25 agosto 1989

Los comunistas retienen la Jefatura del Estado que ocupa el General Jaruzelski

En Polonia se forma el primer Gobierno no comunista encabezado por el demócrata Tadeusz Mazowiecki, miembro de ‘Solidaridad’

Hechos

En agosto de 1989 se constituyó un nuevo Gobierno con Tadeusz Mazowiecki como primer ministro.

Lecturas

Las elecciones parciales en Polonia habían sido en junio de 1989. 

JARUZELSKI SEGUIRÁ SIENDO JEFE DEL ESTADO

Jaruzelski  El General Jaruzelski, líder del partido comunista de Polonia, Partido Obrero de Unificación Polaca, seguirá siendo el Jefe del Estado del país, pero perderá gran parte de sus poderes ejecutivos en favor de Mazowiecki. Ambos deberán compatibilizarse en la transición de una dictadura comunista a una democracia parlamentaria.

27 Agosto 1989

Nueva Polonia

EL PAÍS (Director: Joaquín Estefanía)

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CON TADEUSZ Mazowiecki como primer ministro, Polonia ha entrado en una nueva era de su historia. Las condiciones mismas de su elección en el Parlanento han evidenciado el fin del papel dirigente del partido comunista, un rasgo que parecía intocable en los sistemas políticos de los países del Pacto de Varsovia. El propio portavoz parlamentario del POUP, Orzewdhowski, al explicar la aceptación de ese cambio histórico por los comunistas, ha dicho que Solidaridad llega al poder «conforme a la voluntad de millones de electores». Ha puesto el dedo en la llaga. La esencia del cambio que está viviendo Polonia es que empieza a ser gobernada según los resultados de las elecciones. Se convierte en una democracia.Es una transición llena de obstáculos, y Solidaridad lo sabe. En los debates que han precedido a su elección, Mazowiecki subrayó que su Gobierno deberá ofrecer confianza al máximo de sectores y reducir los peligros de choques y conflictos. Por ello, y teniendo en cuenta la situación económica, su objetivo es un Gobierno «de amplia coalición» con todos los partidos representados en el Parlamento y, por supuesto, dando entrada a los comunistas. Pero existe una diferencia profunda entre este Gobierno «de amplia coalición» que Mazowiecki va a formar y el Gobierno «de unidad» que quiso constituir, hace menos de un mes, el comunista Kiszczak ofreciendo algunos cargos a Solidaridad. Entonces se trataba de que Solidaridad aceptase la continuidad de un sistema político cuya dirección estaba monopolizada por el POUP. Ahora se trata de que los comunistas reconozcan y acepten el papel que los votos han dado a Solidaridad.

La primera etapa para Mazowiecki es negociar con los partidos la composición de su Gobierno. Necesita superarla ante las excesivas demandas comunistas con la suficiente energía para que quede claro que Solidaridad es la fuerza dirigente. Y, a la vez, con la flexibilidad que le permita consolidar la amplia unidad -salvo una minoría de comunistas recalcitrantes- que le votó en el Parlamento. Es obvio que si el POUP se colocase en la oposición, dedicándose a hacer fracasar a Mazowiecki, las dificultades serían mucho mayores. La Administración estatal, el Ejército, la policía, llevan décadas funcionando en un sistema regido por el sometimiento de los funcionarios a las decisiones «del partido». Y una Administración no se cambia en un día. Por eso, una presencia comunista en el Gobierno que ayude a una transición lo menos conflictiva posible hacia una Administración basada en la «fidelidad al Estado», y no a un partido, es un factor de estabilidad.

La prioridad absoluta para el nuevo Gobierno es la situación económica. Necesita tomar medidas inmediatas que frenen la inflación y alivien la situación de las familias, y a la vez poner en marcha una evolución a más largo plazo hacia una economía basada en el mercado y la iniciativa individual, y liberada de las trabas burocráticas que la paralizan. Mazowiecki tiene una carta decisiva: la confianza de los ciudadanos. Lo confirma el retroceso de las huelgas. Sin embargo, no puede ofrecer milagros. La recuperación económica exigirá sacrificios de todos, y lograr que ello sea comprendido y aceptado por una población dominada por el escepticismo es el reto más dificil al que tiene que hacer frente.

