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José María Aznar, de Alianza Popular, critica la Constitución Española por confundir los términos ‘estado’ y ‘nación’

HECHOS

El 30.09.1979 D. José María Aznar publicó un artículo sobre la Constitución española en el diario LA RIOJA.

El artículo íntegro:

HABLAR CLARO

José María Aznar, Diario LA RIOJA, 30-09-1979

En 1885 como consecuencia de una grave crisis que arruinó fabricantes e industriales, se produjo en Inglaterra un fuerte movimiento popular dirigido por los «whigs» que se centró en la necesidad de modificar la ley electoral entonces vigente, que otorgaba una notable primacía a los grandes propietarios agrícolas, y sustituirla por una nueva ley. Bajo su imperio se auguraban bondades económicas sin fin, tiempos de felicidad y plenitud para todos los ciudadanos ingleses. Hasta tal punto llegaron las ilusiones que Sidney Smith se sintió en la obligación de escribir: «todas las muchachas saben que en cuanto esté votada esta ley encontraran marido. Los colegiales confían en que serán abolidos todos los verbos en latín y bajaran de precio los pasteles. Los empleados tienen la seguridad de cobrar doble sueldo. Los poetas malos cuentan con que se lean sus versos, y los necios, como siempre, sufrirán una decepción».

Problemas a lidiar

Por partida doble, se nos puede aplicar a lo que antecede a los españoles de hoy. ¿Cuántas buenaventuras se nos prometieron al advenimiento de la democracia? ¡Vuelve la libertad, vendrá la igualdad, se acabaron las dictaduras, se terminó la opresión, todos seremos más felices y viviremos mejor!, se nos dijo ¡Tendremos autonomías, seremos varias nacionalidades, nos gobernaremos a nosotros mismos y acabaremos en fraterna solidaridad con las desigualdades que el centralismo ha impuesto!, se nos aseguró. Al cabo de tres años, muchas solteras siguen sin encontrar amigos, los colegiales tienen que aprender más verbos que antes, el precio de los pasteles se ha multiplicado por quién sabe cuánto, a los empleados no les llega el sueldo, no leeremos a los poetas, y los necios, como siempre están decepcionados.

Que nuestra democracia tiene graves defectos y fallos es un hecho evidente: unos sancionados por una Constitución demasiado ambigua y otros por reiteradas prácticas viciosas de lo que, al modo occidental, se entiende por política democrática. Algunos tienen y pronto lo tendrán otros, su autonomía. Nacidas en circunstancias trágicas algunas, otras nacidas con tranquilidad, pero todas alarmantemente confusas y utilizadas con abundante demagogia. Sin duda, este es el principal problema de España en estos momentos y no por otra cosa sino porque el ser y la concepción misma de España están en juego. Y éste es también el principal problema con el que aquí en La Rioja vamos a tener que lidiar y no será malo entonces que reflexionemos un poco sobre ello.

No son gratuitas

En primer lugar, hay que dejar bien claro que España no es ni puede nunca ser la suma algebraica de cinco, seis o siete regiones o nacionalidades. España es una nación desde hace cinco siglos, no hecha por las matemáticas sino por la historia y no hay razón alguna para que tenga que dejar de serlo. Una cosa es el Estado como organización político-administrativa de una nación y otra la existencia cabal de ésta. Confundir Estado y nación no sólo es un grave delito intelectual, sino también imperdonable error político.

En segundo lugar, no sería nada recomendable operar con un estricto mimetismo respecto a otras autonomías. Si la autonomía es algo peculiar a una determinada región, serán sus hombres, su historia, sus recursos y posibilidades, sin exclusión de colaboraciones, los que hayan de tenerse en cuenta y no los de los demás. Y en este punto, la Constitución al hablar de regiones y nacionalidades no facilita las cosas.

En tercer lugar, las autonomías no son gratuitas. A los ciudadanos, a los contribuyentes nos va a costar dinero, que sea más o menos dependerá que el entramado autonómico esté de acuerdo con nuestras posibilidades o no. En toda sociedad algo se da y algo se recibe; sería un dislate mayúsculo querer organizarnos por encima de nuestras posibilidades y dar mucho más de lo que podamos recibir.

Hablar claro

En cuarto lugar, es absolutamente imprescindible alejar la demagogia y hablar con claridad a la gente, lo que puede y no esperar, lo que esto va a costar, lo que podemos o no tener y explicar el porqué de todo ello.

