11 noviembre 1993

Acusó a Andreotti - al que había servido durante toda su vida política - de estar vinculado a La Mafia

Fulminante muerte del político italiano Franco Evangelisti, mano derecha de Andreotti al que atacó antes de su fin

Fulminante muerte del político italiano Franco Evangelisti, mano derecha de Andreotti al que atacó antes de su fin

Hechos

El 11.11.1993 falleció Franco Evangelisti

Lecturas

La muerte de Franco Evangelisti, ocurrida el 11 de noviembre de 1993 a los 70 años, supone la desaparición de uno de los colaboradores más fieles y veteranos de Giulio Andreotti, siete veces presidente del Gobierno italiano y una de las figuras centrales de la Democracia Cristiana. Nacido en Alatri, provincia de Frosinone, el 10 de febrero de 1923, Evangelisti desarrolló su carrera política dentro de la organización democristiana del Lacio, convirtiéndose en uno de los principales responsables de la maquinaria electoral andreottiana en Roma y sus alrededores. Diputado desde 1963 hasta 1983 y senador entre 1983 y 1992, desempeñó diversos cargos gubernamentales, entre ellos subsecretario de Turismo y Espectáculos, subsecretario de la Presidencia del Consejo de Ministros y ministro de Marina Mercante entre agosto de 1979 y marzo de 1980. Su proximidad a Andreotti le valió la reputación de secretario político, intermediario y hombre de confianza del dirigente democristiano, encargado de mantener contactos con empresarios, responsables territoriales y otras corrientes políticas.

Evangelisti pasó a la historia política italiana por una frase que se convirtió en símbolo de la financiación irregular de los partidos: «A Fra’, che te serve?», expresión dialectal romana que puede traducirse como «Franco, ¿qué necesitas?». En una entrevista concedida al periodista Paolo Guzzanti para La Repubblica, publicada en febrero de 1980, Evangelisti reconoció haber recibido aportaciones económicas del empresario inmobiliario Gaetano Caltagirone, vinculado a una poderosa familia de constructores beneficiada por operaciones financieras y créditos públicos. Según explicó, Caltagirone lo saludaba habitualmente con aquella pregunta antes de ofrecerle ayuda económica. Evangelisti admitió que el dinero se destinaba a financiar la corriente andreottiana, las campañas electorales y el partido. Sus declaraciones provocaron un escándalo político y le obligaron a dimitir como ministro el 4 de marzo de 1980. La frase quedó asociada desde entonces al sistema de favores entre empresarios y políticos que años más tarde sería investigado de manera masiva durante Mani Pulite.

Además de su actividad política, Evangelisti tuvo una importante presencia en el deporte italiano. Fue presidente de la AS Roma entre 1965 y 1968, participando en la reorganización financiera del club, y presidió la Federación Italiana de Boxeo. Pero su principal influencia continuó siendo política. Durante décadas figuró entre los hombres más próximos a Andreotti, junto a Salvo Lima, referente de la corriente en Sicilia, Paolo Cirino Pomicino, influyente en Nápoles, y Vittorio Sbardella, organizador de la Democracia Cristiana romana. Su nombre apareció en controversias relacionadas con empresarios, financiación política y redes de influencia, aunque las sospechas formuladas sobre el conjunto de la corriente andreottiana no equivalen a condenas personales por todos aquellos asuntos.

En sus últimos meses de vida, cuando Andreotti afrontaba investigaciones por sus presuntas relaciones con la Mafia y por el asesinato del periodista Carmine «Mino» Pecorelli, cometido en Roma el 20 de marzo de 1979, Evangelisti proporcionó a los investigadores un testimonio que contradecía la versión de su antiguo jefe. Según las informaciones publicadas en junio de 1993, aseguró que Andreotti se había reunido repetidamente y con discreción en 1978 con el general de los carabineros Carlo Alberto Dalla Chiesa, quien posteriormente sería asesinado por la Mafia en Palermo, en septiembre de 1982. La relevancia de aquellas reuniones residía en la hipótesis de que Dalla Chiesa hubiera podido facilitar a Andreotti información procedente del memorial escrito por Aldo Moro durante su cautiverio a manos de las Brigadas Rojas, documento que contenía críticas y revelaciones comprometedoras sobre dirigentes e instituciones italianas. Andreotti negó las afirmaciones que lo perjudicaban. El testimonio de Evangelisti se incorporó a las investigaciones relacionadas con el caso Pecorelli, en las que los magistrados trataban de determinar si el periodista había sido asesinado para impedir la divulgación de informaciones comprometedoras. Gravemente enfermo y apartado ya de la primera línea política, Evangelisti murió en noviembre de 1993, antes de que aquellas acusaciones pudieran resolverse judicialmente.

