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El ABC pide castigos ejemplares contra los sediciosos para evitar que una revuelta separatista vuelva a producirse en Catalunya

Frustrada la rebelión de Companys, el director de LA VANGUARDIA, Gaziel, publica que «Catalunya está enferma»

HECHOS

El 26.10.1934 el diario LA VANGUARDIA de Barcelona publicó el artículo ‘Cataluña enferma’ firmado por ‘Gaziel’.

26 Octubre 1934

Cataluña enferma

Agustí Calvet Pascual 'Gaziel'

Ya está sofocada en Cataluña la pasada revuelta. Materialmente, todo ha concluido. Sólo falta pacificar los espíritus. Y aquí empieza lo grave.

El alzamiento revolucionario no ha sido nada en comparación del rastro que dejó tras de sí. Hemos tenido una increíble fortuna en las horas trágicas. La de Cataluña ha sido la más tenue, la más barata de las revoluciones posibles. Nadie, ni el más empedernido optimista, podía imaginarse que un estallido de esa índole sería tan breve y tan relativamente maligno. Pero ahora se nos presenta otro problema: ¿saldremos tan bien librados de la convalecencia que se anuncia, como del grave ataque de ayer?

Un arrebato de locura se tiene fácilmente. Lo arduo y difícil es mantener la sensatez. No obstante, lo que distingue a los políticos auténticos – que en esto se parecen mucho a los buenos médicos – es precisamente el ver claro donde el vulgo y la mayoría de los curanderos ven turbio. Y el caso actual de Cataluña es tan diáfano, que no se necesitan luces extraordinarias para tratarlo magistralmente. Ya quisiera yo ser político y que me confiasen ese enfermo, para ganarme bonitamente una gran fama de clínico.

Voy a exponer los principios que me guíarían en mi diagnóstico y mi terapéutica. En primer lugar, el acceso que ha padecido Cataluña es algo que entra de lleno en el cuadro archiconocido de su clásica anormalidad. Cataluña está enferma desde hace siglos. Es el tumor de España, que a veces dormita y a veces estalla. Y el de ahora es un estallido conforme del todo con la idiosincrasia catalana, con su historia, su tradición política, su querencia anárquica, su entraña rebelde. Ha sido ni más ni menos que una de esas crisis suyas, tan características, como tantas otras que experimentó en el pasado y hasta en nuestros tiempos. De suerte que sería un gravísimo error tomarse a lo trágico como algo único e inexplicable, el caso de ahora, y sobre todo hacerse la ilusión de que un cirujano genial o atrevido sería capaz de transformar completamente, en un abrir y cerrar de ojos, la constitución organiza y el funcionamiento de este pobre país haciendo de él algo nuevo y nunca visto, al revés de lo que hasta ahora fue siempre. No: Cataluña es como es, y si algún remedio tiene su manera de ser – cosa en extremo problemática – no se hallará más que por vía natural, con muchísimo tiempo e infinita paciencia.

Cataluña, por otra parte, no ha caído en bloque, no es un organismo totalmente enfermo . Y esto es muy importante. La fatalidad de su absurda constitución autonómica al disponer que el partido político mayoritario [Esquerra Republicana de Catalunya], no solamente gobernase Cataluña – cosa justa – sino que además tuviese como en acaparamiento la representación exclusiva y suprema del país, la presidencia de la Generalidad – cosa monstruosa- ha hecho de que el desastroso hundimiento del partido mayoritario pudiese aparecer, a los ojos inexpertos del vulgo y bajo la perspectiva amañada por los maliciosos como un hundimiento global, de los catalanes todos. Y no es así. Si Cataluña se hubise levantado en peso, entonces sí que habríamos tenido una incalculable tragedia. Si la revolución catalana ha sido tan inverosílmente barata, como decíamos antes, ello fue debido a que sólo se sublevó oficialmente, de boquilla nada más, el partido político mayoritario, y prácticamente en realidad, sólo una partícula infinitesimal de los partidarios de dicho partido. Luego, ¿cómo atribuir a la inmensa mayoría de Cataluña lo que se abstuvo expresamente de hacer? ¿Cómo castigarla por lo que no hizo? ¿Y cómo privarla de que sea ella misma la que levante y recoja del suelo, lo que en el suelo abandonó, al rendirse o al huír, el ínfimo número de los rebeldes?

Para curar a Cataluña, no piense nadie que sea posible ni indicada la cirugía de urgencia, ni tampoco esa otra clase de expediente que consiste en recurrir a la ortopedia, encerrando al organismo enfermo en un aparato de articulaciones artificiales y apreturas extrañas. Por esos procedimientos sólo se obtendría la extensión incalculable del malestar actual, porque a las grandes zonas sanas del organismo, que son aún la mayoría, los cortes quirúrgicos les harían el efecto de tremendas, irreparables heridas, y el aparato ortopédico se les antojaría una camisa de fuerza. El único método para sanar a Cataluña – si su curación es posible – en todo caso no puede ser otro que el empleo de las autovacunas, buscando en el propio organismo catalán u extrayendo meticulosamente de sus mismas entrañas las antitoxinas capaces de renovarlo. No estoy seguro de que este sistema sea infalible. Quizás falle también. Lo que digo, con profunda, con irreducible convicción, es que a las alturas en que estamos no hay otro. Todo lo demás sería catastrófico curanderismo.

