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Pablo Ginés acusó a Juan G. Bedoya de ser un 'anticlerical' y de publicar bulos contra la Iglesia de manera reiterada

Encendido debate en CNN+ entre los jefes de religión de los periódicos EL PAÍS y LA RAZÓN

HECHOS

El 1 de diciembre de 2008 en la cadena CNN+ se emitió un debate entre los jefes de religión de los diarios EL PAÍS y LA RAZÓN, moderado por D. José María Calleja.

Tras el debate D. Pablo J. Ginés ecribió el siguiente artículo en la web FORUM LIBERTAS.COM DIARIO DIGITAL

Galileo, anestesia y los bulos de J.G. Bedoya en EL PAÍS

Leí el artículo mentiroso de Bedoya y se lo eché en cara por la noche en el debate de CNN+

P. J. Ginés, FORUM LIBERTAS.COM DIARIO DIGITAL, 3-12-2008

El pasado lunes 1 de diciembre acudí a un debate de televisión sobre los crucifijos y el laicismo. Era en CNN+, el canal del Grupo PRISA (EL PAÍS, cadena SER) y mi interlocutor era Juan G. Bedoya, periodista especializado en religión de EL PAÍS. Era un formato curioso de debate: uno frente a uno (con moderador) durante 25 minutos. Yo estoy más acostumbrado al formato «un cristiano contra cinco laicistas», más habitual en las televisiones locales o autonómicas de Cataluña y me resultó extraño tener tanto tiempo.

En el AVE me hice con un ejemplar de EL PAÍS y lo leí: Bedoya publicaba un artículo sobre «la guerra del crucifijo». Suele suceder que los periodistas veteranos se limitan a repetir en la radio y en TV lo mismo que han escrito esa mañana o el día antes en papel. Leer su artículo es saber su argumentación. De hecho así fue.

El artículo puede leerse aquí. Es un acumulado de bulos, mentiras y medias verdades. Y durante el debate televisado decidí declararlo con toda claridad para que la audiencia lo supiese. Veamos por ejemplo esta enumeración de pobres víctimas de la Iglesia:

«la quema de Giordano Bruno por sostener que hay otros mundos además de este; la aniquilación de Galileo por insistir en que la tierra gira alrededor del sol; la hoguera para los primeros que usaron anestesia para que la mujer pariera sin dolor; e incluso la condena del inventor del pararrayos porque, si dios [Bedoya lo escribe con minúscula] quiere fulminarte en medio de una tormenta, ¿quién es el hombre para impedirlo con artilugios tales?»

Dicen que «perro no muerde perro» y los periodistas no solemos acusarnos en público, pero yo no pude aguantarme:

– ¿Exactamente quién y cuándo condenó a la hoguera a los que usaron anestesia en un parto por vez primera? ¿Puede decirnos quienes fueron esos pobres doctores? – pregunté.

–  Claro, el doctor Snow y el doctor Simpson, en el siglo XIX… -dice Bedoya.

– Sí, James Simpson y John Snow en 1848 usaron anestesia en un parto por vez primera, también la usaron con la Reina Victoria. ¿Y quién les quemó y cuando?

– ¡No iban a quemarles, eran los doctores de la reina! – dice el periodista de EL PAÍS.

– Pero en tu artículo leemos «hoguera para los que usaron anestesia»… Y eso de «la aniquilación de Galileo…» ¿acaso no fue condenado a arresto domiciliario? ¡Tus lectores pensarán que lo mataron, al leer «aniquilación»!

– Hombre, le hicieron la vida imposible, eso es aniquilación… los lectores de El País son inteligentes -dijo Bedoya.

Yo no he visto como quedó el programa, pero mis amigos me dicen que quedó clara la manipulación. Respecto a la «inteligencia» de los lectores de EL PAÍS, no diré nada. Yo leo EL PAÍS; pero no me creo EL PAÍS, claro. Escribe Vittorio Messori (por ejemplo, en http://www.statveritas.com.ar/Varios/VMessori-01.htm ) que en los años 90, una encuesta con estudiantes de ciencias de casi todos los países de la Unión Europea demostró que el 30% de ellos creían que la Iglesia quemó vivo en la hoguera a Galileo. ¡Estudiantes de ciencias! Y el 97% se creía que «fue sometido a torturas». La realidad es que nadie torturó a Galileo y que murió tranquilamente en su cama.

Por otra parte, el tema de la anestesia ya lo trató ForumLibertas AQUÍ y AQUÍ. Es un bulo que ha repetido varias veces el ministro Bernat Soria, y en las páginas (web) de EL PLURAL, el hermano progre de César Vidal, Gustavo. Lo que pasa es que Bedoya sabe perfectamente que a los doctores Snow y Simpson nadie les quemó ni condenó a nada, y sin embargo publica el bulo. Supongo que Bernat Soria no tiene ni idea de historia de la anestesia y sospecho que lo aprendió leyendo EL PAÍS  o cosas parecidas.