Peru Egurbide

27 Diciembre 1995

De la poltrona al hospital o al cementerio

Peru Egurbide

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Para quienes contaron algo en la Italia de los años ochenta ha sido como una epidemia. Manos Limpias, la operación anticorrupción iniciada por la magistratura italiana hace ya casi cuatro años, apenas si ha hecho entrar aún a alguien en prisión, salvo con carácter preventivo, porque en Italia le tarda bastante más en llegar a una condena definitiva. Pero la magnitud del terremoto que desató sobre la clase política se refleja en un número de víctimas mortales que tiende a superar al de los supervivientes, inmersos en un panorama de ruina personal aunque su riqueza económica no haya sido casi tocada. Gozaron del poder hasta el exceso y hoy tienen dificultades para dejarse ver fuera de casa.Al goteo de suicidios, que en los últimos tres años suman al menos 13 casos, se sobrepone el rumor funerario de la enfermedad que siempre acecha en las fases difíciles de la existencia humana.

Giovanni Goria, democristiano que en julio de 1987 fue aclamado como el presidente del Gobierno más joven de su país, murió de cáncer de pulmón, a los 51 años, en mayo de 1994, y al menos el obispo de su ciudad no tuvo dudas sobre la gestación del mal que le llevó a la tumba. «¿La historia de Giovanni Goria? Lo han linchado durante 20 años por aquel asunto de la caja de ahorros. ¿Hay que añadir algo más?», dijo con tono amargo Severino Poletto, obispo de Asti, cuando el féretro de Goria estaba a punto de tomar tierra. Del «asunto de la Caja de Ahorros de Asti», el finado había sido absuelto. Pero, cuando murió, Goria, ministro de Hacienda hasta 1992, tenía pendiente otro juicio por comisiones ilegales derivadas de la construcción de un hospital.

Fue aún menos alentador el final de Vittorio Sbardella, fascista hasta los años setenta y máximo exponente andreottiano en el Ayuntamiento de Roma durante los años ochenta, que sucumbió a un cáncer de estómago el 26 de septiembre de 1994. En los pocos meses que duró el declive de su estrella política, el enorme volumen físico de Lo Squallo -El Tiburón, como se le llamaba, un verdadero tribuno salido del pueblo y vuelto para arengar al pueblo con el apoyo de los grandes constructores, fórmula que en Roma no ha fallado nunca y menos si el tribuno tiene un perfil de Primo Carnera- se consumió por dentro. Sólo le quedó color para el escándalo, que fue de tonos populistas, como toda su vida. La mujer de un colaborador tiró millones por la ventana gritando: «Son sucios, mi marido los trae cada noche a casa».

Sbardella parecía la sombra de sí mismo la última vez que fue a los carabineros, y volcó su desesperación en mil acusaciones contra compañeros de partido y, en especial, contra Giulio Andreotti, el jefe para el que había conquistado Roma.

Operado él mismo de un tumor en la hipófisis que le ha dejado una feo rastro en la nariz, Andreotti puede considerarse todavía un superviviente afortunado y capaz de defenderse de las acusaciones de pertenencia a la Mafia. Sobre todo porque más de una incursión de la Parca en este carrusel de la descomposición política italiana le ha pasado especialmente cerca.

Murió también en estos años Franco Evangelisti, el más próximo colaborador del siete veces ex primer ministro, además de Sbardella, aunque la verdad es que Evangelisti estaba enfermo y paralítico desde hace mucho tiempo. Andreotti le perdonó por ello que, antes de morir, tuviera tiempo y ganas de prestar un testimonio muy acusatorio ante los fiscales que han instruido el proceso del ex primer ministro por el asesinato de un periodista.

