4 mayo 1989

El anciano ex dictador se había convertido en un 'símbolo' molesto para un partido comunista que aspira a abolir desde dentro la dictadura y dar paso a una democracia de partidos

Janos Kadar destituído como Presidente de Honor del Partido Comunista de Hungria en el proceso democratizador del país

Hechos

El 09.05.1989 Janos Kadar fue destituido como Presidente de Honor del Partido Socialista Obrero de Hungria.

07 Julio 1989

Controvertido y patriota

Hermann Tertsch

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Janos Kadar pasará a la historia como un líder controvertido. Fue uno de los dirigentes comunistas en Europa del Este que más humanidad demostró en los duros años del estalinismo, el deshielo tras la muerte de Stalin y los graves reveses durante la era de Jruschov y la posterior fase de esclerotización brezneviana.Kadar creía que una victoria, en 1956, de las fuerzas rebeldes dirigidas por Imre Nagy habría traído consigo una tragedia aún mayor que la intervención soviética con sus miles de muertos. En cuanto pudo después, comenzó una política de reconciliación que, pese a todas sus contradicciones, mucho tuvo en común con los intentos del polaco Gomulka de los primeros años y del checo Alexander Dubcek para crear un socialismo con rostro humano. Su política de limitar la represión a la protección del régimen hizo de Hungría, ya en los setenta, un país sin el mesianismo comunista de la ortodoxia de Ulbrich y Honecker en Alemania Oriental. Kadar es también el paradigma del líder reformista comunista que, al renunciar a la implacable represión de toda disidencia y apelar a la humanidad en la política interior, desata fuerzas que finalmente amenazan la existencia del sistema. Kadar fue un político austero y honrado. También fue un patriota. La tragedia de Kadar, como de tantos otros dirigentes comunistas que creyeron en la viabilidad del proyecto de felicidad social impuesto por la fuerza, es el fracaso de este proyecto histórico, el hundimiento del sueño por el que muchos vivieron, murieron y mataron.

El Análisis

Kádár, borrado del cuadro: Hungría entierra su pasado comunista

JF Lamata
János Kádár, el anciano que durante más de tres décadas moldeó el destino de Hungría, ha sido despojado de su último título honorífico como Presidente del Partido Socialista Obrero Húngaro. Apenas un año después de ser relevado como Secretario General, Kádár, el hombre que traicionó a Imre Nagy y reinó como virrey de la URSS tras la invasión de 1956, se convierte en un estorbo para un partido que ahora sueña con desmantelar la dictadura desde dentro. Su expulsión no es solo un gesto simbólico; es un paso deliberado hacia una Hungría que, junto a Polonia, tantea la democratización sin soltar del todo la cuerda del Pacto de Varsovia, para no despertar la ira de Moscú. Kádár, antaño intocable, es ahora un recordatorio incómodo de un pasado que los húngaros quieren dejar atrás, especialmente mientras buscan reivindicar a héroes como Nagy y Pál Maléter, ejecutados bajo su mandato por órdenes del Kremlin.
El contexto de esta caída es un torbellino de cambio. El Partido Socialista Obrero, bajo presión interna y con el ejemplo de Solidaridad en Polonia, ha aceptado que el monopolio comunista es insostenible. Las reformas de Gorbachov en la URSS han dado un margen de maniobra impensable hace una década, y Hungría, liderada por figuras como Károly Grósz y el reformista Imre Pozsgay, está abriendo la puerta a elecciones multipartidistas y a una economía menos asfixiada por el dogma. Pero para avanzar, el partido debe exorcizar sus fantasmas, y Kádár es el mayor de todos. Su “comunismo gulash”, que trajo un nivel de vida ligeramente mejor que en otros países del bloque, no puede borrar su traición a Nagy ni su papel en las ejecuciones de los líderes de la revolución de 1956. Reivindicar a Nagy, Maléter y otros mártires como héroes nacionales es un paso crucial para legitimar esta transición, pero era imposible mientras Kádár, el hombre que firmó sus sentencias, siguiera ocupando un puesto, aunque fuera decorativo.
La destitución de Kádár marca un punto de inflexión, pero no sin riesgos. Hungría, como Polonia, camina por una cuerda floja: democratizarse para calmar a un pueblo harto de represión, pero sin provocar una reacción de los halcones del bloque del Este, que aún ven cualquier apertura como una amenaza. Los virreyes de Checoslovaquia, Alemania Oriental o Rumania observan con recelo, mientras la URSS de Gorbachov, aunque más permisiva, no renunciará al Pacto de Varsovia. Kádár, ahora un paria político, representa el fin de una era de lealtad ciega a Moscú, pero su caída también es una advertencia: el comunismo húngaro, para sobrevivir, debe reinventarse o desaparecer. Mientras Nagy es rehabilitado y el pueblo exige libertad, Hungría se pregunta si puede construir una democracia sin despertar al oso soviético. Kádár se va, pero la historia que ayudó a escribir sigue pesando como una losa. ¿Podrá Hungría librarse de ella?
J. F. Lamata