La Iglesia Católica jamás ha condenado el uso de la anestesia. Quien diga lo contrario que lo demuestre con un documento eclesial. Sí hubo algún pastor calvinista de alguna remota zona escocesa que dijo o publicó o publicaron que dijo (en vaya a saber qué periódico) que la anestesia era contraria a la voluntad de Dios. De aquí Bedoya saca sus hogueras inventadas. Bulo y mentira anticristiana. ¿Hay o no cristianofobia cuando los periodistas del periódico más leído de España mienten descaradamente con bulos evidentes?

¿Y qué decir del bulo de «la condena del inventor del pararrayos»? Lo usaba Bedoya el pasado lunes y lo vemos pre-encarnado en un artículo en EL PLURAL de Gustavo Vidal de enero de 2008 que dice:

Roma abominó de la anestesia para mitigar el dolor porque “la Biblia dice parirás con dolor”. Difamaron a Benjamin Franklin, inventor del pararrayos, “¿quién osa entrometerse en los designios de la naturaleza, obra de el Altísimo”?

¿Quién y cuando y en qué documento Roma condenó a Franklin? Benjamin Franklin, uno de los «padres fundadores» de los EEUU, era de confesión episcopaliana, aunque según vemos en su Carta a Ezra Stiles (escrita pocos días antes de morir, en 1790, con 85 años) era más bien un simple deísta, y creía en un Dios que merece ser adorado y que juzgará con justicia en la Otra Vida, pero no tenía clara la divinidad de Jesucristo. En cualquier caso, no era católico y estaba muy lejos de cualquier jurisdicción católica (como los dotores Simpson y Snow) así que ¿cómo es posible que crean estos periodistas que Roma pudo condenarle? Es más ¿quién y cuándo le condenó? ¿En qué documentos? ¡El bulo del pararrayos no tiene base!

El artículo de Bedoya, una vez sentada la absoluta irracionalidad de una Iglesia que disfruta sádicamente de las descargas de rayos y los dolores del parto, continua con una serie de lugares comunes («la ciudadanía avanza, pero su vieja religión no se adapta») e insiste en «que conviene subrayar ejemplos». Ejemplos inventados (anestesia, pararrayos, Galileo) o sacados de contexto.

Según Bedoya «los obispos» se «opusieron con virulencia a la creación de colegios mixtos». Da una cita pero no dice cuando, dónde ni en qué contexto se dijo. Todo su artículo son comillas de citas que no atribuye a ningún documento. José María Legurburu, un experto de San Pablo CEU en la obra del cardenal Herrera Oria, confirma que en las 250 escuelas rurales que hizo como obispo de Málaga en los años 50, niños y niñas iban juntos a clase por las mañanas (más niñas, porque muchos niños trabajaban y acudían por la noche a las clases de adultos). Por cierto, en esas escuelas-capilla de Herrera Oria, que no hacían educación diferenciada, el mismo edificio servía para rezar y para alfabetizar y estudiar. Allí se formaron 25.000 personas. ¿De dónde sale el bulo de la Iglesia anti-colegio-mixto entonces?

Bedoya en su intervención en CNN+ fue más de lo mismo.

– El gobierno ha aumentado un 34% su asignación a sueldos de obispos… -dijo en la TV, repitiendo su artículo

– El gobierno no ha hecho nada. El dinero lo dan los ciudadanos que quieren marcando libremente su crucecita en la declaración de la renta -respondí yo. – Además, fue Alfonso Guerra en el año de la catapúm que decidió arbitrariamente que la crucecita fuera un 0’05, y ahora libremente se ha pactado un 0,07…

– ¿Ves? Del 0,05 al 0,07… ¡ha aumentado un 35%! – dijo Bedoya.

Lo más gracioso fue cuando comentó el caso de un ateo friki, profesor de un colegio de Madrid que, cuando no pudo quitar un crucifijo del colegio, puso a su lado un poster de Karl Marx dulzón y aburguesado (la foto sale en El País del 1 de diciembre, el dibujo parece de un estilo similar al de Gloria Fuertes).

Me pareció absurdo que debamos tomar en serio a alguien que considera que se puede poner un poster de Marx al nivel de un crucifijo. Porque ya ni los ateos creen en Marx, mientras que nunca hubo tantas personas en este planeta que amasen a Jesucristo como las hay hoy.

Marx no trató en su vida con un solo obrero, mientras que Jesús sí era un obrero, o al menos trabajador manual. Marx le hizo un hijo ilegítimo a su criada, una mujer a la que nunca pagó sueldo, porque venía con la dote de su esposa aristócrata. Cristo predicaba el hacerse eunucos por el reino de los Cielos, y nunca tuvo criados ni tratos aristocráticos. Pienso que el libro «Intelectuales» de Paul Johnson debería ser de lectura obligatoria en todos los institutos y universidades.

Supongo que si repasase el vídeo de nuestro debate en CNN+ encontraría inexactitudes, o fallos, o simplemente errores de documentación en mi intervención. En un debate oral es normal. Pero lo preocupante es que los bulos circulen por la prensa generalista española y que los lectores no exijan veracidad a sus periodistas.