Murió asimismo, en febrerode 1993, horas después de entrevistarse con Andreotti, el ex director general de Participaciones Estatales Sergio Castellari, implicado en un escándalo con ecos de novela de espionaje. Su cadáver, desollado por las bestias, fue hallado en una colina próxima a Roma junto a una botella de whisky.

Andreotti ha dicho que no se explica por qué esa persona, a la que afirma haber conocido superficialmente, fue a contarle sus desgracias poco antes de llegar a un final trágico, que suele incluirse entre los 13 suicidios, aunque la magistratura rescata con frecuencia la hipótesis del asesinato.

Todavía menos motivos de queja debería tener Bettino Craxi, gran protagonista de la Italia de los ochenta junto a Andreotti y a Arnaldo Forlani. Al margen de su exilio tunecino, mucho más confortable que la vida del común de los mortales, la indudable caída del líder socialista sólo le ha provocado un agravamiento de su diabetes crónica y alguna complicación adicional en una hernia de disco. La diabetes es una enfermedad muy extendida entre los italianos, y también la padece Antonio Gava, hasta hace poco rey democristiano en Nápoles. Hace tres semanas, Gava no pudo asistir a su juicio por asociación mafiosa con la Camorra debido a que estaba en coma.

Craxi podría lamentarse comprensiblemente porque al secretario administrativo de su partido, Vincenzo Balzamo, le falló el corazón y murió cuando se le empezaban a acumular los procesos, de modo que el líder socialista quedó expuesto en primer plano como único responsable ante las denuncias futuras.

Paolo Cirino Pomicino, otro democristiano y grande napolitano, médico neurólogo y psiquiatra, que fue ministro de Economía del último Gobierno de Andreotti, esgrime ahora sus tres marcapasos y hace huelga de hambre para que le dejen salir de prisión y le encierren, como mucho, en su fabuloso ático sobre el golfo, valorado en unos 500 millones de pesetas. Pero los jueces italianos no están por los descuentos.

Calogero Mannino, también andreottiano y ex ministro, ha tenido que adelgazar una veintena de kilos y lograr que los médicos le consideren expuesto a «riesgos peores que el suicidio» para que el tribunal de Catania que le juzgará por mafioso la próxima semana suspendiera la prisión preventiva que sufría desde el pasado mes de febrero. Mannino sigue bajo control médico.

Algunos pasaron por su misma peripecia y la han superado sin mayores males, como la esposa de Duiglio Poggiolini, responsable durante décadas de la tasación de precios de los productos farmacéuticos, que llegó a pesar menos de 30 kilos mientras estaba encarcelada como cómplice de su marido.

En cambio, Francesco De Lorenzo, también rico napolitano, liberal, médico y ex ministro de Sanidad, puesto en libertad porque su delgadez y su cara de depresión impresionaron a los italianos cuando compareció en un juicio, prestó recientemente declaración con las manos enfundadas en guantes blancos. «Es por la quimioterapia», explicó a los periodistas, «que me ha causado una enfermedad de la piel. Los médicos no me dejaban venir, pero debo defenderme». De Lorenzo tiene cáncer de colon.

No todos los organismos son iguales, ni todas las psicologías reaccionan del mismo modo ante la desgracia. Tampoco son iguales entre sí los suicidas ni sus circunstancias.

Renato Amorese, de 48 años, secretario del Partido Socialista Italiano (PSI) en Lodi, un pequeño pueblo de Umbría, se disparó un tiro el 17 de junio de 1992, pocos días después de ser interrogado por el fiscal Antonio Di Pietro. Se habló de una comisión pequeña, de menos de diez millones. «He fallado en lo principal», dejó escrito. Cuatro días después se ahorcó Giuseppe Rosato, de 35 años, empleado del Ayuntamiento de Trecate, al que se le descubrió un abono en cuenta corriente de casi cien millones de pesetas. Apenas una semana más tarde, se disparó un tiro en la cabeza Mario Majochie, de 56 años, empresario de Como que había pagado comisiones para trabajar en la construcción de una autopista. El 2 de septiembre de 1992 se suicidó, también de un disparo, Sergio Maroni, de 45 años, diputado socialista por Brescia, muy próximo a Craxi, investigado por dos comisiones ilegales.

