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La prensa progresista lo considera un 'guardian de la ortodoxia' continuador de la línea 'dura' de Juan Pablo II

Josep Ratzinger es elegido nuevo Papa de la Iglesia católica con el nombre de Benedicto XVI

HECHOS

El 20.04.2005 la prensa de todo el mundo informó de que el Sr. Josep Ratzinger se convertía en el nuevo Papa de la Iglesia católica con el nombre de Benedicto XVI.

20 Abril 2005

Un papa para la consolidación

ABC (Director: Ignacio Camacho)

La dinámica institucional de la Iglesia Católica ha funcionado una vez más a la perfección, confirmando una sabiduría histórica que se remonta a muchos siglos atrás. La tradición no se improvisa y las complejas solemnidades jurídicas que rigen la sucesión en el Pontificado se han desarrollado con escrupuloso rigor. Cumplidas todas ellas, la expectación por conocer el nombre del nuevo Papa ha dejado en suspenso el ánimo de millones de personas durante los minutos transcurridos, que se hacían eternos, entre la fumata blanca y el anuncio oficial, de acuerdo con la célebre fórmula ritual «Habemus Papam»; esta vez, por cierto, precedida de un novedoso saludo en varias lenguas. La presencia de miles y miles de fieles en la plaza de San Pedro y los programas especiales en todas las emisoras de radio y de televisión son la prueba evidente del enorme impacto que supone la elección de la máxima autoridad religiosa en un mundo que a veces se califica -de forma apresurada- de plenamente materialista y secularizado.

Comienza una nueva era para el catolicismo universal. No es fácil asumir la herencia de una personalidad excepcional como ha sido Juan Pablo II. Cualquier análisis en términos de coyuntura política está condenado de antemano al fracaso. Queda, sin embargo, un amplio margen para la valoración de los signos que transmite la elección del cardenal Ratzinger por parte del Colegio Cardenalicio. Consciente, sin duda, del significado histórico del Pontífice anterior, la opción en favor de su principal colaborador refleja el objetivo de consolidar la obra ya comenzada y desarrollada con un éxito de dimensiones difícilmente exagerables. La presencia de la Iglesia en un mundo complejo y confuso ha crecido con Juan Pablo II en términos que todavía estamos lejos de ponderar en su justa medida. Sólo un Pontífice capaz de profundizar en esa tarea y de reforzar esos mismos valores y principios garantiza la confirmación de que la presencia eclesiástica no va a decaer en una sociedad que no se distingue precisamente por el rigor en los criterios morales.

Sólido intelectual

Es reseñable el hecho de que se trata, por segunda vez consecutiva, de un Papa no italiano, procedente en este caso de la muy católica Baviera, bastión principal de la Iglesia en Alemania. Un Papa, pues, europeo, quedando aplazada por ahora la designación de un Pontífice procedente de otros continentes. Más allá de opiniones subjetivas sobre la edad o la salud de Benedicto XVI, es notorio que se trata de un hombre robusto, cuya edad lo sitúa en perfectas condiciones para dirigir la vida de la Iglesia durante un periodo significativo. El nombre elegido por el cardenal Ratzinger cuenta con larga tradición y arraigo en la historia del papado, desde Benedicto I -en la temprana Edad Media- hasta Benedicto XV, un Pontífice que dejó huella en la lucha por una paz imposible a lo largo de la Primera Guerra Mundial. San Benito es, no se olvide, patrón de Europa y la orden benedictina cuenta con una trayectoria multisecular en la evangelización y la enseñanza. En cualquier caso, es probable que se trate de una preferencia personal, y no de una señal que algunos intérpretes se esfuerzan por descifrar con más voluntad que acierto.

