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La peseta siguió siendo moneda válida hasta el 28 de febrero de 2002

Entra en vigor el euro como moneda de España en sustitución de la peseta como integración del país en la unidad monetaria de la Unión Europea

HECHOS

  • El 2.01.1999 entró en circulación la peseta.
  • El 1.03.2002 la peseta dejó de ser moneda de curso legal en España.

02 Enero 1999

La hora del euro

EL PAÍS (Director: Jesús Ceberio)

EUROPA HA dado un paso de gigante con el alumbramiento del euro, que desde el lunes competirá en los mercados con el dólar y el yen. Es la decisión más trascendente adoptada desde que se puso en marcha, a comienzos de los cincuenta, el proceso de integración de Europa. Once países, que serán más en un futuro no lejano, renuncian a sus monedas nacionales para integrarlas en el euro bajo la supervisión del Banco Central Europeo (BCE), una institución que goza de una independencia sin parangón. La moneda única nace con un plus de confianza que puede convertir a Europa en la zona más dinámica del mundo desarrollado. España ha cogido este tren a tiempo por primera vez en dos siglos y como resultado del esfuerzo colectivo realizado durante más de diez años. Aunque sus monedas y billetes no comenzarán a circular hasta dentro de tres años, el euro es una realidad desde ayer. Las bolsas de los 11 países integrados cotizarán desde el lunes en euros, moneda con la que se podrán ya manejar tarjetas de crédito, cuentas bancarias y préstamos. De hecho, la peseta no es ya más que una fracción no decimal del euro, cuyo cambio irreversible ha quedado fijado en 166,386 pesetas, un valor previsible y razonable. Ahora viene una parte difícil para todos: adaptar nuestra valoración personal del precio de los bienes y servicios de la antigua peseta al nuevo euro. Disponemos de tres años para acostumbrarnos, aunque la adaptación completa se logrará sólo cuando circule la nueva moneda.

Ciento treinta años después de su nacimiento, no podemos lamentar gran cosa la desaparición de la peseta. Ha sido una moneda sin credibilidad, sometida a devaluaciones cíclicas. Por lo demás, la sola perspectiva de su definitiva sustitución por el euro ya ha tenido efectos benéficos en la cultura económica de un país dominado históricamente por la inflación y el déficit presupuestario. Este cambio empezó a gestarse en los últimos Gobiernos socialistas, ya comprometidos con el plan de convergencia, y ha culminado con éxito bajo la dirección del PP. Pero, como ha recordado el vicepresidente Rato, ésta no es una estación de llegada, sino de partida. Aún quedan por hacer muchas reformas estructurales en España para sacar el mejor provecho del entorno más competitivo que va a suponer la integración en el euro.

La moneda integrada exige un cambio de mentalidad y una ruptura de fronteras geográficas y psicológicas que sobreviven a muchos años de mercado único. Aunque su gran prueba llegará cuando tenga que hacer frente a una crisis, el euro ve la luz en una coyuntura favorable para Europa: crecimiento sostenido, inflación mínima y bajos tipos de interés. Hasta el punto de que el objetivo de inflación, que el BCE fijó en un 2% para toda el área euro, está hoy tan asegurado que cabe esperar de esa institución una próxima rebaja de tipos para favorecer el crecimiento, y con él, la creación de nuevos empleos. Combatir un paro excesivamente elevado sigue siendo el principal reto de todos los grandes países que se han incorporado al euro. Bien está que el BCE defienda su independencia, pero no al margen de la política ni de los objetivos generales de la Unión Europea, como indica el Tratado de Maastricht.

A partir de ahora, España no podrá devaluar frente a los países de la zona euro, a donde va a parar más de la mitad de nuestras exportaciones. Pero, una vez sumergida la peseta en el valor del euro, tendremos que fijar nuestra atención en la paridad de la moneda europea respecto del dólar. Éste es, justamente, uno de los puntos que ha de preocuparnos en los inicios de esta nueva aventura monetaria. El euro debe ser una moneda estable, pero sin convertirse en una divisa excesivamente fuerte. La primera prueba vendrá el mismo lunes, cuando abran los mercados tras este largo puente en el que las entidades financieras se están preparando para la nueva realidad. Ni la euforia por el euro ni la voluntad de demostrar su independencia a toda costa deben llevar al BCE -ni a los ministros de los Once- a favorecer una excesiva apreciación de la moneda europea frente al dólar. Es un movimiento a controlar, no sólo en interés de los propios ciudadanos europeos, sino también de países terceros. El descontrol entre los valores del dólar, el yen y el euro podría aumentar la inestabilidad en zonas ya fuertemente castigadas, como Asia o América Latina. El alumbramiento del euro le brinda a la Unión Europea un plus de influencia, pero también acrecienta su responsabilidad internacional.