Y por último es de desear que las fuerzas políticas actúen serena y reflexivamente. Si pretendemos organizar nuestra convivencia regional el tema nos afecta a todos, pero si por el contrario hace aparición la rapacería partidista, si las cosas no se hacen bien, entonces tendremos que leer a los falsos poetas, tendremos que aprender verbos extraños, serán legión los defraudados y La Rioja habrá dejado de ser la casa de todos para convertirse en laguna de unos pocos.

José María Aznar

19 Mayo 1995

El pasado de Aznar

EL PAÍS (Director: Jesús Ceberio)

TODO EL mundo tiene derecho a cambiar. Lo han hecho no poco los socialistas: entre sus despojos ideológicos se cuenta el marxismo, el antiimperialismo, el tercermundismo o el antiatlantismo. También los comunistas, que han dejado tras sí una estela de reliquias ideológicas. Y muchos otros, todos casi. Nada tiene, por tanto, de extraordinaria la localización de unos artículos de José María Aznar escritos en 1979 que lo alinean en la derecha dura y nostálgica del posfranquismo. El presidente del Partido Popular se lamentaba entonces de la eliminación de los nombres franquistas de calles y plazas, alertaba contra los males del consenso en política, subrayaba el número excesivo de ocasiones en que los españoles tenían que acudir a las urnas, justificaba la abstención en el referéndum que ratificó la Constitución y denunciaba «tendencias gravemente disolutorias agazapadas en el término nacionalidades».Los artículos exhumados ahora por los socialistas para su aprovechamiento como arma electoral revelaban a un Aznar en perfecta sintonía con lo que era la derecha posfranquista del momento, agrupada en Alianza Popular, bajo el liderazgo de varios ex ministros de Franco, una derecha favorable al mantenimiento de la pena de muerte y contraria al título VIII de la Constitución, que reconoce la pluralidad de regiones y nacionalidades en España. Esto pensaba Aznar en 1979, a sus 25 o 26 años, en su primer destino como funcionario público en La Rioja. Ciertamente, ya no se trata de una ingenua misiva dirigida a un periódico por parte de un jovencito de 16 años con vagas y contradictorias ideas falangistas. Es algo más serio, pero a la vez nada sensacional. Aznar pensaba lo mismo que el grueso de la derecha española, la derecha que había sido franquista y que deseaba acotar lo más posible el camino de la transición hacia la democracia.

El aprovechamiento electoral de estos papeles, presente en la intención de quien los ha exhibido, no merma lo más mínimo su interés. A nadie debe escandalizar, antes al contrario, que la biografía de quien parece claramente destinado a responsabilizarse de la gobernación de España en un futuro muy próximo sea mirada con lupa y analizada hasta su último detalle. Es algo inherente al funcionamiento de una opinión pública sana, como se ha demostrado con el desvelamiento del pasado juvenil de muchos mandatarios de otros países. Mitterrand fue partidario del general Pétain, Clinton fumó cigarrillos de marihuana en su juventud, y Jacques Chirac vendió el órgano oficial del Partido Comunista, L’Humanité, por las calles de París. Es bueno que el propio interesado lo asuma y que hagan lo propio sus votantes y la entera opinión pública. Nada peor que las ocultaciones y las tergiversaciones, que pueden incubar, a la larga, escándalos mucho mayores que los pequeños golpes de efecto suscitados en su momento por la revelación.

Más que reprochar hoy a Aznar sus, convicciones de 1971), hay que felicitarse por su evolución ideológica hacia el centro del espectro político. La suya, la de su partido y la de sus votantes, que nada tienen que ver con la actitud añorante del pasado y recelosa ante la democracia que revelan los artículos de hace 16 años. El reproche que legítimamente puede hacérsele es a su empeño por cultivar una imagen lineal de alguien sin dudas o errores. La imagen que el PP ha querido transmitir de su líder es la de un hombre sin pasado político, que irrumpe en la vida pública como un centrista, un moderado. El partido al que Aznar se afilia en Logroño no era ni lo uno ni lo otro, pero sí lo es el que ahora dirige, y en buena medida gracias a su influencia.

Aznar ha acompañado a muchos otros compatriotas en el camino que va del falangismo adolescente y el franquismo, sociológico al conservadurismo democrático. De manera que su cambio ha avanzado en la buena dirección y hay que felicitarse por ello.

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