El 14 de noviembre se suicidó Mario Porta, alcalde democristiano de Vedano Olona, del que se decía que estaba implicado en las comisiones. Pero la familia descarta esa hipótesis como motivo del suicidio. El 12 de abril de 1993 fue el turno de Valterio Cirillo, de 43 años, concejal democristiano del Ayuntamiento de Pescara, absuelto pero «amargado», según dejó escrito, por las acusaciones de implicación en los escándalos. Trece días más tarde, Gino Mazzolaio, de 67 años, ex secretario democristiano de Rovigo investigado por comisiones ilegales en el Véneto, apareció muerto en su coche con una nota de despedida. El 26 de junio, Antonio Vittoria, decano de la Facultad de Medicina de Nápoles, implicado en la corrupción ligada a la industria farmacéutica, se envenenó tras escribir una dura acusación contra el ministro De Lorenzo. En julio, los suicidios de Gabriele Cagliari, ex presidente del ENI, asfixiado con un bolsa de plástico en su celda, y Raúl Gardini, tiburón del grupo Ferruzzi y de la química italiana, coparon los periódicos. El 12 de octubre de 1994, Pietro Concari, de 76 años, constructor de Parma, se disparó en la sien, en las oficinas de una empresa rival implicada en la corrupción.

El 28 de noviembre del mismo año, Beniamino Maldifassi, de 49 años, ingeniero consultor de Milán, investigado por comisiones ilegales en Varese, se ahogó con los gases de su coche.

El Análisis

Los últimos testimonios de los fieles de Andreotti

JF Lamata

Franco Evangelisti ha muerto después de haber protagonizado una de las paradojas más inquietantes del derrumbe de la Democracia Cristiana: el hombre que durante décadas fue considerado uno de los servidores más leales de Giulio Andreotti terminó prestando declaraciones que comprometían a su antiguo protector. Evangelisti no era un adversario político ni un recién llegado a la corriente andreottiana. Había sido uno de sus organizadores, había administrado relaciones con empresarios y había aceptado públicamente que las aportaciones de los constructores Caltagirone contribuían a financiar aquella maquinaria. Su famosa frase «A Fra’, che te serve?» había convertido en una escena casi cotidiana lo que constituía un problema fundamental del sistema político italiano: la dependencia de determinadas organizaciones partidistas respecto al dinero de empresarios que mantenían relaciones con las administraciones públicas. Por eso sus últimas declaraciones resultan especialmente incómodas para Andreotti. Si Evangelisti decía la verdad sobre las reuniones de su jefe con el general Dalla Chiesa, los investigadores tendrían que preguntarse qué información recibió el dirigente democristiano y si guardaba alguna relación con los secretos que el periodista Mino Pecorelli amenazaba con revelar. Pero conocer la existencia de unas reuniones no equivale a demostrar que Andreotti ordenara un asesinato. El testimonio del antiguo colaborador debía ser contrastado con otras pruebas y sometido al examen de los tribunales.

La desaparición de Evangelisti adquiere un significado todavía más llamativo contemplada junto a la posterior muerte de Vittorio Sbardella, ocurrida en septiembre de 1994. En menos de un año, Andreotti perdió a dos antiguos colaboradores que habían comenzado a formular acusaciones o declaraciones perjudiciales para él. Los dos estaban enfermos y no existe fundamento para atribuir sus muertes a una intervención criminal. Lo políticamente revelador no es, por tanto, la causa de sus fallecimientos, sino que dos hombres que conocían desde dentro los mecanismos de poder del andreottismo terminaran hablando contra su antiguo dirigente. Sus testimonios también plantean un problema de credibilidad: quienes participaron durante años en una red de influencias podían conocer sus secretos, pero podían asimismo tener intereses personales, agravios pendientes o responsabilidades propias que explicar. Evangelisti no llegó a presenciar el desenlace de los procedimientos judiciales; Sbardella tampoco. Su muerte impidió que pudieran responder a todas las preguntas que sus declaraciones suscitaron. La responsabilidad de Andreotti no puede deducirse de que sus antiguos colaboradores murieran después de declarar contra él; tampoco cabe ignorar sus testimonios por el mero hecho de que procedieran de personajes implicados en el sistema que se estaba investigando. La tarea de la justicia consiste precisamente en separar lo comprobable de las sospechas, las rivalidades y los secretos que acompañaron durante décadas al poder democristiano.

J. F.