Hacia adentro, el euro es la piedra de toque para la consolidación del gran mercado común en la Unión Europea, que, de ser una potencia comercial, pasa a convertirse también en potencia monetaria. Pero no puede quedarse sólo en un gran mercado con una moneda que facilita las transacciones, en un mero espacio. Tiene que recuperar la voluntad política que siempre ha dominado todos los pasos hacia la integración en esta segunda mitad de siglo. La UE necesita vertebración, políticas activas que fomenten la competitividad y el empleo, pero necesita también de una política de solidaridad, que se traduzca en transferencias de recursos de las zonas más ricas hacia las menos favorecidas. Eso que se viene a llamar la política de cohesión económica y social viene a ser ahora incluso más necesaria que antes de la moneda única. El euro es una oportunidad añadida para que España alcance un nivel de renta cercano a la media europea, el objetivo que el vicepresidente Rato ha planteado para finales de la próxima legislatura. Para lograrlo es del todo necesario que la UE cumpla sus propios compromisos y mantenga la vigencia del Fondo de Cohesión. El mejor éxito de esa política ha sido Irlanda, hoy excluida de ese fondo al haber superado con creces el 90% de la renta europea. España aspira a seguir el camino de Irlanda, no el de Grecia. En todo caso, la cohesión en la Europa del euro debe ir a más, no a menos.

La anterior generación política europea, la de Kohl, Delors, Mitterrand o González, diseñó este avance hacia la moneda única con una visión política antes incluso que económica. Y fue la voluntad política del entonces canciller alemán la que garantizó que, a pesar de las tormentas, el proyecto llegara a buen puerto. Corresponde ahora a la nueva generación de líderes europeos desarrollar la moneda sin olvidar su dimensión política. La creación del euro favorecerá, sin duda, pero no engendrará automáticamente una mayor integración política. Ésta debe ser el resultado de una renovada voluntad, ya sea para coordinar o integrar programas que van de la fiscalidad hasta el empleo, ya sea para sentar las bases de una política exterior común y para reducir el déficit democrático de las instituciones de la Unión. Ha nacido la Europa de la moneda. Falta aún la Europa política.

21 Enero 1999

Salve, euro

Jaime García Añoveros

En los primeros días de vigencia del euro hemos oído muchas razones por las que debemos estar contentos: se van a facilitar las transacciones internacionales, sobre todo las europeas; estamos mejor cobijados frente a las asechanzas de la crisis, que, como el virus de la gripe, viene más o menos agresivo o resistente, pero viene; habrá más nitidez económica en Europa; España está en el grupo de partida de tan importante evento, lo que prueba que hemos hecho bien los deberes; por primera vez desde qué sé yo cuando, España se monta en un tren en la estación de salida… También se nos ha avisado de los riesgos, ya no se pueden arreglar las alegrías con devaluaciones de la moneda según la tradicional y arraigada costumbre patria, los excesos se pagarán con desempleo, y otros.Para mí también esto del euro es ocasión de gozo, pero visto el asunto desde otra perspectiva, como diría un orteguiano lúcido. Al aceptar el euro hemos renunciado a uno de los componentes de la soberanía patria, facultad de crear dinero con poder liberatorio de deudas; y, qué quieren ustedes, esa relativización de la soberanía patria me llena de interna satisfacción; desde el 1 de enero vivo y pertenezco a un país menos soberano que el 31 de diciembre anterior.

Puede pensarse que no es así exactamente, que lo único que hemos hecho con ese trozo de soberanía es transferirla a un lugar al que la han transferido también otros, y que de este modo estamos sujetos a una soberanía más amplia e importante que la anterior, pura soberanía patria. No negaré tan razonable argumento, pero la sensación de alivio, afortunadamente, permanece; es como si la soberanía, al compartirse, se hubiera diluido, y el yugo que representa parece, o es, menor; el respiro de la dilución, quizá sólo un fenómeno psicológico; pues bien venido sea.

