19 septiembre 1944
Mannerheim había luchado junto a los alemanes contra la URSS, aunque permanecía al margen de la guerra en occidente
Finlandia acuerda el fin de su conflicto con la Unión Soviética y se retira de la Segunda Guerra Mundial
Hechos
El 19 de septiembre de 1944 se firmó el armisticio.
Lecturas
Finlandia y la URSS estaban en guerra desde 1939.
El mariscal Carl Gustav Mannerheim, dictador de Finlandia, firmó este 19 de septiembre de 1944 un acuerdo de paz con la Unión Soviética, que dirige el dictador Stalin.
El tratado impone duras condiciones a Finlandia, que deberá ceder a la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) los territorios conquistados por el ejército rojo en 1940, así como Portala y Petsamo.
El 2 de septiembre último, Von Mannerheim había hecho saber a Alemania que su país se disponía a abandonar la guerra contra los soviéticos, a pesar de que Moscú imponía – durante los primeros contactos secretos – condiciones inaceptables para un alto el fuego. Entre estas, figuraban la exigencia de que Finlandia rompiera sus relaciones diplomáticas con la Alemania nazi (de la que habían sido aliados desde que este país entró en guerra con la URSS en 1941) y que las tropas alemanas abandonaran el territorio finlandés antes del 15 de septiembre.
Al conocer el armisticio entre Von Mannerheim y Stalin, Adolf Hitler anunció que sus tropas combatirían antes de retirarse de Petsamo. Este 19 de septiembre la política de tierra arrasada puesta en práctica por los alemanes ha provocado violentos combates.
El Análisis
El armisticio firmado el 19 de septiembre de 1944 entre Finlandia y la Unión Soviética no solo selló el fin de la participación finlandesa en la Segunda Guerra Mundial, sino que marcó una rara excepción en el destino de los aliados del Eje. A diferencia de la mayoría de los países que se alinearon, voluntaria o forzadamente, con el III Reich, Finlandia logró retirarse del conflicto conservando su independencia y su dignidad nacional. Esta proeza, improbable en un continente arrasado por la guerra y la ocupación, fue posible gracias a la habilidad diplomática del mariscal Carl Gustav Emil von Mannerheim, y al equilibrio precario, casi imposible, mantenido por el presidente Risto Ryti durante los años más oscuros.
Desde la invasión soviética de 1939, que dejó una herida profunda en la memoria nacional, Finlandia vivió bajo la amenaza de ser borrada del mapa. Su alianza con Alemania, sellada sin entusiasmo, fue vista por muchos finlandeses como un mal menor frente al imperialismo soviético. Aunque sus tropas lucharon codo a codo con las de Hitler contra la URSS, Helsinki evitó cuidadosamente declararle la guerra al Reino Unido o a Estados Unidos, una neutralidad selectiva que le permitió, al final, diferenciar su caso del de naciones como Italia (Mussolini), Rumanía (Antonescu), Hungría (Szalasi), Noruega (Quisling) o Eslovaquia (Tiso), donde sus dirigentes, al acabar la guerra fueron aniquilados por pactar con Hitler. Churchill, pragmático, distinguió entre el expansionismo soviético y la necesidad de preservar un dique democrático al norte de Europa, y no exigió la cabeza de Mannerheim.
Con el final de la guerra, Finlandia aceptó las condiciones de los vencedores: juicios a los líderes del periodo bélico. Pero el juicio a Ryti —condenado como cabeza de turco bajo la ficción jurídica de que había actuado “a título personal”, pero indultado al poco tiempo — fue más una concesión simbólica a los Aliados que una justicia con vocación reparadora. Mannerheim, figura fundacional y salvadora del país, se retiró con honores en 1946, sin reproche ni revancha. Si todos los aliados de Hitler acabaron pagando su precio, Finlandia fue la excepción: pagó en territorio, pagó en juicios, pero conservó lo esencial. En un siglo de traiciones y ruinas, el país del norte demostró que, incluso en la guerra más cruel, es posible no perder el alma.
J. F. Lamata