Merecen ser destacadas las palabras sencillas y sinceras, pronunciadas en su primera intervención, por un Papa que se definió a sí mismo como «un simple y humilde trabajador en la viña del Señor». Nadie pone en duda su excepcional cultura humanística y su condición de teólogo eminente, cuya influencia en los documentos aprobados en los últimos años es bien conocida. No cabe simplificar la imagen de un personaje que ha asumido ya altas responsabilidades, de profunda formación intelectual, amplia experiencia en la relación con los medios de comunicación y reconocida capacidad para utilizar las nuevas tecnologías. Por razones evidentes, conoce a la perfección la Curia vaticana y sus entresijos. Comogarante oficial de la ortodoxia católica se vio obligado, al frente de la Congregación para la Doctrina de la Fe, a adoptar algunas decisiones polémicas en su relación con los teólogos más críticos. Destaca en su biografía la participación relevante en el Concilio Vaticano II, que constituye la verdadera apertura y actualización de la Iglesia hacia el mundo del siglo XX. En definitiva, ni la simplificación ni por supuesto el prejuicio son actitudes razonables para emitir un juicio sobre una personalidad fuerte y compleja.

Fortaleza de pensamiento

La clave de la elección está, probablemente, en la actitud inequívoca de Ratzinger en el sentido de mantener y promover un pensamiento «fuerte» en esta época que se dice dominada por el imperio de lo efímero y la banalidad de muchos planteamientos. Además de su excepcional capacidad para hacerse presente en la sociedad mediática, la razón principal de la repercusión alcanzada por Juan Pablo II es la solidez de un mensaje que supo transmitir sin desmayo hasta el último instante. Con la elección de ayer, la Iglesia asegura la pervivencia de una doctrina que apela a principios de validez universal, sin adaptaciones tácticas a esa modernidad que no siempre ha sabido integrar a la herencia religiosa entre sus elementos definitorios. La defensa firme del valor de la familia y del matrimonio, de la caridad y la rectitud de espíritu o de la justicia cuyo fundamento se sitúa en el Derecho Natural son las claves doctrinales en la obra teológica y moral del nuevo Papa. Apelan a verdades eternas y no a la supuesta expresión de posiciones anticuadas o reaccionarias. La Iglesia reitera así que el mensaje cristiano no puede ni debe quedar diluido en el magma indefinido de las ideologías contemporáneas.

Se reafirma de este modo que la verdad última no está en función de coyunturas o de posturas circunstanciales, que pueden tener su lugar propio en otros ámbitos de la vida social. Quien pretenda mantener la objetividad no debería descalificar estos planteamientos como la manifestación de una Iglesia reacia a aceptar el progreso de las ideas y de los comportamientos. Ni el Papa es un líder político ni la religión es una opción partidista: los juicios apresurados y los estereotipos que algunos empiezan a utilizar conducen al fracaso en el análisis, porque no entienden la dimensión profunda que inspira el sentimiento religioso.

Un Papa de consenso

Joseph Ratzinger, titular hasta ayer mismo de la Congregación para la Doctrina de la Fe, es ahora el Pontífice número 265 en la historia de la Iglesia. Ha roto esa regla no escrita de los cónclaves, repetida hasta la saciedad en los últimos días, según la cual quien entra en ellos como Papa sale simplemente como cardenal. Candidato indiscutible para la mayor parte de los analistas, sólo parecía tener en contra esa especie de consenso universal acerca de su favoritismo, por lo que muchos le atribuían más bien la condición de «gran elector». Resulta paradójico admitir que parece una sorpresa que se haya cumplido el pronóstico. La expectación de millones de personas se ha centrado una vez más en Roma, «caput mundi», y la figura del nuevo Pontífice desplaza a cualquier otra noticia en los medios de comunicación del mundo entero. La realidad de los hechos desmiente más de una vez a los lugares comunes sobre la condición materialista y utilitaria que se atribuye -sin discusión posible- a la civilización actual. La tarea principal que asume el sucesor de Juan Pablo II (santo por aclamación popular en espera de su formalización canónica) consiste en consolidar la posición alcanzada por la Iglesia en la sociedad contemporánea. Energía, capacidad y firmeza no le faltan a Benedicto XVI para desarrollar esa misión, a la vez que deja su propia huella en la historia de la Iglesia.

