20 octubre 2011

Cuarto dictador que cae por la 'primavera árabe' tras Ben Alí (Túnez), Mubarak (Egipto) y Saleh (Yemen), pero el único que pierde físicamente la vida

Finaliza la Guerra Civil en Libia: el dictador Gadafi muere tras ser torturado por los rebeldes, ayudados por las tropas de la ONU

Hechos

  • El 20.10.2011 murió asesinado el presidente de Libia, Muamar el Gadafi. El avión en el que viajaba fue derribado por las tropas de la ONU, cayendo en manos rebeldes, que tras multitud de agresiones y vejaciones acabaron con su vida de un disparo.

21 Octubre 2011

Otro cadáver para la Historia

EL MUNDO (Director: Pedro J. Ramírez)

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SIETE meses después de comenzar la intervención militar en Libia, los aviones de la OTAN hirieron ayer a Gadafi en un convoy con el que pretendía escapar de Sirte. Después, el líder libio fue rematado por milicianos rebeldes que le cazaron en una alcantarilla. Las crudas imágenes del cadáver ensangrentado del dictador ya forman parte de la Historia y guardan semejanza con las de Mussolini, ejecutado por los partisanos junto a Clara Petacci cuando pretendía huir de Italia en un camión.

El desagüe en el que cazaron ayer a Gadafi recuerda asimismo el agujero en el que se escondía Sadam Husein cuando fue detenido meses antes de ser ejecutado. Gadafi, que gobernó a sangre y fuego durante 40 años, ha encontrado la muerte que probablemente buscaba. Desde que el pasado mes de marzo la OTAN decidió bombardear Libia para ayudar al bando rebelde -surgido en las calles al calor de la llamada Primavera Árabe- a derrocar al sátrapa, su suerte estaba echada. Con la práctica totalidad del territorio del país en poder del Consejo de Transición, Gadafi rechazó la oferta de irse al exilio -como hicieron en su día el tunecino Ben Ali y el egipcio Mubarak- y optó por resistir en su ciudad natal.

Por abyectos que hayan sido los crímenes de Gadafi no se puede obviar que la legalidad internacional ha quedado seriamente dañada. El Consejo de Seguridad de la ONU aprobó una resolución en la que autorizaba a la OTAN a realizar operaciones aéreas para impedir que el dictador masacrara a los rebeldes. Al mismo tiempo, se dictaba orden de busca y captura para Gadafi para juzgar sus crímenes ante el Tribunal Penal Internacional.

Aunque tanto los responsables de la OTAN como los gobiernos de los países que participaban en la misión -España entre ellos- reiteraron que la misión era exclusivamente en defensa de la población civil, en los últimos meses ha quedado claro que la OTAN ha sido decisiva para que el bando rebelde ganara la guerra. Hillary Clinton dijo hace una semana en Trípoli que Estados Unidos quería a Gadafi «muerto o capturado».

Con el cadáver de Gadafi acaba, pues, la misión militar de la organización en Libia y empieza una reconstrucción del país que no va a ser fácil. Para empezar, el Consejo de Transición tendrá que integrar a algunas de las tribus que no rompieron con el dictador y abandonar la tentación de venganza en la que ya han caído los rebeldes cuando conquistaban las ciudades. Además, la autoridad política que surja del proceso democrático deberá dar respuesta al principal problema de los libios: el elevadísimo paro juvenil.

Por su parte, los países occidentales que han contribuido de forma tan directa a la caída del dictador no pueden tardar más en liberar los fondos del hasta ahora régimen libio que fueron congelados para castigar a Gadafi. En todo caso, una vez desaparecido el excéntrico dictador, Libia -por su tamaño y por su estructura- está en mejores condiciones que otros países de la zona para refundarse. Quizá con el peligro latente de que los islamistas aprovechen para pescar en río revuelto.

22 Octubre 2011

Sin Gadafi

EL PAÍS (Director: Javier Moreno)

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Una Libia fragmentada tiene por delante la titánica tarea de construir un Estado democrático

La captura y muerte del coronel Gadafi en el asedio de Sirte, su ciudad natal y último baluarte, cierra un capítulo trascendental en la historia de Libia, más allá de las dramáticas circunstancias que hayan concurrido en ella, incluida la participación de la OTAN en los ataques que facilitaron la captura del dictador por las tropas rebeldes -la ONU ha exigido una investigación-. El régimen de Gadafi se había desplomado meses atrás, pero la desaparición de quien lo encarnaba sella irremisiblemente una larguísima era de despotismo y represión de la que un pueblo todavía alzado intenta librarse ansiosamente. Para mantenerse en el poder 42 años, Gadafi, un manipulador nato, desarrolló un enfermizo culto a la personalidad y controló férreamente un Estado policiaco, que extirpó cualquier libertad y recurrió sistemáticamente a la cárcel, el asesinato y la tortura. En el escenario internacional dejó una terrible huella en forma de patrocinio de casi cualquier intriga terrorista.

Pero la muerte de Gadafi en una Libia en armas no representa presumiblemente más que el final del principio. Los insurgentes libios y su poder interino, en el que existen divergencias de calado, hacen frente a la tarea titánica de insuflar algún orden en lo que básicamente es un rompecabezas dispar de milicias, civiles armados, grupos religiosos y políticos y representaciones regionales y tribales, compitiendo por separado por un lugar al sol en el nuevo horizonte. Lo que ha aglutinado a los sublevados, en la estela de la llama prendida primero en Túnez y Egipto, ha sido la liquidación de la tiranía. Cumplido este objetivo, lo demás está por hacer en el país norteafricano que mana petróleo, unos 32.000 millones de dólares en 2010.