Pero ¿por qué hablar de yugo cuando nos referimos al poder monetario? Se preguntarán algunos, ¿el yugo de la patria, aún el monetario, no es un dulce yugo?; y aquí entra la experiencia personal; para un español nacido poco antes de la guerra civil, y que ha conocido las guerras, ensoñaciones autárquicas, delirios de grandeza y de bienestar general en medio de la miseria seguidos de devaluaciones, una y otra vez, para un pluriestafado por la inflación irresponsable, para un sujeto pasivo de torcidas maquinaciones monetarias, es decir, políticas, esto de que ya tales instrumentos están fuera del alcance de los que manejan el cotarro patrio en cada momento, incluidos los salvadores mesiánicos y líderes seductores, es un alivio: nuestras autoridades, por sí solas, no van a poder recurrir a tales embelecos.

Es verdad que desde hace más de veinte años estas políticas han sido sensatas, que los actuales responsables han actuado con decencia y que, antes, virtuosos varones se opusieron, con mérito y a veces con éxito, a estas estafas político-monetarias; pero es que ya no queda la posibilidad de que algún genial compatriota nos vuelva a dar el timo por sí solo; es, con perdón, como si nos hubiéramos ligado las trompas.

Comprendo que muchos alemanes miren con recelo al euro, pues lo que ellos solos habían conseguido, después de tanto desastre, era lucido, y lo tenían controlado, y ahora van a poner sus manos en el negocio hasta los zarrapastrosos del sur; comprendo que para un súbdito británico sea duro pasar en menos de la vida de una persona de cabeza de imperio mundial a provincia europea; y eso sin haber perdido una guerra y sin haber hecho notorias estafas monetarias al pueblo británico mediante la libra esterlina, moneda antigua y honorable, unidad mundial de medida en tiempo no tan lejano. Pero uno es español por geografía, educación, vida y pasaporte, y está más que satisfecho de que se aleje la tremenda carga de ser «una de las pocas cosas serias que se puede ser en el mundo»; ahora podemos compartir esa carga con otros. Salve, euro, que has diluido una parte de la soberanía patria. Por donde lo que para unos es causa de desazón, la pérdida de soberanía, para otros es artificio confortable.

Y por eso comprendo con dificultad a quienes, en vez de la dilución, claman por la concentración, y quieren restringir el ámbito personal y territorial de la soberanía hasta que puedan sentir su aliento en el cogote (salvo que uno pertenezca al grupo de los llamados a soplar sobre los cogotes de sus paisanos). Esto de la soberanía, cuando más lejos la sienta uno, mejor; es lo que pienso y siento. Quizá como producto de la pequeña historia que a uno le ha tocado vivir. Pero la Unión Europea no es más que el camino para superar muchas pequeñas historias con desventuras.

28 Febrero 2002

Adiós, rubia

EL PAÍS (Director: Jesús Ceberio)

La llamada rubia, la peseta, dejará mañana de circular tras casi 134 años de existencia. Aunque ha cumplido una función histórica encomiable, no se la echará demasiado en falta, pues hasta ahora, el camino hacia el euro y la participación en la unión monetaria europea ha aportado estabilidad a un país demasiado acostumbrado a las devaluaciones, y unos tipos de interés bajos, que contribuyen a sortear las actuales dificultades.

Desde el 1º de enero, el marco alemán, que se había convertido en símbolo de estabilidad y de patriotismo en la posguerra, ha cedido su puesto al euro, en una auténtica europeización de Alemania. Así se construye Europa: compartiendo soberanía, cedida al Banco Central Europeo. Con la excepción del Reino Unido, Suecia y Dinamarca -que deberían sumarse al proyecto rápidamente-, la construcción europea ha logrado este hito poco más de medio siglo después de que se pusiera su primera piedra. El euro, un proyecto denostado en su día por algunos sectores, aún debe pasar la prueba de las dificultades económicas como las que apunta la recesión en Alemania.

La peseta, desde su promulgación en octubre de 1868 para racionalizar el caos monetario de la España del XIX, ha sobrevivido a diversos cambios de régimen: dos monarquías, dos repúblicas, dos dictaduras y el paréntesis de la guerra civil. La rubia se ha ganado un lugar en el corazón de los españoles. Pero los tiempos son otros y hoy cabe el orgullo de participar en lo que ya es la moneda única para al menos 300 millones de europeos. Las pesetas ya no servirán para pagar, aunque se podrán cambiar por euros en las entidades financieras hasta el 30 de junio y, después, en el Banco de España. Habituarse a evaluar los precios en euros no es fácil, pero la adaptación de la sociedad española está siendo más rápida de lo se había pensado previamente. Adiós, rubia. Seguro que los españoles le podrán otro mote a tu sucesor.

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