20 Abril 2005

Celador del dogma

EL PAÍS (Director: Jesús Ceberio)

Los cardenales de la Iglesia católica han hecho una elección sin ambigüedades al designar como nuevo Papa a Joseph Ratzinger, Benedicto XVI, que ha sido el guardián de la ortodoxia católica durante 23 años, en los que ha condenado al ostracismo a más de un centenar de teólogos. Su más solemne homilía, durante la misa que precedió al cónclave, fue una requisitoria contra el relativismo moral que, a su juicio, se ha apoderado del mundo. No ha habido mediaciones. No ha recaído la elección sobre un candidato de centro, como se esperaba. Ha vencido la línea dura de la defensa a ultranza de la fe. Sería interesante saber cuántos de los cardenales del llamado Tercer Mundo, que abogaban por un sucesor de Juan Pablo II que sintonizara con los problemas contemporáneos que el Papa polaco dejó sin solución, acabaron dando el voto en conciencia al cardenal bávaro.

Respecto a los cardenales europeos, considerados electores decisivos de este cónclave, uno de los factores que pueden haber influido en su elección es la alarma suscitada por el nuevo Papa en torno a la crisis de fe en el Viejo Continente, cuna del cristianismo. Ratzinger había llegado a decir que Europa se encontraba como en los tiempos del paganismo antes de la llegada de la fe cristiana. En la misa previa al cónclave, el todavía cardenal Ratzinger hizo un discurso tan radical que hasta los más hábiles vaticanistas lo interpretaron como su renuncia al pontificado, su testamento de protesta contra la llamada modernidad de la Iglesia.

Tachado de ser un cardenal interesado sólo por los problemas de la fe y no por los temas sociales, Ratzinger ha escogido el nombre de Benedicto XVI. En su primera aparición ayer ante una abarrotada plaza de San Pedro, el nuevo pontífice ha dejado claro que su estilo no va a ser el de su antecesor, Juan Pablo II, a quien probablemente canonizará muy rápido. Sus gestos contenidos y formales se parecían más al porte principesco de un Pío XII. Si se ha dicho de Joseph Ratzinger que es el cardenal más alejado de los medios de comunicación, un Papa interior más que de masas, se ha encontrado ya con una de las primeras paradojas del que va a ser probablemente un pontificado polémico: ningún otro Papa en la historia tuvo al salir al balcón central de la basílica de San Pedro para dar su primera bendición urbi et orbi a una muchedumbre de casi trescientas mil personas. Pero no hizo concesiones. Pidió sólo oraciones.

Habrá que esperar para ver si Benedicto XVI va a ser o no la continuación del cardenal Ratzinger. Importante será escuchar su primer discurso programático. Los comentaristas italianos, por cultura dialogantes, ya señalaron ayer que a veces las reformas a la izquierda, también las religiosas, sólo las puede hacer un pastor colocado en la derecha. El tiempo lo dirá. Mientras tanto, tenemos que atenernos a su biografía: progresista como joven teólogo del Concilio Vaticano II, en calidad de consejero del episcopado alemán, junto con Hans Küng, acabó atacando al mismo Concilio. En los últimos 30 años se ha mostrado hostil a cualquier cambio que en la Iglesia tuviera el mínimo atisbo de modernidad. El nuevo Papa era hasta ayer el representante más cualificado de la denominada corriente dógmatica de la Iglesia.

Como cardenal, había pedido a los electores que se pronunciaran por un Papa «pastor». En cambio, Benedicto XVI ha sido siempre un cardenal burócrata de la curia romana, prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, que lleva a sus espaldas la triste herencia del Santo Oficio, y antes, de la Santa Inquisición. Más aún que su antecesor, Juan Pablo II, el nuevo pontífice tiene bien clara la idea de san Ireneo de que «fuera de la Iglesia no existe salvación» y que, por tanto, la única posibilidad de ecumenismo es que todas las religiones regresen al redil de Roma.

Quizás los cardenales han querido con la elección de Ratzinger, a sus 78 años, nombrar un Papa de transición, como hicieron después de Pío XII con Juan XXIII. Sólo que éste acabó revolucionando a la Iglesia convocando un concilio ecuménico que permitiera la entrada de aire nuevo. ¿Hará Ratzinger otro tanto? Su rápida elección, una de las más breves de la historia de los papas modernos, ha dejado claro que hubo poco debate en el cónclave. El silencio impuesto a los cardenales por el hoy nombrado Benedicto XVI y sus llamadas continuas a la necesidad de un Papa espiritual han dejado claro que por lo menos 77 de los 115 electores querían en el trono de Pedro a un teólogo -quizás el mejor preparado del mundo- y a un defensor de una fe a la que consideran amenazada.