Finalmente, yo dejaría obrar a la naturaleza. Es el médico por excelencia. Ahora saldrán a relucir – ya están saliendo – en torno al cuerpo exánime de Cataluña, todas las teorías, todos los métodos de pseudocuración, viejos y nuevos. Un caso como el nuestro diríase que atrae irresistiblemente a los galenos públicos, desde el cirujano más reputado, hasta el más turbio curandero. Cada uno de los vencedores de específicos proclamará la incomparable excelencia del suyo. Cada fabricante de aparatos ortopédicos ofrecerá uno más complicado. Las escuelas y los doctrinarismos sostendrán que de ellos depende exclusivamente la salvación del enfermo. Pero, si yo fuese el médico de cabecera, apartaría con suavidad todas las teorías, todos los charlatanismos, todos los artificios, con los inconfesables intereses que los acompañan siempre, y me atendría serenamente a estimular con tacto extremo el natural proceso de restablecimiento. La vida nunca falla. Sólo se necesita, en ciertos casos, que se le dé la mano, para que ella misma pueda reincorporarse.

El batacazo de Cataluña ha sido tremendo. Yace ahora en el suelo, con varios miembros destrozados. Da lástima verla. Pero vive, ¡qué duda cabe, y vivirá indefinidamente. Sus entrañas esenciales continúan intactas. Mañana mismo se pondrá de pie, como si tal cosa: los pueblos son así. Y nos haremos cruces de ver como habrá sido posible un tan rápido recobramiento. Dentro de muy tiempo, este cuerpo, ahora exánime, reirá, cantará, irá de un lado para otro y dará más juego que nunca. Cuidado, pues, con lo que se hace con él, en estos momentos en que está a merced de practicantes y clínicos. La enfermedad es un mal. Pero el mal peor son todavía, cuando desbarran y yerran, los médicos y sus medicamentos.

27 Octubre 1934

El peor impunismo

Pedro Pujol

En que anden tranquilamente por las calles muchos de los que en la rebelión tomaron parte notoriamente, el que a muchos de los que se detuvo en los primeros momentos se les conceda la libertad con facilidad de la que tienen ejemplos curiosos, no preocupa menos que este rumor creciente con el que se anuncia que los catalanistas, sus simpatizantes y los confusionistas vuelven a ocupar su posiciones, vuelven con un aire entre ingenuo y cordial a ponerse de nuevo a la tarea.

“Materialmente – dice hoy Gaziel, en el artículo de fondo de LA VANGUARDIA – todo ha concluido, y sólo falta pacificar los espíritus. Hemos tenido una increíble fortuna en las horas trágicas. La de Cataluña ha sido la más ténue, la más barata de las revoluciones posibles. (Verdaderamente, 80 muertos y un par de centenares de heridos no son, en estos tiempos, para preocuparse sobre todo si los heridos y los muertos eran de tercera. Pero ¿no les parece, Sr. Calvet, que si no hubieran confiado en la Generalidad de Cataluña, en el tirón que desde allí se daría, hubiera sido menos cruenta la revolución en otros lugares de España, hubiera sido más breve la resistencia de los rebeldes?)

De esta manera, al Sr. Calvet no le preocupa ya la enfermedad, sino la convalecencia; es decir, que sólo le preocupa el modo de curar Cataluña, que está enferma desde hace siglos. No hay otro, y aún duda de que sea eficaz, que “el empleo de las autovacunas, buscando en el propio organismo catalán y extrayendo meticulosamente de sus mismas extrañas las antitoxinas capaces de renovarlo”.

Si este recurso falla; es decir, si se vuelven a organizar aquí revoluciones desde el Gobierno, alentado a todos los revolucionarios de España, para que se lancen a destruir el país, no hay más, según el distinguido director de LA VANGUARDIA, que inclinar la cabeza resignadamente y seguir esperando cada día qué nueva sorpresa nos produce esta enfermedad de Cataluña.

Pero no es sólo el r. Calvet el que se expresa es este tono. En el mismo diario el ex ministro Sr. Roig y Bergadá contesta a unas preguntas sobre la posible salida a la situación presente. Y la salida es para él la más natural y corriente – aquí no ha pasado nada – Volver después de una breve interinidad a lo mismo de antes, sin otra rectificación que ordenar los servicios de orden público y de Justicia, de modo que ofrezcan para todos las mayores garantías. La verdad es que siempre se ofrecen garantías y también las había esta vez; lo que ocurre es que no sirven para nada en el trance difícil.

Por lo demás, esto es naturalmente, lo que dicen los hombres cultos, los hombres moderados. Los otros, los que el 8 de octubre lo daban todo por perdido y el 15 del mismo mes creían no haber perdido más que los servicios de Enseñanza, Orden público y justicia, se producen de modo que estamos seguros de que no han de pasar otros quince días sin considerar que los que se rebelaron necesitan un homenaje. Y empezará el nuevo ciclo, las mismas locuras de los audaces, a los que los moderados se limitarán a menospreciar en la intimidad y a tratar en público con temerosa consideración, dejándose arrastar por ellos. Porque no sabemos cuál puede ser la enfermedad de Cataluña, pero conocemos las que padecen muchos catalanes.

Pedro Pujol

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