Seamos optimistas: Bedoya se jubila dentro de un año y medio. ¿Puede ser que su sustituto repita los mismos bulos del pararrayo, la anestesia y Galileo? ¡Están muy vistos! Quizá el sustituto, al ser más joven (hace mucho que Bedoya dejó el seminario) sepa que hoy, con Internet, estas cosas se detectan enseguida, que hoy cualquiera tiene una hemeroteca en su PC. Ojalá. Internet es un espacio de documentación para aquellos que no se contentan con el rumor y vale la pena que los cristianos apoyemos medios como este.

Pablo J. Ginés

01 Diciembre 2008

Discusión bizantina

Juan González Bedoya

La guerra del crucifijo es controversia que viene y va, con los mismos argumentos, como si no pasaran los años. Se parece a las enconadas disputas entre los prelados e intelectuales bizantinos durante la Edad Media sobre si usarsantos o representaciones antropomórficas como objetos de culto. Erasmo, a riesgo de ser preso de la Inquisición, dedicó al asunto una parte de su diatriba contra los teologuchos que discutían sin cesar sobre si era pecado menos grave matar a un millar de hombres que coser en domingo el zapato de un pobre. Otros tuvieron peor suerte: la quema de Giordano Bruno por sostener que hay otros mundos además de éste; la aniquilación de Galileo por insistir en que la tierra gira alrededor del sol; la hoguera para los primeros que usaron anestesia para que la mujer pariera sin dolor e, incluso, la condena del inventor del pararrayos porque, si dios quiere fulminarte en medio de una tormenta, ¿quién es el hombre para impedirlo con artilugios tales?

La primera guerra del crucifijo se desató en 1977, cuando aún persistía en España la coalición de la sala de guardia y la sacristía. Franco, caudillo ycruzado nacionalcatólico, había muerto dos años antes y el presidente de las nuevas Cortes retiró el crucifijo de su despacho oficial. Aún resuenan las execraciones contra Antonio Hernández Gil, honorable jurista y confeso católico.

Y 31 años más tarde, estamos en lo mismo. Parecería que por las cuestiones que afectan a la relación entre un Estado laico y las creencias de sus ciudadanos no pasasen los años. Las grandes tradiciones religiosas nacieron y se organizaron, no para convivir, sino para combatirse -para ser cada una de ellas la religión verdadera-. Superado ese pasado, al menos de palabra, hoy buscan enemigos en el Estado y en la sociedad.

Los eclesiásticos apelan al dicho cristiano de «dar al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios». Interpretan con tacañería esa consigna. España es ejemplo del desencuentro que viven la sociedad y la Iglesia romana. La ciudadanía avanza, pero su vieja religión no se adapta, o lo hace a regañadientes. Crece la libertad de conciencia, se multiplican en armonía las creencias, se consolida la separación del Estato y las iglesias. Pero los obispos católicos dicen no -siempre no- a cada norma o costumbre que moleste a sus doctrinas, como si los españoles tuvieran que asumirlas ad aeternum.

Conviene subrayar ejemplos para imaginar lo extravagante que parecerá a próximas generaciones esta disputa por la presencia de crucifijos en escuelas, juzgados, o en la toma de posesión del presidente del Gobierno. Los obispos predicaron que la idea de que «la autoridad emana únicamente del pueblo acarrea un diluvio de males»; tacharon de «inmoral concubinato» la legalización de matrimonio civil; se opusieron con virulencia a la creación de colegios mixtos -«la coeducación de sexos es antitradicional y anticristiana»-; y proclamaron que era motivo hasta para llamar a una guerra civil la libertad de culto, la supresión de «honores militares al Santísimo Sacramento», la secularización de cementerios o la separación del Estado y las iglesias. Todavía en 1973, la Conferencia Episcopal argumentó en «razones históricas» la intervención de su iglesia «en lo temporal». Es la añoranza de los tiempos en que la nación española consideraba «timbre de honor el acatamiento a la ley de Dios según la doctrina de la Iglesia católica y romana, única verdadera» (Ley de Principios Fundamentales del Movimiento, del 27 de mayo de 1958).

Se habla estos días de «cristofobia» y de «anticlericalismo rancio». La realidad es que el Gobierno socialista incrementó hace un año el 34% la asignación del Estado para sueldos de obispos y sacerdotes. Nadie discute el prestigio de Cristo, mucho mayor que el de su iglesia; ni sobre los dineros públicos que perciben los eclesiásticos. Se trata sólo -nada más, nada menos- de cumplir y hacer cumplir la Constitución, que proclama bien alto la aconfesionalidad del Estado.

La ministra Mercedes Cabrera dijo la semana pasada que hay que retirar [de los colegios públicos] «cualquier símbolo que pueda agredir o crear sensación de agresión». Es una declaración muy desafortunada. Al Gobierno no le compete juzgar sobre sensaciones, sino hacer que se respeten los derechos y las libertades constitucionales. Por cierto, las comunidades donde perduran más crucifijos en los edificios públicos son las gobernadas por los socialistas, como Andalucía. Es paradoja extravagante y da que pensar.

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