20 Abril 2005

Benedicto XVI

Jaime Campmany

Cuando es elegido un nuevo Papa, suele ser un dato significativo de su carácter o de sus propósitos el nombre que toma. El cardenal Ratzinger, quien por cierto entró papa en el cónclave y papa salió de él, tomó el de Benedicto XVI cuando muchos esperaban que prefiriese ser llamado Juan Pablo III. Al fin y al cabo había sido el ideólogo de guardia del Papa Wojtyla y su cercanísimo colaborador. Benedicto XVI. Y enseguida saltaba la pregunta: Pues, ¿quién había sido Benedicto XV?


Giácomo della Chiesa, Jaime de la Iglesia, se llamaba aquel Benedicto nacido en Roma, y fue un papa entre Píos, como quizá Ratzinger esté destinado a ser un papa entre Juan Pablos. Sucedió a Pío X y después de un pontificado breve dejó el solio a Pío XI. A Benedicto XV podemos llamarle el Papa de la Paz. Cuando murió Pío X acababa de estallar la Primera Guerra Mundial, y el papa Della Chiesa se esforzó hasta lo infinito en promover y predicar la paz. Su primera encíclica se llamó significativamente «Pacem Dei».

Benedicto XV quiso ser papa para la paz y la reconciliación. Los dos bandos beligerantes en aquella guerra, medio mundo en cada trinchera, pretendieron que condenara al adversario, pero el Papa se mantuvo en su propósito de llamar a todos a la concordia y a la conciliación. Quizá en alguna de estas circunstancias del pontificado de Benedicto XV podamos encontrar uno de los ejemplos que haya despertado el deseo de imitación en el espíritu de Benedicto XVI. Quizá el nuevoPapa quiera explicarlo alguna vez.

Su recentísima homilía en la que avisa claramente de los peligros de la «relativización» nos ofrece un adelanto de la idea básica y los fundamentos morales y filosóficos de lo que será el papado que ahora empieza y la orientación por donde marchará la Iglesia en los años venideros. Los criterios más firmes en lo moral que han sido mantenidos durante el largo pontificado del papa Wojtyla fueron construidos y ordenados por el cardenal Ratzinger. Todo parece indicar que en ese sentido la línea de la Iglesia no va a sufrir ruptura alguna. En las primeras palabras del nuevo Papa, desde el balcón del Vaticano, hace el anuncio de que, «después del santo Papa Juan Pablo II, los señores cardenales me han elegido a mí, que soy un humilde trabajador en la viña del Señor». Esa no es la confesión de un revolucionario.

La Iglesia Católica, lenta y prudente como siempre al través de los siglos, ha optado, sin mucho debate y sin muchas vacilaciones, por un papado corto, puesto que Ratzinger tiene 78 años. Y también por una etapa de transición, sin apresurarse a correr aventuras doctrinales ni aceptar las novedades surgidas en algunos sectores de la sociedad actual que chocan frontalmente con la enseñanza tradicional de la moral católica. Los que esperaban un sucesor de Juan Pablo II que pusiera patas arriba esas enseñanzas seculares quizá lo hacían desde posiciones lejanas a la predicación de la Iglesia católica, apostólica y romana. Las modas, tanto en la vida como en el pensamiento, van por el lado de atención a la novedad, y las normas de la Iglesia van por un camino sin prisas y con la cautela de mirar hacia la eternidad. O sea, a la «pacem Dei».

21 Abril 2005

¡Ratzinger!

