renueva el laborismo

ABC (Director: José Antonio Zarzalejos)

Nadie ignora que durante los últimos años se han producido algunas desavenencias entre Tony Blair y Gordon Brown, y que entre los dos amigos no todo han sido coincidencias, pero el relevo que se produjo ayer en el puesto de primer ministro británico no tiene nada de comparable con el trágico final político de Margaret Thatcher en 1990: la lenta retirada de Blair ha dado paso, de forma ordenada y sin traumas políticos, al hasta ahora ministro de Economía, que ha empezado su gestión con un discurso bien preparado que servirá de base para la renovación del Partido Laborista. Después de tanto tiempo a la sombra de Blair, Brown sabe perfectamente lo que se va a encontrar en el despacho del número 10 de Downing Street, puesto que en gran medida es coautor de la política que se ha llevado a cabo hasta el momento, y precisamente por ello es comprensible que se disponga ahora a imprimir su sello personal, con la mirada claramente puesta en una nueva transformación estratégica del laborismo. Blair hizo en su momento un intento de situar al partido en el debate de las ideas del siglo XXI con aquella tesis de la «tercera vía», pero puesto que después de diez años en el cargo la mayor parte de su legado va a quedar empañado por el trauma de la guerra de Irak, la posición más inteligente por parte de Brown ha sido aprovechar el impulso político del relevo para insuflar otra vez nuevos vientos al laborismo, anunciando «un nuevo Gobierno con nuevas prioridades».
Mantener la parte más brillante de la herencia de Blair, y al mismo tiempo construir un nuevo escenario de partida para dejar atrás el lastre de las zonas más incómodas de una década en el poder, resulta una receta inteligente y pragmática que puede servir para prolongar la permanencia del laborismo en el gobierno mucho más allá de Blair.
En realidad, el primer discurso de Brown parecía el de alguien que acaba de ganar las elecciones después de una campaña electoral en la que se hubiera prometido un cambio fundamental, en vez de un relevo entre dos dirigentes del mismo equipo. Brown lo ha escenificado con lemas directos, como el de estar más cerca de la gente o darle a cada cual las mejores oportunidades, un aire tan fresco que bien podría proceder de un partido de corte liberal.
Pero al mismo tiempo, el sucesor de Blair corre el riesgo de hacerse vulnerable por su falta de legitimidad directa: como ya le ha reprochado oportunamente el líder de la oposición conservadora, David Cameron, el nuevo primer ministro no ha pasado por las urnas para obtener un mandato propio. Este es un asunto que, con toda probabilidad, aparecerá reiteradamente en el debate político de una sociedad cuyas sensibilidades democráticas son bien conocidas. Pero incluso en este caso, el mejor recurso para Brown vuelve a ser la continuidad de unas políticas que han dado buen resultado en general y que han llevado al laborismo a lo que, sin duda, ha sido su mejor etapa en mucho tiempo.
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