En el plano internacional, la actitud de la URSS ante el nuevo Gobierno polaco ha sido más bien positiva. Es un hecho trascendental. Hay que recordar que en 1968 los carros de combate entraron en Praga para liquidar y detener a un Gobierno comunista. Lo que está ocurriendo en Varsovia representa un paso esencial en todo el proceso renovador que está sacudiendo al Este europeo. El abandono por parte de Moscú de la doctrina Breznev sobre la soberanía limitada, no ya en declaraciones sino en la práctica, y además en el caso de un país tan importante desde el punto de vista estratégico como Polonia, confirma la novedad de la actitud de Gorbachov en los problemas europeos. Novedad que impulsará las corrientes reformistas en otros países del bloque soviético. Sobre todo si tiene éxito la experiencia del Gobierno Mazowiecki.

El Análisis

Mazowiecki al mando: Polonia rompe el molde comunista

JF Lamata
En un hecho sin precedentes, Polonia ha nombrado a Tadeusz Mazowiecki, un intelectual católico y asesor de Solidaridad, como su nuevo primer ministro, el primero no comunista en un país del bloque del Este desde la posguerra. El general Wojciech Jaruzelski, aún jefe de Estado, no tuvo otra opción tras el aplastante triunfo de Solidaridad en las elecciones parciales de junio, donde el movimiento liderado por Lech Walesa arrasó con 160 de los 161 escaños disputados en el Sejm y 99 de 100 en el Senado. Este cambio no es solo un relevo de nombres; es una grieta en el monolito comunista, un desafío al Kremlin que, bajo la mirada permisiva de Mijaíl Gorbachov, parece tolerar—por ahora—las reformas en Polonia y Hungría. Mazowiecki, un hombre de diálogo forjado en la resistencia, representa la esperanza de un pueblo harto de colas, censura y represión, pero su ascenso llega con un delicado equilibrio: Jaruzelski garantiza a Moscú que Polonia seguirá fiel al Pacto de Varsovia y al COMECON, manteniendo él mismo la presidencia como prenda de lealtad.
El contexto es tan frágil como histórico. Las elecciones de junio, fruto de las negociaciones de las mesas redondas entre el régimen y Solidaridad, fueron una apuesta arriesgada que Jaruzelski perdió estrepitosamente. Los polacos, inspirados por Walesa, Juan Pablo II y el martirio de figuras como Jerzy Popiełuszko, votaron no solo contra el Partido Obrero Unificado Polaco, sino contra 40 años de un sistema que prometió igualdad y entregó miseria. Gorbachov, con su glasnost y perestroika, ha dado a Polonia un margen de maniobra que Brezhnev, Khrushchev o Andropov jamás habrían permitido, pero no todos en el bloque del Este están contentos. Los virreyes comunistas—Erich Honecker en la RDA, Nicolae Ceaușescu en Rumania, Todor Zhivkov en Bulgaria, Miloš Jakeš en Checoslovaquia—miran con recelo estas aperturas. Para ellos, las reformas polacas y húngaras, donde Imre Nagy ya es un héroe rehabilitado, son una herejía que amenaza el orden del bloque. Hungría, que también avanza hacia el multipartidismo, comparte con Polonia el riesgo de provocar una reacción si empuja demasiado lejos.
Mazowiecki asume un cargo envenenado. Debe gobernar un país en bancarrota, con una economía destrozada por décadas de mala gestión y una sociedad que exige cambios inmediatos. Jaruzelski, desde la presidencia, será el guardián de los intereses soviéticos, asegurándose de que Polonia no abandone el Pacto de Varsovia ni el COMECON. Pero la marea de la historia es imparable: Solidaridad no es solo un sindicato, es la voz de un pueblo que ya no teme. Gorbachov puede ser más flexible que sus predecesores, pero los halcones del bloque del Este y los conservadores en Moscú no se quedarán de brazos cruzados si sienten que el control se les escapa. Mazowiecki, con su talante sereno, tiene la tarea de transformar Polonia sin provocar al oso soviético. Este agosto de 1989, Polonia no solo cambia de primer ministro; cambia de rumbo. La pregunta es: ¿hasta dónde llegará antes de que el Kremlin diga basta?
JF Lamata