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Francisco Umbral descalifica al arzobispo de Toledo y cardenal primado Don Marcelo González con motivo de su jubilación por su 75 cumpleaños

HECHOS

El 17.01.1993 D. Francisco Umbral publicó el artículo ‘Don Marcelo’.

17 Enero 1993

Don Marcelo

Francisco Umbral

Cumple 75 años don Marcelo González, cardenal primado de España y arzobispo de Toledo, o sea que le toca jubilarse. Yo recuerdo al don Marcelo de los años cuarenta/cincuenta, en Valladolid, que pasaba todos los días por mi calle leyendo un breviario. Era un cura joven y crecido, rodeado siempre de bellas beatas adolescentes. Los sermones dominicales de don Marcelo en misa de una, catedral herreriana de la ciudad, eran un acontecimiento social en ambos sentidos de la palabra: de la buena sociedad y de intención socializante. Yo iba a aquella misa, perdida ya la fe, por puro esnobismo, por afán literario (la gran palabra de don Marcelo) y por respirar la fragancia de tanta mujer cara y hermosa. A la salida, me iba a los billares de estudiantes que había enfrente. A los ricos siempre les ha gustado mucho que les flagelen, porque son un poco masocas, y don Marcelo era un flagelo elegante para antes del vermú. Llevaba don Marcelo, de palabra y de obra, una campaña tácitamente antifranquista, diciéndole las verdades a aquella clase social de triunfadores que acababan de ganar la guerra, visitándoles luego en sus casas para pedirles dinero destinado a los pobres de la ciudad, que eran muchos y pastoreados por él. Unas criadas de casa estaban en tristes apreturas, ellas y los suyos, y mi madre escribió a don Marcelo, con su letra redonda y decidida. Don Marcelo contestó aportando datos en contra y rubricando: «Señora, lástima que los pobres mientan tanto». Aquello ya empezó a inquietarme. Aunque nuestras criadas hubieran mentido o exagerado un poco ¿qué sería de los pobres sin la mentira? La sinceridad es cara, un lujo de poderosos. Don Marcelo reaparece en mi vida muchos años más tarde, ya como cardenal primado, y su política religiosa y social ha cambiado de signo. Ahora que tenemos libertad y democracia, don Marcelo (a quien a veces he comparado con «el obispo leproso» de Gabriel Miró) acuña en sí todos los males y tópicos del nacionalcatolicismo, llegando a echar de la procesión del Corpus toledano a un hombre tan bueno (y tan creyente a su manera) como Fernández Ordóñez, sólo porque es ministro del PSOE. Generalmente, sus artículos y homilías son de un fanatismo integrista que ni siquiera se da en otros obispos españoles. Sin duda, el laicismo del nuevo Estado le ha devuelto a él a un pasado de catolicismo tridentino, acrecido por su natural violencia de verbo y conducta, que en un día lejano y difícil, ay, estuvo al servicio de la justicia. Incluso le oí criticar la populosidad del santoral, tan visible en las iglesias y sus capillas, como un politeísmo disimulado. Como dijera Pitigrilli, se empieza en incendiario y se acaba en bombero. Pero es que este cura empezó en San Agustín y ha terminado en Balmes, lo cual no es precisamente un avance intelectual. También el cardenal Tarancón mantuvo una actitud contraria al nacionalcatolicismo en los últimos años de Franco, y luego se ha reposado mucho hacia atrás. Lo que nos lleva a deducir que la Iglesia/Institución se impone siempre a la Iglesia/emoción, a la Iglesia/intuición. La Institución anula al hombre. Un cura joven de provincias puede permitirse vivir su religiosidad por libre, tender, como. Cristo, a los pobres y las palabras (en libertad). Pero un cardenal primado es ya un hombre del Vaticano. La Institución ha triunfado dentro de aquel revolucionario que flagelaba elegantemente a los ricos de mi pueblo. Pero en aquella carta a mi madre («Señora, lástima que los pobres mientan tanto») estaba ya el germen del santo y del soberbio (todos los santos lo son) que quería hacer su justicia, no la que la voz del pueblo le invitaba a hacer. Ahora que llega al final de su carrera, quizá le quede tiempo para pensar en el joven agustiniano y vallisoletano que fue. En cuanto a este artículo, más vale que no lo lea.

25 Febrero 1993

Del hombre íntegro al fanático integrista

Francisco Delgado

En su artículo «Don Marcelo», del pasado 17 de enero, confunde Umbral lo que es un «fanático integrista» con lo que es un hombre íntegro al servicio del Evangelio de nuestro señor Jesucristo, dispuesto a «dar testimonio de la verdad», en dictadura y democracia, como lo hizo Cristo. Y es Umbral un poco injusto con este gran sacerdote y cardenal de la Iglesia Católica, al intentar juzgarlo con criterios distintos a su «fidelidad a la verdad recibida». Desde el punto de vista de la coherencia espiritual y cristiana y desde el punto de vista del rigor intelectual -salvo el caso de mala conciencia-, resulta difícil no reconocer la valía y la oportunidad del servicio que con su palabra y obra ha venido prestando este obispo a la Iglesia y a la sociedad española. Por otra parte, aunque el talento y la seriedad acaban siempre por manifestarse, convendría que Umbral fuese aprendiendo ya a respetar al menos la verdad de la historia y a no manipular a los «ágrafos» hasta en las fechas, como descaradamente hace al hablar del Corpus de Ordóñez (q.e.p.d.), del PSOE y de don Marcelo.

DIVUGUE (CROACIA)

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