Misión inmediata del Consejo Nacional interino es manejar las enormes expectativas de seis millones de libios, entre las cuales no es la menor obtener algún bienestar después de ocho meses de guerra civil. Y en otro plano, también decisivo, la de intentar poner en pie el embrión de un Estado democrático. La agenda anunciada el mes pasado por el primer ministro de hecho, Mahmud Jibril -un laico formado en Estados Unidos y en quien se concitan muchas enemistades-, estipula que a la caída de Sirte se formará en un mes un Gobierno provisional, lo que implicaría tanto la dimisión de Jibril como la del líder islamista Abdel Hakim Belhaj, su adversario, cuyas fuerzas controlan Trípoli, y la del propio presidente del Consejo provisional, Mustafá Abdel Jalil. En ocho meses, un Congreso Nacional de 200 miembros daría vía libre a elecciones multipartidistas y una nueva Constitución, en 2013.

Cumplir ese ambicioso programa resulta muy difícil. Implica ser capaz de controlar y desarmar a una plétora de milicias, encauzar rivalidades ideológicas entre islamistas y laicos o desactivar aspiraciones de poder regionales e incluso locales, alimentadas en los agravios infligidos durante años por el déspota desaparecido. La manera en que se ha desarrollado la revuelta libia, su dispersión geográfica y su carácter localista alimentan un serio potencial de conflicto, al que no ayudará el hecho de que la intervención armada occidental haya sido decisiva en la caída y muerte de Gadafi.

Libia debe aplicarse desde este momento a dirigir por sí misma una transición preñada de obstáculos, en la que hay que evitar tanto un vacío político como la pugna abierta entre quienes hasta ayer tenían un objetivo común. El maná petrolífero -que se espera recupere en poco más de un año los 1.600.000 barriles diarios previos a la guerra- y el progresivo reintegro internacional de los más de 50.000 millones de dólares congelados durante el conflicto, deberían resultar palancas decisivas en el empeño.

El Análisis

El ocaso de un tirano y el caos que deja atrás

JF Lamata
El 20 de octubre de 2011, Muamar el Gadafi, dictador de Libia durante 42 años, fue asesinado en Sirte tras ser capturado por rebeldes del Consejo Nacional de Transición (CNT). Su convoy, atacado por un dron estadounidense y aviones franceses de la OTAN, fue interceptado mientras intentaba huir, y Gadafi, herido y acorralado, fue linchado y ejecutado de un disparo en circunstancias brutales captadas en video. Su muerte pone fin a una dictadura marcada por el culto a la personalidad, la represión y el terrorismo, pero abre un interrogante sobre el futuro de Libia, atrapada entre las aspiraciones democráticas y el riesgo de un caos dominado por milicias islamistas. La intervención de la OTAN, respaldada por la ONU y amplificada por la cobertura de Al Jazeera, financiada por Qatar, desempeñó un papel crucial en su caída, reflejando un cambio drástico en la relación de Occidente con Gadafi, que pasó de ser un aliado pragmático a un paria. Mientras el CNT asume el poder, el mundo se pregunta si Libia encontrará la democracia o se hundirá en una guerra civil liderada por facciones, algunas cercanas a Al Qaeda.
El legado de Gadafi es una galería de horrores. Desde su golpe de 1969, que derrocó al rey Idris I, Gadafi impuso un régimen socialista panarabista basado en su Libro Verde, mezclando islam, tribalismo y represión. Nacionalizó el petróleo, pero la riqueza se concentró en una élite leal mientras la población sufría pobreza y censura. Su apoyo al terrorismo internacional marcó su régimen: el atentado del vuelo 103 de Pan Am sobre Lockerbie en 1988, que mató a 270 personas, y el ataque a la discoteca La Belle en Berlín en 1986 son solo los más notorios, junto con su financiación al IRA y la OLP. En 2011, cuando la Primavera Árabe llegó a Libia, Gadafi respondió con una brutalidad que superó a la de Ben Ali o Mubarak: bombardeos aéreos, mercenarios y masacres en Bengasi y Misrata dejaron miles de muertos. Su negativa a ceder, apostando por presentarse como barrera contra el yihadismo, no convenció a Occidente, que, liderado por Francia bajo Nicolas Sarkozy, impulsó la Resolución 1973 de la ONU para una zona de exclusión aérea, ejecutada por la OTAN con apoyo de Qatar y Emiratos Árabes.
La caída de Gadafi fue un esfuerzo colectivo, pero con motivaciones mixtas. Francia y Reino Unido, ansiosos por el petróleo libio y por proyectar liderazgo tras años de relaciones ambiguas con Gadafi, encabezaron los bombardeos, mientras Estados Unidos, bajo Barack Obama, aportó inteligencia y drones, como el que alcanzó el convoy de Gadafi. Al Jazeera, financiada por Qatar—rival regional de Gadafi—, jugó un papel clave al transmitir imágenes de la represión, galvanizando la opinión pública global y legitimando la intervención. El CNT, liderado por Mustafa Abdul Jalil y Mahmoud Jibril, asumió el poder tras la muerte de Gadafi, prometiendo elecciones y un gobierno inclusivo. Sin embargo, la oposición a Gadafi, aunque incluyó demócratas y liberales, estuvo infiltrada por milicias islamistas, algunas vinculadas a Al Qaeda, como el Grupo de Combate Islámico Libio, lo que plantea dudas sobre el futuro. Occidente, que en los 2000 recibió a Gadafi como aliado tras su renuncia al programa nuclear, celebró su fin, pero su intervención deja a Libia en manos de facciones armadas. En este octubre de 2011, la muerte de Gadafi cierra una era de tiranía, pero abre un capítulo incierto donde la democracia compite con el espectro del caos y el extremismo.
JF Lamata