Eduardo Haro Tecglen

Me fijé, horas antes, en quienes apostaban contra el alemán. Personas buenas, de las que todavía creen en la noción infantil de que lo peor no puede llegar; los que suponían que nunca iba a entrar Bush en Irak: gentes que creen en la Razón. La locución en nuestro idioma «¡Eso no es posible!», para mí indica que «eso» va a suceder: vivimos en el reino de lo imposible real. Hoy algunos amigos están disgustados. Llaman a Benedicto XVI el «pastor alemán»; o dicen «Nazinger». Faltas de respeto, que pagarán cuando vuelva Aznar («¡Eso no es posible!»), que elogió al nuevo Papa durante la presentación de su libro (fue su orador mi biógrafo César Alonso de los Ríos: equivocado en lo mío, pero lo que vale es la intención, sobre todo si es mala), y recogió todas las consignas contra Zapatero que dicen ahora sus camarlengos. Es todo un frente. Es, recordémoslo, un Movimiento. Fue la palabra que inventó Franco -o los que inventaban para él: Dionisio, Serrano, Rafael, los Eugenios- para hacer unidad de lo disperso: de la Falange joseantoniana y de la oportunista y los señoritos de cortijo andaluz, de los monárquicos de sombrero verde -«Viva El Rey De España»: se lo ponían, se lo ponían-, de los cardenales y los obispos -pensando en Ratzinger, me acordé de Segura, en aquella Sevilla-, de los burgueses desclasados por los obreros ascendentes, de las vírgenes ancianas, las boinas rojas del requeté y las aspas de Borgoña del otro rey, de los republicanos de «¡no es esto, no es esto!» (pero, ¿qué se creían que iba a ser?) y los pancistas (tendencia o actitud de quienes acomodan su comportamiento a lo que creen más conveniente y menos arriesgado para su provecho y tranquilidad. Acad.). Ésos son los grupos que veo y leo ahora. Ya es tarde. Perdieron la ocasión en los últimos tiempos de Franco, y aun después de su muerte. Es, sin embargo, muy útil el «pruebe y compare».

(Harto de subordinar oraciones, y por solidaridad con el lector que se puede perder en el laberinto, termino más normalito). Ratzinger se anunció con el discursillo de antes del cónclave. Fue elegido, alimentado, honrado por Wojtyla. Dirigía la congregación de defensa de la fe, o Santo Oficio: o Inquisición. El Opus está con él, sobre todo el español, que es el más Opus de los Opus Dei. Es lo lógico, lo realmente lógico. La Iglesia se atrinchera: hace bien, porque tiene los siglos contados.

21 Abril 2005

Polanco tendrá que excomulgarlo

Federico Jiménez Losantos

Como editorialmente EL PAÍS ya había marcado el rumbo que debía seguir la barca de San Pedro en su afanoso bogar hacia otro Papa, y como está claro que los cardenales se han atrevido a no obedecer las órdenes de Polanco y Cebrián, temo que Benedicto XVI, Joseph Ratzinger en el mundo, será excomulgado por la secta prisaica en las próximas horas. Ni aborto libre, ni eutanasia gratis, ni teología de la liberación, ni nada de nada. Es increíble la ceguera de la Iglesia Católica. Ya puede irse preparando, porque el carácter de Don Jesús deja chico al de Fraga, y el de Cebrián al del mismísimo Atila. Esta desobediencia al Imperio Prisaico puede acabar como el Rosario de la Aurora.
A primera vista, parece normal que cuando un Papa de tan dilatados servicios a la Iglesia y al mundo libre como Juan Pablo II muere en loor de santidad, el elegido para continuar su obra sea su mejor colaborador, su mano derecha, su báculo doctrinal, su Ministro del Interior. De las Conciencias, se entiende. Pero esto que parece tan lógico y que habrá llenado de gozo a la inmensa mayoría de los católicos resulta intolerable para quienes, desde fuera y radicalmente enfrentados al catolicismo, pretenden dictar su política y hasta su doctrina. Cuando en su homilía previa al Cónclave el aún cardenal Ratzinger atacó la “dictadura del relativismo” estaba retratando la ideología aplastante, no sólo dominante, que padecemos en España, con Polanco como Archimandrita de la Posdemocracia y Protogeneral de todas las órdenes, con exclusión de las mendicantes.

El choque de civilizaciones va a tener, pues, en España, su primer teatro de operaciones. Y no sé por qué barrunto que mientras llega y no llega la excomunión del Papa por el Papá Doc de la progresía hispana, en Televisión Española van a terminarse de golpe las conexiones vaticanas. ¡Con el interés que había puesto Don Jesús en que saliera un Papa de izquierdas! Tanta desconsideración la pagarán muy cara. ¡A por la cruz del Valle de los caídos!

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